martes, 30 de agosto de 2016

SECRETOS Y MENTIRAS


Es duro, pero terapéutico, decidir enfrentarme a este recuerdo. Duele. Pero duele más la espina que no se saca.


SECRETOS Y MENTIRAS

 

¿Cuánto tiempo puede no decirse algo en una familia? ¿Y cuánto puede tergiversarse la propia historia?

Crecí creyendo que mis padres eran incapaces de mentirme. Y esto no sólo abarcó los años pueriles de la infancia, cuando sí, reconozco, una se cree cualquier cosa proveniente de boca de mamá o papá. Por ejemplo, hubo un tiempo en que ella me decía que tenía 25 años y yo no tenía por qué dudarlo. Como me tuvo a los 39, en una época en que eso no era muy frecuente, tal vez se sintiera muy mayor en comparación con las otras mamás. Pero ¿qué motivos podía tener yo, a eso de los 5 años, para desconfiar? Hasta que una vez su médico le preguntó la edad delante de mí y respondió “44”. En el momento no abrí la boca, pero al salir, le cuestioné: “Mamá, ¿por qué le mentiste al doctor?” Ella rió y dijo: “¡A la que le mentí fue a vos!” La impresión debe de haber sido fuerte, porque es un recuerdo que conservo intacto.

            Con el transcurrir del tiempo, sentí que mis padres eran como se mostraban y que no había secretos escondidos en algún tenebroso armario. Tal vez me sirvió para crecer sin desconfianzas. No sé qué diría un analista sobre todo esto. Porque las veces que fui a uno, no conocía aún la totalidad de la historia familiar tal como la sé hoy, y por ende me moví con mentiras que tomaba como información veraz. Quizá todavía hay recovecos que no conozco. Porque lo que sí aprendí de todo esto es que las mentiras o los secretos familiares pueden durar toda la vida, o directamente llevarse a la tumba. Y están quedándome menos vivos a quienes consultar. Descarto, también, a esta altura, recabar más información de la mente ya perdida de mi madre.

Para mí, la abuela Perla había sido la mejor del mundo. Una pena que hubiera muerto antes de que yo naciera. Siempre me frustró no haberla podido llegar a conocer. De ella sólo supe de su pura bondad, del amor a sus tres hijos, de su sufrimiento silencioso ante la tiranía de su esposo, mi abuelo, a quien por desgracia sí había llegado a conocer. El abuelo Gastón ya había perdido la fuerza de su ira, así que el viejo que conocí era simplemente un ser terco, callado y mañoso, a quien le era totalmente ajena cualquier demostración de afecto.

Mamá se había dedicado por completo a cuidar de mi abuela Perla, enferma desde muy joven. “¿Qué tenía la abuela Perla, mamá?”, le preguntaba a veces. Y la respuesta empezaba siempre igual: “Las 7 plagas de Egipto”. Se explayaba luego un poco más ante tan poca certeza: “Mal de Parkinson. Además, tenía muy mal los intestinos”. En fin, que era un cúmulo de cosas que la había postrado en cama por más de una década. Mamá recordaba haber ayudado en el hogar desde los 9 años. Y luego de que la abuela no pudo ya hacer nada más porque le resultaba imposible hasta levantarse de la cama, ella fue su enfermera 24/7. “Si dejaba que otro la atendiera o la internaba en algún lado, mi mamá se moría...¡Directamente!”

Nunca vi esa devoción como algo exagerado o anormal. Con el tiempo, fue haciéndome ruido que la abuela no quisiera la atención de nadie más. Siendo mi madre la única hija mujer, esa dedicación completa y exclusiva estaba condenándola a una muerte en vida como mujer. A una renuncia total a ser esposa y madre, que eran roles alrededor de los cuales las mujeres de esa época hacían girar su vida. Al enterarme de los detalles más escabrosos de la verdadera historia, entendí que mi abuela tal vez consideró esto muy seriamente...

Cuando mi madre hablaba de su terrible niñez y juventud, por tener un padre autoritario y violento y una madre consumida por varias dolencias, había veces en que agregaba: “Y eso que no te conté todo...” Yo sólo creía que había detalles de la violencia del abuelo Gastón en los que ella prefería no profundizar. Sabía, sin embargo, que cuando volvía enfurecido del trabajo, podía tomar un cuchillo y amenazar con que los mataría a todos. Que lo suyo era constante queja y cero afecto. Que de la puerta para afuera aparentaba ser un señor gentil y de buen temperamento, con lo que quizá enamoró a la abuela. Pero que de la puerta para adentro se transformaba en un ser casi monstruoso. Entonces, por no meter más el dedo en la llaga, nunca hice un esfuerzo por saber qué sería ese “todo” que no me había contado todavía...

Una vez la acompañamos, mi hija y yo, a un turno con su médica de cabecera. Tanto la doctora como yo estábamos empezando a preocuparnos, más que por su salud física que parecía de hierro, por su salud emocional, que estaba cayendo barranca abajo, sumiéndose en lo que parecía que podría terminar en depresión. Ante las preguntas de su médica, mi madre se explayó un poco sobre sus múltiples desgracias, aclarando que había sufrido mucho en la vida y que esas cosas no se olvidan ni perdonan tu día a día, ya que se convierten en fantasmas tercos que acechan todo el tiempo.

Resoplando, dejamos el consultorio. Como estábamos con mi niña pequeña, cruzamos a la plaza. Natalia corrió hacia las hamacas y nosotras dos ocupamos un banco, al solcito tímido de los comienzos de la primavera.

“Era un día así, como el de hoy. Sólo que más frío. Ella tenía 57, yo más de 30 y nunca salía de casa para no dejar sola a mi mamá mucho tiempo...Tenía que darla vuelta en la cama porque ni eso podía hacer sola”, arranca. Natalia está casi volando en su hamaca. Otra niña se impacienta a su lado para que se la deje. “Pero mi mamá insistía en que fuera al cine. ‘Pero mami’, le dije ‘es mucho tiempo, no puedo dejarte sola tanto tiempo...’ El cine estaba cerca, sin embargo, así que pensé que durante el intervalo podría venir y darla vuelta. Así lo hice. ‘¿Qué tal la película?’ ‘Muy linda, mamá...No sabés lo que es Rita Hayworth...¡Una comehombres!’ Mamá se sonrió, me acarició la mejilla y me dijo que volviera al cine. Y ahí fue cuando pasó todo...Lo tenía muy bien planeado”.

