jueves, 15 de septiembre de 2016

¡AY, CARMELA!





Llegó arrastrando los pies, encorvada, con sus dos ojitos inquisidores escrutando a todos. Pero hablaba poco y nada. La había traído una ahijada. No tenía a nadie más.
   Arrastraba los pies y también las palabras. Hablaba muy despacio, deteniéndose en cada sílaba, como en cámara lenta. Y era raro oírla decir algo.  Tal vez en ocasiones respondía a una pregunta, pero no se involucraba en conversaciones que con o sin sentido sucedían a su alrededor.
   Quizás por este bajo perfil me extrañó que Carmela fuera la estrella principal de las noches de tango, los jueves que Antonio Freyre, empleado municipal de 9 a 17hrs, cantante malevo al entrar al geriátrico, regalaba una hora de tangos, milongas y canciones ciudadanas a los abuelos. Fue entonces que comencé a ver por mí misma cómo las viejitas que no sabían dónde estaban paradas o apenas reconocían a familiares podían sin embargo recordar completa la letra de “Malena” o “Caminito”. Y Carmela se lucía cantando “Malena” de principio a fin, la cara iluminada, los pequeños ojos sonrientes. Disfrutaba de los aplausos y el breve reconocimiento en esa hora semanal, cuando Antonio llegaba y saludaba con un beso y por su nombre a cada una de ellas. A veces también les dedicaba sonrisas a los viejitos, pero ellos sí que parecían no adherir nunca a ninguna actividad escapista. Ni por una hora semanal accedían a volar de este lugar y volver, quién sabe, a su juventud.
   Pero la hora tanguera no era la única franja de escape para Carmela. Compartía escaso tiempo en la sala común y siempre amagaba con levantarse de la silla para volver a su habitación, que sólo distaba unos pasos de allí. Si las cuidadoras no la veían a tiempo, se salía con la suya. Si no, al grito de “Carmela, ¡sentate!”, se veía obligada a atornillarse a su asiento. Es cierto que en los geriátricos deben tratar de evitar que los internos pasen mucho tiempo acostados, pero aquí había algo más.
   Un día llegué y Carmela aprovechó la distracción, mientras yo saludaba a Anabela, para esfumarse con celeridad hacia su cuarto. Intercambié las usuales frases de cortesía y sociabilidad con la cuidadora, quien luego continuó dedicándose a otra tarea que no incluía devolver a la mesa a ninguna fugitiva. Me senté frente a mi madre y comencé a hacerle compañía. Levanté su cabeza que apoyaba en sus brazos para dormitar sobre la mesa, la saludé y me puse a pintar el mandala que le tocaba, para ver si hacía el esfuerzo de acompañarme.
-         Tomá el rojo –le dije, sabiendo que es (¿era?) uno de sus colores favoritos, como también lo es para mí. Yo agarré un lápiz violeta y comencé a darle color a unos angelitos cupidos.
-         No tengo ganas –respondió, para variar...Pero pronto se me sumó y lenta, flojamente, empezó a pintar unas manzanas.
   Se supone que es un buen entretenimiento para adultos y se está poniendo de moda. Mientras insisto con el lápiz sobre las alitas de los ángeles, pienso que sí, que puede ser un buen momento para pensar en otra cosa y salir de lo cotidiano.
-         No me queda como a vos –compara mi madre.
-         Es que tenés que insistir sobre una misma zona y apretar el lápiz bastante sobre el papel. ¡Así, así! ¿Ves como ahí te está quedando mejor?
   Sé que en dos minutos me dirá lo mismo, y yo le responderé lo mismo también, pero sigo como si nada.
   De repente, los gritos. Todas nos miramos un tanto alarmadas. Vienen de la habitación de Carmela, que comparte con mi madre.
-         ¿Qué pasará? –le pregunto un tanto preocupada a Anabela.
-         Nada...Está por acabar.
   Ay, Carmela. Y sí, suena un poco a eso. Pleno éxtasis sexual.
-         En la casa hacía lo mismo – comparte Anabela -. La ahijada ya no sabía que hacer con ella. Además ya tiene todo bastante lastimado ahí...
   No puedo opinar nada. Me sonrío, pero es un cúmulo de sentimientos mezclados lo que se me agolpa adentro. Me pregunto hasta qué punto hay un día en que lo público y lo privado ya no tiene límites. He tenido que parar a mi madre varias veces cuando, intentando mostrarme un lunar infectado cerca de un pecho, se levanta la blusa sin corpiño delante de todos aquí, o hasta en la plaza una vez que la saqué de paseo. Cuando la alerto sobre lo que está haciendo, me gesticula indicando que ya no importa. ¿Ya no importa?
   Carmela grita un poco más, hasta un clímax festivo, y luego su voz cesa. La misma que canta “Malena” de pe a pa. La misma que se demora en cada palabra que emite.
   Ya no la veo más. Me cuentan que estaba con muchos problemas de deglución, y que debieron llevarla a un geriátrico donde pudieran atender su botón gástrico. Las noches de los jueves no son las mismas. Y en el momento de repetir “Malena” por centésima vez, pareciera que los ojos de Antonio brillan más cuando recuerda la voz entusiasta de Carmela, cantando el tango como ninguna.

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