Pierina es nueva. Es alegre y bella a sus 95. Su sonrisa es luminosa,
y sus ojos celestes vieron mucho: la segunda guerra mundial, por empezar.
¿Italiana? “Sí”, dice, “de Milán, ¡soy una milanesa!” Le gusta cantar, viene
de familia de músicos, pero no es como los napolitanos. “En Milán, se trabaja; en Nápoles, cantan”.
Enseguida va mostrando un dulce sentido del humor. Cuenta que tiene las dos
nacionalidades. “Quería renovar mi pasaporte italiano, y resulta que me
pusieron como fecha de nacimientos 02/03/2020! ¿Cómo es posible? ¡Para ellos
todavía no soy ni un espermatozoide!” Mira con cara de “¿vieron? En el Primer
Mundo también se equivocan...”
Es muy sorda, pero dice que a mí me oye lo más bien. Que tengo un timbre de voz claro y
que soy la única a la que entiende. Me lo vuelve a decir a los pocos días,
cuando le pregunto qué le pasa porque está llorosa. Acaba de irse su hijo, hombre
bastante mayor también, de unos 70 años. “Mi casa”, me dice, “la llevo aquí en
el corazón”. Esta acongojada, y para ver si la saco de esa pena le pregunto por
su casa, por el barrio...Poco a poco va cambiando el clima, cuando me cuenta
que vivía “en tierra de nadie”...”No es Villa Crespo, no es Paternal...Una vez
me dijeron: ‘¡Señora, usted vive en tierra de nadie’!” Sólo con ese pequeño
desvío en la conversación logré que volviera a sonreír y otra vez se pusiera
bella.
Seguimos la charla, y me cuenta cómo vino a la Argentina. Su esposo
era ingeniero, de la época en que los ingenieri
eran muy valorados por aquí. Vino con un proyecto que él había inventado, una
forma novedosa de conseguir energía...Para eso lo contrataron, pero al llegar
aquí, una vez instalado Perón, no se interesaron en su proyecto, que nunca se
concretó.
Igual se quedaron. En este país no tenia que andar adivinando si el
avión que sobrevolaba era bombardero, o si traía víveres. Como esa vez que,
embarazada de 8 meses, tuvo que correr a un refugio porque se acercaban aviones
americanos para bombardear a su país, aliado de los nazis. “Me tiré al piso, y
me pasó a esta distancia”. Me indica con la mano lo cerca que estuvo de morir.
“¿Y el embarazo, bien?” “Sí, el embarazo, bien”.
En algún momento, la conversación gira hacia la edad. Todas en la mesa
confesamos los años sin tapujos ni pudores. “¿Y usted, Flora, va a decir
cuantos tiene?”
Mira, pícara, con sus ojos claros detrás de los anteojos inquisidores:
-
Toda la
vida dije la edad, ¿no la voy a decir ahora?
-
Ah,
bueno –me alegro. Pero el silencio se hace largo-. ¿Y? ¿Cuántos tiene,
entonces?
-
Siempre
los dije...-continúa, haciendo insoportable el suspenso-. Pero es que
ahora...¡no me acuerdo!
Sigue dando vueltas en las mentes el tema de la edad. Pierina tiene la
necesidad de decir algo que no sabe cómo expresar en palabras: “¿Sabés? Yo
siento que ahora que soy vieja...tengo algo...no sé cómo decirlo... algo que
vos no tenés... algo que se tiene a esta edad...” Creo sentir lo que piensa,
aunque no llegue a ver qué es eso exactamente, porque supongo que llegaré a ese
estado a su debido tiempo. “A ver...Creo que entiendo, porque yo siento
que ahora que tengo 50, tengo algo que no tenía a los 30...” “Sí, algo así”, me
dice. Pero ambas sabemos la diferencia. Para llegar a lo que ella “tiene”,
deberé esperar, mínimo, treinta años más...
Le grito, casi, que me voy. Luego recuerdo que a mí me oye bien. “Tiene
una voz tan linda... Conversar con usted es...¡es como si me hubiera hecho un
regalo!” La tengo que abrazar, le tengo que decir “¡Qué linda persona es
usted!”, porque es lo único que me sale decirle.
Me retiro por hoy, con el corazón inquieto de sentimientos raros, con
la cabeza dándome vueltas, por todo lo que no sé ni tengo todavía.
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