Me corrió un ligero escalofrío. Natalia se había bajado de la hamaca y ahora se colgaba de un pasamanos. “¿Cuando ‘pasó todo’¿Qué pasó?”

“Para cuando volví del cine, ya estaba babeando y deliraba...Yo pensaba que al menos al estar papá no se había quedado totalmente sola, pero no podía confiarme en él...Era así...Ella le pidió las pastillas, que yo tenía lejos de la cama guardadas en un cajón. No podía alcanzarlas sola. Ni tenía por qué hacerlo. Yo le daba lo que había que darle. Pero bueno, el muy bruto le alcanzó el cajón, se lo puso sobre la cama y la dejó sola. Y ella se sirvió como quiso...”

 “Pero...¿por qué nunca me habías contado esto?”

“Es que hay cosas que son muy dolorosas...”

“Pero...¡Mamá! ¡Tengo más de 40 años! ¿Cuándo pensabas decirme esto?”

Mi madre lloraba. Comenzó a secarse las lágrimas con el pañuelito de tela que siempre llevaba en un bolsillo. El pañuelito que nunca podía faltarle porque era capaz de volver sobre sus pasos al salir de casa para buscarlo y tenerlo a mano en un bolsillo. Yo le decía que igual nunca lo usaba... “¡Pero basta que lo necesite para que no lo tenga!”, me decía....

Natalia, en el pasamanos, me sonríe. Llegó hasta el final. Primero una mano, luego la otra...hasta que finalmente lo atravesó por completo. Me saluda. Le muestro el pulgar para arriba.

“La abuela...se suicidó”. Lo pongo en palabras para tratar de asimilarlo. “Y el abuelo también se suicidó...” , me digo, para relacionar los dos hechos. A los ochenta y pico. Según mi madre, cuando hablamos de eso alguna vez, el abuelo Gastón lo hizo “por todos los remordimientos”...Los detalles de esta muerte los supe de chica por haber escuchado una conversación telefónica de mi madre. “Se tiró...¡se tiró de la terraza!”, le contaba a una amiga. Si bien no lo estaba nombrando, yo até cabos y así supe de quién hablaba. Como en ese entonces tenía 11 años, al principio no me habían querido contar nada. Pero me enteré escuchando una conversación que no me estaba destinada.

Y haciendo memoria, voy entendiendo que la madre de mi abuela también, seguramente, se suicidó. Porque la historia oficial de la familia es que “murió de amor”. Su marido se cayó de un andamio, allá en Ávila,  y agonizó penosamente durante varios días hasta morir. Cuando ella volvió del funeral, se metió en la cama...y jamás se levantó. Ahora que soy madre, y veo a Natalia que está jugueteando en la arena, no puedo entender cómo sus cuatros hijos pequeños, mi abuela la menor, con 4 años, no pudieron insuflarle la motivación suficiente para seguir adelante con su vida.

Veo en los brotes de mi alrededor que la primavera está cerca. Cada vez el aire es más cálido. El viento mueve lentamente las ramas de los árboles debajo de los cuales estamos sentadas, pero ese aire no es frío. Mi madre seca sus últimas lágrimas. Natalia vuelve corriendo de los juegos y me abraza. “¿Sabías que te recontra amo?”, me dice. Y yo, con mucha fuerza, la aprieto junto a mi cuerpo y siento ese recontra amor que me confiesa cada día.

 

martes, 23 de agosto de 2016

ISAAC






-         ¿Lo extrañás a Oscar? -, le pregunto a Daiana. Cierto que Oscar pasaba casi inadvertido en su silla junto a la ventana, la mirada quieta, el cuerpo paralizado y la mente nubosa por un ACV debido. tal vez a una obesidad mórbida de algún día que hoy ni se adivina en sus huesos.
-         Lo extraño a Isaac -, me confía.
-         Entiendo – le digo -. Yo lo conocí cuando hablaba.
-         Yo lo conocí cuando todavía caminaba -, apunta Daiana.

   Claro. Debo decir que yo lo vi ya en silla de ruedas, pero muy despierto y gruñón al hablar. Normalmente las mujeres aquí parecen no disfrutar de la compañía de los hombres, más callados y perdidos que ellas, pero en este caso era al revés: Isaac parecía no soportar la cercanía de las mujeres. De las viejas, porque a las jóvenes trataba de toquetearlas en cuanto tenía oportunidad. Y a mi madre debo decir que lo vi acercándosele peligrosamente con ojos pícaros. Pero en general estaba sentado a una mesa solo, bien alejado de ellas.
   Me dijeron que había sido psicólogo, o tal vez psiquiatra. Hacía pocos comentarios pero punzantes. Las damas que traen la comunión dijeron que desde su posición de judío les hacía comentarios acertados sobre la Biblia y les discutía cosas.
   Su nombre era el de mi perro y eso me causaba gracia, porque nunca había conocido a un hombre con ese nombre (tampoco a un perro). Entonces al comentarle a mi madre algo sobre mi perro trataba de no usar su nombre. Hay gente que puede ofenderse si oye que se le dio su nombre a un perro, aunque los que amamos a los de cuatro patas no sentimos orgullosos cuando eso sucede.
   De nuevo, no sé bien qué le pasó a Isaac que se fue desprendiendo de este mundo de a poco. Un día no lo vi: lo habían internado. Al volver, ya estaba desvariando más que nunca. Enojado, tal vez más bien angustiado, lo vi una vez gritar desde su silla de ruedas: “¡Quiero que alguien me diga cómo me llamo y dónde estoy!” ¿Puede haber un pedido más desesperado que el de necesitar una respuesta a preguntas tan básicas?
   Gradualmente, se iba yendo. Se la pasaba durmiendo sentado. Lo despertaban para comer y que no broncoaspirara. Luego, seguía durmiendo, la cabeza ladeada, la mente perdida. Su hijo venía a verlo y le ponía tangos en el celular que le acercaba a su oído. “Isaac está más allá que acá”, comentaba Marta, una de las cuidadoras.
   Cumplió los 90 y le hicieron una gran fiesta en el geriátrico, con su familia, pero él ya no la disfrutaba. Murió a los pocos días. La “mesa de hombres” tiene hoy a uno menos. Hasta que llegue el próximo.

