A los dos meses, junté varios porotos en contra del geriátrico, y
decidí cambiar a mi mamá a otro. Siempre
pueden desilusionarte al conocerlos mejor, pero en este nuevo lugar los veo más
organizados, más cálidos, más preocupados por el bienestar de los abuelos. Y veo de mejor humor a los viejitos, y con el
pasar de los días, también a mi mamá.
Aquí está Isaac, que
supo ser psicólogo y ahora desde su silla de ruedas manotea las nalgas de las
cuidadoras. Berta, que ya cumplió los
100, está al borde de los 101 y trasmite paz.
Dora, que en un tiempo fue maestra y hasta directora de una escuela y a
quien poco se le entiende hoy sin su dentadura puesta y con la mente ida. Y Flora, que me hace reír mucho con sus
historias y sus salidas.
La primera vez que la
vi presencié este diálogo:
Mara: ¿Y vos cuántos años tenés?
Flora: Ochenta y uno.
Mara: Parecés más...
Flora: Y bueno, tengo la edad que tengo, no me saco años... Mirá, una
vez a Floreal Ruiz le preguntó un periodista “¿Cuántos años tiene?”, y cuando
le contestó, el periodista comentó: “Me parece que se le cayó una sota...” ¿Y
sabés qué le contestó Floreal Ruiz?” “Pero pibe, yo no me saco años, ¿por qué
me voy a sacar años con vos? ¿Qué pensás, que te quiero coger?” Y yo te voy a
contestar lo mismo: ¿qué pensás, que yo te quiero coger a vos?”
Pedí repetición del
remate porque no podía creer que una señora de 81 hablara así, y me descosí de
la risa cuando comprobé que lo que había escuchado era eso nomás. Otro día, la conversación giró en torno a los
embarazos, los anticonceptivos...iniciada un poco por las cuidadoras. “Abortar es un crimen”, dijo Flora. Oh, no,
pensé, ¿y ahora por dónde seguimos? “Depende”, tercié, “hay gente que piensa
que la vida comienza en el momento de la concepción, otros que con el
nacimiento...” “Pero”, sigue ella, “dicen que es un crimen... ¡Y eso que yo
hice un montón de abortos!” Ay, mi carcajada fue explosiva: otra vez, no podía
creer que una señora mayor hiciera semejante comentario frente a todos... “Es
que yo era muy jovencita”, explica, “y tenía un noviecito, o amigovio, y estaba
sola en la ciudad, y... ¿qué iba a hacer?”
Terminó el almuerzo,
llega el postre: banana para todos.
Isaac ya se comió una, se comió dos,...y pide una tercera. Daiana, una de las cuidadoras, trata de
ignorar sus pedidos reiterados. Da la
impresión que Isaac cree que todavía no comió ninguna, y Daiana tiene que
recordarle que ya comió dos, mientras las demás, todas damas, comieron una cada
una. “¿Por qué te voy a dar más a vos? ¿Porque tenés dos huevos?”, increpa
Daiana. “¡Y una banana!”, remata Isaac. Estallido de risa general. Guiño pícaro del viejo, y sonrisa
callada...¡La inimputabilidad que dan los años!
Quiero creer que mamá
ahora está un poco mejor con este nuevo grupo de gente. Que aquí no pasa frío. Que la comida es mucho mejor. Y que las cuidadoras son más responsables y
amables. Ojalá no me equivoque. Ya que la solución perfecta ya no existe,
quiero al menos la tranquilidad de una solución no tan mala, aceptable para
todos...
Seguramente, seguiré
juntando más historias de geriátrico...

No hay comentarios:
Publicar un comentario