SECRETOS Y MENTIRAS
¿Cuánto tiempo puede no decirse
algo en una familia? ¿Y cuánto puede tergiversarse la propia historia?
Crecí creyendo que mis padres
eran incapaces de mentirme. Y esto no sólo abarcó los años pueriles de la
infancia, cuando sí, reconozco, una se cree cualquier cosa proveniente de boca
de mamá o papá. Por ejemplo, hubo un tiempo en que ella me decía que tenía 25
años y yo no tenía por qué dudarlo. Como me tuvo a los 39, en una época en que
eso no era muy frecuente, tal vez se sintiera muy mayor en comparación con las
otras mamás. Pero ¿qué motivos podía tener yo, a eso de los 5 años, para
desconfiar? Hasta que una vez su médico le preguntó la edad delante de mí y
respondió “
Con el transcurrir del tiempo, sentí
que mis padres eran como se mostraban y que no había secretos escondidos en
algún tenebroso armario. Tal vez me sirvió para crecer sin desconfianzas. No sé
qué diría un analista sobre todo esto. Porque las veces que fui a uno, no
conocía aún la totalidad de la historia familiar tal como la sé hoy, y por ende
me moví con mentiras que tomaba como información veraz. Quizá todavía hay
recovecos que no conozco. Porque lo que sí aprendí de todo esto es que las
mentiras o los secretos familiares pueden durar toda la vida, o directamente
llevarse a la tumba. Y están quedándome menos vivos a quienes consultar.
Descarto, también, a esta altura, recabar más información de la mente ya
perdida de mi madre.
Para mí, la abuela Perla había
sido la mejor del mundo. Una pena que hubiera muerto antes de que yo naciera.
Siempre me frustró no haberla podido llegar a conocer. De ella sólo supe de su
pura bondad, del amor a sus tres hijos, de su sufrimiento silencioso ante la
tiranía de su esposo, mi abuelo, a quien por desgracia sí había llegado a
conocer. El abuelo Gastón ya había perdido la fuerza de su ira, así que el
viejo que conocí era simplemente un ser terco, callado y mañoso, a quien le era
totalmente ajena cualquier demostración de afecto.
Mamá se había dedicado por completo a cuidar
de mi abuela Perla, enferma desde muy joven. “¿Qué tenía la abuela Perla,
mamá?”, le preguntaba a veces. Y la respuesta empezaba siempre igual: “Las 7
plagas de Egipto”. Se explayaba luego un poco más ante tan poca certeza: “Mal
de Parkinson. Además, tenía muy mal los intestinos”. En fin, que era un cúmulo
de cosas que la había postrado en cama por más de una década. Mamá recordaba
haber ayudado en el hogar desde los 9 años. Y luego de que la abuela no pudo ya
hacer nada más porque le resultaba imposible hasta levantarse de la cama, ella
fue su enfermera 24/7. “Si dejaba que otro la atendiera o la internaba en algún
lado, mi mamá se moría...¡Directamente!”
Nunca vi esa devoción como algo
exagerado o anormal. Con el tiempo, fue haciéndome ruido que la abuela no
quisiera la atención de nadie más. Siendo mi madre la única hija mujer, esa
dedicación completa y exclusiva estaba condenándola a una muerte en vida como
mujer. A una renuncia total a ser esposa y madre, que eran roles alrededor de los
cuales las mujeres de esa época hacían girar su vida. Al enterarme de los
detalles más escabrosos de la verdadera historia, entendí que mi abuela tal vez
consideró esto muy seriamente...
Cuando mi madre hablaba de su
terrible niñez y juventud, por tener un padre autoritario y violento y una
madre consumida por varias dolencias, había veces en que agregaba: “Y eso que
no te conté todo...” Yo sólo creía que había detalles de la violencia del
abuelo Gastón en los que ella prefería no profundizar. Sabía, sin embargo, que
cuando volvía enfurecido del trabajo, podía tomar un cuchillo y amenazar con
que los mataría a todos. Que lo suyo era constante queja y cero afecto. Que de
la puerta para afuera aparentaba ser un señor gentil y de buen temperamento,
con lo que quizá enamoró a la abuela. Pero que de la puerta para adentro se
transformaba en un ser casi monstruoso. Entonces, por no meter más el dedo en
la llaga, nunca hice un esfuerzo por saber qué sería ese “todo” que no me había
contado todavía...
Una vez la acompañamos, mi hija
y yo, a un turno con su médica de cabecera. Tanto la doctora como yo estábamos
empezando a preocuparnos, más que por su salud física que parecía de hierro,
por su salud emocional, que estaba cayendo barranca abajo, sumiéndose en lo que
parecía que podría terminar en depresión. Ante las preguntas de su médica, mi
madre se explayó un poco sobre sus múltiples desgracias, aclarando que había
sufrido mucho en la vida y que esas cosas no se olvidan ni perdonan tu día a
día, ya que se convierten en fantasmas tercos que acechan todo el tiempo.
