viernes, 19 de agosto de 2016

CASI CIEN





Violeta habla muy bajito, con un deshilachado hilito de voz, y esto sumado a la sordera de muchas significa que pocos entienden lo que dice. Un día me sorprende confesándome sus 99. Parece estar bastante lúcida, pero como me dijo una amiga, “dejala hablar un poquito y verás que por algún lado patina...” Concedo que hay muchos viejitos que rompen esta regla, pero la realidad es que la mayoría de los que están en un geriátrico tienen problemas de movilidad y/o de ubicación en tiempo y espacio...
Un día me pide el teléfono. Tiene un brazo en cabestrillo y me dice que nadie de su familia sabe que está así, que quiere avisarle a su sobrina. Me resisto y le comento que abajo hay un teléfono si quiere usarlo...y de paso bajo antes para comentarles la situación a los dueños que hoy están allí.
“No tiene familia”, me cuentan. Les digo que me habló de una sobrina. “Vive en Alemania”, me informan. “También hay otro sobrino que vive lejos y labura todo el día”. Conclusión: no hay nadie a quien avisar. Nadie a quien le importe ese brazo en cabestrillo, o que Violeta se queje de que no sirven muchas verduras durante las comidas.
Al volver a subir, Camila, una de las cuidadoras, me dice que Violeta es familiar lejana de los dueños, que se hacen cargo de ella aquí por compromiso pero nada más. Al rato sube Haydeé, la dueña, le pregunta qué le anda pasando y le hace unos mimos fingidos.
Recuerdo con cierto pesar un día que recorrí la sala besando a las señoras por el Día de la Madre. También a Ema, que no tiene hijos propios, me contó, “pero muchos del corazón”. Y Violeta me confió esa vez que tuvo hijos, pero que murieron pequeños hace mucho, mucho...
Las cuidadoras la etiquetan como “mala”, pero no sé a qué se debe. Es una faceta que no le vi. Se queja un poco cuando llega la comida. “Yo cocinaba muchas verduras”, me cuenta, pero les pone cara de asco a las zanahorias de aquí. “No están bien cocinadas”, me explica para justificar su conducta.
Pasan muchos días sin que la vea. Es porque está internada. Antes de que se la llevaran, relata Camila, veía luces. Recuerdo cuando mi madre me contó algo similar sobre mi padre, días antes de morir veía unas luces a las que no les encontraban explicación.
“No quiero que me lleven porque me van a matar”, dice Camila que le oyó decir. Sin embargo, parece estar cansada de vivir, y el deseo por la muerte se convierte en algo difícil de explicarles a los demás.
“No es lindo estar acá”, me había contado un día.
No llegó a los cien. Unos meses antes, partió para siempre y no tuve tiempo de despedirme. “De acá no te vas: de acá te llevan”, deslizó Ema un día. Ema es grandota y está en silla de ruedas. Sabe que la familia a lo sumo la viene a ver, pero no la sacarán a pasear. E intuye que su salida de allí será la última que haga. Pies para adelante.
Violeta, otra flor que se fue de alrededor de esta mesa, que va rotando sillas por turno.
A los pocos días, su lugar en la mesa es ocupado por Catalina. Bienvenida.

