Suelo hablar con las
cuidadoras. Al principio me llevaba a mi madre a una salita para que estemos
las dos charlando solas. Pero ella no es quien era. Y nuestras charlas de
antaño, tampoco. Entonces me quedo en la sala donde están casi todas sentadas
alrededor de la mesa, y habla con alguna otra viejita, o con las chicas que se
ocupan de ellas.
-
Y esa
trenza ¿te la hiciste vos? – pregunto yo a Daiana, que debe de tener unos
¡veintipico.
Siempre admiré las llamadas “trenzas cosidas”
que nunca supe hacer. De peinar
bien sé poquito, lo elemental para que mi hija salga presentable de
casa. Aunque ahora ella se me anticipa y antes de que empiece a hacer algo convencional
con su pelo, se las arregla sola, más que bien.
-
Esta vez
sí. Ayer me la había hecho mi hermana – responde Daiana -, pero hoy me la hice
yo sola.
-
Ay,
¡debe ser difícil! – comento.
-
En
Youtube enseñan cómo hacerlas...
Debí haberlo imaginado, claro. Hoy día ¿qué
no se puede aprender con un video tutorial?
-
Pero no
sé para qué me mato haciéndome peinados, tiñéndome el pelo, si mi novio ya no
se da cuenta de nada...¿Por qué es así cuando pasa el tiempo? ¡Cómo son los
hombres ahora!
-
Hay de
todo... – digo, y me preparo para la conversación que viene: “antes” vs
“ahora”. -. Fijate que antes las cosas no andaban mejor porque no discutieran o
no se separaran... ¿Cuantas parejas había que no se hablaban pero vivían bajo
el mismo techo? ¿Cuantas que deberían haberse separado (como mis abuelos) y no
lo hacían porque no estaba bien visto?
Ay, no, me digo, no quiero hablar otra vez de cómo eran los padres de
mi madre, que esta acá sentada al lado mío, asintiendo...Me desvío un poquitín:
-
Y
también estaban los que llevaban una doble vida...
Daiana y Nadia, la otra cuidadora que tiene más o menos la edad de
Diana, se miran y se ríen.
-
¡Como el
de acá atrás!-, ríe Nadia, y cabecea en esa dirección...
-
¿De
quién hablás? -. Trato de cerciorarme porque pienso que no puede ser cierto que
hable de Oscar, ese señor siempre inmóvil por un ACV que, desde su rincón junto
a la ventana, desvía la vista para seguir con los ojos porque no puede mover
casi nada de su cuerpo.
-
¡De
Oscar! – dice, sin pudores ni tapujos, que es como transcurre la vida de
estos viejitos ahora-. ¿Vos viste a la mujer que viene a verlo?
Sí, claro, Juana, la he visto millones de veces, pienso, viene a diario,
le da de comer, lo mima..
-
Sí, la
esposa, la veo siempre...
-
Bueno,
esa no es la esposa. Es la amante. La esposa nunca sube pero viene una vez por
mes a pagar y se va...
Con todo este chusmerío, aún no saludé a mi madre, que mueve su mano
en señal de bienvenida. Estamos un poco alejadas para el beso (mesa de por
medio), pero lo logramos. Ema, a su lado, esta llorosa y le pide a Daiana que
haga lugar para que yo pueda sentarme más cerca de mi madre.
-
¿Qué le
pasa, Ema, que esta llorando? – indago. Sabiendo que tal vez la respuesta pueda
ser simplemente que esté teniendo un mal día. O que no pueda producir en
palabras lo que la está comiendo por dentro.
-
Es
que...murió mi sobrina. Yo la quería mucho, era como una hija para mí...
Ahora recuerdo que al entrar me crucé con dos parientes de ella; me
comenta que él es su sobrino, con la esposa. Tenían caras circunspectas. Pero
en estos días, el poner semejante cara camino a la oficina del geriatrico puede
significar que están llegando al final de sus posibilidades económicas y que
pronto deberán tomar una decisión sobre continuar o no con los pagos de este
lugar.
Eso le pasó a la hija
de Nuria. Cuando noté que faltaba, pregunté, como siempre, con cierta
prudencia. Es que muchas veces la respuesta de las cuidadoras es una mano que
indica el camino al Cielo...
-
Se fue.
– disparó Daiana. Pensé que se trataba de otro eufemismo, que era como indicar
con la mano las alturas, que tal vez no le cabrían a Nuria por ser bruja
manifiesta.
-
¿Se...?
-. Ahora indiqué yo para arriba.
-
No,
no... – apura Daiana -. La hija no podía más...
-
¿En qué
sentído?
Ahora la respuesta es otro gesto, ese que
hacemos con la mano y que seguro internacionalmente se refiere al dinero. “No
podía mas, no podía seguir pagando...No sabés, Nuria no quería saber nada de
irse...”
Me la imagino a Nuria, que despotricaba por
tantas cosas, pero que aún así prefería quedarse...Y en su hija, que deberá
poner su vida patas arriba para cuidar de su madre nonagenaria.
Ese día salí pensativa y con cierta tristeza.
¿Por qué, si había visto bien a mi madre? Me imaginé qué haría yo en una
situación similar. Para mí, ya no había vuelta atrás. Tenía que encontrar el
modo de siempre poder continuar pagando este lugar. Única opción posible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario