viernes, 4 de enero de 2019

EUTANASIA

Diciembre arranca mañana y con él se me revolucionan todas las emociones. En diciembre, Perla cumple años. Terminan las clases de mi hija (que además, este año, finaliza la escuela primaria). Se toman una pausa las clases que yo dicto. Cumplo años yo. Celebro un nuevo aniversario junto a mi compañero. Y encima, Nochebuena, Navidad, Año Nuevo...
Decidí que este año no le voy a celebrar el cumpleaños a Perla. Seguramente pasará inadvertido en el geriátrico: dudo mucho que lleven la cuenta de cuándo cumple cada uno. Y la última que se enteraría sería la misma Perla. El año pasado le llevé una torta, la puse delante de ella, le pedí que soplara la velita...y ni así pareció darse cuenta de qué pasaba. Llevé cositas para picar, bebidas, cortamos la torta...sentí que era una celebración inútil. ¿Celebración de qué?
Hace muchos días que no voy. A veces siento que, si no lo hago, es casi como si la situación no existiera. Cuando la visito, nunca sé bien con qué me voy a encontrar. Una de las últimas veces, por ejemplo, me vio y se puso a llorar, como hacía antes: “¡No sabés lo feo que es estar acá! ¡Llevame con vos! ¡No quiero quedarme sola! ¡No me dejes sola!” Cuando me fui, me miró con odio.
Volví al otro día para ver si seguía igual. Cantaba Serafín, el cantante de tangos que visita todos los martes. Perla me tomó de la mano, me la besaba, movía la boca siguiendo la letra de las canciones, miraba embelesada a Serafín, que es siempre tan cariñoso con todas...Es así. Una de cal y una de arena, todo el tiempo.
Se acerca un momento muy doloroso en casa, porque pronto nos veremos en la necesidad de tomar una decisión con la vida de nuestro perro, Aarón. Ya tiene 14 años, está enfermo y dolorido, ya no puede moverse. Y los veterinarios, en esos casos, aconsejan y dan una mano en la decisión final. Se me arruga el corazón de pensarlo, pero debo ser justa con él y decidir terminar con su sufrimiento. Las mismas opciones, sin embargo, no existen para los humanos. En ese sentido, tenemos menos derechos.

(un mes después)

La primera vez que Aarón se paralizó, desesperamos. Era un fin de semana, encima. Buscamos veterinarias de urgencia las 24 horas, y conseguimos que un doctor viniera a verlo. Le inyectó un combo poderoso, recomendó zapatillas antideslizantes para que pudiera incorporarse con menos dificultad, y así logramos que al día siguiente comenzara a moverse otra vez. Con esfuerzo, pero hasta logró dar algunos saltitos de alegría otra vez al salir, y llegó a pegarse una corrida enloquecida tras su némesis, un encantador border collie blanco y negro cuya dueña me grita desaforada cada vez que esto sucede. No le importa cuando le digo que mi perro estuvo 24 horas paralizado y que su perro logra energizarlo. “¿Y yo qué culpa tengo?”, me escupe desde lejos.
La segunda vez que se paralizó, logramos que saliera adelante, pero las cosas ya no fueron igual. Parecía cada vez más cansado, casi no salía si no nos poníamos firmes para que lo hiciera, y el pis y la caca podían llegar a aparecer por cualquier lado. No se notaba dónde podía estar en la casa, de tan silencioso que estaba. A veces sus ojos también se ponían muy mal: “ojos de zombie”, decía mi hija.
Entonces...cuando se paralizó por tercera vez, empezamos a plantearnos el adiós. No era justo mantenerlo junto a nosotros a como diera lugar. Se le notaba un cansancio infinito en los ojos. Los perros no ríen y rara vez lloran, pero su rostro, sus ojos, denotaban tristeza y resignación.
Un día entero estuvo sin moverse y sin comer. A la mañana siguiente, ya con la decisión tomada, lo envolvimos en una manta para llevarlo a la veterinaria. Le puse el bozal para que no nos mordiera al alzarlo, pero no fue necesario y enseguida se lo saqué. Estaba entregado a su destino.
En el auto, se quedó en la posición que lo puse. Lo abrazaba mucho, por última vez.
Al llegar, lo pusimos en la camilla. Nunca se resistió. Apoyó su cabeza y miró hacia ningún lugar. Yo lo abrazaba, lo besaba, le decía cuánto lo quería. Mientras la doctora le buscaba una vena para la vía, puse mi mano en su corazón para comprobar por última vez que latía. Era su única demostración de vitalidad.
Lloré con desconsuelo al dar ese último adiós. Cuando lo vi inerte, volví a posar mi mano sobre su corazón, ahora quieto. Me fui de allí. Sólo quedaba una cáscara vacía, ese ya no era Aarón y lo que fue de él estaba ahora retozando con alegría por algún campo celestial donde no habita el dolor.
Volví a llorar al llegar a casa con su collar en la mano, al contarle a mi hija lo que había sucedido, con filtros debido a su edad. “Lo llevamos para un tratamiento, y murió”, le conté.  Ya habrá tiempo cuando crezca y entienda este tipo de decisiones para contarle la verdad sin tapujos. “Yo ya sabía que se iba a morir”, me dijo, lo que me alivió.
La tristeza es natural y no quise reprimirla. Me consolaba lo irremediable de la situación, el saber que fue la mejor decisión para la condición en que estaba; y que si él hubiera tenido palabras para comunicarme sus sentimientos, lo hubiera pedido también.
            Ahora se suma otra fecha para mis diciembres ya atorados de emociones. Los primeros de diciembre recordaré el día en que Aarón nos dejó, o lo dejamos ir (jamás nos hubiera dejado: ¡era mi sombra!). El día en que lo soltamos para terminar con su sufrimiento.
            Me tranquiliza ahora, al mirar atrás, darme cuenta de que hacía rato que había dejado de ser quien era. Al entrar en casa, recuerdo que ya hacía tiempo que no venía a recibirnos, por lo que le costaba incorporarse, o porque simplemente no oía bien. Sucedía muchas veces que llegaba a casa y lo encontraba profundamente dormido en alguna habitación. De repente, notaba que estaba yo ahí y se sorprendía él mismo, supongo, de no haberme oído antes. Y me calman también todos los recuerdos de los momentos en que nos acompañó: sonrío al recordar que en los días de mucho calor decidía dormir en la bañadera, o que, pese a que no le gustaba el agua, nos acompañó cuando nos metimos al río, a una laguna, al mar, porque lo suyo era acompañar siempre.  Así que estoy en paz. Sólo pienso que, lamentablemente, los humanos no podemos darnos el lujo de la muerte digna que sí le regalamos a nuestras mascotas.  Y me vienen a la mente todas las veces que mi madre me dijo que no querría vivir “así”: así como veía a otros viejos, vegetando, sólo comiendo y durmiendo, sin conciencia de tiempo ni lugar.
Y con eso no podemos hacer nada.


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