jueves, 18 de agosto de 2016

HORTENSIA





Me gusta saber quiénes eran antes de llegar aquí. Siempre se puede encontrar alguna hilacha de lo que fueron. Como por ejemplo sucede con Hortensia. Fue maestra y directora de escuela. Habla constantemente, a veces de manera más inteligible que otras. Lo que sí es cierto es que suele decir verdades, sin filtro, como su edad merece. Como la vez que me preguntó si estaba embarazada o si había engordado nomás. Juana, la mujer de Oscar, me cuenta que a ella también le hizo notar unos kilitos de más, y había acertado. Me hostiga a repetición para que le ate el cabello a mi hija. No tolera el pelo suelto. Como corresponda a toda maestra.
Se le da por mover la mesa, que no comparte con nadie porque seguramente nadie la toleraría. Está atada a la silla para evitar cualquier riesgo de caída, medida que siempre resulta chocante de ver aunque se nos asegure que es por el bien del paciente. Por sus desvaríos y su falta de dentadura postiza no siempre está claro lo que dice, y eso puede sacar de las casillas a mi madre, que es una de las pocas que a veces intenta prestarle atención y entenderle. Esta intención termina frustrada, generalmente. Yo en un principio también sentía que era una grosería no intentar atender mínimamente a lo que decía, pero con el tiempo desistí y su rumor pasó a ser como el de la caída de una lluvia sorda y constante de otoño, que ya no sorprende ni conmueve en absoluto.
Alguna vez tomé su mano, quise acercarme a escucharla y comprender esas palabras anegadizas. No siempre con éxito.
En algún momento la internaron, algo que ver con su cáncer de piel que no le daba la satisfacción de la muerte rápida. Pero volvió. Y una tarde, como cualquier otra, no se despertó de la siesta.
Pregunté por ella unos días después, pensando que tal vez nuevamente estaría internada. Su lugar vacío junto a la ventana era notable. Y no. Le sucedió lo que para muchos de aquí sería una bendición: pasó de la siesta al sueño eterno.
“Pobre, se la llevaron como una bolsa de papas”, contó Betania, una de las chicas que los cuidan. No quise ahondar en detalles, ni me pareció que Betania deseara brindar mayores explicaciones.
Mientras me cuenta esto, me quedo mirando a las otras abuelas, que parecen no darse cuenta de que el lugar solitario junto a la ventana ahora está vacío. Me dan ganas de zamarrearlas para decirles que ahora falta una. Le hago un comentario a mi mamá: no sabe de qué le hablo.
Qué triste la muerte, siempre. Qué tristeza mayor cuando ni siquiera sacude a nadie.

miércoles, 17 de agosto de 2016

OTRA PERLA





El nombre de mi madre no es muy común, por eso me llamó la atención que en el segundo piso donde ella se alojaba, lugar de unos diez o doce abuelos, hubiera otra señora con su mismo nombre. Otra Perla.
Cuando sientan a alguien alejado de la mayoría, suele ser porque se trata de algún anciano particularmente enajenado: que no habla, que lo hace pero a sí mismo, a quien se le da por mover la mesa sin razón o presenta algún otro rasgo que significaría una molestia para sus compañeros. Así sucede con esta Perla. A menudo las cuidadoras gritan su nombre y mi madre se sobresalta, pero suele no ser a ella a quien llaman, sino a esta otra Perla esquiva, chúcara, que viaja por otras dimensiones.
Un día se le acercó Patricia, la encargada, que al arrancar su día hace un paseo por los dos pisos saludando detenidamente a cada uno.
“¿Cómo anda, Perla? ¿Vamos a ver cómo están las cosas por la sala? ¿Hacemos el cambio de guardia?” Patricia vio mi cara de confusión y pasó a explicarme: “Era caba en un hospital...nada menos que donde estuvo internada Eva Perón.” Cuánta historia en esta anciana que musita palabras sin sentido. Qué lástima no poder charlar con ella sobre las anécdotas que seguramente tendría de cuando caminaba pasillos y salas de hospitales que alojaban a personajes que hicieron historia en este país.
Muchas veces pienso en los vericuetos de la memoria. En qué ocurrió en verdad y qué creemos que sucedió, convencidísimos de haber asido la realidad en los meandros de nuestros cerebros. Y ahora que mi madre está aquí, si bien aún no está al punto límite de esta otra Perla, siento que parte de mi historia se me está escapando en esa mente que sólo parece vivir un puro presente. Que no recuerda qué acaba de almorzar, qué hizo ayer, si la visité o no. Hay momentos de mi infancia de los que sólo ella fue testigo. Y que yo pude saber por su relato. Tengo que tratar de no olvidarlos, de atraparlos con fuertes redes para que no se escabullan porque entonces se habrán perdido para siempre. Y dudaré si alguna vez existieron.
La Perla ex-jefa de enfermeras padecía cáncer de piel. “Como Violeta”, me recuerda Camila, una de las cuidadoras. Violeta, la que habla muy bajito y está a pocos meses de cumplir los 100. Como Hortensia, esa maestra y directora de escuela jubilada que falleció hace unas semanas. Pueden vivir mucho tiempo con cáncer de piel, oí decir. Esa enfermedad terrible de seis letras, que acosa en diferentes partes del cuerpo a tantos jóvenes vitales y con urgencia de comerse el mundo y les arranca la vida rápida e impiadosamente, es lenta cuando se demora en la piel de los ancianos.
Un día no vi más a esta Perla. Pregunté, con temor, esperé el gesto que con mano que viaja hacia los cielos indica aquí la muerte. Pero no: “Está internada”, me dijeron. Pero pasaban los días. Los que no vuelven pueden tener muchos motivos. En el caso de esta Perla, fue la sonda nasogástrica. “La llevaron a otro geriátrico que tenga ese tipo de atención”. Hay siempre algún otro círculo inferior en el infierno de la vejez.
Ahora, mi madre es la única Perla, y ya no habrá confusión de nombres o prendas de vestir con este nombre mamarracheado en alguna etiqueta. Siempre aquí se trata de disimular la ausencia de alguien que, por otros tratamientos, mudanza a otro geriátrico o...”mudanza a la eternidad”, ya no comparte la sala con sus compañeros. Pero la mayoría casi siempre apenas si se entera de esa partida. Están ensimismados en su propio mundo de dolor. O desmemoriados al punto de sólo registrar el presente, o recordar momentos muy lejanos que gustan repetir a quien los quiera escuchar. Así que la vida sigue, hoy sin esta Perla, como cuando antes de que estuviera. Como seguirá cuando ellos mismos falten y sean reemplazados por otros, igual de indolentes.

