La culpa me hace llegar a este lugar, que apensa si me atrevo a
nombrar, casi a diario. Visito a mi
madre, y también, involuntariamente, a otros ancianos que conviven con ella en
el geriátrico. Ya está. Lo dije. Traje a mi madre a vivir a un geriátrico.
Entro, y al verla digo “Hola, mami”. Pero la
respuesta viene doble: de mi mamá y de otra anciana, que me abre los
brazos. Me da ternura, me acerco y le
doy un beso. “Vine a ver a mi mamá”, le
digo, para aclarar los tantos. “¿A mí?”, pregunta, y me da muchos besos
pegajosos en una mano. “¡Es MI mamá!”,
le grita mi madre. “¿Mi mamá?”,
vuelve a preguntar la otra. “¡No, es MI mamá...digo, mi hija!”, reacciona
finalmente mi madre.
Luego veré a esa anciana darse los mismos
besos pegajosos y demorados en sus propias manos y hasta en la imagen que de sí
misma le devuelve el vidrio de la mesa...
Trato de sentarme, pero María Ester, siempre a
la cabecera, reina y señora del lugar, me grita: “¡No! ¡Ahí no!” Cada vez que intento manotear una silla me
hace lo mismo. Finalmente voy a buscar una que no esté alrededor de la mesa,
donde parece que ya están los lugares asignados desde hace años... Más tarde la
veré espantando a otros de la misma manera, pero con más violencia a los
varones que conviven con ellas en la residencia, y que están notoriamente
separados de las damas: “¡Andate de acá!” Especialmente indeseable es Héctor,
el viejito que sale al patio a hacer pis, a menos que las cuidadoras detecten
sus intenciones con anticipación y le peguen el grito a tiempo, en cuyo caso se
para en seco y recula.
Me siento al lado de mi madre, y la acompaño. Ya no podemos sostener una conversación como
las de antes. Comienza a llorar y a
decirme que lo único que quiere es morirse.
Por un momento deja de llorar y me pregunta por mi hija, por el tiempo,
por mi esposo; luego vuelve a preguntarme por mi hija, por el tiempo, por mi
esposo...
Se acerca Finita. Me pregunta: “¿Habrá algo
como para limpiarme las uñas?”, y mira arriba de un armario. Cometo el error de darle bolilla, tantear
arriba de ese armario y alcanzarle nada menos que unas tijeras. Se acerca una de las encargadas, y corroboro
que me equivoqué: “Tijeras no les puedo dar, ¿no?” “¡No! Ni tijeras, ni
cuchillos, ni nada parecido...” De ahí
que para comer sólo tienen cucharas...
Finita se indigna cuando le sacan las tijeras
de la mano. “Pero, pero...¿a vos te parece?”, me increpa. “Y bueno”, intento explicarle, “ellas son
responsables si a uds. les pasa algo...” “¿Y quién es responsable de la angustia
que yo llevo por dentro?”, me lanza. Para eso, claro, no tengo respuesta.
Finita es la escapista del grupo. Suele estar en el vestíbulo, muy cerca de la
puerta, a la espera de que se abra para intentar salir. “Es que yo tengo muchas cosas que hacer en mi
casa”, me explica. “Acá no hago nada, y
allá tengo tantas cosas que hacer, por lo menos allá hago algo...” Luego me cuenta: “Todo el día estoy acá de
‘receptora’. ¿Y vos te creés que me
pagan algo por esto? ¡Ni un peso!”
Una de las mesas, extrañamente, es compartida
por un hombre y una mujer. Al rato pasa
él por detrás nuestro. Nuria me informa:
“Es el ‘dotor’”... Lo miro y pienso que es el doctor que los atiende. Pero no, es el apodo, o la profesión que ejercería
antes de venir aquí. Todos eran alguien
antes de venir aquí. Dejaron una vida afuera.
Nuria me sigue hablando, en secreto, bajito:
“Se conocieron acá. A la noche duermen
juntos...” “Y bueno”, le digo, “la pasan bien”, le aseguro. “Y, sí”, admite...
Un día llego y veo a
tres abuelos nuevos: uno es un señor a quien, para mi sorpresa, admitieron en
la mesa de las señoras. Parece simpático
y ríe a carcajadas con una frecuencia inusitada en este lugar. Y ante mis ojos se destaca también porque es
el único anciano aquí que veo con un libro.