lunes, 22 de agosto de 2016

SARA





La primera vez que vi a Sara pensé: ¿qué será lo que le pasa para que la traigan a vivir acá? Se ve bastante bien. Anabela, cuidadora con unos cuantos años encima de experiencia, me dice bajito: “Es psquiátrica, ya la calé”. Tengo una conversación muy normal con Sara. Tal vez por momentos debo elevar un poco la voz, pero no parece senil. Hoy es su primer día. Está en este momento la hija con ella, que ya debe despedirse, y le cuesta. “Siempre es difícil”, le digo, para aflojar un poco. “Sí, ¿no?”, me responde, con los ojitos brillosos. Y se va.
Sara se sienta a comer, y conmigo al lado empieza a derramar su historia reciente. Acaban de traerla de Israel, donde estuvo viviendo por más de diez años con su hija. No sé si en la misma casa, pero sí en el mismo país. En Jaifa, más precisamente. Habla con admiración de Israel, un país que funciona a la perfección, según cuenta, pero no puedo evitar preguntarme entonces por qué no se quedó, por qué no hubo forma de ubicarla o contenerla en algún lugar cerca de su hija. Sin embargo, aquí en Buenos Aires también tiene un hijo, que vive en Villa Crespo y es un arquitecto con proyectos importantes para el gobierno de la Ciudad. Para confirmar el estereotipo de idishe mame, Sara habla maravillas de sus hijos. Y de sus nietos también. Su hija hizo un carrerón como fonoaudióloga en Israel, donde parecen apreciar los talentos argentinos. Se fue de aquí durante la debacle 2001-2002, con su marido de entonces y dos niños pequeños. Eso sí: ambos hijos que ya no son niños deberán alistarse en el ejército por tres años. Así funciona ese país, me cuenta, con un poquito de resignación pero mucho de admiración. A lo que parece no haberse acostumbrado nunca allí es a eso de que los sábados son como los domingos, y los domingos, como un lunes. Dice no ser religiosa, aunque su abuelo era rabino y su familia bastante tradicional. Tampoco pudo acostumbrarse a que, pese a ser gente tan educada la de allí, les falte la humanidad, la calidez, la cercanía que sí encuentra ahora nuevamente en su país de origen.
Me gusta mucho charlar con Sara. Con mi madre se hace cada vez más difícil mantener una conversación, y Sara en cambio aún lee libros de política e historia, mira programas periodísticos, y parece disfrutar de la vida.
Con el tiempo se va habituando a la vida en el geriátrico, y a sentarse siempre en la misma silla. De hecho, cuando yo se la ocupo momentáneamente, se la cedo de inmediato cuando la veo venir porque no le gustan los cambios de esta nueva rutina en su vida. Es una de las pocas (sino la única) a quien dejan salir sola. A veces se toma un taxi para ir a lo de su hijo, otras la pasan a buscar. Va hasta la esquina a comprar el diario. O enfrente por un sándwich o una tarta cuando le parecen particularmente antipáticos los menús del geriátrico. Quiere sal, quiere verduras, quiere variedad. No la encuentra y sale a buscarla.
Por toda esta vitalidad poco frecuente aquí es que se destaca para mí entre los demás. Y que me entristece aún más verla de un día para otro con un deterioro galopante e inexplicable. No soy su familia, no siento que me sea permitido inmiscuirme tanto. Por eso hoy lo vi a su hijo y a otra familiar y no me atreví a preguntar nada. Lo poco que averigüè con las cuidadoras no termina de responder mi pregunta: ¿qué fue lo que pasó? ¿Nueva medicación? ¿Alguna infección? (porque fui testigo de cómo a mi madre una - en apariencia - simple infección urinaria puede llegar a atacarla neurológicamente hasta atontarla por completo, lo que me dicen es normal en los ancianos). No sé qué le pasa. Está en una mesa, sola, frente a la ventana. Mientras mastica los dulces que pusieron hoy por un festejo especial, se duerme. Alerto a la encargada porque la veo en peligro de broncoaspirar, y pronto se le acerca a ver qué sucede. Sara mira sin ver. Asiente y obedece. Mejor no comer. No dormirse en la mesa. Pero ya su mente no coordina.
¿Es la vida aquí lo que le sucede? ¿Traspasar esta puerta es decaer aunque se estuviera bien antes? Quiero entender. Pero no hay respuestas concretas y exactas porque cada caso aquí es un mundo en sí mismo. Mi madre comenzó su deterioro mucho antes de llegar aquí, y nunca pude responderme qué le pasó con exactitud: si hay un hecho en particular, si es un proceso con miles de variables, si..nos pasará a todos. Porque el miedo a la muerte es ahora inexistente: el miedo a la vejez, para mí, tomó su lugar.

viernes, 19 de agosto de 2016

CASI CIEN





Violeta habla muy bajito, con un deshilachado hilito de voz, y esto sumado a la sordera de muchas significa que pocos entienden lo que dice. Un día me sorprende confesándome sus 99. Parece estar bastante lúcida, pero como me dijo una amiga, “dejala hablar un poquito y verás que por algún lado patina...” Concedo que hay muchos viejitos que rompen esta regla, pero la realidad es que la mayoría de los que están en un geriátrico tienen problemas de movilidad y/o de ubicación en tiempo y espacio...
Un día me pide el teléfono. Tiene un brazo en cabestrillo y me dice que nadie de su familia sabe que está así, que quiere avisarle a su sobrina. Me resisto y le comento que abajo hay un teléfono si quiere usarlo...y de paso bajo antes para comentarles la situación a los dueños que hoy están allí.
“No tiene familia”, me cuentan. Les digo que me habló de una sobrina. “Vive en Alemania”, me informan. “También hay otro sobrino que vive lejos y labura todo el día”. Conclusión: no hay nadie a quien avisar. Nadie a quien le importe ese brazo en cabestrillo, o que Violeta se queje de que no sirven muchas verduras durante las comidas.
Al volver a subir, Camila, una de las cuidadoras, me dice que Violeta es familiar lejana de los dueños, que se hacen cargo de ella aquí por compromiso pero nada más. Al rato sube Haydeé, la dueña, le pregunta qué le anda pasando y le hace unos mimos fingidos.
Recuerdo con cierto pesar un día que recorrí la sala besando a las señoras por el Día de la Madre. También a Ema, que no tiene hijos propios, me contó, “pero muchos del corazón”. Y Violeta me confió esa vez que tuvo hijos, pero que murieron pequeños hace mucho, mucho...
Las cuidadoras la etiquetan como “mala”, pero no sé a qué se debe. Es una faceta que no le vi. Se queja un poco cuando llega la comida. “Yo cocinaba muchas verduras”, me cuenta, pero les pone cara de asco a las zanahorias de aquí. “No están bien cocinadas”, me explica para justificar su conducta.
Pasan muchos días sin que la vea. Es porque está internada. Antes de que se la llevaran, relata Camila, veía luces. Recuerdo cuando mi madre me contó algo similar sobre mi padre, días antes de morir veía unas luces a las que no les encontraban explicación.
“No quiero que me lleven porque me van a matar”, dice Camila que le oyó decir. Sin embargo, parece estar cansada de vivir, y el deseo por la muerte se convierte en algo difícil de explicarles a los demás.
“No es lindo estar acá”, me había contado un día.
No llegó a los cien. Unos meses antes, partió para siempre y no tuve tiempo de despedirme. “De acá no te vas: de acá te llevan”, deslizó Ema un día. Ema es grandota y está en silla de ruedas. Sabe que la familia a lo sumo la viene a ver, pero no la sacarán a pasear. E intuye que su salida de allí será la última que haga. Pies para adelante.
Violeta, otra flor que se fue de alrededor de esta mesa, que va rotando sillas por turno.
A los pocos días, su lugar en la mesa es ocupado por Catalina. Bienvenida.

