Violeta habla muy bajito, con un deshilachado hilito de voz, y esto
sumado a la sordera de muchas significa que pocos entienden lo que dice. Un día
me sorprende confesándome sus 99. Parece estar bastante lúcida, pero como me
dijo una amiga, “dejala hablar un poquito y verás que por algún lado patina...”
Concedo que hay muchos viejitos que rompen esta regla, pero la realidad es que
la mayoría de los que están en un geriátrico tienen problemas de movilidad y/o
de ubicación en tiempo y espacio...
Un día me pide el teléfono. Tiene un brazo en cabestrillo y me dice
que nadie de su familia sabe que está así, que quiere avisarle a su sobrina. Me
resisto y le comento que abajo hay un teléfono si quiere usarlo...y de paso
bajo antes para comentarles la situación a los dueños que hoy están allí.
“No tiene familia”, me cuentan. Les digo que me habló de una sobrina. “Vive
en Alemania”, me informan. “También hay otro sobrino que vive lejos y labura
todo el día”. Conclusión: no hay nadie a quien avisar. Nadie a quien le importe
ese brazo en cabestrillo, o que Violeta se queje de que no sirven muchas
verduras durante las comidas.
Al volver a subir, Camila, una de las cuidadoras, me dice que Violeta
es familiar lejana de los dueños, que se hacen cargo de ella aquí por
compromiso pero nada más. Al rato sube Haydeé, la dueña, le pregunta qué le
anda pasando y le hace unos mimos fingidos.
Recuerdo con cierto pesar un día que recorrí la sala besando a las
señoras por el Día de la Madre. También
a Ema, que no tiene hijos propios, me contó, “pero muchos del corazón”. Y Violeta
me confió esa vez que tuvo hijos, pero que murieron pequeños hace mucho,
mucho...
Las cuidadoras la etiquetan como “mala”, pero no sé a qué se debe. Es una
faceta que no le vi. Se queja un poco cuando llega la comida. “Yo cocinaba muchas
verduras”, me cuenta, pero les pone cara de asco a las zanahorias de aquí. “No
están bien cocinadas”, me explica para justificar su conducta.
Pasan muchos días sin que la vea. Es porque está internada. Antes de
que se la llevaran, relata Camila, veía luces. Recuerdo cuando mi madre me contó
algo similar sobre mi padre, días antes de morir veía unas luces a las que no
les encontraban explicación.
“No quiero que me lleven porque me van a matar”, dice Camila que le oyó
decir. Sin embargo, parece estar cansada de vivir, y el deseo por la muerte se
convierte en algo difícil de explicarles a los demás.
“No es lindo estar acá”, me había contado un día.
No llegó a los cien. Unos meses antes, partió para siempre y no tuve
tiempo de despedirme. “De acá no te vas: de acá te llevan”, deslizó Ema un día.
Ema es grandota y está en silla de ruedas. Sabe que la familia a lo sumo la
viene a ver, pero no la sacarán a pasear. E intuye que su salida de allí será
la última que haga. Pies para adelante.
Violeta, otra flor que se fue de alrededor de esta mesa, que va
rotando sillas por turno.
A los pocos días, su lugar en la mesa es ocupado por Catalina. Bienvenida.
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