Me gusta saber
quiénes eran antes de llegar aquí. Siempre se puede encontrar alguna hilacha de
lo que fueron. Como por ejemplo sucede con Hortensia. Fue maestra y directora
de escuela. Habla constantemente, a veces de manera más inteligible que otras. Lo
que sí es cierto es que suele decir verdades, sin filtro, como su edad merece. Como
la vez que me preguntó si estaba embarazada o si había engordado nomás. Juana,
la mujer de Oscar, me cuenta que a ella también le hizo notar unos kilitos de más,
y había acertado. Me hostiga a repetición para que le ate el cabello a mi hija.
No tolera el pelo suelto. Como corresponda a toda maestra.
Se le da por mover
la mesa, que no comparte con nadie porque seguramente nadie la toleraría. Está atada
a la silla para evitar cualquier riesgo de caída, medida que siempre resulta
chocante de ver aunque se nos asegure que es por el bien del paciente. Por sus
desvaríos y su falta de dentadura postiza no siempre está claro lo que dice, y
eso puede sacar de las casillas a mi madre, que es una de las pocas que a veces
intenta prestarle atención y entenderle. Esta intención termina frustrada,
generalmente. Yo en un principio también sentía que era una grosería no
intentar atender mínimamente a lo que decía, pero con el tiempo desistí y su
rumor pasó a ser como el de la caída de una lluvia sorda y constante de otoño,
que ya no sorprende ni conmueve en absoluto.
Alguna vez tomé su
mano, quise acercarme a escucharla y comprender esas palabras anegadizas. No siempre
con éxito.
En algún momento la
internaron, algo que ver con su cáncer de piel que no le daba la satisfacción
de la muerte rápida. Pero volvió. Y una tarde, como cualquier otra, no se
despertó de la siesta.
Pregunté por ella
unos días después, pensando que tal vez nuevamente estaría internada. Su lugar
vacío junto a la ventana era notable. Y no. Le sucedió lo que para muchos de aquí
sería una bendición: pasó de la siesta al sueño eterno.
“Pobre, se la
llevaron como una bolsa de papas”, contó Betania, una de las chicas que los
cuidan. No quise ahondar en detalles, ni me pareció que Betania deseara brindar
mayores explicaciones.
Mientras me cuenta
esto, me quedo mirando a las otras abuelas, que parecen no darse cuenta de que
el lugar solitario junto a la ventana ahora está vacío. Me dan ganas de
zamarrearlas para decirles que ahora falta una. Le hago un comentario a mi mamá:
no sabe de qué le hablo.
Qué triste la
muerte, siempre. Qué tristeza mayor cuando ni siquiera sacude a nadie.
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