viernes, 23 de septiembre de 2016

OTRA VEZ SOPA*





Lo que no se digiere se sigue regurgitando, una y otra vez, indefinidamente. Es obvio que Perla nunca terminó de aceptar que su amada hija única la “metiera” en un geriátrico, cuando ella cuidó personalmente de su madre, y luego de su suegra, y luego de su esposo, y de quien fuera necesario aunque ello implicara dejar de vivir su propia vida.
   Tiene un turno médico; entonces, la voy a buscar y la llevo, empujando la silla. Trato de ponerle onda:
-         Mirá qué lindo día...Qué lindos perritos...No hace frío, ¿no?
Por momentos me contesta. En otros, se empeña en señalarme las nubes negras que, literalmente, se avecinan. Es que además “¡Hace un vientito!”
   Este turno en dermatología venía pedido hace rato. Ese lunar que nos marca a las dos, entre el pecho y la axila izquierdos, ya estaba preocupando al médico del geriátrico. Su propia médica de cabecera no le había dado importancia meses atrás, pero de tanto rascárselo terminó sangrando y el lugar del lunar fue ocupado por otra protuberancia color carne de muy mal aspecto.
   Ni bien lo ven las dos médicas que están hoy en el consultorio, se alarman. Comienza la ametralladora de preguntas: cuánto tiempo hace que lo tiene, cuánto que sangra, cómo fue el crecimiento... Mi madre no puede decir palabra porque es puro presente y las preguntas sobre el tiempo han perdido todo sentido para ella. Trato de responder lo que puedo, pero tampoco mi vida giró alrededor de ese lunar metamorfoseado en esta cosa durante los últimos meses.
   Sacan fotos, envían mensajes frenéticos a colegas, mencionan la palabra fatal: posible cáncer de piel. Pero nada de esto parece inmutar a mi madre. Yo tampoco me alarmo porque oí que el cáncer de piel puede durar años; no se trata de esa enfermedad fulminante que deja trunca rápidamente la vida de tantos. Y mi madre, que ansía una muerte rápida, sigue sacando el número equivocado.
   Pedimos turno para que lo más pronto posible le quiten “esa cosa” y la manden a biopsar. Luego, emprendemos el regreso.
-         ¿Ya está? ¿Terminamos? ¿Ya nos podemos ir?
-         Sí, ya está, vámonos.
   Sé que queda pendiente en el aire cargado de cierta tensión adónde es que nos dirigimos ahora. Perla no puede recordar dónde estuvo antes del hospital y por ello pregunta ahora:
-         ¿Y adónde vamos?
-         Al geriátrico.
-         ¿ADÓNDE?
-         Al geriátrico.
-         ¿Me vas a llevar a un geriátrico?
   Pone cara de “¿me estás haciendo un chiste?” Le repito, muy seria:
-         Hace dos años que vivís en un geriátrico, mamá. Vamos al geriátrico.
   Silencio. No puedo creer que cada vez que salgamos se repita la historia como si cada día volviera a internarla. El desgaste emocional es mucho. Sigo la cantinela:
   Al rato:
-         ¿Adónde vamos ahora?
-         A tu casa.
-         ¿A mi casa? ¿O al geriátrico?
   Es en momentos como este cuando pienso si es o se hace.
-         Es lo mismo. Hace dos años que vivís ahí.
-         ¿En un geriátrico?
-         Sí.
-         Pero...¡yo no sabía nada! ¿Cómo no me dijeron?
-         Sí que te dijimos...¿Cómo no te íbamos a decir?
-         Yo...ni enterada estaba.
   Demás está decir que a los pocos minutos este diálogo vuelve a empezar. Y agrega:
-         Está bien, yo reconozco que si ustedes trabajan...
-         No fue sólo eso, mamá. Intentamos tenerte en casa. Estuviste seis meses viviendo con nosotros. Si te dejábamos sola cinco minutos, volvíamos y te encontrábamos llorando porque no sabías dónde estabas. O en el piso porque te habías caído y no podías levantarte. Necesitás supervisión las 24 horas. Y en un geriátrico era el único lugar donde eso era posible.
   Por suerte llegamos pronto. Nuevamente, en la puerta, se vuelve hacia mí y me dice:
-         ¿Acá me vas a dejar?
   Ya no contesto. No entiendo el sentido de hacerlo. Me avergüenzo de estar pensando en mí. Porque para ella sí tiene sentido, ya que no recuerda los diálogos que repetimos hasta el hartazgo hace minutos.
   Cuando me despido, me consuela una sola cosa: que cuando nos volvamos a ver, será como si este diálogo nunca hubiese existido.

* Este relato fue incluido en la antología de cuentos "Relatos Inconexos", compilada por Andrea Gardey, publicada por Editorial Dunken, enero 2017.

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