jueves, 18 de agosto de 2016

HORTENSIA





Me gusta saber quiénes eran antes de llegar aquí. Siempre se puede encontrar alguna hilacha de lo que fueron. Como por ejemplo sucede con Hortensia. Fue maestra y directora de escuela. Habla constantemente, a veces de manera más inteligible que otras. Lo que sí es cierto es que suele decir verdades, sin filtro, como su edad merece. Como la vez que me preguntó si estaba embarazada o si había engordado nomás. Juana, la mujer de Oscar, me cuenta que a ella también le hizo notar unos kilitos de más, y había acertado. Me hostiga a repetición para que le ate el cabello a mi hija. No tolera el pelo suelto. Como corresponda a toda maestra.
Se le da por mover la mesa, que no comparte con nadie porque seguramente nadie la toleraría. Está atada a la silla para evitar cualquier riesgo de caída, medida que siempre resulta chocante de ver aunque se nos asegure que es por el bien del paciente. Por sus desvaríos y su falta de dentadura postiza no siempre está claro lo que dice, y eso puede sacar de las casillas a mi madre, que es una de las pocas que a veces intenta prestarle atención y entenderle. Esta intención termina frustrada, generalmente. Yo en un principio también sentía que era una grosería no intentar atender mínimamente a lo que decía, pero con el tiempo desistí y su rumor pasó a ser como el de la caída de una lluvia sorda y constante de otoño, que ya no sorprende ni conmueve en absoluto.
Alguna vez tomé su mano, quise acercarme a escucharla y comprender esas palabras anegadizas. No siempre con éxito.
En algún momento la internaron, algo que ver con su cáncer de piel que no le daba la satisfacción de la muerte rápida. Pero volvió. Y una tarde, como cualquier otra, no se despertó de la siesta.
Pregunté por ella unos días después, pensando que tal vez nuevamente estaría internada. Su lugar vacío junto a la ventana era notable. Y no. Le sucedió lo que para muchos de aquí sería una bendición: pasó de la siesta al sueño eterno.
“Pobre, se la llevaron como una bolsa de papas”, contó Betania, una de las chicas que los cuidan. No quise ahondar en detalles, ni me pareció que Betania deseara brindar mayores explicaciones.
Mientras me cuenta esto, me quedo mirando a las otras abuelas, que parecen no darse cuenta de que el lugar solitario junto a la ventana ahora está vacío. Me dan ganas de zamarrearlas para decirles que ahora falta una. Le hago un comentario a mi mamá: no sabe de qué le hablo.
Qué triste la muerte, siempre. Qué tristeza mayor cuando ni siquiera sacude a nadie.

miércoles, 17 de agosto de 2016

OTRA PERLA





El nombre de mi madre no es muy común, por eso me llamó la atención que en el segundo piso donde ella se alojaba, lugar de unos diez o doce abuelos, hubiera otra señora con su mismo nombre. Otra Perla.
Cuando sientan a alguien alejado de la mayoría, suele ser porque se trata de algún anciano particularmente enajenado: que no habla, que lo hace pero a sí mismo, a quien se le da por mover la mesa sin razón o presenta algún otro rasgo que significaría una molestia para sus compañeros. Así sucede con esta Perla. A menudo las cuidadoras gritan su nombre y mi madre se sobresalta, pero suele no ser a ella a quien llaman, sino a esta otra Perla esquiva, chúcara, que viaja por otras dimensiones.
Un día se le acercó Patricia, la encargada, que al arrancar su día hace un paseo por los dos pisos saludando detenidamente a cada uno.
“¿Cómo anda, Perla? ¿Vamos a ver cómo están las cosas por la sala? ¿Hacemos el cambio de guardia?” Patricia vio mi cara de confusión y pasó a explicarme: “Era caba en un hospital...nada menos que donde estuvo internada Eva Perón.” Cuánta historia en esta anciana que musita palabras sin sentido. Qué lástima no poder charlar con ella sobre las anécdotas que seguramente tendría de cuando caminaba pasillos y salas de hospitales que alojaban a personajes que hicieron historia en este país.
Muchas veces pienso en los vericuetos de la memoria. En qué ocurrió en verdad y qué creemos que sucedió, convencidísimos de haber asido la realidad en los meandros de nuestros cerebros. Y ahora que mi madre está aquí, si bien aún no está al punto límite de esta otra Perla, siento que parte de mi historia se me está escapando en esa mente que sólo parece vivir un puro presente. Que no recuerda qué acaba de almorzar, qué hizo ayer, si la visité o no. Hay momentos de mi infancia de los que sólo ella fue testigo. Y que yo pude saber por su relato. Tengo que tratar de no olvidarlos, de atraparlos con fuertes redes para que no se escabullan porque entonces se habrán perdido para siempre. Y dudaré si alguna vez existieron.
La Perla ex-jefa de enfermeras padecía cáncer de piel. “Como Violeta”, me recuerda Camila, una de las cuidadoras. Violeta, la que habla muy bajito y está a pocos meses de cumplir los 100. Como Hortensia, esa maestra y directora de escuela jubilada que falleció hace unas semanas. Pueden vivir mucho tiempo con cáncer de piel, oí decir. Esa enfermedad terrible de seis letras, que acosa en diferentes partes del cuerpo a tantos jóvenes vitales y con urgencia de comerse el mundo y les arranca la vida rápida e impiadosamente, es lenta cuando se demora en la piel de los ancianos.
Un día no vi más a esta Perla. Pregunté, con temor, esperé el gesto que con mano que viaja hacia los cielos indica aquí la muerte. Pero no: “Está internada”, me dijeron. Pero pasaban los días. Los que no vuelven pueden tener muchos motivos. En el caso de esta Perla, fue la sonda nasogástrica. “La llevaron a otro geriátrico que tenga ese tipo de atención”. Hay siempre algún otro círculo inferior en el infierno de la vejez.
Ahora, mi madre es la única Perla, y ya no habrá confusión de nombres o prendas de vestir con este nombre mamarracheado en alguna etiqueta. Siempre aquí se trata de disimular la ausencia de alguien que, por otros tratamientos, mudanza a otro geriátrico o...”mudanza a la eternidad”, ya no comparte la sala con sus compañeros. Pero la mayoría casi siempre apenas si se entera de esa partida. Están ensimismados en su propio mundo de dolor. O desmemoriados al punto de sólo registrar el presente, o recordar momentos muy lejanos que gustan repetir a quien los quiera escuchar. Así que la vida sigue, hoy sin esta Perla, como cuando antes de que estuviera. Como seguirá cuando ellos mismos falten y sean reemplazados por otros, igual de indolentes.

