martes, 30 de agosto de 2016

SECRETOS Y MENTIRAS


Es duro, pero terapéutico, decidir enfrentarme a este recuerdo. Duele. Pero duele más la espina que no se saca.


SECRETOS Y MENTIRAS

 

¿Cuánto tiempo puede no decirse algo en una familia? ¿Y cuánto puede tergiversarse la propia historia?

Crecí creyendo que mis padres eran incapaces de mentirme. Y esto no sólo abarcó los años pueriles de la infancia, cuando sí, reconozco, una se cree cualquier cosa proveniente de boca de mamá o papá. Por ejemplo, hubo un tiempo en que ella me decía que tenía 25 años y yo no tenía por qué dudarlo. Como me tuvo a los 39, en una época en que eso no era muy frecuente, tal vez se sintiera muy mayor en comparación con las otras mamás. Pero ¿qué motivos podía tener yo, a eso de los 5 años, para desconfiar? Hasta que una vez su médico le preguntó la edad delante de mí y respondió “44”. En el momento no abrí la boca, pero al salir, le cuestioné: “Mamá, ¿por qué le mentiste al doctor?” Ella rió y dijo: “¡A la que le mentí fue a vos!” La impresión debe de haber sido fuerte, porque es un recuerdo que conservo intacto.

            Con el transcurrir del tiempo, sentí que mis padres eran como se mostraban y que no había secretos escondidos en algún tenebroso armario. Tal vez me sirvió para crecer sin desconfianzas. No sé qué diría un analista sobre todo esto. Porque las veces que fui a uno, no conocía aún la totalidad de la historia familiar tal como la sé hoy, y por ende me moví con mentiras que tomaba como información veraz. Quizá todavía hay recovecos que no conozco. Porque lo que sí aprendí de todo esto es que las mentiras o los secretos familiares pueden durar toda la vida, o directamente llevarse a la tumba. Y están quedándome menos vivos a quienes consultar. Descarto, también, a esta altura, recabar más información de la mente ya perdida de mi madre.

Para mí, la abuela Perla había sido la mejor del mundo. Una pena que hubiera muerto antes de que yo naciera. Siempre me frustró no haberla podido llegar a conocer. De ella sólo supe de su pura bondad, del amor a sus tres hijos, de su sufrimiento silencioso ante la tiranía de su esposo, mi abuelo, a quien por desgracia sí había llegado a conocer. El abuelo Gastón ya había perdido la fuerza de su ira, así que el viejo que conocí era simplemente un ser terco, callado y mañoso, a quien le era totalmente ajena cualquier demostración de afecto.

Mamá se había dedicado por completo a cuidar de mi abuela Perla, enferma desde muy joven. “¿Qué tenía la abuela Perla, mamá?”, le preguntaba a veces. Y la respuesta empezaba siempre igual: “Las 7 plagas de Egipto”. Se explayaba luego un poco más ante tan poca certeza: “Mal de Parkinson. Además, tenía muy mal los intestinos”. En fin, que era un cúmulo de cosas que la había postrado en cama por más de una década. Mamá recordaba haber ayudado en el hogar desde los 9 años. Y luego de que la abuela no pudo ya hacer nada más porque le resultaba imposible hasta levantarse de la cama, ella fue su enfermera 24/7. “Si dejaba que otro la atendiera o la internaba en algún lado, mi mamá se moría...¡Directamente!”

Nunca vi esa devoción como algo exagerado o anormal. Con el tiempo, fue haciéndome ruido que la abuela no quisiera la atención de nadie más. Siendo mi madre la única hija mujer, esa dedicación completa y exclusiva estaba condenándola a una muerte en vida como mujer. A una renuncia total a ser esposa y madre, que eran roles alrededor de los cuales las mujeres de esa época hacían girar su vida. Al enterarme de los detalles más escabrosos de la verdadera historia, entendí que mi abuela tal vez consideró esto muy seriamente...

Cuando mi madre hablaba de su terrible niñez y juventud, por tener un padre autoritario y violento y una madre consumida por varias dolencias, había veces en que agregaba: “Y eso que no te conté todo...” Yo sólo creía que había detalles de la violencia del abuelo Gastón en los que ella prefería no profundizar. Sabía, sin embargo, que cuando volvía enfurecido del trabajo, podía tomar un cuchillo y amenazar con que los mataría a todos. Que lo suyo era constante queja y cero afecto. Que de la puerta para afuera aparentaba ser un señor gentil y de buen temperamento, con lo que quizá enamoró a la abuela. Pero que de la puerta para adentro se transformaba en un ser casi monstruoso. Entonces, por no meter más el dedo en la llaga, nunca hice un esfuerzo por saber qué sería ese “todo” que no me había contado todavía...

