domingo, 13 de enero de 2019

UN CAMINO LARGO Y SINUOSO

UN CAMINO LARGO Y SINUOSO

-         Ayer estuvo hablando todo el tiempo de cómo se va a ir de acá. Le explicamos que no es tan fácil -, me cuenta Inés, otra anciana.
No importa lo que diga Inés ahora; puede hablarme libremente de lo que dice mi mamá, de lo que ella piensa sobre lo que dice mi mamá. Perla ya no oye. Hay que hablarle muy alto en el oído para que pueda oir algo.
Y nuevamente, el tema: ubicación tiempo y espacio.
El otro día fui a verla cuando ya estaba en la cama. Todavía no se había dormido, así que me acerqué y le toqué un brazo. Se alegró de verme, pero su rostro se ensombreció cuando empezó a comentarme que no sabía cuánto tiempo más debería quedarse allí.
-         Yo ya estoy cansada, ya quiero irme a mi casa... ¿Qué te dicen los de arriba?
En momentos así, prefiero seguirle la corriente, porque sería muy brutal decirle
que de ahí va a irse con los pies para adelante.
-         No sé, no me saben decir todavía...
Ya me había manifestado otras veces esa sensación de que se encuentra en este
lugar por un tiempo determinado. En esos momentos siente que está tal vez en un hospital, en una clínica de recuperación, y que cuando esa recuperación se dé, volverá “a su casa”. Desisto de indagar cuál piensa que es “su casa”: la primera vez que me asusté con este tema fue cuando, durante los seis meses que pasó en mi casa, me preguntaba si había cerrado bien la puerta de atrás, la que da al gallinero, cuando ella vivía hacía más de cuarenta años en un departamento. En esa época, yo todavía pretendía aferrarla a la realidad, al presente, con mayor o menor éxito. Ya no lo intento ahora. Simplemente, le sigo la conversación. Tampoco me despido cada vez que me voy, porque suele ser otro momento problemático. Suelo escabullirme con un “voy a estacionar y vuelvo”, o “me voy a trabajar y vuelvo”, y cosas así. Pero siempre “vuelvo”. Eso parece darle más confianza en los momentos en que siente que se quedará completamente sola, lo que resulta imposible en el lugar donde está.
            Si bien la soledad (y con ella, la privacidad) es imposible en el geriátrico, sí viene sucediendo que las ancianas con las que comparte habitación terminan dejándola sola. Esta situación se remonta hasta el primer geriátrico, en el que sólo estuvo un par de meses. Allí también al principio compartía habitación, pero pronto quedó sola. En este geriátrico cambió de habitación varias veces, y en cada ocasión compartió el espacio con viejitas que decidieron despedirse de este mundo. Perla pronto las olvida, así que la precaución extrema de las cuidadoras por ocultar o disimular lo que ha sucedido (con algún gesto o susurro) resulta completamente innecesaria.
            Justo antes de las fiestas, cuando estaba dando mi última semana de clases, me suena el teléfono: llamada del geriátrico. “Se descompensó”, me dicen. Siempre imagino que si algún día me tienen que llamar para avisarme que falleció, dirán algo así primero, para no tener que darme una noticia más cruenta por teléfono. Igual, pregunto: “¿Qué quiere decir, qué le pasa?” Me vuelven a repetir ese verbo comodín, “se descompensó, se descompensó”, como si fuera un claro diagnóstico. Finalmente, intentan insertar un poco de claridad: “No responde a ningún estímulo. Estamos tratando de despertarla y no reacciona”. Para dirigirme a mi estudiante y explicarle que tengo que salir corriendo, les digo: “Te llamo en 10”. Salgo de la sala a los pocos minutos y devuelvo la llamada. “Ya está, ya está”, me dicen ahora. Se despertó y ya está sentada para desayunar”.
            Como la cosa ya no parece tan urgente, termino todas mis clases de la mañana y recién entonces voy a verla. Me dicen que llamaron a urgencias, que tuvo una “obstrucción respiratoria” (o algo así), que ya está todo bien.
            Y recuerdo que el día anterior yo había decidido llevarle helado, y recuerdo también la desesperación con la que Perla arremetía la cuchara para deleitarse con el chocolate, el dulce de leche y la vainilla. Pensé si tal vez esa avidez con la que comió el helado el día anterior no habrá sido la que terminó produciéndole alguna obstrucción. Hace unos tres años, su médica de cabecera, al visitarla durante una internación por neumonía por aspiración, me explicó que yo “tendría que prepararme” para el final inminente, ya que cuando empiezan a aparecer los problemas de deglución, es irreversible en los casos de pacientes con problemas cognitivos y pueden fácilmente morir por una infección causada por líquido o alimento en sus pulmones. Perla también viene desafiando todos los pronósticos en este sentido, ya que luego de esa internación, recuperó algunas funciones gracias a un tratamiento con fonoaudióloga, y volvió a pasar de la ingesta de alimentos blandos a la de sólidos. Sin embargo, este último incidente me lleva a tener más precauciones con la forma en que yo intervengo. También me sucedió un día que la saqué a pasear...y tras el paseo se resfrió, tuve que comprarle antibióticos y la dejé de cama unos días...
            El desafío de saber exactamente qué hacer con ella es diario. En mis visitas, últimamente, opto por mostrarle fotos, pequeños videos, aunque ve tan mal (y además le patina tanto el bocho) que puede llegar a preguntarme “¿Eso es un perro?” cuando claramente es una persona, o “¿y esa sos vos?” cuando se trata de mi niña de 12 años. Sin embargo, es una manera de pasar un rato con ella y compartir algo. Ponerle música también resultó un fracaso, ya que aunque le ponga el celular pegado a la oreja, me dice: “¿Por qué no se escucha nada?”
            Hablo con otras mujeres que comparten la situación desesperanzadora que viven con sus madres, y tratamos de apoyarnos mutuamente. Creo que somos esa generación que no supo que nos enfrentaríamos a este problema durante tanto tiempo. Nos vamos armando de herramientas para lidiar con el tema a medida que transitamos el camino. Que, por lo visto, es largo y penoso.


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