Ayer arrancó un
nuevo ciclo en mi vida y la de mi madre. Porque fue el día en que tomé la
decisión de llevarla a vivir a un geriátrico.
Es una opción tan
discutible como personal. Creo que sólo los que pasan o pasaron por situaciones
similares pueden comprenderla. Los demás
son de palo.
Llevábamos siete
meses viviendo todos juntos en mi pequeño departamento: mi esposo, Daniel; mi
pequeña hija, Noe, mi mamá, yo...y no olvidemos a la mascota de la familia: Aarón,
claro.
Contemplamos distintas
posibilidades durante estos meses, y lamentablmente mi mamá tiene poca voz y
voto en la actualidad, ya que no es la persona que era: de ser una mujer
optimista, generosa, ubicada, agradecida, inteligente, valiente, durante los
últimos tres años, aproximadamente, la vimos convertirse en todos los antónimos
de los adjetivos anteriores: pesimista, egoísta, no sabe bien dónde está ni en
qué fecha estamos, le cuesta agradecer lo que hacemos por ella, está como
atontada, a todo le teme...
Era muy difícil la convivencia
con ella. No sólo por lo que acabo de
describir, sino porque su limitada movilidad y demás problemas físicos nos
hacían casi imposible dejarla sola. Cuando lo hacíamos, no sabíamos bien con
qué nos íbamos a encontrar al volver: podía estar caída en el piso, llorando
angustiada...No le estábamos pudiendo dar el cuidado que necesitaba.
Después de dos
semanas de visitar entre 3 y 4 geriátricos por día, y haber visto de todo
(desde el lugar más tétrico al más lujoso, que ni siquiera llaman “geriátrico”
sino “hotel asistido”), opté por uno que me pareció agradable como espacio
físico y donde vi dedicación y preocupación de los que allí trabajan.
Ayer la llevé,
engañada. No me dio opciones de hacer las cosas de otra manera, dadas sus
amenazas tremendas en caso de que yo decidiera llevarla a un geriátrico.
Para mi sorpresa,
una vez allí reaccionó sorprendentemente bien. “Sí, está bien, yo me doy
cuenta...” Era demasiado hermoso para ser cierto, y no lo era. Su estado de
ánimo va y vuelve. Cuando fui a la tarde a verla nuevamente, me llenó de
reproches. Me fui hecha mierda.
Ni bien llegué a
casa me llamó la encargada para decirme que mi mamá estuvo muy bien hasta que
me vio. En ese momento se transformó,
empezó a llorar y a reprocharme todo. Se
lo creo, porque mi mamá ya no es como era.
Hoy volví a
visitarla, y tuvimos una buena conversación. La dejé tranquila. Yo también me
fui tranquila.
Más allá de sus
manipulaciones emocionales, estoy bien. Sé que tomé una buena decisión para
todos. Siento un gran alivio, como si hubiera recuperado una vida que durante 7
meses estuvo detenida.
Y ella está en un
lugar con sus pares, con gente que se preocupa por ella y la atiende muy bien,
en una habitación agradable que comparte con otra anciana. Allí tiene un balcón
que da a la calle. Abajo hay un amplio
comedor que da a un parquecito muy acogedor.
Hoy cuando llegué a
visitarla estaban terminando una actividad con la psicóloga. Vi eso y supe que
comparado con verla en casa siempre tirada en la cama mirando la tele, esto era
definitivamente mejor.
Estoy en paz.

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