miércoles, 21 de diciembre de 2016

REGRESIONES



Miraba alternativamente a mi madre y a mi hija. Pero mi mirada reposaba por más tiempo en mi madre. Las tres estábamos comiendo un conito de helado, y nunca se me hubiera ocurrido antes que me vería en la situación de tener que darle instrucciones a mi madre (y no a mi hija) sobre cómo comerlo para que no se le caiga. A esta altura de su edad, mi niña, aunque todavía pequeña, tiene clarísima cuál es la mejor manera de comer un helado sin que se caiga. Esto no siempre incluye la precaución de tener en cuenta, además, cómo mancharse cara, manos y ropa lo menos posible, pero hace el intento y ya mis directivas no van en esa dirección. Mientras miraba a mi madre disfrutando locamente del helado, pero a su vez, lidiando con una tarea que parecía complicada, no podía sino quedarme como paralizada, mirándola. Pensaba en las veces que ella me habría indicado cómo hacerlo, hace ya más de cincuenta años. Y en otras en que me había explicado, instruido, ordenado y exigido cómo hacerlo casi todo en la vida. Y ahora estaba frente a mí, sentada en una silla de ruedas, con la mente nublada, y un helado en la mano que la hacía más pequeña que mi hija pequeña.
   Paseamos las tres un rato por una plaza en refacciones, un tanto hostil por esa razón, ya que cada vez ponen más rejas, más canteros, más barreras para que perros y personas no puedan disfrutarla como desearían. Pero hallamos un lugar donde sentarnos a la sombra y disfrutar de una cierta brisa en una tarde muy calurosa.
   No digo nada del cielo impecable, pero dentro de mí me alegro de que estas condiciones harán que no vuelva a decirme que se avecina una tormenta. Sin embargo, encuentra otras amenazas. Mira para arriba, tal vez buscando esa nube negruzca y gorda que parece siempre correr detrás de ella y parársele adelante. Y lo que ve es un cielo totalmente azul, pero a través de árboles muy altos que nos reparan del sol.
-         No quiero ni pensar que ese árbol se vaya a caer. ¡Mirá si se nos cae el árbol encima!
   Me sumerjo en la lectura de un libro. A veces ya no quiero seguir refutando sus incontables miedos desmesurados, irracionales.
-         ¿Dónde está Valeria? ¿Qué ropa tenía puesta?
   Me nombra a mí, pero sé que está pensando en mi hija. No le cambio el nombre, simplemente le contesto:
-         Allá, jugando. Está en los juegos.
-         Pero...¿vos la ves?
   No, no la veo. Sé que Natalia está en los juegos porque, ante la misma pregunta, hace dos minutos me paré para verificar. Cuando repita la pregunta por enésima vez, tendré que incorporarme nuevamente, porque, después de todo, perder de vista a un hijo es la pesadilla de cualquier padre. Cuando aguijoneaba de ese modo estando bien de la cabeza, yo no entendía su crueldad de intentar transmitirme sus mismos miedos y preocupaciones. Y claro, no dejo de preguntarme si ciertas cosas del pasado coincidían con “estar bien de la cabeza”. Pero esta tierra está llena de locos sueltos que atestamos las calles, mientras a dos o tres desafortunados los encerraron bajo cuatro llaves. Ahora le resto importancia a sus comentarios porque sé que ya no hay segundas intenciones.
   Luego me hace comentarios, o preguntas. Tengo que pedirle que me repita, porque entre su voz cada vez más baja, su dentadura movediza y su hilo de pensamientos que no logro seguir, me cuesta distinguir lo que dice. Por momentos me obligo a prestarle atención y contestarle todo. En otros, dejo pasar la pregunta, que al segundo olvida: olvida qué preguntó, y olvida que preguntó...
   Hasta que en un momento, niega con la cabeza. Corre de su boca un ligero hilito de baba.
-         Qué feo estar así. Por qué no se morirá uno. No es que no quiera estar con ustedes, pero...no, no salgo más.
El corazón una vez más se me estruja. No quiere estar más. No sé ya que hacer con su indiferencia por la vida, con su cansancio, con su resistencia a seguir las batallas diarias.
   Al cabo de un rato, la llevamos de vuelta al geriátrico. Seguramente no es el lugar donde quiere estar, pero tampoco quiere estar demasiado tiempo fuera de allí. Es que la tierra ya no es el lugar que desea. Aunque siempre me pregunto: ¿qué es querer morir, si no sabemos de qué se trata? ¿Podemos desear algo de lo que, pese a toda la historia de nuestra humanidad, desconocemos a tal punto?

   Querer morirse: no saber lo que es, y, sin embargo, desearlo con toda el alma.

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