martes, 16 de agosto de 2016

LOS CIEN





Tiene un rostro calmo y sus ojos ya vieron dos guerras mundiales, dos siglos (uno casi completo), y mucha vida. Son 102 años y va tranquilamente por el sendero que la conducirá indefectiblente a los 103. Ya no es noticia ser centenario. Son muchos los que pasaron la barrera de los 100 en este geriátrico. “Soy descendiente de vascos”, comparte Berta. “Son gente muy fuerte” Los genes, indudablemente, deben de haber hecho un gran aporte, ya que no puede estar el secreto en lo poco que come y hasta en la escasa agua que bebe. Sin embargo, cuando hay algo dulce rico, esas manitos se mueven veloces, ignorando artritis, desenvolviendo papeles de bombones, quitando envoltorios de masas finas o secas, que devora con placer. No, el secreto no debe de estar en la comida ni en la bebida.
Alucina con perros. “Otra vez anoche me desperté, y había un perro grande parado en mi puerta... ¡Sentí tanto miedo! Algo van a tener que hacer para matar a todos los perros, la gente ya no quiere salir a la calle... ¡Que traigan el ejército, que hagan algo, no se puede vivir así!” Pensé alguna vez que sería cosa de un día. Pero es su obsesión cotidiana. Cuando me parece que tuve una charla mínimamente racional con ella, vuelve a mencionarme a los perros, y su rostro se llena de terror. Estos temores sin duda aplacan mi deseo de pedir permiso para entrar a mi perro, que tal vez a muchos de los otros les alegraría el día.
He visto a las cuidadoras tratarla con la veneración y el cariño que justamente se habrá ganado por tanta vida caminada. Que ya no camina, porque aunque sus pies traviesos se escapan de las pantuflas cada dos por tres, Berta pierde su figura diminuta en una silla de ruedas que le queda un poco menos grande que la vida andada. Respira con dificultad y suelen dejarla reposar hasta la hora de almorzar, pues se cansa sólo de estar sentada.
Daiana toma mate a su lado. Debe acercarse mucho para oír las palabras que susurra Berta porque al no tener ya mucha audición no regula bien su voz.
Deben de ser pocos los amigos y familiares que le quedan a quien pasó los cien. Me pregunto si esto se asemeja a la náusea de la eternidad. Escucho a tantos desear vivir una vida larga, sin pensar en lo que significa alargarla hasta el sinsentido. Muchos de los que están aquí no lo dicen a viva voz, como mi madre, pero sienten el íntimo y profundo deseo de que “Dios se acuerde de ellos” y los acoja en su seno. Es decir: quieren morirse, con palabras más o menos directas, con deseos más o menos explícitamente formulados. Pero también están los otros que temen, como cuando eran jóvenes, ese momento que los llevará de este geriátrico y de todo lo que conocen. Porque la importancia de la rutina rige sus vidas: sentarse en la misma silla, en el mismo espacio, levantarse y acostarse a la misma hora. Mientras que la muerte es la peor ruptura de rutina que pueden imaginar.

