Miraba
alternativamente a mi madre y a mi hija. Pero mi mirada reposaba por más tiempo
en mi madre. Las tres estábamos comiendo un conito de helado, y nunca se me
hubiera ocurrido antes que me vería en la situación de tener que darle
instrucciones a mi madre (y no a mi hija) sobre cómo comerlo para que no se le
caiga. A esta altura de su edad, mi niña, aunque todavía pequeña, tiene
clarísima cuál es la mejor manera de comer un helado sin que se caiga. Esto no
siempre incluye la precaución de tener en cuenta, además, cómo mancharse cara,
manos y ropa lo menos posible, pero hace el intento y ya mis directivas no van
en esa dirección. Mientras miraba a mi madre disfrutando locamente del helado,
pero a su vez, lidiando con una tarea que parecía complicada, no podía sino
quedarme como paralizada, mirándola. Pensaba en las veces que ella me habría
indicado cómo hacerlo, hace ya más de cincuenta años. Y en otras en que me
había explicado, instruido, ordenado y exigido cómo hacerlo casi todo en la
vida. Y ahora estaba frente a mí, sentada en una silla de ruedas, con la mente
nublada, y un helado en la mano que la hacía más pequeña que mi hija pequeña.
Paseamos las tres un rato por una plaza en
refacciones, un tanto hostil por esa razón, ya que cada vez ponen más rejas,
más canteros, más barreras para que perros y personas no puedan disfrutarla
como desearían. Pero hallamos un lugar donde sentarnos a la sombra y disfrutar
de una cierta brisa en una tarde muy calurosa.
No digo nada del cielo impecable, pero
dentro de mí me alegro de que estas condiciones harán que no vuelva a decirme
que se avecina una tormenta. Sin embargo, encuentra otras amenazas. Mira para
arriba, tal vez buscando esa nube negruzca y gorda que parece siempre correr
detrás de ella y parársele adelante. Y lo que ve es un cielo totalmente azul,
pero a través de árboles muy altos que nos reparan del sol.
-
No
quiero ni pensar que ese árbol se vaya a caer. ¡Mirá si se nos cae el árbol
encima!
Me sumerjo en la lectura de un libro. A
veces ya no quiero seguir refutando sus incontables miedos desmesurados,
irracionales.
-
¿Dónde
está Valeria? ¿Qué ropa tenía puesta?
Me nombra a mí, pero sé que está pensando en
mi hija. No le cambio el nombre, simplemente le contesto:
-
Allá,
jugando. Está en los juegos.
-
Pero...¿vos
la ves?
No, no la veo. Sé que Natalia está en los
juegos porque, ante la misma pregunta, hace dos minutos me paré para verificar.
Cuando repita la pregunta por enésima vez, tendré que incorporarme nuevamente,
porque, después de todo, perder de vista a un hijo es la pesadilla de cualquier
padre. Cuando aguijoneaba de ese modo estando bien de la cabeza, yo no entendía
su crueldad de intentar transmitirme sus mismos miedos y preocupaciones. Y
claro, no dejo de preguntarme si ciertas cosas del pasado coincidían con “estar
bien de la cabeza”. Pero esta tierra está llena de locos sueltos que atestamos
las calles, mientras a dos o tres desafortunados los encerraron bajo cuatro
llaves. Ahora le resto importancia a sus comentarios porque sé que ya no hay
segundas intenciones.
Luego me hace comentarios, o preguntas.
Tengo que pedirle que me repita, porque entre su voz cada vez más baja, su
dentadura movediza y su hilo de pensamientos que no logro seguir, me cuesta
distinguir lo que dice. Por momentos me obligo a prestarle atención y
contestarle todo. En otros, dejo pasar la pregunta, que al segundo olvida:
olvida qué preguntó, y olvida que preguntó...
Hasta que en un momento, niega con la
cabeza. Corre de su boca un ligero hilito de baba.
-
Qué feo estar
así. Por qué no se morirá uno. No es que no quiera estar con ustedes,
pero...no, no salgo más.
El corazón una vez
más se me estruja. No quiere estar más. No sé ya que hacer con su indiferencia
por la vida, con su cansancio, con su resistencia a seguir las batallas
diarias.
Al cabo de un rato, la llevamos de vuelta al
geriátrico. Seguramente no es el lugar donde quiere estar, pero tampoco quiere
estar demasiado tiempo fuera de allí. Es que la tierra ya no es el lugar que
desea. Aunque siempre me pregunto: ¿qué es querer morir, si no sabemos de qué
se trata? ¿Podemos desear algo de lo que, pese a toda la historia de nuestra
humanidad, desconocemos a tal punto?
Querer morirse: no saber lo que es, y, sin
embargo, desearlo con toda el alma.
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