Una vez la acompañamos, mi hija y yo, a un turno con su médica de cabecera. Tanto la doctora como yo estábamos empezando a preocuparnos, más que por su salud física que parecía de hierro, por su salud emocional, que estaba cayendo barranca abajo, sumiéndose en lo que parecía que podría terminar en depresión. Ante las preguntas de su médica, mi madre se explayó un poco sobre sus múltiples desgracias, aclarando que había sufrido mucho en la vida y que esas cosas no se olvidan ni perdonan tu día a día, ya que se convierten en fantasmas tercos que acechan todo el tiempo.

Resoplando, dejamos el consultorio. Como estábamos con mi niña pequeña, cruzamos a la plaza. Natalia corrió hacia las hamacas y nosotras dos ocupamos un banco, al solcito tímido de los comienzos de la primavera.

“Era un día así, como el de hoy. Sólo que más frío. Ella tenía 57, yo más de 30 y nunca salía de casa para no dejar sola a mi mamá mucho tiempo...Tenía que darla vuelta en la cama porque ni eso podía hacer sola”, arranca. Natalia está casi volando en su hamaca. Otra niña se impacienta a su lado para que se la deje. “Pero mi mamá insistía en que fuera al cine. ‘Pero mami’, le dije ‘es mucho tiempo, no puedo dejarte sola tanto tiempo...’ El cine estaba cerca, sin embargo, así que pensé que durante el intervalo podría venir y darla vuelta. Así lo hice. ‘¿Qué tal la película?’ ‘Muy linda, mamá...No sabés lo que es Rita Hayworth...¡Una comehombres!’ Mamá se sonrió, me acarició la mejilla y me dijo que volviera al cine. Y ahí fue cuando pasó todo...Lo tenía muy bien planeado”.

Me corrió un ligero escalofrío. Natalia se había bajado de la hamaca y ahora se colgaba de un pasamanos. “¿Cuando ‘pasó todo’¿Qué pasó?”

“Para cuando volví del cine, ya estaba babeando y deliraba...Yo pensaba que al menos al estar papá no se había quedado totalmente sola, pero no podía confiarme en él...Era así...Ella le pidió las pastillas, que yo tenía lejos de la cama guardadas en un cajón. No podía alcanzarlas sola. Ni tenía por qué hacerlo. Yo le daba lo que había que darle. Pero bueno, el muy bruto le alcanzó el cajón, se lo puso sobre la cama y la dejó sola. Y ella se sirvió como quiso...”

 “Pero...¿por qué nunca me habías contado esto?”

“Es que hay cosas que son muy dolorosas...”

“Pero...¡Mamá! ¡Tengo más de 40 años! ¿Cuándo pensabas decirme esto?”

Mi madre lloraba. Comenzó a secarse las lágrimas con el pañuelito de tela que siempre llevaba en un bolsillo. El pañuelito que nunca podía faltarle porque era capaz de volver sobre sus pasos al salir de casa para buscarlo y tenerlo a mano en un bolsillo. Yo le decía que igual nunca lo usaba... “¡Pero basta que lo necesite para que no lo tenga!”, me decía....

Natalia, en el pasamanos, me sonríe. Llegó hasta el final. Primero una mano, luego la otra...hasta que finalmente lo atravesó por completo. Me saluda. Le muestro el pulgar para arriba.

“La abuela...se suicidó”. Lo pongo en palabras para tratar de asimilarlo. “Y el abuelo también se suicidó...” , me digo, para relacionar los dos hechos. A los ochenta y pico. Según mi madre, cuando hablamos de eso alguna vez, el abuelo Gastón lo hizo “por todos los remordimientos”...Los detalles de esta muerte los supe de chica por haber escuchado una conversación telefónica de mi madre. “Se tiró...¡se tiró de la terraza!”, le contaba a una amiga. Si bien no lo estaba nombrando, yo até cabos y así supe de quién hablaba. Como en ese entonces tenía 11 años, al principio no me habían querido contar nada. Pero me enteré escuchando una conversación que no me estaba destinada.

Y haciendo memoria, voy entendiendo que la madre de mi abuela también, seguramente, se suicidó. Porque la historia oficial de la familia es que “murió de amor”. Su marido se cayó de un andamio, allá en Ávila,  y agonizó penosamente durante varios días hasta morir. Cuando ella volvió del funeral, se metió en la cama...y jamás se levantó. Ahora que soy madre, y veo a Natalia que está jugueteando en la arena, no puedo entender cómo sus cuatros hijos pequeños, mi abuela la menor, con 4 años, no pudieron insuflarle la motivación suficiente para seguir adelante con su vida.

Veo en los brotes de mi alrededor que la primavera está cerca. Cada vez el aire es más cálido. El viento mueve lentamente las ramas de los árboles debajo de los cuales estamos sentadas, pero ese aire no es frío. Mi madre seca sus últimas lágrimas. Natalia vuelve corriendo de los juegos y me abraza. “¿Sabías que te recontra amo?”, me dice. Y yo, con mucha fuerza, la aprieto junto a mi cuerpo y siento ese recontra amor que me confiesa cada día.

 

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