lunes, 22 de agosto de 2016

SARA





La primera vez que vi a Sara pensé: ¿qué será lo que le pasa para que la traigan a vivir acá? Se ve bastante bien. Anabela, cuidadora con unos cuantos años encima de experiencia, me dice bajito: “Es psquiátrica, ya la calé”. Tengo una conversación muy normal con Sara. Tal vez por momentos debo elevar un poco la voz, pero no parece senil. Hoy es su primer día. Está en este momento la hija con ella, que ya debe despedirse, y le cuesta. “Siempre es difícil”, le digo, para aflojar un poco. “Sí, ¿no?”, me responde, con los ojitos brillosos. Y se va.
Sara se sienta a comer, y conmigo al lado empieza a derramar su historia reciente. Acaban de traerla de Israel, donde estuvo viviendo por más de diez años con su hija. No sé si en la misma casa, pero sí en el mismo país. En Jaifa, más precisamente. Habla con admiración de Israel, un país que funciona a la perfección, según cuenta, pero no puedo evitar preguntarme entonces por qué no se quedó, por qué no hubo forma de ubicarla o contenerla en algún lugar cerca de su hija. Sin embargo, aquí en Buenos Aires también tiene un hijo, que vive en Villa Crespo y es un arquitecto con proyectos importantes para el gobierno de la Ciudad. Para confirmar el estereotipo de idishe mame, Sara habla maravillas de sus hijos. Y de sus nietos también. Su hija hizo un carrerón como fonoaudióloga en Israel, donde parecen apreciar los talentos argentinos. Se fue de aquí durante la debacle 2001-2002, con su marido de entonces y dos niños pequeños. Eso sí: ambos hijos que ya no son niños deberán alistarse en el ejército por tres años. Así funciona ese país, me cuenta, con un poquito de resignación pero mucho de admiración. A lo que parece no haberse acostumbrado nunca allí es a eso de que los sábados son como los domingos, y los domingos, como un lunes. Dice no ser religiosa, aunque su abuelo era rabino y su familia bastante tradicional. Tampoco pudo acostumbrarse a que, pese a ser gente tan educada la de allí, les falte la humanidad, la calidez, la cercanía que sí encuentra ahora nuevamente en su país de origen.
Me gusta mucho charlar con Sara. Con mi madre se hace cada vez más difícil mantener una conversación, y Sara en cambio aún lee libros de política e historia, mira programas periodísticos, y parece disfrutar de la vida.
Con el tiempo se va habituando a la vida en el geriátrico, y a sentarse siempre en la misma silla. De hecho, cuando yo se la ocupo momentáneamente, se la cedo de inmediato cuando la veo venir porque no le gustan los cambios de esta nueva rutina en su vida. Es una de las pocas (sino la única) a quien dejan salir sola. A veces se toma un taxi para ir a lo de su hijo, otras la pasan a buscar. Va hasta la esquina a comprar el diario. O enfrente por un sándwich o una tarta cuando le parecen particularmente antipáticos los menús del geriátrico. Quiere sal, quiere verduras, quiere variedad. No la encuentra y sale a buscarla.
Por toda esta vitalidad poco frecuente aquí es que se destaca para mí entre los demás. Y que me entristece aún más verla de un día para otro con un deterioro galopante e inexplicable. No soy su familia, no siento que me sea permitido inmiscuirme tanto. Por eso hoy lo vi a su hijo y a otra familiar y no me atreví a preguntar nada. Lo poco que averigüè con las cuidadoras no termina de responder mi pregunta: ¿qué fue lo que pasó? ¿Nueva medicación? ¿Alguna infección? (porque fui testigo de cómo a mi madre una - en apariencia - simple infección urinaria puede llegar a atacarla neurológicamente hasta atontarla por completo, lo que me dicen es normal en los ancianos). No sé qué le pasa. Está en una mesa, sola, frente a la ventana. Mientras mastica los dulces que pusieron hoy por un festejo especial, se duerme. Alerto a la encargada porque la veo en peligro de broncoaspirar, y pronto se le acerca a ver qué sucede. Sara mira sin ver. Asiente y obedece. Mejor no comer. No dormirse en la mesa. Pero ya su mente no coordina.
¿Es la vida aquí lo que le sucede? ¿Traspasar esta puerta es decaer aunque se estuviera bien antes? Quiero entender. Pero no hay respuestas concretas y exactas porque cada caso aquí es un mundo en sí mismo. Mi madre comenzó su deterioro mucho antes de llegar aquí, y nunca pude responderme qué le pasó con exactitud: si hay un hecho en particular, si es un proceso con miles de variables, si..nos pasará a todos. Porque el miedo a la muerte es ahora inexistente: el miedo a la vejez, para mí, tomó su lugar.

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