¿Cuánto tiempo más debe sufrir alguien que
no tiene una enfermedad terminal pero odia en lo que se ha convertido? ¿Alguien
que no sabe qué día es, qué acaba de almorzar, con quién estuvo casada más de
25 años, qué le contaron hace dos minutos, qué le respondieron hace dos
segundos a una pregunta que, claro, ya olvidó también?
No está contemplado
aún que hacer en estos casos. En países occidentales, la gente vive más años, y
tal vez en zonas de mayor desarrollo tengan pensado un contexto más favorable
para que los ancianos pasen sus últimos años (que pueden ser, hoy día, 10 o
20). Pero al menos en la
Argentina nos encontramos con que los viejos se están
haciendo muy viejos con una jubilación y pensión miserables, con gastos
extremadamente altos en todo lo que refiere a sus cuidados (en algunos casos
amenguados por una ley de discapacidad que cubre ciertos costos), y con
familias que no pueden estar pendientes de su bienestar por sus ocupaciones
diarias o porque no pueden, ni física ni emocionalmente, hacerse cargo.
A esta situación que me toca le di todas las
vueltas posibles. Intenté que mi madre se quedara con nosotros, pero vivimos un
infierno de seis meses en el que ella tampoco era feliz. Era común el llanto
inesperado, la agresión, el súbito ataque de locura. No había forma humanamente
posible de acompañarla 24 horas y atender todos sus requerimientos físicos y
emocionales. Llevarla a una residencia geriátrica fue el menor de dos males.
¿Qué otras opciones hay para esta situación límite? No vi otra, ni veo a mi
alrededor que otros encuentren maneras de resolver esto de mejor manera.
Mañana cumplirá 91 años. Nuevamente, me dirá
que “para qué tanto”, “por qué no me muero y ya está”, “hasta cuándo voy a
estar yo acá”, “parece que allá no me quieren”...
El año pasado yo había
optado por celebrárselo en el geriátrico, pero mañana tengo pensado sacarla a
tomar el té con torta a algún lado. Salvo Eva, la adorable alemana, la mayoría
de los ancianos de planta baja están demasiado enajenados como para querer
celebrar nada. Además, Anabela ayer me comentó: “Con esto de las fiestas, están
todos muy revolucionados. Mejor sacala...”
Francisco, por ejemplo, duerme casi siempre,
sentado en una silla de ruedas que a veces arrastra él mismo hasta el baño o su
habitación. En ocasiones se despierta sobresaltado, como el día en que gritó:
“¡El portafolios! ¡El portafolios!” La encargada se le acercó y con dulzura le
dijo: “Tranquilo, Francisco. ¿Qué pasó? ¿Soñabas? No hay ningún portafolios,
está todo bien, tuviste una pesadilla...” Francisco, el que me hizo sentir
treinta años mayor el día que me preguntó “¿Usted ingresó hoy?”
La gallega picaresca de cuyo nombre no puedo
acordarme es una de las más despiertas y cómicas. Tal vez junto con Eva son las
únicas que le agregan algo de espíritu vivaz al piso. Conozco pocos nombres, en
realidad, en este “abajo”. Está el señor de la tablet y los audífonos que
aprovecha de las ventajas de tener tecnología para evadirse con música, videos
y radio. La anciana menudita que intenta corretear desde su silla, dirigiéndose
a quienes, como yo, no le prestan ninguna atención porque es imposible seguirle
el hilo de sus pensamientos. Hay dos que se enfrascan en la lectura de libros,
bienes escasos y poco apreciados por aquí. Y poco más. El anciano sentado más
próximo a mi madre, cada pocos minutos, se reacomoda en su silla. Es toda su
actividad. Detrás de una paredes que hacen las veces de biombo hay dos ancianas
completamente excluidas de todo lo que sucede en la sala principal. Y a quienes
llevan a la habitación antes de la hora de almorzar. Quién sabe cuáles serán
los detalles de esas vidas tortuosas.
Intentaré que hable con alguna amiga o
pariente, de quien se acuerda algo cuando se pone hablar: ni un minuto antes,
ni un minuto después. Con la compañía de mi hija a la salida de la escuela,
tomaremos juntas una merienda con torta, como merece todo cumpleaños. Pronto
empezará a impacientarse y empujará el regreso. “Vamos, vamos, antes de
que...(llueva, oscurezca, se haga más tarde,...)” La acompañaré de vuelta al
geriátrico, y me preguntará adónde es que la llevo. Cuando la deje, me rogará
que no lo haga, preguntará por qué la dejo ahí, se olvidará de que hace más de
dos años es su hogar...Me tildará de mala, llorará unas cuantas lágrimas
pidiéndome que vuelva, que me la lleve de ahí, me dirá que si la dejo ahí va a
morir, y yo me despediré, con un nudo en el pecho que con el tiempo ya se fue
haciendo parte de mi cuerpo, que ya casi, casi, hizo callo.
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