Lo que no se digiere
se sigue regurgitando, una y otra vez, indefinidamente. Es obvio que Perla
nunca terminó de aceptar que su amada hija única la “metiera” en un geriátrico,
cuando ella cuidó personalmente de su madre, y luego de su suegra, y luego de su
esposo, y de quien fuera necesario aunque ello implicara dejar de vivir su
propia vida.
Tiene un turno médico; entonces, la voy a
buscar y la llevo, empujando la silla. Trato de ponerle onda:
-
Mirá qué
lindo día...Qué lindos perritos...No hace frío, ¿no?
Por momentos me contesta. En otros, se empeña en señalarme las nubes
negras que, literalmente, se avecinan. Es que además “¡Hace un vientito!”
Este turno en dermatología venía pedido hace
rato. Ese lunar que nos marca a las dos, entre el pecho y la axila izquierdos,
ya estaba preocupando al médico del geriátrico. Su propia médica de cabecera no
le había dado importancia meses atrás, pero de tanto rascárselo terminó
sangrando y el lugar del lunar fue ocupado por otra protuberancia color carne
de muy mal aspecto.
Ni bien lo ven las dos médicas que están hoy
en el consultorio, se alarman. Comienza la ametralladora de preguntas: cuánto
tiempo hace que lo tiene, cuánto que sangra, cómo fue el crecimiento... Mi
madre no puede decir palabra porque es puro presente y las preguntas sobre el
tiempo han perdido todo sentido para ella. Trato de responder lo que puedo,
pero tampoco mi vida giró alrededor de ese lunar metamorfoseado en esta cosa
durante los últimos meses.
Sacan fotos, envían mensajes frenéticos a
colegas, mencionan la palabra fatal: posible cáncer de piel. Pero nada de esto
parece inmutar a mi madre. Yo tampoco me alarmo porque oí que el cáncer de piel
puede durar años; no se trata de esa enfermedad fulminante que deja trunca
rápidamente la vida de tantos. Y mi madre, que ansía una muerte rápida, sigue
sacando el número equivocado.
Pedimos turno para que lo más pronto posible
le quiten “esa cosa” y la manden a biopsar. Luego, emprendemos el regreso.
-
¿Ya
está? ¿Terminamos? ¿Ya nos podemos ir?
-
Sí, ya
está, vámonos.
Sé que queda pendiente en el aire cargado de
cierta tensión adónde es que nos dirigimos ahora. Perla no puede recordar dónde
estuvo antes del hospital y por ello pregunta ahora:
-
¿Y
adónde vamos?
-
Al
geriátrico.
-
¿ADÓNDE?
-
Al
geriátrico.
-
¿Me vas
a llevar a un geriátrico?
Pone cara de “¿me estás haciendo un chiste?”
Le repito, muy seria:
-
Hace dos
años que vivís en un geriátrico, mamá. Vamos al geriátrico.
Silencio. No puedo creer que cada vez que
salgamos se repita la historia como si cada día volviera a internarla. El
desgaste emocional es mucho. Sigo la cantinela:
Al rato:
-
¿Adónde
vamos ahora?
-
A tu
casa.
-
¿A mi
casa? ¿O al geriátrico?
Es en momentos como este cuando pienso si es
o se hace.
-
Es lo
mismo. Hace dos años que vivís ahí.
-
¿En un
geriátrico?
-
Sí.
-
Pero...¡yo
no sabía nada! ¿Cómo no me dijeron?
-
Sí que
te dijimos...¿Cómo no te íbamos a decir?
-
Yo...ni
enterada estaba.
Demás está decir que a los pocos minutos
este diálogo vuelve a empezar. Y agrega:
-
Está
bien, yo reconozco que si ustedes trabajan...
-
No fue
sólo eso, mamá. Intentamos tenerte en casa. Estuviste seis meses viviendo con
nosotros. Si te dejábamos sola cinco minutos, volvíamos y te encontrábamos
llorando porque no sabías dónde estabas. O en el piso porque te habías caído y
no podías levantarte. Necesitás supervisión las 24 horas. Y en un geriátrico
era el único lugar donde eso era posible.
Por suerte llegamos pronto. Nuevamente, en
la puerta, se vuelve hacia mí y me dice:
-
¿Acá me
vas a dejar?
Ya no contesto. No entiendo el sentido de
hacerlo. Me avergüenzo de estar pensando en mí. Porque para ella sí tiene
sentido, ya que no recuerda los diálogos que repetimos hasta el hartazgo hace
minutos.
Cuando me despido, me consuela una sola
cosa: que cuando nos volvamos a ver, será como si este diálogo nunca hubiese
existido.
* Este relato fue incluido en la antología de cuentos "Relatos Inconexos", compilada por Andrea Gardey, publicada por Editorial Dunken, enero 2017.
* Este relato fue incluido en la antología de cuentos "Relatos Inconexos", compilada por Andrea Gardey, publicada por Editorial Dunken, enero 2017.
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