viernes, 12 de agosto de 2016

Las vidas se trenzan




             

Suelo hablar con las cuidadoras. Al principio me llevaba a mi madre a una salita para que estemos las dos charlando solas. Pero ella no es quien era. Y nuestras charlas de antaño, tampoco. Entonces me quedo en la sala donde están casi todas sentadas alrededor de la mesa, y habla con alguna otra viejita, o con las chicas que se ocupan de ellas.
-         Y esa trenza ¿te la hiciste vos? – pregunto yo a Daiana, que debe de tener unos
¡veintipico.
Siempre admiré las llamadas “trenzas cosidas” que nunca supe hacer. De peinar
bien sé poquito, lo elemental para que mi hija salga presentable de casa. Aunque ahora ella se me anticipa y antes de que empiece a hacer algo convencional con su pelo, se las arregla sola, más que bien.
-         Esta vez sí. Ayer me la había hecho mi hermana – responde Daiana -, pero hoy me la hice yo sola.
-         Ay, ¡debe ser difícil! – comento.
-         En Youtube enseñan cómo hacerlas...
Debí haberlo imaginado, claro. Hoy día ¿qué no se puede aprender con un video tutorial?
-         Pero no sé para qué me mato haciéndome peinados, tiñéndome el pelo, si mi novio ya no se da cuenta de nada...¿Por qué es así cuando pasa el tiempo? ¡Cómo son los hombres ahora!
-         Hay de todo... – digo, y me preparo para la conversación que viene: “antes” vs “ahora”. -. Fijate que antes las cosas no andaban mejor porque no discutieran o no se separaran... ¿Cuantas parejas había que no se hablaban pero vivían bajo el mismo techo? ¿Cuantas que deberían haberse separado (como mis abuelos) y no lo hacían porque no estaba bien visto?
Ay, no, me digo, no quiero hablar otra vez de cómo eran los padres de mi madre, que esta acá sentada al lado mío, asintiendo...Me desvío un poquitín:
-         Y también estaban los que llevaban una doble vida...
Daiana y Nadia, la otra cuidadora que tiene más o menos la edad de Diana, se miran y se ríen.
-         ¡Como el de acá atrás!-, ríe Nadia, y cabecea en esa dirección...
-         ¿De quién hablás? -. Trato de cerciorarme porque pienso que no puede ser cierto que hable de Oscar, ese señor siempre inmóvil por un ACV que, desde su rincón junto a la ventana, desvía la vista para seguir con los ojos porque no puede mover casi nada de su cuerpo.
-         ¡De Oscar! – dice, sin pudores ni tapujos, que es como transcurre la vida de
estos viejitos ahora-. ¿Vos viste a la mujer que viene a verlo?
Sí, claro, Juana, la he visto millones de veces, pienso, viene a diario, le da de comer, lo mima..
-         Sí, la esposa, la veo siempre...
-         Bueno, esa no es la esposa. Es la amante. La esposa nunca sube pero viene una vez por mes a pagar y se va...
Con todo este chusmerío, aún no saludé a mi madre, que mueve su mano en señal de bienvenida. Estamos un poco alejadas para el beso (mesa de por medio), pero lo logramos. Ema, a su lado, esta llorosa y le pide a Daiana que haga lugar para que yo pueda sentarme más cerca de mi madre.
-         ¿Qué le pasa, Ema, que esta llorando? – indago. Sabiendo que tal vez la respuesta pueda ser simplemente que esté teniendo un mal día. O que no pueda producir en palabras lo que la está comiendo por dentro.
-         Es que...murió mi sobrina. Yo la quería mucho, era como una hija para mí...
Ahora recuerdo que al entrar me crucé con dos parientes de ella; me comenta que él es su sobrino, con la esposa. Tenían caras circunspectas. Pero en estos días, el poner semejante cara camino a la oficina del geriatrico puede significar que están llegando al final de sus posibilidades económicas y que pronto deberán tomar una decisión sobre continuar o no con los pagos de este lugar.
            Eso le pasó a la hija de Nuria. Cuando noté que faltaba, pregunté, como siempre, con cierta prudencia. Es que muchas veces la respuesta de las cuidadoras es una mano que indica el camino al Cielo...
-         Se fue. – disparó Daiana. Pensé que se trataba de otro eufemismo, que era como indicar con la mano las alturas, que tal vez no le cabrían a Nuria por ser bruja manifiesta.
-         ¿Se...? -. Ahora indiqué yo para arriba.
-         No, no... – apura Daiana -. La hija no podía más...
-         ¿En qué sentído?
Ahora la respuesta es otro gesto, ese que hacemos con la mano y que seguro internacionalmente se refiere al dinero. “No podía mas, no podía seguir pagando...No sabés, Nuria no quería saber nada de irse...”
Me la imagino a Nuria, que despotricaba por tantas cosas, pero que aún así prefería quedarse...Y en su hija, que deberá poner su vida patas arriba para cuidar de su madre nonagenaria.
Ese día salí pensativa y con cierta tristeza. ¿Por qué, si había visto bien a mi madre? Me imaginé qué haría yo en una situación similar. Para mí, ya no había vuelta atrás. Tenía que encontrar el modo de siempre poder continuar pagando este lugar. Única opción posible.

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