Después de años de
buscar la manera de que mi madre reciba atención psiquiátrica, ahora no puedo
sino arrepentirme de haberlo hecho. Es
que cada decisión sobre su vida recae en mí, nada más, y es una pesada carga para
mi cabeza.
Cuando empecé a ver
su deterioro mental hace unos tres años, conseguí que se hiciera una “evaluación
integral del anciano”. Lo hizo a
regañadientes, jurando no volver cada vez que teníamos un turno médico con ese
objetivo, y terminó el estudio prometiendo seguir los consejos de la
gerontóloga: socializar, entrenar su memoria con sudokus, crucigramas o
similares, leer, no pasar tanto tiempo en su casa y menos acostada. “Sí, sí, sí”, dijo a todo, como una nena que
promete portarse bien.
No para mi sorpresa,
no siguió ni uno solo de los consejos, y su deterioro fue en picada
descendente.
En otra oportunidad,
su doctora le dijo: “Perla, yo sé que no te va a gustar lo que te voy a decir,
pero quiero que hagas una consulta con un psiquiatra”. “¿Qué, se piensa que
estoy loca?”, fue su instantánea y previsible reacción. Es que insistía demasiado con sus deseos de
morirse, y entre su discurso y el prontuario familiar de suicidios varios, ningún
médico quiere cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de no haber hecho
nada ante semejante muerte anunciada.
Así, terminamos hace
unos dos años en un consultorio psiquiátrico, por primera vez en su vida. Ella piensa que es natural su deseo de morir:
“Todos los viejos quieren morirse, ser viejo es horrible, ¿para qué vivir
así? Ya está, ya viví”. No tiene en cuenta que no se puede estar así
lo que le quede de vida, que pueden ser meses o años, aunque le pese admitirlo. Así lo indican las nuevas estadísticas sobre
longevidad en los últimos años.
Al terminar la charla,
el psiquiatra se dirigió a nosotras dos con cierta diplomacia que anticipaba
una decisión fuerte: “Yo sé que a Ud., Perla, lo que le voy a decir le va a
caer como un balde de agua fría...” Ups, esto es peor de lo que yo esperaba. ¿Y
ahora? “...Pero quiero internarla”. Mi
mamá saltó de la silla: “¿Qué? ¡Vámonos de acá, esto me hace mal!”. En su momento a mí también me pareció
exagerado, y se lo expresé al médico.
“Bueno, en ese caso, podríamos hacer un tratamiento aquí... ¿Ud, Perla,
está dispuesta a venir al consultorio?” “¡Yo no voy a ningún lado!” “En ese
caso”, intentó el doctor, “podríamos mandar a alguien a su casa”. “¡Yo no le
voy a abrir la puerta a nadie!” Y así nos fuimos, ella revoleando el bastón y
yo resignada a sus decisiones.
Pero hace rato que
ya no puede tomar decisiones, y que me he convertido yo en la madre que planea
todo por ella, ahora mi hija, sin consultar. Cuando fue hospitalizada en enero por la
quebradura de cadera, las psiquiatras que la vieron no querían darle el alta por
su profunda depresión. Tuve que firmar
un papel para que quedara asentado que yo me hacía cargo de la decisión de no
dejarla internada.
Sin embargo, la
necesidad de un tratamiento seguía allí como una nube que no se va, por lo que fuimos
nuevamente a un psiquiatra la semana pasada.
Más que nunca, su
falta de vitalidad es notoria. Se pone a
llorar, dice no querer vivir, nada le parece que vale la pena. El psiquiatra le recetó un medicamento para
la depresión y la ansiedad. El tema
sería esperar las tres semanas que tarda un antidepresivo en hacer efecto...
Como dije, el
tratamiento tan esperado es ahora una decisión de la que me arrepiento. Desde que comenzó a tomar estos comprimidos
(sólo la mitad por una semana), mi mamá es un zombie: tiene excesiva
somnolencia, confusión total, no atina a agarrar los cubiertos para comer y
debo ayudarla, o las cuidadoras cuando yo no voy. Tiene un hilo de voz, con el que me dice que
la lleve a casa, me pregunta por su hermano como si viviera, se lamenta...
La vio el médico y
le redujo la dosis. Al parecer, sacarle
repentinamente el antidepresivo tampoco es aconsejable. Habrá que esperar si aguanta esos 21 días que
dicen que hay que esperar para ver algún resultado positivo. ¿Valdrá la pena? Con ella, todo es el día a día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario