miércoles, 17 de agosto de 2016

OTRA PERLA





El nombre de mi madre no es muy común, por eso me llamó la atención que en el segundo piso donde ella se alojaba, lugar de unos diez o doce abuelos, hubiera otra señora con su mismo nombre. Otra Perla.
Cuando sientan a alguien alejado de la mayoría, suele ser porque se trata de algún anciano particularmente enajenado: que no habla, que lo hace pero a sí mismo, a quien se le da por mover la mesa sin razón o presenta algún otro rasgo que significaría una molestia para sus compañeros. Así sucede con esta Perla. A menudo las cuidadoras gritan su nombre y mi madre se sobresalta, pero suele no ser a ella a quien llaman, sino a esta otra Perla esquiva, chúcara, que viaja por otras dimensiones.
Un día se le acercó Patricia, la encargada, que al arrancar su día hace un paseo por los dos pisos saludando detenidamente a cada uno.
“¿Cómo anda, Perla? ¿Vamos a ver cómo están las cosas por la sala? ¿Hacemos el cambio de guardia?” Patricia vio mi cara de confusión y pasó a explicarme: “Era caba en un hospital...nada menos que donde estuvo internada Eva Perón.” Cuánta historia en esta anciana que musita palabras sin sentido. Qué lástima no poder charlar con ella sobre las anécdotas que seguramente tendría de cuando caminaba pasillos y salas de hospitales que alojaban a personajes que hicieron historia en este país.
Muchas veces pienso en los vericuetos de la memoria. En qué ocurrió en verdad y qué creemos que sucedió, convencidísimos de haber asido la realidad en los meandros de nuestros cerebros. Y ahora que mi madre está aquí, si bien aún no está al punto límite de esta otra Perla, siento que parte de mi historia se me está escapando en esa mente que sólo parece vivir un puro presente. Que no recuerda qué acaba de almorzar, qué hizo ayer, si la visité o no. Hay momentos de mi infancia de los que sólo ella fue testigo. Y que yo pude saber por su relato. Tengo que tratar de no olvidarlos, de atraparlos con fuertes redes para que no se escabullan porque entonces se habrán perdido para siempre. Y dudaré si alguna vez existieron.
La Perla ex-jefa de enfermeras padecía cáncer de piel. “Como Violeta”, me recuerda Camila, una de las cuidadoras. Violeta, la que habla muy bajito y está a pocos meses de cumplir los 100. Como Hortensia, esa maestra y directora de escuela jubilada que falleció hace unas semanas. Pueden vivir mucho tiempo con cáncer de piel, oí decir. Esa enfermedad terrible de seis letras, que acosa en diferentes partes del cuerpo a tantos jóvenes vitales y con urgencia de comerse el mundo y les arranca la vida rápida e impiadosamente, es lenta cuando se demora en la piel de los ancianos.
Un día no vi más a esta Perla. Pregunté, con temor, esperé el gesto que con mano que viaja hacia los cielos indica aquí la muerte. Pero no: “Está internada”, me dijeron. Pero pasaban los días. Los que no vuelven pueden tener muchos motivos. En el caso de esta Perla, fue la sonda nasogástrica. “La llevaron a otro geriátrico que tenga ese tipo de atención”. Hay siempre algún otro círculo inferior en el infierno de la vejez.
Ahora, mi madre es la única Perla, y ya no habrá confusión de nombres o prendas de vestir con este nombre mamarracheado en alguna etiqueta. Siempre aquí se trata de disimular la ausencia de alguien que, por otros tratamientos, mudanza a otro geriátrico o...”mudanza a la eternidad”, ya no comparte la sala con sus compañeros. Pero la mayoría casi siempre apenas si se entera de esa partida. Están ensimismados en su propio mundo de dolor. O desmemoriados al punto de sólo registrar el presente, o recordar momentos muy lejanos que gustan repetir a quien los quiera escuchar. Así que la vida sigue, hoy sin esta Perla, como cuando antes de que estuviera. Como seguirá cuando ellos mismos falten y sean reemplazados por otros, igual de indolentes.

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