“¿Qué está leyendo?”, curioseo.
“El ‘Martín Fierro’”, me sorprende.
“Está bien, es de esos libros que hay que releer de vez en cuando, como
‘La Biblia’...”
“O como ‘El Quijote’”, completa. Me
sonrío y pienso en lo lindo que debe de ser evadirse de este lugar por medio de
un libro.
Otra nueva hoy es
Giovanna, una italiana con mucha alegría de vivir todavía. Otro rasgo poco común aquí. Cuenta cuándo nació, y con mi madre nos
sorprendemos de que sea el mismo día, mes y año que ella. “Bueno”, celebro,
“van a poder hacer una gran fiesta juntas...”
Pero dice que sólo está “por unos pocos días”. Muchos dicen eso, o lo
creen. Algunos hasta pasan horas en el
vestíbulo esperando que los vengan a buscar. Imaginan que este lugar es pasajero. Que no puede ser que uno viva en un
geriátrico de forma permanente. “Cuando
yo era chica”, comparte Giovanna, “nunca me hubiera entrado en la cabeza la
idea de un ‘geriátrico’...” A mí
tampoco. Dos de mis abuelos vivieron con
nosotros hasta el triste final, y aunque mi abuela, sobre todo, no andaba bien
de la cabeza en sus últimos tiempos, a nadie se le hubiera ocurrido un
geriátrico, antes llamado “asilo”. Pero
eso sí: por poco no se la rifaban, cual mamá Cora, entre los diez hermanos, a
ver con quién le tocaba vivir... Y le tocó a mi mamá, que ni siquiera era su
hija, sino la esposa de uno de sus hijos... Y está claro quién la cuidaba o
pasaba más tiempo con ella: era la época del hombre trabajando afuera y de la
mujer en la casa.
Giovanna me pregunta:
“¿Te parece que me dejarán ir a casa?” Entramos en terrenos pantanosos,
pienso. “¿Por qué no? Si la viene a
buscar algún familiar...” “Sí, mi sobrina va a venirme a buscar, pero...¿me
podré ir con ella a su casa? Yo quiero vivir allá, tengo a toda mi familia en
Martínez, hay nietos, bisnietos...” “Eh...No sé, eso tiene que preguntarle a la
encargada, y a su familia, también...”
Marta, otra de las
abuelas nuevas, también dice que ella pronto se irá a su casa. “En unos
días...” Repite una y otra vez que el muchacho que cocina en el geriátrico
“vive justo arriba” de su casa. “Lo conozco de chiquito, a él y a su familia.
Tiene esposa y un hijito, muy buena persona...” Cada repetición parece ser
comentario nuevo para mi mamá, que asiente con un “¿Ah, sí?” Y yo pienso si Marta no estará mezclando
la idea de “mi casa” con la idea de “geriátrico”.
Giovanna nos pide
opinión: “A mí me quieren hacer pasar por loca, ¿a vos te parece?” “¡Noooo!”,
dice mi mamá. Yo prefiero no
pronunciarme sobre este tema. ¿Quién
sabe de qué lado está la demencia? ¿Se puede juzgar si esto que les pasa a esta
señora y a otros ancianos de aquí y de afuera es locura, deseo o cercanía a la
muerte que hace ver la vida de otro modo?
Mi esposo desconfía
de algunos olvidos de los ancianos, como si fueran “por conveniencia”: una
memoria selectiva a propósito... Y de sus transgresiones. Para él, el anciano que mea en el patio
simplemente llegó a un punto en que ya las convenciones de la sociedad le
importan, literalmente, un pito.
A mí esa demencia
latente que todos llevamos adentro siempre me asustó, y me pregunto si no
estamos todos destinados a demenciar, inevitablemente, en algún momento de
nuestra vida, si esta se alarga demasiado...
Nuria me pide que me
acerque antes de irme, porque va a decirme algo en secreto: “¿A vos no te
parece que trajeron a esta gente nueva porque nos van a aumentar? A mí me
parece que sí, que esto quiere decir que ahora se viene un aumento...” No veo
la relación, es más, le digo que al contrario: si aumentan las incomodidades por
ser más, debería bajar la cuota. Pero ya
no razono con ellos, parten desde una lógica que aún desconozco.
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