Tiene un rostro
calmo y sus ojos ya vieron dos guerras mundiales, dos siglos (uno casi completo),
y mucha vida. Son 102 años y va tranquilamente por el sendero que la conducirá
indefectiblente a los 103. Ya no es noticia ser centenario. Son muchos los que pasaron
la barrera de los 100 en este geriátrico. “Soy descendiente de vascos”,
comparte Berta. “Son gente muy fuerte” Los genes, indudablemente, deben de
haber hecho un gran aporte, ya que no puede estar el secreto en lo poco que
come y hasta en la escasa agua que bebe. Sin embargo, cuando hay algo dulce
rico, esas manitos se mueven veloces, ignorando artritis, desenvolviendo
papeles de bombones, quitando envoltorios de masas finas o secas, que devora
con placer. No, el secreto no debe de estar en la comida ni en la bebida.
Alucina con perros.
“Otra vez anoche me desperté, y había un perro grande parado en mi puerta...
¡Sentí tanto miedo! Algo van a tener que hacer para matar a todos los perros,
la gente ya no quiere salir a la calle... ¡Que traigan el ejército, que hagan
algo, no se puede vivir así!” Pensé alguna vez que sería cosa de un día. Pero
es su obsesión cotidiana. Cuando me parece que tuve una charla mínimamente
racional con ella, vuelve a mencionarme a los perros, y su rostro se llena de
terror. Estos temores sin duda aplacan mi deseo de pedir permiso para entrar a
mi perro, que tal vez a muchos de los otros les alegraría el día.
He visto a las
cuidadoras tratarla con la veneración y el cariño que justamente se habrá
ganado por tanta vida caminada. Que ya no camina, porque aunque sus pies
traviesos se escapan de las pantuflas cada dos por tres, Berta pierde su figura
diminuta en una silla de ruedas que le queda un poco menos grande que la vida
andada. Respira con dificultad y suelen dejarla reposar hasta la hora de
almorzar, pues se cansa sólo de estar sentada.
Daiana toma mate a
su lado. Debe acercarse mucho para oír las palabras que susurra Berta porque al
no tener ya mucha audición no regula bien su voz.
Deben de ser pocos
los amigos y familiares que le quedan a quien pasó los cien. Me pregunto si
esto se asemeja a la náusea de la eternidad. Escucho a tantos desear vivir una
vida larga, sin pensar en lo que significa alargarla hasta el sinsentido.
Muchos de los que están aquí no lo dicen a viva voz, como mi madre, pero sienten
el íntimo y profundo deseo de que “Dios se acuerde de ellos” y los acoja en su
seno. Es decir: quieren morirse, con palabras más o menos directas, con deseos
más o menos explícitamente formulados. Pero también están los otros que temen,
como cuando eran jóvenes, ese momento que los llevará de este geriátrico y de
todo lo que conocen. Porque la importancia de la rutina rige sus vidas:
sentarse en la misma silla, en el mismo espacio, levantarse y acostarse a la
misma hora. Mientras que la muerte es la peor ruptura de rutina que pueden
imaginar.
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