Llegó un día, a mil
por hora. Las cuidadoras estaban agotadas ya de sólo verlo. Trataban de
mantenerlo a raya porque quería caminar por todo el geriátrico pero se
tambaleaba peligrosamente. En ese sentido las reglas son claras: atarlo a una
silla para que no se mueva y corra el riesgo de caerse, romperse algo y tener a
la familia del viejito encima llenando a todos de reproches.
Emilio habla mucho pero rara vez hilvana una
idea con otra. Finalmente acepta sentarse un ratito, y con tiras de tela lo
amarran para que se quede quieto y poder atender a otros internos.
Las chicas se retiran y él comienza con su
lento pero seguro paso hacia la libertad. Despacito, va desatando nudos y para
cuando las chicas vuelven, él ya está libre y empieza toda la lucha
nuevamente...
Las primeras noches, irrumpió en
habitaciones de ancianas y asustó a más de una. Se acerca, quiere tocar,
establecer contacto...A medianoche, esos avances no son bienvenidos. Tampoco
pueden cerrar las puertas de las habitaciones con llave. Las nocheras necesitan
pasar a cada rato por un cambio de pañal, para controlar, para vigilar que las
cosas estén en orden...
Los paseos de Emilio llegan tan lejos que
deben cerrar con llave la puerta que da a la escalera para que no se mate. Este
viejito con cara de bueno y sombrero de ala tiene en vilo a todo el piso. Hasta
que sucede, como con todos los demás, que le aciertan a la medicación y las
cosas se empiezan a tranquilizar.
Un día vi a una nieta que lo visitó. Los
familiares siempre tratan de hablarle a la persona que el anciano fue algún
día. No siempre les contesta el mismo. Hay veces en que cuesta sobremanera
hallar a esa persona que conocieron. Con Emilio pasa igual.
Ahora lo están sentando solo frente a la
ventana. Allí puede murmurar para sí a su gusto. Las mujeres lo ignoran y los
hombres están demasiado ensimismados en su propio dolor como para atender a sus
monólogos bajitos e ininteligibles. Las cuidadoras tienen el “no” prendido a la
boca cuando intenta ponerse en acción. Y el “no, Emilio, no” ya se transformó
en un pegadizo sonsonete.
Afuera cae una lluvia tenue. Emilio mira,
como quien mira llover. Sonríe. Con la boca y la mirada. Algo lindo le recordó
la lluvia y por unos segundos le ilumina el rostro. Baja la vista, y sigue
murmurando hasta que la hora de comer lo calle, y la de la siesta lo mantenga
dormido y quieto aunque más no sea por un rato. Otro día que pasa, y la muerte
que no llega.
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