lunes, 15 de agosto de 2016

De Italia con amor




Pierina es nueva. Es alegre y bella a sus 95. Su sonrisa es luminosa, y sus ojos celestes vieron mucho: la segunda guerra mundial, por empezar.
¿Italiana? “Sí”, dice, “de Milán, ¡soy una milanesa!” Le gusta cantar, viene de familia de músicos, pero no es como los napolitanos. “En Milán, se trabaja; en Nápoles, cantan”. Enseguida va mostrando un dulce sentido del humor. Cuenta que tiene las dos nacionalidades. “Quería renovar mi pasaporte italiano, y resulta que me pusieron como fecha de nacimientos 02/03/2020! ¿Cómo es posible? ¡Para ellos todavía no soy ni un espermatozoide!” Mira con cara de “¿vieron? En el Primer Mundo también se equivocan...”
Es muy sorda, pero dice que a mí me oye lo más bien. Que tengo un timbre de voz claro y que soy la única a la que entiende. Me lo vuelve a decir a los pocos días, cuando le pregunto qué le pasa porque está llorosa. Acaba de irse su hijo, hombre bastante mayor también, de unos 70 años. “Mi casa”, me dice, “la llevo aquí en el corazón”. Esta acongojada, y para ver si la saco de esa pena le pregunto por su casa, por el barrio...Poco a poco va cambiando el clima, cuando me cuenta que vivía “en tierra de nadie”...”No es Villa Crespo, no es Paternal...Una vez me dijeron: ‘¡Señora, usted vive en tierra de nadie’!” Sólo con ese pequeño desvío en la conversación logré que volviera a sonreír y otra vez se pusiera bella.
Seguimos la charla, y me cuenta cómo vino a la Argentina. Su esposo era ingeniero, de la época en que los ingenieri eran muy valorados por aquí. Vino con un proyecto que él había inventado, una forma novedosa de conseguir energía...Para eso lo contrataron, pero al llegar aquí, una vez instalado Perón, no se interesaron en su proyecto, que nunca se concretó.
Igual se quedaron. En este país no tenia que andar adivinando si el avión que sobrevolaba era bombardero, o si traía víveres. Como esa vez que, embarazada de 8 meses, tuvo que correr a un refugio porque se acercaban aviones americanos para bombardear a su país, aliado de los nazis. “Me tiré al piso, y me pasó a esta distancia”. Me indica con la mano lo cerca que estuvo de morir. “¿Y el embarazo, bien?” “Sí, el embarazo, bien”.
En algún momento, la conversación gira hacia la edad. Todas en la mesa confesamos los años sin tapujos ni pudores. “¿Y usted, Flora, va a decir cuantos tiene?”
Mira, pícara, con sus ojos claros detrás de los anteojos inquisidores:
-         Toda la vida dije la edad, ¿no la voy a decir ahora?
-         Ah, bueno –me alegro. Pero el silencio se hace largo-. ¿Y? ¿Cuántos tiene, entonces?
-         Siempre los dije...-continúa, haciendo insoportable el suspenso-. Pero es que ahora...¡no me acuerdo!
Sigue dando vueltas en las mentes el tema de la edad. Pierina tiene la necesidad de decir algo que no sabe cómo expresar en palabras: “¿Sabés? Yo siento que ahora que soy vieja...tengo algo...no sé cómo decirlo... algo que vos no tenés... algo que se tiene a esta edad...” Creo sentir lo que piensa, aunque no llegue a ver qué es eso exactamente, porque supongo que llegaré a ese estado a su debido tiempo. “A ver...Creo que entiendo, porque yo siento que ahora que tengo 50, tengo algo que no tenía a los 30...” “Sí, algo así”, me dice. Pero ambas sabemos la diferencia. Para llegar a lo que ella “tiene”, deberé esperar, mínimo, treinta años más...
Le grito, casi, que me voy. Luego recuerdo que a mí me oye bien. “Tiene una voz tan linda... Conversar con usted es...¡es como si me hubiera hecho un regalo!” La tengo que abrazar, le tengo que decir “¡Qué linda persona es usted!”, porque es lo único que me sale decirle.
Me retiro por hoy, con el corazón inquieto de sentimientos raros, con la cabeza dándome vueltas, por todo lo que no sé ni tengo todavía.

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