domingo, 11 de diciembre de 2016

FELIZ CUMPLEAÑOS, MAMI

   

¿Cuánto tiempo más debe sufrir alguien que no tiene una enfermedad terminal pero odia en lo que se ha convertido? ¿Alguien que no sabe qué día es, qué acaba de almorzar, con quién estuvo casada más de 25 años, qué le contaron hace dos minutos, qué le respondieron hace dos segundos a una pregunta que, claro, ya olvidó también?
No está contemplado aún que hacer en estos casos. En países occidentales, la gente vive más años, y tal vez en zonas de mayor desarrollo tengan pensado un contexto más favorable para que los ancianos pasen sus últimos años (que pueden ser, hoy día, 10 o 20). Pero al menos en la Argentina nos encontramos con que los viejos se están haciendo muy viejos con una jubilación y pensión miserables, con gastos extremadamente altos en todo lo que refiere a sus cuidados (en algunos casos amenguados por una ley de discapacidad que cubre ciertos costos), y con familias que no pueden estar pendientes de su bienestar por sus ocupaciones diarias o porque no pueden, ni física ni emocionalmente, hacerse cargo.
   A esta situación que me toca le di todas las vueltas posibles. Intenté que mi madre se quedara con nosotros, pero vivimos un infierno de seis meses en el que ella tampoco era feliz. Era común el llanto inesperado, la agresión, el súbito ataque de locura. No había forma humanamente posible de acompañarla 24 horas y atender todos sus requerimientos físicos y emocionales. Llevarla a una residencia geriátrica fue el menor de dos males. ¿Qué otras opciones hay para esta situación límite? No vi otra, ni veo a mi alrededor que otros encuentren maneras de resolver esto de mejor manera.
   Mañana cumplirá 91 años. Nuevamente, me dirá que “para qué tanto”, “por qué no me muero y ya está”, “hasta cuándo voy a estar yo acá”, “parece que allá no me quieren”...
El año pasado yo había optado por celebrárselo en el geriátrico, pero mañana tengo pensado sacarla a tomar el té con torta a algún lado. Salvo Eva, la adorable alemana, la mayoría de los ancianos de planta baja están demasiado enajenados como para querer celebrar nada. Además, Anabela ayer me comentó: “Con esto de las fiestas, están todos muy revolucionados. Mejor sacala...”
   Francisco, por ejemplo, duerme casi siempre, sentado en una silla de ruedas que a veces arrastra él mismo hasta el baño o su habitación. En ocasiones se despierta sobresaltado, como el día en que gritó: “¡El portafolios! ¡El portafolios!” La encargada se le acercó y con dulzura le dijo: “Tranquilo, Francisco. ¿Qué pasó? ¿Soñabas? No hay ningún portafolios, está todo bien, tuviste una pesadilla...” Francisco, el que me hizo sentir treinta años mayor el día que me preguntó “¿Usted ingresó hoy?”
   La gallega picaresca de cuyo nombre no puedo acordarme es una de las más despiertas y cómicas. Tal vez junto con Eva son las únicas que le agregan algo de espíritu vivaz al piso. Conozco pocos nombres, en realidad, en este “abajo”. Está el señor de la tablet y los audífonos que aprovecha de las ventajas de tener tecnología para evadirse con música, videos y radio. La anciana menudita que intenta corretear desde su silla, dirigiéndose a quienes, como yo, no le prestan ninguna atención porque es imposible seguirle el hilo de sus pensamientos. Hay dos que se enfrascan en la lectura de libros, bienes escasos y poco apreciados por aquí. Y poco más. El anciano sentado más próximo a mi madre, cada pocos minutos, se reacomoda en su silla. Es toda su actividad. Detrás de una paredes que hacen las veces de biombo hay dos ancianas completamente excluidas de todo lo que sucede en la sala principal. Y a quienes llevan a la habitación antes de la hora de almorzar. Quién sabe cuáles serán los detalles de esas vidas tortuosas.

   Intentaré que hable con alguna amiga o pariente, de quien se acuerda algo cuando se pone hablar: ni un minuto antes, ni un minuto después. Con la compañía de mi hija a la salida de la escuela, tomaremos juntas una merienda con torta, como merece todo cumpleaños. Pronto empezará a impacientarse y empujará el regreso. “Vamos, vamos, antes de que...(llueva, oscurezca, se haga más tarde,...)” La acompañaré de vuelta al geriátrico, y me preguntará adónde es que la llevo. Cuando la deje, me rogará que no lo haga, preguntará por qué la dejo ahí, se olvidará de que hace más de dos años es su hogar...Me tildará de mala, llorará unas cuantas lágrimas pidiéndome que vuelva, que me la lleve de ahí, me dirá que si la dejo ahí va a morir, y yo me despediré, con un nudo en el pecho que con el tiempo ya se fue haciendo parte de mi cuerpo, que ya casi, casi, hizo callo.

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