martes, 23 de agosto de 2016

ISAAC






-         ¿Lo extrañás a Oscar? -, le pregunto a Daiana. Cierto que Oscar pasaba casi inadvertido en su silla junto a la ventana, la mirada quieta, el cuerpo paralizado y la mente nubosa por un ACV debido. tal vez a una obesidad mórbida de algún día que hoy ni se adivina en sus huesos.
-         Lo extraño a Isaac -, me confía.
-         Entiendo – le digo -. Yo lo conocí cuando hablaba.
-         Yo lo conocí cuando todavía caminaba -, apunta Daiana.

   Claro. Debo decir que yo lo vi ya en silla de ruedas, pero muy despierto y gruñón al hablar. Normalmente las mujeres aquí parecen no disfrutar de la compañía de los hombres, más callados y perdidos que ellas, pero en este caso era al revés: Isaac parecía no soportar la cercanía de las mujeres. De las viejas, porque a las jóvenes trataba de toquetearlas en cuanto tenía oportunidad. Y a mi madre debo decir que lo vi acercándosele peligrosamente con ojos pícaros. Pero en general estaba sentado a una mesa solo, bien alejado de ellas.
   Me dijeron que había sido psicólogo, o tal vez psiquiatra. Hacía pocos comentarios pero punzantes. Las damas que traen la comunión dijeron que desde su posición de judío les hacía comentarios acertados sobre la Biblia y les discutía cosas.
   Su nombre era el de mi perro y eso me causaba gracia, porque nunca había conocido a un hombre con ese nombre (tampoco a un perro). Entonces al comentarle a mi madre algo sobre mi perro trataba de no usar su nombre. Hay gente que puede ofenderse si oye que se le dio su nombre a un perro, aunque los que amamos a los de cuatro patas no sentimos orgullosos cuando eso sucede.
   De nuevo, no sé bien qué le pasó a Isaac que se fue desprendiendo de este mundo de a poco. Un día no lo vi: lo habían internado. Al volver, ya estaba desvariando más que nunca. Enojado, tal vez más bien angustiado, lo vi una vez gritar desde su silla de ruedas: “¡Quiero que alguien me diga cómo me llamo y dónde estoy!” ¿Puede haber un pedido más desesperado que el de necesitar una respuesta a preguntas tan básicas?
   Gradualmente, se iba yendo. Se la pasaba durmiendo sentado. Lo despertaban para comer y que no broncoaspirara. Luego, seguía durmiendo, la cabeza ladeada, la mente perdida. Su hijo venía a verlo y le ponía tangos en el celular que le acercaba a su oído. “Isaac está más allá que acá”, comentaba Marta, una de las cuidadoras.
   Cumplió los 90 y le hicieron una gran fiesta en el geriátrico, con su familia, pero él ya no la disfrutaba. Murió a los pocos días. La “mesa de hombres” tiene hoy a uno menos. Hasta que llegue el próximo.

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