martes, 16 de agosto de 2016

LOS CIEN





Tiene un rostro calmo y sus ojos ya vieron dos guerras mundiales, dos siglos (uno casi completo), y mucha vida. Son 102 años y va tranquilamente por el sendero que la conducirá indefectiblente a los 103. Ya no es noticia ser centenario. Son muchos los que pasaron la barrera de los 100 en este geriátrico. “Soy descendiente de vascos”, comparte Berta. “Son gente muy fuerte” Los genes, indudablemente, deben de haber hecho un gran aporte, ya que no puede estar el secreto en lo poco que come y hasta en la escasa agua que bebe. Sin embargo, cuando hay algo dulce rico, esas manitos se mueven veloces, ignorando artritis, desenvolviendo papeles de bombones, quitando envoltorios de masas finas o secas, que devora con placer. No, el secreto no debe de estar en la comida ni en la bebida.
Alucina con perros. “Otra vez anoche me desperté, y había un perro grande parado en mi puerta... ¡Sentí tanto miedo! Algo van a tener que hacer para matar a todos los perros, la gente ya no quiere salir a la calle... ¡Que traigan el ejército, que hagan algo, no se puede vivir así!” Pensé alguna vez que sería cosa de un día. Pero es su obsesión cotidiana. Cuando me parece que tuve una charla mínimamente racional con ella, vuelve a mencionarme a los perros, y su rostro se llena de terror. Estos temores sin duda aplacan mi deseo de pedir permiso para entrar a mi perro, que tal vez a muchos de los otros les alegraría el día.
He visto a las cuidadoras tratarla con la veneración y el cariño que justamente se habrá ganado por tanta vida caminada. Que ya no camina, porque aunque sus pies traviesos se escapan de las pantuflas cada dos por tres, Berta pierde su figura diminuta en una silla de ruedas que le queda un poco menos grande que la vida andada. Respira con dificultad y suelen dejarla reposar hasta la hora de almorzar, pues se cansa sólo de estar sentada.
Daiana toma mate a su lado. Debe acercarse mucho para oír las palabras que susurra Berta porque al no tener ya mucha audición no regula bien su voz.
Deben de ser pocos los amigos y familiares que le quedan a quien pasó los cien. Me pregunto si esto se asemeja a la náusea de la eternidad. Escucho a tantos desear vivir una vida larga, sin pensar en lo que significa alargarla hasta el sinsentido. Muchos de los que están aquí no lo dicen a viva voz, como mi madre, pero sienten el íntimo y profundo deseo de que “Dios se acuerde de ellos” y los acoja en su seno. Es decir: quieren morirse, con palabras más o menos directas, con deseos más o menos explícitamente formulados. Pero también están los otros que temen, como cuando eran jóvenes, ese momento que los llevará de este geriátrico y de todo lo que conocen. Porque la importancia de la rutina rige sus vidas: sentarse en la misma silla, en el mismo espacio, levantarse y acostarse a la misma hora. Mientras que la muerte es la peor ruptura de rutina que pueden imaginar.

