viernes, 9 de septiembre de 2016

EMILIO





Llegó un día, a mil por hora. Las cuidadoras estaban agotadas ya de sólo verlo. Trataban de mantenerlo a raya porque quería caminar por todo el geriátrico pero se tambaleaba peligrosamente. En ese sentido las reglas son claras: atarlo a una silla para que no se mueva y corra el riesgo de caerse, romperse algo y tener a la familia del viejito encima llenando a todos de reproches.
   Emilio habla mucho pero rara vez hilvana una idea con otra. Finalmente acepta sentarse un ratito, y con tiras de tela lo amarran para que se quede quieto y poder atender a otros internos.
   Las chicas se retiran y él comienza con su lento pero seguro paso hacia la libertad. Despacito, va desatando nudos y para cuando las chicas vuelven, él ya está libre y empieza toda la lucha nuevamente...
   Las primeras noches, irrumpió en habitaciones de ancianas y asustó a más de una. Se acerca, quiere tocar, establecer contacto...A medianoche, esos avances no son bienvenidos. Tampoco pueden cerrar las puertas de las habitaciones con llave. Las nocheras necesitan pasar a cada rato por un cambio de pañal, para controlar, para vigilar que las cosas estén en orden...
   Los paseos de Emilio llegan tan lejos que deben cerrar con llave la puerta que da a la escalera para que no se mate. Este viejito con cara de bueno y sombrero de ala tiene en vilo a todo el piso. Hasta que sucede, como con todos los demás, que le aciertan a la medicación y las cosas se empiezan a tranquilizar.
   Un día vi a una nieta que lo visitó. Los familiares siempre tratan de hablarle a la persona que el anciano fue algún día. No siempre les contesta el mismo. Hay veces en que cuesta sobremanera hallar a esa persona que conocieron. Con Emilio pasa igual.
   Ahora lo están sentando solo frente a la ventana. Allí puede murmurar para sí a su gusto. Las mujeres lo ignoran y los hombres están demasiado ensimismados en su propio dolor como para atender a sus monólogos bajitos e ininteligibles. Las cuidadoras tienen el “no” prendido a la boca cuando intenta ponerse en acción. Y el “no, Emilio, no” ya se transformó en un pegadizo sonsonete.
   Afuera cae una lluvia tenue. Emilio mira, como quien mira llover. Sonríe. Con la boca y la mirada. Algo lindo le recordó la lluvia y por unos segundos le ilumina el rostro. Baja la vista, y sigue murmurando hasta que la hora de comer lo calle, y la de la siesta lo mantenga dormido y quieto aunque más no sea por un rato. Otro día que pasa, y la muerte que no llega.

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