Resoplando, dejamos el consultorio. Como
estábamos con mi niña pequeña, cruzamos a la plaza. Natalia corrió hacia las
hamacas y nosotras dos ocupamos un banco, al solcito tímido de los comienzos de
la primavera.
“Era un día así, como el de hoy.
Sólo que más frío. Ella tenía 57, yo más de 30 y nunca salía de casa para no
dejar sola a mi mamá mucho tiempo...Tenía que darla vuelta en la cama porque ni
eso podía hacer sola”, arranca. Natalia está casi volando en su hamaca. Otra
niña se impacienta a su lado para que se la deje. “Pero mi mamá insistía en que
fuera al cine. ‘Pero mami’, le dije ‘es mucho tiempo, no puedo dejarte sola
tanto tiempo...’ El cine estaba cerca, sin embargo, así que pensé que durante
el intervalo podría venir y darla vuelta. Así lo hice. ‘¿Qué tal la película?’
‘Muy linda, mamá...No sabés lo que es Rita Hayworth...¡Una comehombres!’ Mamá
se sonrió, me acarició la mejilla y me dijo que volviera al cine. Y ahí fue
cuando pasó todo...Lo tenía muy bien planeado”.
Me corrió un ligero escalofrío.
Natalia se había bajado de la hamaca y ahora se colgaba de un pasamanos.
“¿Cuando ‘pasó todo’¿Qué pasó?”
“Para cuando volví del cine, ya
estaba babeando y deliraba...Yo pensaba que al menos al estar papá no se había
quedado totalmente sola, pero no podía confiarme en él...Era así...Ella le
pidió las pastillas, que yo tenía lejos de la cama guardadas en un cajón. No
podía alcanzarlas sola. Ni tenía por qué hacerlo. Yo le daba lo que había que
darle. Pero bueno, el muy bruto le alcanzó el cajón, se lo puso sobre la cama y
la dejó sola. Y ella se sirvió como quiso...”
“Pero...¿por qué nunca me habías contado
esto?”
“Es que hay cosas que son muy
dolorosas...”
“Pero...¡Mamá! ¡Tengo más de 40
años! ¿Cuándo pensabas decirme esto?”
Mi madre lloraba. Comenzó a
secarse las lágrimas con el pañuelito de tela que siempre llevaba en un
bolsillo. El pañuelito que nunca podía faltarle porque era capaz de volver
sobre sus pasos al salir de casa para buscarlo y tenerlo a mano en un bolsillo.
Yo le decía que igual nunca lo usaba... “¡Pero basta que lo necesite para que
no lo tenga!”, me decía....
Natalia, en el pasamanos, me
sonríe. Llegó hasta el final. Primero una mano, luego la otra...hasta que
finalmente lo atravesó por completo. Me saluda. Le muestro el pulgar para
arriba.
“La abuela...se suicidó”. Lo
pongo en palabras para tratar de asimilarlo. “Y el abuelo también se
suicidó...” , me digo, para relacionar los dos hechos. A los ochenta y pico.
Según mi madre, cuando hablamos de eso alguna vez, el abuelo Gastón lo hizo
“por todos los remordimientos”...Los detalles de esta muerte los supe de chica
por haber escuchado una conversación telefónica de mi madre. “Se tiró...¡se
tiró de la terraza!”, le contaba a una amiga. Si bien no lo estaba nombrando,
yo até cabos y así supe de quién hablaba. Como en ese entonces tenía 11 años, al
principio no me habían querido contar nada. Pero me enteré escuchando una
conversación que no me estaba destinada.
Y haciendo memoria, voy
entendiendo que la madre de mi abuela también, seguramente, se suicidó. Porque
la historia oficial de la familia es que “murió de amor”. Su marido se cayó de
un andamio, allá en Ávila, y agonizó
penosamente durante varios días hasta morir. Cuando ella volvió del funeral, se
metió en la cama...y jamás se levantó. Ahora que soy madre, y veo a Natalia que
está jugueteando en la arena, no puedo entender cómo sus cuatros hijos
pequeños, mi abuela la menor, con 4 años, no pudieron insuflarle la motivación
suficiente para seguir adelante con su vida.
Veo en los brotes de mi
alrededor que la primavera está cerca. Cada vez el aire es más cálido. El
viento mueve lentamente las ramas de los árboles debajo de los cuales estamos
sentadas, pero ese aire no es frío. Mi madre seca sus últimas lágrimas. Natalia
vuelve corriendo de los juegos y me abraza. “¿Sabías que te recontra amo?”, me
dice. Y yo, con mucha fuerza, la aprieto junto a mi cuerpo y siento ese
recontra amor que me confiesa cada día.
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