lunes, 15 de agosto de 2016

De Italia con amor




Pierina es nueva. Es alegre y bella a sus 95. Su sonrisa es luminosa, y sus ojos celestes vieron mucho: la segunda guerra mundial, por empezar.
¿Italiana? “Sí”, dice, “de Milán, ¡soy una milanesa!” Le gusta cantar, viene de familia de músicos, pero no es como los napolitanos. “En Milán, se trabaja; en Nápoles, cantan”. Enseguida va mostrando un dulce sentido del humor. Cuenta que tiene las dos nacionalidades. “Quería renovar mi pasaporte italiano, y resulta que me pusieron como fecha de nacimientos 02/03/2020! ¿Cómo es posible? ¡Para ellos todavía no soy ni un espermatozoide!” Mira con cara de “¿vieron? En el Primer Mundo también se equivocan...”
Es muy sorda, pero dice que a mí me oye lo más bien. Que tengo un timbre de voz claro y que soy la única a la que entiende. Me lo vuelve a decir a los pocos días, cuando le pregunto qué le pasa porque está llorosa. Acaba de irse su hijo, hombre bastante mayor también, de unos 70 años. “Mi casa”, me dice, “la llevo aquí en el corazón”. Esta acongojada, y para ver si la saco de esa pena le pregunto por su casa, por el barrio...Poco a poco va cambiando el clima, cuando me cuenta que vivía “en tierra de nadie”...”No es Villa Crespo, no es Paternal...Una vez me dijeron: ‘¡Señora, usted vive en tierra de nadie’!” Sólo con ese pequeño desvío en la conversación logré que volviera a sonreír y otra vez se pusiera bella.
Seguimos la charla, y me cuenta cómo vino a la Argentina. Su esposo era ingeniero, de la época en que los ingenieri eran muy valorados por aquí. Vino con un proyecto que él había inventado, una forma novedosa de conseguir energía...Para eso lo contrataron, pero al llegar aquí, una vez instalado Perón, no se interesaron en su proyecto, que nunca se concretó.
Igual se quedaron. En este país no tenia que andar adivinando si el avión que sobrevolaba era bombardero, o si traía víveres. Como esa vez que, embarazada de 8 meses, tuvo que correr a un refugio porque se acercaban aviones americanos para bombardear a su país, aliado de los nazis. “Me tiré al piso, y me pasó a esta distancia”. Me indica con la mano lo cerca que estuvo de morir. “¿Y el embarazo, bien?” “Sí, el embarazo, bien”.
En algún momento, la conversación gira hacia la edad. Todas en la mesa confesamos los años sin tapujos ni pudores. “¿Y usted, Flora, va a decir cuantos tiene?”
Mira, pícara, con sus ojos claros detrás de los anteojos inquisidores:
-         Toda la vida dije la edad, ¿no la voy a decir ahora?
-         Ah, bueno –me alegro. Pero el silencio se hace largo-. ¿Y? ¿Cuántos tiene, entonces?
-         Siempre los dije...-continúa, haciendo insoportable el suspenso-. Pero es que ahora...¡no me acuerdo!
Sigue dando vueltas en las mentes el tema de la edad. Pierina tiene la necesidad de decir algo que no sabe cómo expresar en palabras: “¿Sabés? Yo siento que ahora que soy vieja...tengo algo...no sé cómo decirlo... algo que vos no tenés... algo que se tiene a esta edad...” Creo sentir lo que piensa, aunque no llegue a ver qué es eso exactamente, porque supongo que llegaré a ese estado a su debido tiempo. “A ver...Creo que entiendo, porque yo siento que ahora que tengo 50, tengo algo que no tenía a los 30...” “Sí, algo así”, me dice. Pero ambas sabemos la diferencia. Para llegar a lo que ella “tiene”, deberé esperar, mínimo, treinta años más...
Le grito, casi, que me voy. Luego recuerdo que a mí me oye bien. “Tiene una voz tan linda... Conversar con usted es...¡es como si me hubiera hecho un regalo!” La tengo que abrazar, le tengo que decir “¡Qué linda persona es usted!”, porque es lo único que me sale decirle.
Me retiro por hoy, con el corazón inquieto de sentimientos raros, con la cabeza dándome vueltas, por todo lo que no sé ni tengo todavía.

domingo, 14 de agosto de 2016

AMÉN





Durante un tiempo evité ir los martes por la mañana, porque era cuando iban dos mujeres a dar la comunión. Pero cambiaron a los miércoles repentinamente y me agarraron otra vez. No tengo por qué fingir nada, y no me lo reprochan. Me ofrecieron la bendición alguna vez, les dije “no, gracias” y todo quedó ahí. Pero ¿por qué ir justo en ese momento, si se puede evitar?
En fin, que ese día no pude zafar, ni el miércoles siguiente porque me olvidé del cambio, así que estuve “oyendo misa” dos semanas consecutivas.
Al verlas, mi mamá pone cara de “ahí están otra vez”. Sus gestos son contundentes para quien se moleste en mirarla. Dicen algo así como “de nuevo estas pesadas, habrá que aguantar”...(como todo lo que no le gusta de ahí, supongo). Hacemos el consabido silencio respetuoso durante la lectura de un fragmento de La Biblia. Algo sobre la tercera edad, y eso de que “los últimos serán los primeros”, que no convence a nadie pero se escucha en calma. Ahora, comienzan a preparar la comunión.
-         Ahí nos van a dar algo -, me explica mi madre-. Vos agarrá lo que sea.
Pienso, mirándola, cómo en otras épocas yo hubiera explotado con un comentario así. Ahora, ya más acostumbrada a su nuevo estado, simplemente sonrío y desvío la mirada.
-          La hostia es rica -, agrega.
Mientras siguen dando vueltas con el trámite, mi mamá no puede desviar la atención
de la elección de vestuario de una de las damas católicas. “¿Viste lo que se puso? ¡Yo ni que me lo regalen lo quiero!” Ahora que ya es inimputable, me pregunto si realmente, cada vez que dice eso, espera que yo me dé vuelta y me ponga a mirar lo que me indica. ¿No importa ser tan obvia? “Encima, es un tanque”, sigue, sigue y no para porque la obesidad no es algo que Perla tome livianamente ni perdone. A mí siempre me señala los kilos de más y me hace notar que he subido de peso últimamente. También me señala si pierdo peso, debo decir. En general, el cuerpo siempre fue importante para ella. Tenerlo cuidado y esbelto; ser elegante, no jorobarse al caminar y sentarse bien. Cosas que no sé si quiero inculcarle a mi hija de igual manera. Desde que soy madre, cada enseñanza de ella es un replanteo para mí.
Pasa la comunión, que ni intentan ofrecerme porque vienen con las hostias contadísimas.
Ya se termina esto. Una de ellas se despide así nomás, con un “chau” general con la mano; la otra, se demora en besos a cada uno y dispara algunos comentarios: “Está mejor ahora”, me dice, refiriéndose a mi madre. “Yo también la noto mejor”, devuelvo, pensando en su estado psicológico, en su bienestar físico. “Está aceptando más”, completa. Ah, era eso... Supongo entonces que habrá notado alguna vez las caras de descreimíento al verlas entrar.
“¿Qué hice ayer?”, se pregunta, de repente, mi madre, mirándome como buscando en mí su respuesta. Se dirige a su compañera a la izquierda: “¿Qué hicimos ayer?” Ema sonríe, sarcástica: “¿Qué hicimos ayer? Lo mismo que anteayer, lo mismo que hoy... Estar acá...y aguantar, y tragar...”
Hay días en que me voy con escalofríos generalizados.

sábado, 13 de agosto de 2016

Barranca abajo





Después de años de buscar la manera de que mi madre reciba atención psiquiátrica, ahora no puedo sino arrepentirme de haberlo hecho.  Es que cada decisión sobre su vida recae en mí, nada más, y es una pesada carga para mi cabeza.

