Llegó arrastrando
los pies, encorvada, con sus dos ojitos inquisidores escrutando a todos. Pero
hablaba poco y nada. La había traído una ahijada. No tenía a nadie más.
Arrastraba los pies y también las palabras.
Hablaba muy despacio, deteniéndose en cada sílaba, como en cámara lenta. Y era
raro oírla decir algo. Tal vez en
ocasiones respondía a una pregunta, pero no se involucraba en conversaciones
que con o sin sentido sucedían a su alrededor.
Quizás por este bajo perfil me extrañó que
Carmela fuera la estrella principal de las noches de tango, los jueves que
Antonio Freyre, empleado municipal de 9 a 17hrs, cantante malevo al entrar al
geriátrico, regalaba una hora de tangos, milongas y canciones ciudadanas a los
abuelos. Fue entonces que comencé a ver por mí misma cómo las viejitas que no
sabían dónde estaban paradas o apenas reconocían a familiares podían sin embargo recordar
completa la letra de “Malena” o “Caminito”. Y Carmela se lucía cantando
“Malena” de principio a fin, la cara iluminada, los pequeños ojos sonrientes.
Disfrutaba de los aplausos y el breve reconocimiento en esa hora semanal,
cuando Antonio llegaba y saludaba con un beso y por su nombre a cada una de
ellas. A veces también les dedicaba sonrisas a los viejitos, pero ellos sí que parecían
no adherir nunca a ninguna actividad escapista. Ni por una hora semanal
accedían a volar de este lugar y volver, quién sabe, a su juventud.
Pero la hora tanguera no era la única franja
de escape para Carmela. Compartía escaso tiempo en la sala común y siempre
amagaba con levantarse de la silla para volver a su habitación, que sólo
distaba unos pasos de allí. Si las cuidadoras no la veían a tiempo, se salía
con la suya. Si no, al grito de “Carmela, ¡sentate!”, se veía obligada a
atornillarse a su asiento. Es cierto que en los geriátricos deben tratar de
evitar que los internos pasen mucho tiempo acostados, pero aquí había algo más.
Un día llegué y Carmela aprovechó la
distracción, mientras yo saludaba a Anabela, para esfumarse con celeridad hacia
su cuarto. Intercambié las usuales frases de cortesía y sociabilidad con la
cuidadora, quien luego continuó dedicándose a otra tarea que no incluía
devolver a la mesa a ninguna fugitiva. Me senté frente a mi madre y comencé a
hacerle compañía. Levanté su cabeza que apoyaba en sus brazos para dormitar
sobre la mesa, la saludé y me puse a pintar el mandala que le tocaba, para ver
si hacía el esfuerzo de acompañarme.
-
Tomá el
rojo –le dije, sabiendo que es (¿era?) uno de sus colores favoritos, como
también lo es para mí. Yo agarré un lápiz violeta y comencé a darle color a
unos angelitos cupidos.
-
No tengo
ganas –respondió, para variar...Pero pronto se me sumó y lenta, flojamente,
empezó a pintar unas manzanas.
Se supone que es un buen
entretenimiento para adultos y se está poniendo de moda. Mientras insisto con
el lápiz sobre las alitas de los ángeles, pienso que sí, que puede ser un buen
momento para pensar en otra cosa y salir de lo cotidiano.
-
No me
queda como a vos –compara mi madre.
-
Es que
tenés que insistir sobre una misma zona y apretar el lápiz bastante sobre el
papel. ¡Así, así! ¿Ves como ahí te está quedando mejor?
Sé que en dos minutos me dirá
lo mismo, y yo le responderé lo mismo también, pero sigo como si nada.
De repente, los gritos. Todas
nos miramos un tanto alarmadas. Vienen de la habitación de Carmela, que
comparte con mi madre.
-
¿Qué
pasará? –le pregunto un tanto preocupada a Anabela.
-
Nada...Está
por acabar.
Ay, Carmela. Y sí, suena un
poco a eso. Pleno éxtasis sexual.
-
En la
casa hacía lo mismo – comparte Anabela -. La ahijada ya no sabía que hacer con
ella. Además ya tiene todo bastante lastimado ahí...
No puedo opinar nada. Me
sonrío, pero es un cúmulo de sentimientos mezclados lo que se me agolpa
adentro. Me pregunto hasta qué punto hay un día en que lo público y lo privado
ya no tiene límites. He tenido que parar a mi madre varias veces cuando,
intentando mostrarme un lunar infectado cerca de un pecho, se levanta la blusa
sin corpiño delante de todos aquí, o hasta en la plaza una vez que la saqué de
paseo. Cuando la alerto sobre lo que está haciendo, me gesticula indicando que
ya no importa. ¿Ya no importa?
Carmela grita un poco más,
hasta un clímax festivo, y luego su voz cesa. La misma que canta “Malena” de
pe a pa. La misma que se demora en cada palabra que emite.
Ya no la veo más. Me cuentan
que estaba con muchos problemas de deglución, y que debieron llevarla a un
geriátrico donde pudieran atender su botón gástrico. Las noches de los jueves
no son las mismas. Y en el momento de repetir “Malena” por centésima vez,
pareciera que los ojos de Antonio brillan más cuando recuerda la voz entusiasta
de Carmela, cantando el tango como ninguna.
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