martes, 16 de agosto de 2016

LOS CIEN





Tiene un rostro calmo y sus ojos ya vieron dos guerras mundiales, dos siglos (uno casi completo), y mucha vida. Son 102 años y va tranquilamente por el sendero que la conducirá indefectiblente a los 103. Ya no es noticia ser centenario. Son muchos los que pasaron la barrera de los 100 en este geriátrico. “Soy descendiente de vascos”, comparte Berta. “Son gente muy fuerte” Los genes, indudablemente, deben de haber hecho un gran aporte, ya que no puede estar el secreto en lo poco que come y hasta en la escasa agua que bebe. Sin embargo, cuando hay algo dulce rico, esas manitos se mueven veloces, ignorando artritis, desenvolviendo papeles de bombones, quitando envoltorios de masas finas o secas, que devora con placer. No, el secreto no debe de estar en la comida ni en la bebida.
Alucina con perros. “Otra vez anoche me desperté, y había un perro grande parado en mi puerta... ¡Sentí tanto miedo! Algo van a tener que hacer para matar a todos los perros, la gente ya no quiere salir a la calle... ¡Que traigan el ejército, que hagan algo, no se puede vivir así!” Pensé alguna vez que sería cosa de un día. Pero es su obsesión cotidiana. Cuando me parece que tuve una charla mínimamente racional con ella, vuelve a mencionarme a los perros, y su rostro se llena de terror. Estos temores sin duda aplacan mi deseo de pedir permiso para entrar a mi perro, que tal vez a muchos de los otros les alegraría el día.
He visto a las cuidadoras tratarla con la veneración y el cariño que justamente se habrá ganado por tanta vida caminada. Que ya no camina, porque aunque sus pies traviesos se escapan de las pantuflas cada dos por tres, Berta pierde su figura diminuta en una silla de ruedas que le queda un poco menos grande que la vida andada. Respira con dificultad y suelen dejarla reposar hasta la hora de almorzar, pues se cansa sólo de estar sentada.
Daiana toma mate a su lado. Debe acercarse mucho para oír las palabras que susurra Berta porque al no tener ya mucha audición no regula bien su voz.
Deben de ser pocos los amigos y familiares que le quedan a quien pasó los cien. Me pregunto si esto se asemeja a la náusea de la eternidad. Escucho a tantos desear vivir una vida larga, sin pensar en lo que significa alargarla hasta el sinsentido. Muchos de los que están aquí no lo dicen a viva voz, como mi madre, pero sienten el íntimo y profundo deseo de que “Dios se acuerde de ellos” y los acoja en su seno. Es decir: quieren morirse, con palabras más o menos directas, con deseos más o menos explícitamente formulados. Pero también están los otros que temen, como cuando eran jóvenes, ese momento que los llevará de este geriátrico y de todo lo que conocen. Porque la importancia de la rutina rige sus vidas: sentarse en la misma silla, en el mismo espacio, levantarse y acostarse a la misma hora. Mientras que la muerte es la peor ruptura de rutina que pueden imaginar.

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