Diciembre arranca mañana y con él se me revolucionan todas las
emociones. En diciembre, Perla cumple años. Terminan las clases de mi hija (que
además, este año, finaliza la escuela primaria). Se toman una pausa las clases
que yo dicto. Cumplo años yo. Celebro un nuevo aniversario junto a mi
compañero. Y encima, Nochebuena, Navidad, Año Nuevo...
Decidí que este año no le voy a celebrar el cumpleaños a Perla.
Seguramente pasará inadvertido en el geriátrico: dudo mucho que lleven la
cuenta de cuándo cumple cada uno. Y la última que se enteraría sería la misma
Perla. El año pasado le llevé una torta, la puse delante de ella, le pedí que
soplara la velita...y ni así pareció darse cuenta de qué pasaba. Llevé cositas
para picar, bebidas, cortamos la torta...sentí que era una celebración inútil.
¿Celebración de qué?
Hace muchos días que no voy. A veces siento que, si no lo hago, es
casi como si la situación no existiera. Cuando la visito, nunca sé bien con qué
me voy a encontrar. Una de las últimas veces, por ejemplo, me vio y se puso a
llorar, como hacía antes: “¡No sabés lo feo que es estar acá! ¡Llevame con vos!
¡No quiero quedarme sola! ¡No me dejes sola!” Cuando me fui, me miró con odio.
Volví al otro día para ver si seguía igual. Cantaba Serafín, el
cantante de tangos que visita todos los martes. Perla me tomó de la mano, me la
besaba, movía la boca siguiendo la letra de las canciones, miraba embelesada a
Serafín, que es siempre tan cariñoso con todas...Es así. Una de cal y una de
arena, todo el tiempo.
Se acerca un momento muy doloroso en casa, porque pronto nos veremos
en la necesidad de tomar una decisión con la vida de nuestro perro, Aarón. Ya
tiene 14 años, está enfermo y dolorido, ya no puede moverse. Y los
veterinarios, en esos casos, aconsejan y dan una mano en la decisión final. Se
me arruga el corazón de pensarlo, pero debo ser justa con él y decidir terminar
con su sufrimiento. Las mismas opciones, sin embargo, no existen para los
humanos. En ese sentido, tenemos menos derechos.
(un mes después)
La primera vez que Aarón se paralizó, desesperamos. Era un fin de
semana, encima. Buscamos veterinarias de urgencia las 24 horas, y conseguimos
que un doctor viniera a verlo. Le inyectó un combo poderoso, recomendó
zapatillas antideslizantes para que pudiera incorporarse con menos dificultad,
y así logramos que al día siguiente comenzara a moverse otra vez. Con esfuerzo,
pero hasta logró dar algunos saltitos de alegría otra vez al salir, y llegó a
pegarse una corrida enloquecida tras su némesis, un encantador border collie
blanco y negro cuya dueña me grita desaforada cada vez que esto sucede. No le
importa cuando le digo que mi perro estuvo 24 horas paralizado y que su perro
logra energizarlo. “¿Y yo qué culpa tengo?”, me escupe desde lejos.
La segunda vez que se paralizó, logramos que saliera adelante, pero
las cosas ya no fueron igual. Parecía cada vez más cansado, casi no salía si no
nos poníamos firmes para que lo hiciera, y el pis y la caca podían llegar a
aparecer por cualquier lado. No se notaba dónde podía estar en la casa, de tan
silencioso que estaba. A veces sus ojos también se ponían muy mal: “ojos de
zombie”, decía mi hija.
Entonces...cuando se paralizó por tercera vez, empezamos a plantearnos
el adiós. No era justo mantenerlo junto a nosotros a como diera lugar. Se le
notaba un cansancio infinito en los ojos. Los perros no ríen y rara vez lloran,
pero su rostro, sus ojos, denotaban tristeza y resignación.
Un día entero estuvo sin moverse y sin comer. A la mañana siguiente,
ya con la decisión tomada, lo envolvimos en una manta para llevarlo a la
veterinaria. Le puse el bozal para que no nos mordiera al alzarlo, pero no fue
necesario y enseguida se lo saqué. Estaba entregado a su destino.
En el auto, se quedó en la posición que lo puse. Lo abrazaba mucho,
por última vez.
Al llegar, lo pusimos en la camilla. Nunca se resistió. Apoyó su
cabeza y miró hacia ningún lugar. Yo lo abrazaba, lo besaba, le decía cuánto lo
quería. Mientras la doctora le buscaba una vena para la vía, puse mi mano en su
corazón para comprobar por última vez que latía. Era su única demostración de
vitalidad.
Lloré con desconsuelo al dar ese último adiós. Cuando lo vi inerte,
volví a posar mi mano sobre su corazón, ahora quieto. Me fui de allí. Sólo quedaba
una cáscara vacía, ese ya no era Aarón y lo que fue de él estaba ahora
retozando con alegría por algún campo celestial donde no habita el dolor.
Volví a llorar al llegar a casa con su collar en la mano, al contarle
a mi hija lo que había sucedido, con filtros debido a su edad. “Lo llevamos
para un tratamiento, y murió”, le conté. Ya habrá tiempo cuando crezca y entienda este
tipo de decisiones para contarle la verdad sin tapujos. “Yo ya sabía que se iba
a morir”, me dijo, lo que me alivió.
La tristeza es natural y no quise reprimirla. Me consolaba lo
irremediable de la situación, el saber que fue la mejor decisión para la
condición en que estaba; y que si él hubiera tenido palabras para comunicarme
sus sentimientos, lo hubiera pedido también.
Ahora se suma otra fecha para mis
diciembres ya atorados de emociones. Los primeros de diciembre recordaré el día
en que Aarón nos dejó, o lo dejamos ir (jamás nos hubiera dejado: ¡era mi
sombra!). El día en que lo soltamos para terminar con su sufrimiento.
Me tranquiliza ahora, al mirar atrás,
darme cuenta de que hacía rato que había dejado de ser quien era. Al entrar en
casa, recuerdo que ya hacía tiempo que no venía a recibirnos, por lo que le
costaba incorporarse, o porque simplemente no oía bien. Sucedía muchas veces
que llegaba a casa y lo encontraba profundamente dormido en alguna habitación. De
repente, notaba que estaba yo ahí y se sorprendía él mismo, supongo, de no
haberme oído antes. Y me calman también todos los recuerdos de los momentos en
que nos acompañó: sonrío al recordar que en los días de mucho calor decidía
dormir en la bañadera, o que, pese a que no le gustaba el agua, nos acompañó
cuando nos metimos al río, a una laguna, al mar, porque lo suyo era acompañar
siempre. Así que estoy en paz. Sólo pienso
que, lamentablemente, los humanos no podemos darnos el lujo de la muerte digna
que sí le regalamos a nuestras mascotas. Y me vienen a la mente todas las veces que mi
madre me dijo que no querría vivir “así”: así como veía a otros viejos,
vegetando, sólo comiendo y durmiendo, sin conciencia de tiempo ni lugar.
Y con eso no podemos hacer nada.

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