lunes, 5 de diciembre de 2016

EVA


Eva es de las que desembarcó por estas tierras poco antes de que estallara la segunda guerra mundial. O sus padres fueron muy intuitivos o simplemente tuvieron suerte. Aunque no dice de inmediato nada que haga presuponer (o que llanamente no deje lugar a dudas) que pertenezca a “la cole”, por lo que imagino que no es de aquellos que huyeron de Alemania más urgidos por la persecución racial, como la madre de mi esposo, que escapó de la misma ciudad, Berlín, pero con otra premura. O tal vez sí. Ya me iré enterando a su debido tiempo.
   Tiene cabellos rojizos bien peinados y recientemente teñidos (confiesa un castaño claro como su verdadero color), aunque no aceptará cumplidos porque, según ella, “ya nada le queda bien”. Sin embargo, sus ojos azulverdosos y su sonrisa le dan gran belleza a este rostro nonagenario. Se le ilumina esa cara cuando charla, porque la conversación la revive.
   Mientras miro por enésima vez una foto sobre la que mi madre repite las mismas preguntas desde hace media hora, mantengo con Eva una conversación más convocante en paralelo. Acusa los mismos años que mamá, pero aún ama la charla, que en algún momento pensé que sostendría también a mi madre en su vejez, equivocadamente. ¡Lo que le gustaba charlar! En fin...
   Eva cuenta que su marido tuvo una fábrica de juguetes, y la historia de ese comerciante encarna en sí mismo la de muchos otros en la Argentina. Es el que pasó la época en que se vino abajo la industria nacional por las masivas importaciones orientales; cuando por televisión mostraban cómo ese cambio de enfoque fortalecería la fabricación local porque la competencia mejoraría nuestra calidad. No fue lo que sucedió. Entraron masivamente productos de toda calidad pero a mucho menor precio de China y Taiwán y la fabricación argentina cayó en picada. Luego vinieron las modas que algunos siguieron para mantenerse vivos: que el pool, que el lavadero, que el videoclub...El esposo de Eva puso un videoclub hasta que las nuevas tecnologías lo hicieron obsoleto. “Cuando volví a Alemania”; relata Eva, “allí estaba la carnicería, la panadería, el tendero...los negocios ya eran atendidos por otras personas, pero seguían en pie los mismos locales en el mismo rubro. Aquí, diez, doce años dura como mucho un negocio; después, se funde”. Doce años es más o menos el ciclo de la economía argentina y pienso con dolor que estamos por cumplirlo.
   Tiene hijos que siempre hablaron perfecto alemán, ya que ella, a diferencia más tarde de sus nueras, quiso conservar la cultura de sus raíces. Ellas, en cambio, se negaron a que sus nietos fueran educados del mismo modo, por lo que el alemán nativo murió allí. “Tan bien hablan mis hijos el alemán, que cuando estaban en Alemania la gente pensaba que habían nacido allá...hasta que estacionaban el auto o mostraban en alguna actitud que su “alemanidad” era sólo una cáscara”. El contenido era bien argento.
   Pero en ocasiones, Eva también se deprime. Se acerca al comedor como puede, en andador o silla de ruedas que ella misma maneja (rara vez acepta ayuda), y hoy me dice: “En estos días no me he sentido muy bien. Siento que está llegando el fin. Y bueno, algún día tenía que suceder, ¿no?”
   Es lo que esperan todos. Lo que nunca se nombra con su verdadero y terminante nombre. Se lo disfraza, se lo gesticula, se lo escamotea. Pero es la presencia que invade todo el lugar. Algunos, desean que llegue ya. Otros, creen que por no nombrarla se mantendrá alejada. Y hasta otros, de tan alejados que se encuentran de la realidad, tal vez no sientan para nada su acercamiento inevitable.
   Es la hora de comer. Eva se saca la dentadura postiza. “¡Pero cómo, Eva!”, le digo, “¿viene la comida y usted se saca los dientes?” Se ríe, pícara: “Mis hijos me matan si me ven haciendo esto, pero los dientes se me mueven y con ellos puestos no puedo comer...”
   Mi madre a veces se saca los dientes y los pone bajo la almohada, o debajo del colchón, como los tesoros más preciados. Eso significa que a veces por días no los encuentran. Buscan en todos los lugares lógicos, cuando todo en este sitio manda al cuerno a la lógica misma. Y con suerte aparecen, ilesos, y mi madre llora de alegría.
Los anteojos suelen correr igual suerte.
   Hasta una vez volví al hospital a reclamar por una dentadura postiza que había desaparecido durante una internación. ¿Quién podía llevársela? ¿A quién podrían beneficiar esos dientes ajenos? Imaginé que alguien los cayó y rompió, y buscando en pertenencias de mi madre hallé otra dentadura que sirve para ir tirando. Que no sea exactamente la misma no impide que se lo coma todo, sin que ello se vea reflejado en absoluto en sus huesos apenas rellenos de carne.
   Cuando llega el almuerzo, espío un poco de qué se trata esta vez la comida, y decido partir. Otro día más que he cumplido con la visita. Y en el día de hoy fue Eva quien me ayudó a llevarla mejor. Me despido de mi madre, que con su habitual confusión preguntará cuándo vuelvo “a buscarla”. Le mentiré una vez más, sin remordimientos, que “más tarde”, porque sé que “más tarde” ya lo habrá olvidado todo de nuevo.

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