Durante un tiempo evité ir los martes por la mañana, porque era cuando
iban dos mujeres a dar la comunión. Pero cambiaron a los miércoles
repentinamente y me agarraron otra vez. No tengo por qué fingir nada, y no me
lo reprochan. Me ofrecieron la bendición alguna vez, les dije “no, gracias” y
todo quedó ahí. Pero ¿por qué ir justo en ese momento, si se puede evitar?
En fin, que ese día no pude zafar, ni el miércoles siguiente porque me
olvidé del cambio, así que estuve “oyendo misa” dos semanas consecutivas.
Al verlas, mi mamá pone cara de “ahí están otra vez”. Sus
gestos son contundentes para quien se moleste en mirarla. Dicen algo así como
“de nuevo estas pesadas, habrá que aguantar”...(como todo lo que no le
gusta de ahí, supongo). Hacemos el consabido silencio respetuoso durante la
lectura de un fragmento de La Biblia. Algo
sobre la tercera edad, y eso de que “los últimos serán los primeros”, que no convence a nadie pero
se escucha en calma. Ahora, comienzan a preparar la comunión.
-
Ahí nos
van a dar algo -, me explica mi madre-. Vos agarrá lo que sea.
Pienso, mirándola, cómo en otras épocas yo hubiera
explotado con un comentario así. Ahora, ya más acostumbrada a su nuevo estado, simplemente
sonrío y desvío la mirada.
-
La hostia es rica -, agrega.
Mientras siguen dando vueltas con el trámite, mi mamá no puede desviar la
atención
de la elección de vestuario de una de las damas católicas. “¿Viste lo
que se puso? ¡Yo ni que me lo regalen lo quiero!” Ahora que ya es inimputable,
me pregunto si realmente, cada vez que dice eso, espera que yo me dé vuelta y
me ponga a mirar lo que me indica. ¿No importa ser tan obvia? “Encima, es un
tanque”, sigue, sigue y no para porque la obesidad no es algo que Perla tome
livianamente ni perdone. A mí siempre me señala los kilos de más y me hace notar
que he subido de peso últimamente. También me señala si pierdo peso, debo
decir. En general, el cuerpo siempre fue importante para ella. Tenerlo cuidado
y esbelto; ser elegante, no jorobarse al caminar y sentarse bien. Cosas que no sé
si quiero inculcarle a mi hija de igual manera. Desde que soy madre, cada
enseñanza de ella es un replanteo para mí.
Pasa la comunión, que ni intentan ofrecerme porque vienen con las
hostias contadísimas.
Ya se termina esto. Una de ellas se despide así nomás, con un “chau”
general con la mano; la otra, se demora en besos a cada uno y dispara algunos
comentarios: “Está mejor ahora”, me dice, refiriéndose a mi madre. “Yo también la noto
mejor”, devuelvo, pensando en su estado psicológico, en su bienestar físico.
“Está
aceptando más”,
completa. Ah, era eso... Supongo entonces que habrá notado alguna vez las caras de descreimíento
al verlas entrar.
“¿Qué hice ayer?”, se pregunta, de repente, mi madre, mirándome como buscando
en mí su respuesta. Se dirige a su compañera a la izquierda: “¿Qué hicimos
ayer?” Ema sonríe, sarcástica: “¿Qué hicimos ayer? Lo mismo que anteayer, lo mismo que hoy...
Estar acá...y aguantar, y tragar...”
Hay días en que me voy con escalofríos generalizados.
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