- Se produjo el deceso.
De todas
las maneras en que alguna vez imaginé que me anunciarían la muerte de mi madre,
esta no fue una de las previstas. Tal vez por eso, y porque debido a un ida y vuelta
de llamadas entre el geriátrico y yo, discutiendo sobre qué hacer con la situación
de mamá en estos últimos días, en un primer momento pensé que sólo era una
manera de obligarme a ir para que yo procediera como ellos querían que lo
hiciera. No caí, entonces, por completo, hasta llegar allá. Por un lado,
suponía que nadie puede ser tan cruel como para jugar con una situación así;
pero, por otro, no terminaba de creérmelo. No sé qué sentí: una cierta
irrealidad, tal vez.
Salimos
Ariel y yo en un taxi, el sol del verano daba a pleno, la conversación con el
conductor anduvo por los lugares comunes, ninguno de nosotros dos hicimos
alusión a lo que acababa de suceder y yo, que normalmente me sumo a esas
conversaciones de viaje, sentí que no me daba la cabeza ni para participar en
algo tan sencillo.
Recién
cuando llegamos al geriátrico percibí que, lo que me habían anunciado, de
verdad había sucedido. Fue al ver la cara de Juana, la cocinera y también
cuidadora, con los ojos llorosos. Juana, de todas ellas, una de las que más
había tenido contacto conmigo en los últimos meses. Le pedí verla.
Entré
a su cuarto y estaba acostada como durmiendo, como la había visto el día
anterior. Pensé: “Si no lo veo, no lo creo”. Será que mi madre daba esa
impresión de eternidad, de no irse nunca. La toqué: aún estaba tibia. Acaricié su
pelo, besé su frente, tomé su mano que al soltarla cayó sin sentido a un
costado. Así que esto era la muerte. Mamá ya no estaba allí. Qué contenta
estaría de por fin haber dejado este cuerpo que tanto la limitaba. La imaginé
mirándome y sonriéndome desde algún otro lugar.
¿Y
ahora? Era el momento del papelerío y la burocracia que prosigue a la muerte. Ni
en ese momento zafamos de las llamadas telefónicas, los formularios, las
preguntas de nombre, edad, fecha de nacimiento…
Fue el
momento de recorrer el camino de lo que hacen los vivos cuando alguien se
muere. De, por ejemplo, llamar a una cochería.
Recordé
vagamente una cerca del hospital al que íbamos. Me atendió una voz solemne y
atenta, que con sumo respeto me hizo algunas preguntas inesperadas, como el
peso de mi madre. Cuando creí que tenía la información básica necesaria,
directamente fuimos en persona: era sólo cuestión de unas pocas cuadras.
En la
vidriera del frente había un dibujo de un caballo y un coche antiguo, de donde
supongo deriva el nombre “cochería”. Al entrar, un olor a sahumerio intentaba,
supuse, tapar otros olores más macabros. Nos sentamos ante un escritorio y la
misma voz amable que me había atendido por teléfono ahora nos hablaba de
certificados, formularios, tipos de inhumación, ataúdes y “ceniceros” (urnas para las cenizas) de
diferentes precios y, claro, calidad. Sólo quise hacer lo legalmente exigible y
no pregunté más de lo necesario. Porque mi madre ya no estaba en ese cuerpo que
había visto por última vez un rato antes. Mi madre estará por siempre en mi
mente y mi corazón, nunca en un cajón, nunca en una urna. Allí sólo hay
despojos, ese traje que durante la vida protegemos y cuidamos con tanto esmero
y que vale tan poco cuando el corazón se detiene.
Les aclaramos
desde el principio (y tal vez por eso la pregunta del peso) que la intención
era cremar sus restos. Ahí me enteré de que, para ese procedimiento, el difunto
no debe pesar más de 80 kilos (otra buena razón para no superar esa marca). Cuando
les aseguramos que el peso no sería un problema, se ofrecieron a mostrarnos ataúdes
para que eligiéramos uno.
