¿Somos todas las
personas bombas de tiempo con un plazo limitado de cordura que, en una
situación crítica o al llegar a la vejez (lo que suceda primero), estallaremos
en la tan temida locura, irremediablemente?
Antes pensaba, como dijo
Benjamin Franklin, que “en este mundo no hay nada cierto, excepto la muerte y
los impuestos”. Pero teniendo en cuenta la infinidad de paraísos fiscales y
trucos para evitar impuestos, yo definitivamente reemplazaría este segundo
término por “la locura”. La muerte sigue esperándonos a todos al final de
nuestra corta o larga vida; eso no ha cambiado con el correr del tiempo. Pero a
causa de que en la actualidad se extiende nuestra existencia más allá de lo que
ocurría hace, digamos, veinte o treinta años nomás, la demencia senil parece
estar esperando a más de un incauto.
Hace unos días vi a
una vecina de unos setenta y pico que solía saludarme efusivamente, siempre
preguntándome por mi hija, al cabo de lo cual yo le preguntaba por su nieta. Cuando
nos veía a las dos, se demoraba en comentarios sobre mi hija, lo mucho que
había crecido, y esas cosas que suelen decir los adultos de los niños. Pero
esta vez, nada de eso ocurrió. Yo estaba con mi hija entrando al edificio; ella
se encontraba sentada en los primeros escalones de las escaleras, meditabunda,
los ojos fijos en la nada. Ambas la saludamos, pero ella no contestó. Al subir
al ascensor, nos dijimos: “Qué rara está, ¿no?”
Hoy nuevamente.
Estaba parada en la puerta del edificio cuando entramos. Apenas nos miró, aunque
mi hija dice que le echó un descuidado “Hola”. Al rato, bajé a sacar el perro.
Permanecía allí, de pie, ahora del lado de adentro, mirando a través del vidrio
hacia la calle, sin decir nada. Me acordé que vive en el primer piso, en un B,
y que por eso tal vez no tenga ninguna ventana que dé a la calle, y quizás la
haga sentirse más acompañada mirar a la gente pasar desde el hall. Al volver de
darle la vuelta al perro, ella seguía igual, imperturbable, exactamente en la
misma pose, sin inmutarse siquiera ante mi paso ni el de mi perro.
¿Habrá comenzado
para ella esa temida barranca abajo? ¿Sabrá ya su hija lo que está sucediendo,
o lo negará como yo hice al principio, creyendo que a su madre nunca podría
ocurrirle?
A lo largo de la
vida, caminamos por un sendero donde una línea muy delgada nos separa de este
otro lado tan temido. Y la vejez se acerca cada vez más a esa línea y amenaza
con cruzarla hasta que, en tantísimos casos, lo hace, y ya no se vuelve.
Mientras tanto, intentamos aferrarnos a este lado. Nos comportamos como lo hace
la mayoría. Jugamos, tal vez, a tener una vida ligeramente alocada. Nos desatan
el alcohol y las drogas, que pueden llevarnos a momentos de locura y
descontrol. Pero seguimos de este lado. En ocasiones un golpe fuerte, como
puede serlo una ruptura sentimental, una enfermedad, un accidente, alguna
experiencia límite, nos lanzan casi al otro lado. Y si cruzamos la línea,
volvemos al cauce luego de pasado el temporal. No sienten a nuestro alrededor
que es para siempre, y nosotros nos consolamos luego con la idea de que fue un
viaje de ida y vuelta. Pero lo nuestro es este lado.
¿Cómo convivir con
la idea de que en algún momento no habrá retorno de ese territorio de
alucinaciones, de palabras que se olvidan, de rostros que se borran? Leemos con
fruición todo artículo sobre cómo llevar una vida saludable, cómo mantener el
cerebro activo, cómo darle más vida a los años; ¿servirá? Mientras somos
conscientes de que necesitamos hacer crucigramas, aprender idiomas, tener
proyectos, bailar, socializar, y lo hacemos todo junto para no sumirnos en la
vejez decrépita. Pero, ¿y si algún día nos olvidamos de esa voluntad vital? ¿Y
si amanecemos una mañana de día soleado pero mente nublada? ¿Qué o quién podrá
rescatarnos de esa nebulosa cuando dejemos de reconocernos frente al espejo?
Nada es cierto en la
vida, excepto la muerte y...la locura.
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