jueves, 11 de agosto de 2016

Cambio





A los dos meses, junté varios porotos en contra del geriátrico, y decidí cambiar a mi mamá a otro.  Siempre pueden desilusionarte al conocerlos mejor, pero en este nuevo lugar los veo más organizados, más cálidos, más preocupados por el bienestar de los abuelos.  Y veo de mejor humor a los viejitos, y con el pasar de los días, también a mi mamá.
            Aquí está Isaac, que supo ser psicólogo y ahora desde su silla de ruedas manotea las nalgas de las cuidadoras.  Berta, que ya cumplió los 100, está al borde de los 101 y trasmite paz.  Dora, que en un tiempo fue maestra y hasta directora de una escuela y a quien poco se le entiende hoy sin su dentadura puesta y con la mente ida.  Y Flora, que me hace reír mucho con sus historias y sus salidas.
            La primera vez que la vi presencié este diálogo:
Mara: ¿Y vos cuántos años tenés?
Flora: Ochenta y uno.
Mara: Parecés más...
Flora: Y bueno, tengo la edad que tengo, no me saco años... Mirá, una vez a Floreal Ruiz le preguntó un periodista “¿Cuántos años tiene?”, y cuando le contestó, el periodista comentó: “Me parece que se le cayó una sota...” ¿Y sabés qué le contestó Floreal Ruiz?” “Pero pibe, yo no me saco años, ¿por qué me voy a sacar años con vos? ¿Qué pensás, que te quiero coger?” Y yo te voy a contestar lo mismo: ¿qué pensás, que yo te quiero coger a vos?”
            Pedí repetición del remate porque no podía creer que una señora de 81 hablara así, y me descosí de la risa cuando comprobé que lo que había escuchado era eso nomás.  Otro día, la conversación giró en torno a los embarazos, los anticonceptivos...iniciada un poco por las cuidadoras.  “Abortar es un crimen”, dijo Flora. Oh, no, pensé, ¿y ahora por dónde seguimos? “Depende”, tercié, “hay gente que piensa que la vida comienza en el momento de la concepción, otros que con el nacimiento...” “Pero”, sigue ella, “dicen que es un crimen... ¡Y eso que yo hice un montón de abortos!” Ay, mi carcajada fue explosiva: otra vez, no podía creer que una señora mayor hiciera semejante comentario frente a todos... “Es que yo era muy jovencita”, explica, “y tenía un noviecito, o amigovio, y estaba sola en la ciudad, y... ¿qué iba a hacer?”
            Terminó el almuerzo, llega el postre: banana para todos.  Isaac ya se comió una, se comió dos,...y pide una tercera.  Daiana, una de las cuidadoras, trata de ignorar sus pedidos reiterados.  Da la impresión que Isaac cree que todavía no comió ninguna, y Daiana tiene que recordarle que ya comió dos, mientras las demás, todas damas, comieron una cada una. “¿Por qué te voy a dar más a vos? ¿Porque tenés dos huevos?”, increpa Daiana.  “¡Y una banana!”, remata Isaac.  Estallido de risa general.  Guiño pícaro del viejo, y sonrisa callada...¡La inimputabilidad que dan los años!
            Quiero creer que mamá ahora está un poco mejor con este nuevo grupo de gente.  Que aquí no pasa frío.  Que la comida es mucho mejor.  Y que las cuidadoras son más responsables y amables.  Ojalá no me equivoque.  Ya que la solución perfecta ya no existe, quiero al menos la tranquilidad de una solución no tan mala, aceptable para todos...
            Seguramente, seguiré juntando más historias de geriátrico...

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