-
¿Lo
extrañás a Oscar? -, le pregunto a Daiana. Cierto que Oscar pasaba casi
inadvertido en su silla junto a la ventana, la mirada quieta, el cuerpo
paralizado y la mente nubosa por un ACV debido. tal vez a una obesidad mórbida
de algún día que hoy ni se adivina en sus huesos.
-
Lo
extraño a Isaac -, me confía.
-
Entiendo
– le digo -. Yo lo conocí cuando hablaba.
-
Yo lo
conocí cuando todavía caminaba -, apunta Daiana.
Claro. Debo decir que yo lo vi ya en silla
de ruedas, pero muy despierto y gruñón al hablar. Normalmente las mujeres aquí
parecen no disfrutar de la compañía de los hombres, más callados y perdidos que
ellas, pero en este caso era al revés: Isaac parecía no soportar la cercanía de
las mujeres. De las viejas, porque a las jóvenes trataba de toquetearlas en
cuanto tenía oportunidad. Y a mi madre debo decir que lo vi acercándosele
peligrosamente con ojos pícaros. Pero en general estaba sentado a una mesa
solo, bien alejado de ellas.
Me dijeron que había sido psicólogo, o tal
vez psiquiatra. Hacía pocos comentarios pero punzantes. Las damas que traen la
comunión dijeron que desde su posición de judío les hacía comentarios acertados
sobre la Biblia
y les discutía cosas.
Su nombre era el de mi perro y eso me
causaba gracia, porque nunca había conocido a un hombre con ese nombre (tampoco
a un perro). Entonces al comentarle a mi madre algo sobre mi perro trataba de
no usar su nombre. Hay gente que puede ofenderse si oye que se le dio su nombre
a un perro, aunque los que amamos a los de cuatro patas no sentimos orgullosos
cuando eso sucede.
De nuevo, no sé bien qué le pasó a Isaac que
se fue desprendiendo de este mundo de a poco. Un día no lo vi: lo habían
internado. Al volver, ya estaba desvariando más que nunca. Enojado, tal vez más
bien angustiado, lo vi una vez gritar desde su silla de ruedas: “¡Quiero que
alguien me diga cómo me llamo y dónde estoy!” ¿Puede haber un pedido más
desesperado que el de necesitar una respuesta a preguntas tan básicas?
Gradualmente, se iba yendo. Se la pasaba
durmiendo sentado. Lo despertaban para comer y que no broncoaspirara. Luego,
seguía durmiendo, la cabeza ladeada, la mente perdida. Su hijo venía a verlo y
le ponía tangos en el celular que le acercaba a su oído. “Isaac está más allá
que acá”, comentaba Marta, una de las cuidadoras.
Cumplió los 90 y le hicieron una gran fiesta
en el geriátrico, con su familia, pero él ya no la disfrutaba. Murió a los
pocos días. La “mesa de hombres” tiene hoy a uno menos. Hasta que llegue el
próximo.

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