- .- ¿Es
necesario? – pregunté.
- - Y…sí,
porque si no, cuando Ud. lo vea mañana en el cementerio, tal vez diga: “Pero…¡es
mi mamá la que está ahí!”
En fin,
que me lo tomé como una formalidad, y pasamos a otra sala a ver la variedad de
ataúdes que ofrecían. Me cuesta creer que algunos gasten tanto dinero en esa
última morada que se hará polvo con el polvo, o cenizas con las cenizas. Dije: “Este”
y salimos de inmediato de esa sala.
De vuelta al escritorio, nos mostraron distintas urnas, de
distintos valores. Al ver su pequeñez, inquirí: “¿Todos entramos ahí?”
- - Es 1
kilo – me responde el señor de voz respetuosa. Y me especifica cómo, de todo
nuestro cuerpo (piel, pelo, grasa, huesos, detalla), tras la cremación, sólo
quedará un kilo de polvo.
Nos explica también que, si así lo
deseamos, podemos traer nuestro propio cofre, o algún otro contenedor apropiado
para guardar las cenizas. Me doy cuenta de que no estoy en condiciones de tomar
esa decisión en ese momento, y tampoco me apuran a hacerlo.
- - Hay
gente que pone las cenizas en una maceta, o las dispersa en algún lado. Eso no
es legal, pero es lo que hace la gente.
Tras finiquitar los detalles, nos
retiramos. Deberemos estar al día siguiente en el cementerio para la
inhumación, nos dicen, aunque compruebo después que se trata más bien de un “simulacro”
de cremación. Puro acting. Es sábado por la mañana y las cremaciones de verdad
se hacen en la semana. Así que ese día estamos ahí para que se baje el cajón
del coche fúnebre, que tiene el nombre de mi madre. Entre mi esposo, el
conductor y otros dos hombres lo llevan hasta un espacio donde los tres que
estamos (me acompañan Ariel y una querida amiga de la infancia a quien llamé
porque me pedían “dos testigos”) ponemos nuestras manos sobre el cajón a modo
de despedida. Tras algunos minutos, el ataúd se desliza por unos rieles hacia
el horno crematorio, donde hay una especie de telón y lucecitas led azules, que
en realidad hoy no funciona. Volvemos a una oficina a firmar papeles y se nos
dice que ya no tenemos que volver más a ese lugar. Supongo que es lo que todos
los que optan por la cremación desean oír. Cero relación con un cementerio. Nada
de ritos funerarios de más. Sólo lo estrictamente necesario. ¿Ahí, en esa caja,
está mi madre? Ni siquiera sentí que estaba en ese cuerpo durante la mayor
parte de estos 6 años de largo sufrimiento, para ella y para mí. No, allí no
está, y la extraño. Pero hace años que la extraño. En lugar de llorar ahora que
ha muerto, me doy cuenta de que vengo llorando en cuotas durante estos últimos
6 años. Cada vez que había una nueva internación, cada vez que salía de
visitarla sintiéndome mal porque no recordaba nada, porque no teníamos una
conversación, porque apenas si me reconocía.
Con el transcurrir de los días, pienso
qué haré cuando me llamen para que vaya a retirar las cenizas. Paso días
pensando en qué cofre de los que hay en casa podría ponerlas. Pienso si
dispersaré o enterraré las cenizas. Y de tanto darle vueltas al asunto en la
cabeza, recuerdo que, una de las muchas veces en que mi madre habló de la muerte,
al tiempo que mi padre la mandaba a callar, dijo que le gustaría que
dispersáramos sus cenizas por los bosques de Ezeiza, donde tantas veces íbamos
los domingos a hacer un asado durante mi niñez. Y pensé qué lindo sería hacerlo
así: llevar sus cenizas y luego celebrar su vida haciendo un asado por ahí. Supongo
que eso le hubiera gustado.
Y me quedo en paz.
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