La primera vez
que vi a Sara pensé: ¿qué será lo que le pasa para que la traigan a vivir acá?
Se ve bastante bien. Anabela, cuidadora con unos cuantos años encima de
experiencia, me dice bajito: “Es psquiátrica, ya la calé”. Tengo una
conversación muy normal con Sara. Tal vez por momentos debo elevar un poco la
voz, pero no parece senil. Hoy es su primer día. Está en este momento la hija
con ella, que ya debe despedirse, y le cuesta. “Siempre es difícil”, le digo,
para aflojar un poco. “Sí, ¿no?”, me responde, con los ojitos brillosos. Y se
va.
Sara se sienta a
comer, y conmigo al lado empieza a derramar su historia reciente. Acaban de
traerla de Israel, donde estuvo viviendo por más de diez años con su hija. No
sé si en la misma casa, pero sí en el mismo país. En Jaifa, más precisamente.
Habla con admiración de Israel, un país que funciona a la perfección, según
cuenta, pero no puedo evitar preguntarme entonces por qué no se quedó, por qué
no hubo forma de ubicarla o contenerla en algún lugar cerca de su hija. Sin
embargo, aquí en Buenos Aires también tiene un hijo, que vive en Villa Crespo y
es un arquitecto con proyectos importantes para el gobierno de la Ciudad. Para confirmar el
estereotipo de idishe mame, Sara habla maravillas de sus hijos. Y de sus nietos
también. Su hija hizo un carrerón como fonoaudióloga en Israel, donde parecen
apreciar los talentos argentinos. Se fue de aquí durante la debacle 2001-2002,
con su marido de entonces y dos niños pequeños. Eso sí: ambos hijos que ya no
son niños deberán alistarse en el ejército por tres años. Así funciona ese
país, me cuenta, con un poquito de resignación pero mucho de admiración. A lo
que parece no haberse acostumbrado nunca allí es a eso de que los sábados son
como los domingos, y los domingos, como un lunes. Dice no ser religiosa, aunque
su abuelo era rabino y su familia bastante tradicional. Tampoco pudo
acostumbrarse a que, pese a ser gente tan educada la de allí, les falte la
humanidad, la calidez, la cercanía que sí encuentra ahora nuevamente en su país
de origen.
Me gusta mucho
charlar con Sara. Con mi madre se hace cada vez más difícil mantener una
conversación, y Sara en cambio aún lee libros de política e historia, mira
programas periodísticos, y parece disfrutar de la vida.
Con el tiempo se
va habituando a la vida en el geriátrico, y a sentarse siempre en la misma
silla. De hecho, cuando yo se la ocupo momentáneamente, se la cedo de inmediato
cuando la veo venir porque no le gustan los cambios de esta nueva rutina en su
vida. Es una de las pocas (sino la única) a quien dejan salir sola. A veces se
toma un taxi para ir a lo de su hijo, otras la pasan a buscar. Va hasta la
esquina a comprar el diario. O enfrente por un sándwich o una tarta cuando le
parecen particularmente antipáticos los menús del geriátrico. Quiere sal,
quiere verduras, quiere variedad. No la encuentra y sale a buscarla.
Por toda esta
vitalidad poco frecuente aquí es que se destaca para mí entre los demás. Y que
me entristece aún más verla de un día para otro con un deterioro galopante e inexplicable.
No soy su familia, no siento que me sea permitido inmiscuirme tanto. Por eso
hoy lo vi a su hijo y a otra familiar y no me atreví a preguntar nada. Lo poco
que averigüè con las cuidadoras no termina de responder mi pregunta: ¿qué fue lo
que pasó? ¿Nueva medicación? ¿Alguna infección? (porque fui testigo de cómo a
mi madre una - en apariencia - simple infección urinaria puede llegar a atacarla
neurológicamente hasta atontarla por completo, lo que me dicen es normal en los
ancianos). No sé qué le pasa. Está en una mesa, sola, frente a la ventana.
Mientras mastica los dulces que pusieron hoy por un festejo especial, se
duerme. Alerto a la encargada porque la veo en peligro de broncoaspirar, y
pronto se le acerca a ver qué sucede. Sara mira sin ver. Asiente y obedece.
Mejor no comer. No dormirse en la mesa. Pero ya su mente no coordina.
¿Es la vida aquí
lo que le sucede? ¿Traspasar esta puerta es decaer aunque se estuviera bien
antes? Quiero entender. Pero no hay respuestas concretas y exactas porque cada
caso aquí es un mundo en sí mismo. Mi madre comenzó su deterioro mucho antes de
llegar aquí, y nunca pude responderme qué le pasó con exactitud: si hay un
hecho en particular, si es un proceso con miles de variables, si..nos pasará a
todos. Porque el miedo a la muerte es ahora inexistente: el miedo a la vejez,
para mí, tomó su lugar.
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