El nombre de mi
madre no es muy común, por eso me llamó la atención que en el segundo piso
donde ella se alojaba, lugar de unos diez o doce abuelos, hubiera otra señora
con su mismo nombre. Otra Perla.
Cuando sientan a
alguien alejado de la mayoría, suele ser porque se trata de algún anciano
particularmente enajenado: que no habla, que lo hace pero a sí mismo, a quien
se le da por mover la mesa sin razón o presenta algún otro rasgo que
significaría una molestia para sus compañeros. Así sucede con esta Perla. A
menudo las cuidadoras gritan su nombre y mi madre se sobresalta, pero suele no
ser a ella a quien llaman, sino a esta otra Perla esquiva, chúcara, que viaja
por otras dimensiones.
Un día se le acercó
Patricia, la encargada, que al arrancar su día hace un paseo por los dos pisos
saludando detenidamente a cada uno.
“¿Cómo anda, Perla?
¿Vamos a ver cómo están las cosas por la sala? ¿Hacemos el cambio de guardia?”
Patricia vio mi cara de confusión y pasó a explicarme: “Era caba en un
hospital...nada menos que donde estuvo internada Eva Perón.” Cuánta historia en
esta anciana que musita palabras sin sentido. Qué lástima no poder charlar con
ella sobre las anécdotas que seguramente tendría de cuando caminaba pasillos y
salas de hospitales que alojaban a personajes que hicieron historia en este
país.
Muchas veces pienso
en los vericuetos de la memoria. En qué ocurrió en verdad y qué creemos que
sucedió, convencidísimos de haber asido la realidad en los meandros de nuestros
cerebros. Y ahora que mi madre está aquí, si bien aún no está al punto límite
de esta otra Perla, siento que parte de mi historia se me está escapando en esa
mente que sólo parece vivir un puro presente. Que no recuerda qué acaba de
almorzar, qué hizo ayer, si la visité o no. Hay momentos de mi infancia de los
que sólo ella fue testigo. Y que yo pude saber por su relato. Tengo que tratar
de no olvidarlos, de atraparlos con fuertes redes para que no se escabullan
porque entonces se habrán perdido para siempre. Y dudaré si alguna vez existieron.
La Perla ex-jefa de enfermeras padecía cáncer de
piel. “Como Violeta”, me recuerda Camila, una de las cuidadoras. Violeta, la
que habla muy bajito y está a pocos meses de cumplir los 100. Como Hortensia,
esa maestra y directora de escuela jubilada que falleció hace unas semanas. Pueden
vivir mucho tiempo con cáncer de piel, oí decir. Esa enfermedad terrible de
seis letras, que acosa en diferentes partes del cuerpo a tantos jóvenes vitales
y con urgencia de comerse el mundo y les arranca la vida rápida e
impiadosamente, es lenta cuando se demora en la piel de los ancianos.
Un día no vi más a
esta Perla. Pregunté, con temor, esperé el gesto que con mano que viaja hacia
los cielos indica aquí la muerte. Pero no: “Está internada”, me dijeron. Pero
pasaban los días. Los que no vuelven pueden tener muchos motivos. En el caso de
esta Perla, fue la sonda nasogástrica. “La llevaron a otro geriátrico que tenga
ese tipo de atención”. Hay siempre algún otro círculo inferior en el infierno
de la vejez.
Ahora, mi madre es
la única Perla, y ya no habrá confusión de nombres o prendas de vestir con este
nombre mamarracheado en alguna etiqueta. Siempre aquí se trata de disimular la
ausencia de alguien que, por otros tratamientos, mudanza a otro geriátrico
o...”mudanza a la eternidad”, ya no comparte la sala con sus compañeros. Pero la
mayoría casi siempre apenas si se entera de esa partida. Están ensimismados en
su propio mundo de dolor. O desmemoriados al punto de sólo registrar el
presente, o recordar momentos muy lejanos que gustan repetir a quien los quiera
escuchar. Así que la vida sigue, hoy sin esta Perla, como cuando antes de que
estuviera. Como seguirá cuando ellos mismos falten y sean reemplazados por
otros, igual de indolentes.
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