sábado, 13 de agosto de 2016

Barranca abajo





Después de años de buscar la manera de que mi madre reciba atención psiquiátrica, ahora no puedo sino arrepentirme de haberlo hecho.  Es que cada decisión sobre su vida recae en mí, nada más, y es una pesada carga para mi cabeza.

Cuando empecé a ver su deterioro mental hace unos tres años, conseguí que se hiciera una “evaluación integral del anciano”.  Lo hizo a regañadientes, jurando no volver cada vez que teníamos un turno médico con ese objetivo, y terminó el estudio prometiendo seguir los consejos de la gerontóloga: socializar, entrenar su memoria con sudokus, crucigramas o similares, leer, no pasar tanto tiempo en su casa y menos acostada.  “Sí, sí, sí”, dijo a todo, como una nena que promete portarse bien.

No para mi sorpresa, no siguió ni uno solo de los consejos, y su deterioro fue en picada descendente.

En otra oportunidad, su doctora le dijo: “Perla, yo sé que no te va a gustar lo que te voy a decir, pero quiero que hagas una consulta con un psiquiatra”. “¿Qué, se piensa que estoy loca?”, fue su instantánea y previsible reacción.  Es que insistía demasiado con sus deseos de morirse, y entre su discurso y el prontuario familiar de suicidios varios, ningún médico quiere cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de no haber hecho nada ante semejante muerte anunciada.

Así, terminamos hace unos dos años en un consultorio psiquiátrico, por primera vez en su vida.  Ella piensa que es natural su deseo de morir: “Todos los viejos quieren morirse, ser viejo es horrible, ¿para qué vivir así?  Ya está, ya viví”.  No tiene en cuenta que no se puede estar así lo que le quede de vida, que pueden ser meses o años, aunque le pese admitirlo.  Así lo indican las nuevas estadísticas sobre longevidad en los últimos años. 

Al terminar la charla, el psiquiatra se dirigió a nosotras dos con cierta diplomacia que anticipaba una decisión fuerte: “Yo sé que a Ud., Perla, lo que le voy a decir le va a caer como un balde de agua fría...” Ups, esto es peor de lo que yo esperaba. ¿Y ahora? “...Pero quiero internarla”.  Mi mamá saltó de la silla: “¿Qué? ¡Vámonos de acá, esto me hace mal!”.  En su momento a mí también me pareció exagerado, y se lo expresé al médico.  “Bueno, en ese caso, podríamos hacer un tratamiento aquí... ¿Ud, Perla, está dispuesta a venir al consultorio?” “¡Yo no voy a ningún lado!” “En ese caso”, intentó el doctor, “podríamos mandar a alguien a su casa”. “¡Yo no le voy a abrir la puerta a nadie!” Y así nos fuimos, ella revoleando el bastón y yo resignada a sus decisiones.

Pero hace rato que ya no puede tomar decisiones, y que me he convertido yo en la madre que planea todo por ella, ahora mi hija, sin consultar.  Cuando fue hospitalizada en enero por la quebradura de cadera, las psiquiatras que la vieron no querían darle el alta por su profunda depresión.  Tuve que firmar un papel para que quedara asentado que yo me hacía cargo de la decisión de no dejarla internada.

Sin embargo, la necesidad de un tratamiento seguía allí como una nube que no se va, por lo que fuimos nuevamente a un psiquiatra la semana pasada.

Más que nunca, su falta de vitalidad es notoria.  Se pone a llorar, dice no querer vivir, nada le parece que vale la pena.  El psiquiatra le recetó un medicamento para la depresión y la ansiedad.  El tema sería esperar las tres semanas que tarda un antidepresivo en hacer efecto...

Como dije, el tratamiento tan esperado es ahora una decisión de la que me arrepiento.  Desde que comenzó a tomar estos comprimidos (sólo la mitad por una semana), mi mamá es un zombie: tiene excesiva somnolencia, confusión total, no atina a agarrar los cubiertos para comer y debo ayudarla, o las cuidadoras cuando yo no voy.  Tiene un hilo de voz, con el que me dice que la lleve a casa, me pregunta por su hermano como si viviera, se lamenta...

La vio el médico y le redujo la dosis.  Al parecer, sacarle repentinamente el antidepresivo tampoco es aconsejable.  Habrá que esperar si aguanta esos 21 días que dicen que hay que esperar para ver algún resultado positivo.  ¿Valdrá la pena?  Con ella, todo es el día a día...

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