Cuando empecé a ver su deterioro mental hace unos tres años, conseguí que se hiciera una “evaluación integral del anciano”.  Lo hizo a regañadientes, jurando no volver cada vez que teníamos un turno médico con ese objetivo, y terminó el estudio prometiendo seguir los consejos de la gerontóloga: socializar, entrenar su memoria con sudokus, crucigramas o similares, leer, no pasar tanto tiempo en su casa y menos acostada.  “Sí, sí, sí”, dijo a todo, como una nena que promete portarse bien.

No para mi sorpresa, no siguió ni uno solo de los consejos, y su deterioro fue en picada descendente.

En otra oportunidad, su doctora le dijo: “Perla, yo sé que no te va a gustar lo que te voy a decir, pero quiero que hagas una consulta con un psiquiatra”. “¿Qué, se piensa que estoy loca?”, fue su instantánea y previsible reacción.  Es que insistía demasiado con sus deseos de morirse, y entre su discurso y el prontuario familiar de suicidios varios, ningún médico quiere cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de no haber hecho nada ante semejante muerte anunciada.

Así, terminamos hace unos dos años en un consultorio psiquiátrico, por primera vez en su vida.  Ella piensa que es natural su deseo de morir: “Todos los viejos quieren morirse, ser viejo es horrible, ¿para qué vivir así?  Ya está, ya viví”.  No tiene en cuenta que no se puede estar así lo que le quede de vida, que pueden ser meses o años, aunque le pese admitirlo.  Así lo indican las nuevas estadísticas sobre longevidad en los últimos años. 

Al terminar la charla, el psiquiatra se dirigió a nosotras dos con cierta diplomacia que anticipaba una decisión fuerte: “Yo sé que a Ud., Perla, lo que le voy a decir le va a caer como un balde de agua fría...” Ups, esto es peor de lo que yo esperaba. ¿Y ahora? “...Pero quiero internarla”.  Mi mamá saltó de la silla: “¿Qué? ¡Vámonos de acá, esto me hace mal!”.  En su momento a mí también me pareció exagerado, y se lo expresé al médico.  “Bueno, en ese caso, podríamos hacer un tratamiento aquí... ¿Ud, Perla, está dispuesta a venir al consultorio?” “¡Yo no voy a ningún lado!” “En ese caso”, intentó el doctor, “podríamos mandar a alguien a su casa”. “¡Yo no le voy a abrir la puerta a nadie!” Y así nos fuimos, ella revoleando el bastón y yo resignada a sus decisiones.

Pero hace rato que ya no puede tomar decisiones, y que me he convertido yo en la madre que planea todo por ella, ahora mi hija, sin consultar.  Cuando fue hospitalizada en enero por la quebradura de cadera, las psiquiatras que la vieron no querían darle el alta por su profunda depresión.  Tuve que firmar un papel para que quedara asentado que yo me hacía cargo de la decisión de no dejarla internada.

Sin embargo, la necesidad de un tratamiento seguía allí como una nube que no se va, por lo que fuimos nuevamente a un psiquiatra la semana pasada.

Más que nunca, su falta de vitalidad es notoria.  Se pone a llorar, dice no querer vivir, nada le parece que vale la pena.  El psiquiatra le recetó un medicamento para la depresión y la ansiedad.  El tema sería esperar las tres semanas que tarda un antidepresivo en hacer efecto...

Como dije, el tratamiento tan esperado es ahora una decisión de la que me arrepiento.  Desde que comenzó a tomar estos comprimidos (sólo la mitad por una semana), mi mamá es un zombie: tiene excesiva somnolencia, confusión total, no atina a agarrar los cubiertos para comer y debo ayudarla, o las cuidadoras cuando yo no voy.  Tiene un hilo de voz, con el que me dice que la lleve a casa, me pregunta por su hermano como si viviera, se lamenta...

La vio el médico y le redujo la dosis.  Al parecer, sacarle repentinamente el antidepresivo tampoco es aconsejable.  Habrá que esperar si aguanta esos 21 días que dicen que hay que esperar para ver algún resultado positivo.  ¿Valdrá la pena?  Con ella, todo es el día a día...

viernes, 12 de agosto de 2016

Las vidas se trenzan




             

