Eva es de las que
desembarcó por estas tierras poco antes de que estallara la segunda guerra
mundial. O sus padres fueron muy intuitivos o simplemente tuvieron suerte.
Aunque no dice de inmediato nada que haga presuponer (o que llanamente no deje
lugar a dudas) que pertenezca a “la cole”, por lo que imagino que no es de
aquellos que huyeron de Alemania más urgidos por la persecución racial, como la
madre de mi esposo, que escapó de la misma ciudad, Berlín, pero con otra
premura. O tal vez sí. Ya me iré enterando a su debido tiempo.
Tiene cabellos rojizos bien peinados y
recientemente teñidos (confiesa un castaño claro como su verdadero color),
aunque no aceptará cumplidos porque, según ella, “ya nada le queda bien”. Sin
embargo, sus ojos azulverdosos y su sonrisa le dan gran belleza a este rostro
nonagenario. Se le ilumina esa cara cuando charla, porque la conversación la
revive.
Mientras miro por enésima vez una foto sobre
la que mi madre repite las mismas preguntas desde hace media hora, mantengo con
Eva una conversación más convocante en paralelo. Acusa los mismos años que mamá,
pero aún ama la charla, que en algún momento pensé que sostendría también a mi
madre en su vejez, equivocadamente. ¡Lo que le gustaba charlar! En fin...
Eva cuenta que su marido tuvo una fábrica de
juguetes, y la historia de ese comerciante encarna en sí mismo la de muchos
otros en la Argentina. Es
el que pasó la época en que se vino abajo la industria nacional por las masivas
importaciones orientales; cuando por televisión mostraban cómo ese cambio de
enfoque fortalecería la fabricación local porque la competencia mejoraría
nuestra calidad. No fue lo que sucedió. Entraron masivamente productos de toda
calidad pero a mucho menor precio de China y Taiwán y la fabricación argentina
cayó en picada. Luego vinieron las modas que algunos siguieron para mantenerse
vivos: que el pool, que el lavadero, que el videoclub...El esposo de Eva puso
un videoclub hasta que las nuevas tecnologías lo hicieron obsoleto. “Cuando
volví a Alemania”; relata Eva, “allí estaba la carnicería, la panadería, el
tendero...los negocios ya eran atendidos por otras personas, pero seguían en
pie los mismos locales en el mismo rubro. Aquí, diez, doce años dura como mucho
un negocio; después, se funde”. Doce años es más o menos el ciclo de la
economía argentina y pienso con dolor que estamos por cumplirlo.
Tiene hijos que siempre hablaron perfecto
alemán, ya que ella, a diferencia más tarde de sus nueras, quiso conservar la
cultura de sus raíces. Ellas, en cambio, se negaron a que sus nietos fueran
educados del mismo modo, por lo que el alemán nativo murió allí. “Tan bien
hablan mis hijos el alemán, que cuando estaban en Alemania la gente pensaba que
habían nacido allá...hasta que estacionaban el auto o mostraban en alguna
actitud que su “alemanidad” era sólo una cáscara”. El contenido era bien
argento.
Pero en ocasiones, Eva también se deprime.
Se acerca al comedor como puede, en andador o silla de ruedas que ella misma
maneja (rara vez acepta ayuda), y hoy me dice: “En estos días no me he sentido
muy bien. Siento que está llegando el fin. Y bueno, algún día tenía que
suceder, ¿no?”
Es lo que esperan todos. Lo que nunca se
nombra con su verdadero y terminante nombre. Se lo disfraza, se lo gesticula,
se lo escamotea. Pero es la presencia que invade todo el lugar. Algunos, desean
que llegue ya. Otros, creen que por no nombrarla se mantendrá alejada. Y hasta
otros, de tan alejados que se encuentran de la realidad, tal vez no sientan
para nada su acercamiento inevitable.
Es la hora de comer. Eva se saca la
dentadura postiza. “¡Pero cómo, Eva!”, le digo, “¿viene la comida y usted se
saca los dientes?” Se ríe, pícara: “Mis hijos me matan si me ven haciendo esto,
pero los dientes se me mueven y con ellos puestos no puedo comer...”
Mi madre a veces se saca los dientes y los
pone bajo la almohada, o debajo del colchón, como los tesoros más preciados.
Eso significa que a veces por días no los encuentran. Buscan en todos los
lugares lógicos, cuando todo en este sitio manda al cuerno a la lógica misma. Y
con suerte aparecen, ilesos, y mi madre llora de alegría.
Los anteojos suelen
correr igual suerte.
Hasta una vez volví al hospital a reclamar
por una dentadura postiza que había desaparecido durante una internación.
¿Quién podía llevársela? ¿A quién podrían beneficiar esos dientes ajenos?
Imaginé que alguien los cayó y rompió, y buscando en pertenencias de mi madre
hallé otra dentadura que sirve para ir tirando. Que no sea exactamente la misma
no impide que se lo coma todo, sin que ello se vea reflejado en absoluto en sus
huesos apenas rellenos de carne.
Cuando llega el almuerzo, espío un poco de
qué se trata esta vez la comida, y decido partir. Otro día más que he cumplido
con la visita. Y en el día de hoy fue Eva quien me ayudó a llevarla mejor. Me
despido de mi madre, que con su habitual confusión preguntará cuándo vuelvo “a
buscarla”. Le mentiré una vez más, sin remordimientos, que “más tarde”, porque
sé que “más tarde” ya lo habrá olvidado todo de nuevo.
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