Suelo hablar con las cuidadoras. Al principio me llevaba a mi madre a una salita para que estemos las dos charlando solas. Pero ella no es quien era. Y nuestras charlas de antaño, tampoco. Entonces me quedo en la sala donde están casi todas sentadas alrededor de la mesa, y habla con alguna otra viejita, o con las chicas que se ocupan de ellas.
-         Y esa trenza ¿te la hiciste vos? – pregunto yo a Daiana, que debe de tener unos
¡veintipico.
Siempre admiré las llamadas “trenzas cosidas” que nunca supe hacer. De peinar
bien sé poquito, lo elemental para que mi hija salga presentable de casa. Aunque ahora ella se me anticipa y antes de que empiece a hacer algo convencional con su pelo, se las arregla sola, más que bien.
-         Esta vez sí. Ayer me la había hecho mi hermana – responde Daiana -, pero hoy me la hice yo sola.
-         Ay, ¡debe ser difícil! – comento.
-         En Youtube enseñan cómo hacerlas...
Debí haberlo imaginado, claro. Hoy día ¿qué no se puede aprender con un video tutorial?
-         Pero no sé para qué me mato haciéndome peinados, tiñéndome el pelo, si mi novio ya no se da cuenta de nada...¿Por qué es así cuando pasa el tiempo? ¡Cómo son los hombres ahora!
-         Hay de todo... – digo, y me preparo para la conversación que viene: “antes” vs “ahora”. -. Fijate que antes las cosas no andaban mejor porque no discutieran o no se separaran... ¿Cuantas parejas había que no se hablaban pero vivían bajo el mismo techo? ¿Cuantas que deberían haberse separado (como mis abuelos) y no lo hacían porque no estaba bien visto?
Ay, no, me digo, no quiero hablar otra vez de cómo eran los padres de mi madre, que esta acá sentada al lado mío, asintiendo...Me desvío un poquitín:
-         Y también estaban los que llevaban una doble vida...
Daiana y Nadia, la otra cuidadora que tiene más o menos la edad de Diana, se miran y se ríen.
-         ¡Como el de acá atrás!-, ríe Nadia, y cabecea en esa dirección...
-         ¿De quién hablás? -. Trato de cerciorarme porque pienso que no puede ser cierto que hable de Oscar, ese señor siempre inmóvil por un ACV que, desde su rincón junto a la ventana, desvía la vista para seguir con los ojos porque no puede mover casi nada de su cuerpo.
-         ¡De Oscar! – dice, sin pudores ni tapujos, que es como transcurre la vida de
estos viejitos ahora-. ¿Vos viste a la mujer que viene a verlo?
Sí, claro, Juana, la he visto millones de veces, pienso, viene a diario, le da de comer, lo mima..
-         Sí, la esposa, la veo siempre...
-         Bueno, esa no es la esposa. Es la amante. La esposa nunca sube pero viene una vez por mes a pagar y se va...
Con todo este chusmerío, aún no saludé a mi madre, que mueve su mano en señal de bienvenida. Estamos un poco alejadas para el beso (mesa de por medio), pero lo logramos. Ema, a su lado, esta llorosa y le pide a Daiana que haga lugar para que yo pueda sentarme más cerca de mi madre.
-         ¿Qué le pasa, Ema, que esta llorando? – indago. Sabiendo que tal vez la respuesta pueda ser simplemente que esté teniendo un mal día. O que no pueda producir en palabras lo que la está comiendo por dentro.
-         Es que...murió mi sobrina. Yo la quería mucho, era como una hija para mí...
Ahora recuerdo que al entrar me crucé con dos parientes de ella; me comenta que él es su sobrino, con la esposa. Tenían caras circunspectas. Pero en estos días, el poner semejante cara camino a la oficina del geriatrico puede significar que están llegando al final de sus posibilidades económicas y que pronto deberán tomar una decisión sobre continuar o no con los pagos de este lugar.
            Eso le pasó a la hija de Nuria. Cuando noté que faltaba, pregunté, como siempre, con cierta prudencia. Es que muchas veces la respuesta de las cuidadoras es una mano que indica el camino al Cielo...
-         Se fue. – disparó Daiana. Pensé que se trataba de otro eufemismo, que era como indicar con la mano las alturas, que tal vez no le cabrían a Nuria por ser bruja manifiesta.
-         ¿Se...? -. Ahora indiqué yo para arriba.
-         No, no... – apura Daiana -. La hija no podía más...
-         ¿En qué sentído?
Ahora la respuesta es otro gesto, ese que hacemos con la mano y que seguro internacionalmente se refiere al dinero. “No podía mas, no podía seguir pagando...No sabés, Nuria no quería saber nada de irse...”
Me la imagino a Nuria, que despotricaba por tantas cosas, pero que aún así prefería quedarse...Y en su hija, que deberá poner su vida patas arriba para cuidar de su madre nonagenaria.
Ese día salí pensativa y con cierta tristeza. ¿Por qué, si había visto bien a mi madre? Me imaginé qué haría yo en una situación similar. Para mí, ya no había vuelta atrás. Tenía que encontrar el modo de siempre poder continuar pagando este lugar. Única opción posible.

jueves, 11 de agosto de 2016

Cambio





A los dos meses, junté varios porotos en contra del geriátrico, y decidí cambiar a mi mamá a otro.  Siempre pueden desilusionarte al conocerlos mejor, pero en este nuevo lugar los veo más organizados, más cálidos, más preocupados por el bienestar de los abuelos.  Y veo de mejor humor a los viejitos, y con el pasar de los días, también a mi mamá.
            Aquí está Isaac, que supo ser psicólogo y ahora desde su silla de ruedas manotea las nalgas de las cuidadoras.  Berta, que ya cumplió los 100, está al borde de los 101 y trasmite paz.  Dora, que en un tiempo fue maestra y hasta directora de una escuela y a quien poco se le entiende hoy sin su dentadura puesta y con la mente ida.  Y Flora, que me hace reír mucho con sus historias y sus salidas.
            La primera vez que la vi presencié este diálogo:
Mara: ¿Y vos cuántos años tenés?
Flora: Ochenta y uno.
Mara: Parecés más...
Flora: Y bueno, tengo la edad que tengo, no me saco años... Mirá, una vez a Floreal Ruiz le preguntó un periodista “¿Cuántos años tiene?”, y cuando le contestó, el periodista comentó: “Me parece que se le cayó una sota...” ¿Y sabés qué le contestó Floreal Ruiz?” “Pero pibe, yo no me saco años, ¿por qué me voy a sacar años con vos? ¿Qué pensás, que te quiero coger?” Y yo te voy a contestar lo mismo: ¿qué pensás, que yo te quiero coger a vos?”
            Pedí repetición del remate porque no podía creer que una señora de 81 hablara así, y me descosí de la risa cuando comprobé que lo que había escuchado era eso nomás.  Otro día, la conversación giró en torno a los embarazos, los anticonceptivos...iniciada un poco por las cuidadoras.  “Abortar es un crimen”, dijo Flora. Oh, no, pensé, ¿y ahora por dónde seguimos? “Depende”, tercié, “hay gente que piensa que la vida comienza en el momento de la concepción, otros que con el nacimiento...” “Pero”, sigue ella, “dicen que es un crimen... ¡Y eso que yo hice un montón de abortos!” Ay, mi carcajada fue explosiva: otra vez, no podía creer que una señora mayor hiciera semejante comentario frente a todos... “Es que yo era muy jovencita”, explica, “y tenía un noviecito, o amigovio, y estaba sola en la ciudad, y... ¿qué iba a hacer?”
            Terminó el almuerzo, llega el postre: banana para todos.  Isaac ya se comió una, se comió dos,...y pide una tercera.  Daiana, una de las cuidadoras, trata de ignorar sus pedidos reiterados.  Da la impresión que Isaac cree que todavía no comió ninguna, y Daiana tiene que recordarle que ya comió dos, mientras las demás, todas damas, comieron una cada una. “¿Por qué te voy a dar más a vos? ¿Porque tenés dos huevos?”, increpa Daiana.  “¡Y una banana!”, remata Isaac.  Estallido de risa general.  Guiño pícaro del viejo, y sonrisa callada...¡La inimputabilidad que dan los años!
            Quiero creer que mamá ahora está un poco mejor con este nuevo grupo de gente.  Que aquí no pasa frío.  Que la comida es mucho mejor.  Y que las cuidadoras son más responsables y amables.  Ojalá no me equivoque.  Ya que la solución perfecta ya no existe, quiero al menos la tranquilidad de una solución no tan mala, aceptable para todos...
            Seguramente, seguiré juntando más historias de geriátrico...