lunes, 15 de agosto de 2016

De Italia con amor




Pierina es nueva. Es alegre y bella a sus 95. Su sonrisa es luminosa, y sus ojos celestes vieron mucho: la segunda guerra mundial, por empezar.
¿Italiana? “Sí”, dice, “de Milán, ¡soy una milanesa!” Le gusta cantar, viene de familia de músicos, pero no es como los napolitanos. “En Milán, se trabaja; en Nápoles, cantan”. Enseguida va mostrando un dulce sentido del humor. Cuenta que tiene las dos nacionalidades. “Quería renovar mi pasaporte italiano, y resulta que me pusieron como fecha de nacimientos 02/03/2020! ¿Cómo es posible? ¡Para ellos todavía no soy ni un espermatozoide!” Mira con cara de “¿vieron? En el Primer Mundo también se equivocan...”
Es muy sorda, pero dice que a mí me oye lo más bien. Que tengo un timbre de voz claro y que soy la única a la que entiende. Me lo vuelve a decir a los pocos días, cuando le pregunto qué le pasa porque está llorosa. Acaba de irse su hijo, hombre bastante mayor también, de unos 70 años. “Mi casa”, me dice, “la llevo aquí en el corazón”. Esta acongojada, y para ver si la saco de esa pena le pregunto por su casa, por el barrio...Poco a poco va cambiando el clima, cuando me cuenta que vivía “en tierra de nadie”...”No es Villa Crespo, no es Paternal...Una vez me dijeron: ‘¡Señora, usted vive en tierra de nadie’!” Sólo con ese pequeño desvío en la conversación logré que volviera a sonreír y otra vez se pusiera bella.
Seguimos la charla, y me cuenta cómo vino a la Argentina. Su esposo era ingeniero, de la época en que los ingenieri eran muy valorados por aquí. Vino con un proyecto que él había inventado, una forma novedosa de conseguir energía...Para eso lo contrataron, pero al llegar aquí, una vez instalado Perón, no se interesaron en su proyecto, que nunca se concretó.
Igual se quedaron. En este país no tenia que andar adivinando si el avión que sobrevolaba era bombardero, o si traía víveres. Como esa vez que, embarazada de 8 meses, tuvo que correr a un refugio porque se acercaban aviones americanos para bombardear a su país, aliado de los nazis. “Me tiré al piso, y me pasó a esta distancia”. Me indica con la mano lo cerca que estuvo de morir. “¿Y el embarazo, bien?” “Sí, el embarazo, bien”.
En algún momento, la conversación gira hacia la edad. Todas en la mesa confesamos los años sin tapujos ni pudores. “¿Y usted, Flora, va a decir cuantos tiene?”
Mira, pícara, con sus ojos claros detrás de los anteojos inquisidores:
-         Toda la vida dije la edad, ¿no la voy a decir ahora?
-         Ah, bueno –me alegro. Pero el silencio se hace largo-. ¿Y? ¿Cuántos tiene, entonces?
-         Siempre los dije...-continúa, haciendo insoportable el suspenso-. Pero es que ahora...¡no me acuerdo!
Sigue dando vueltas en las mentes el tema de la edad. Pierina tiene la necesidad de decir algo que no sabe cómo expresar en palabras: “¿Sabés? Yo siento que ahora que soy vieja...tengo algo...no sé cómo decirlo... algo que vos no tenés... algo que se tiene a esta edad...” Creo sentir lo que piensa, aunque no llegue a ver qué es eso exactamente, porque supongo que llegaré a ese estado a su debido tiempo. “A ver...Creo que entiendo, porque yo siento que ahora que tengo 50, tengo algo que no tenía a los 30...” “Sí, algo así”, me dice. Pero ambas sabemos la diferencia. Para llegar a lo que ella “tiene”, deberé esperar, mínimo, treinta años más...
Le grito, casi, que me voy. Luego recuerdo que a mí me oye bien. “Tiene una voz tan linda... Conversar con usted es...¡es como si me hubiera hecho un regalo!” La tengo que abrazar, le tengo que decir “¡Qué linda persona es usted!”, porque es lo único que me sale decirle.
Me retiro por hoy, con el corazón inquieto de sentimientos raros, con la cabeza dándome vueltas, por todo lo que no sé ni tengo todavía.

domingo, 14 de agosto de 2016

AMÉN





Durante un tiempo evité ir los martes por la mañana, porque era cuando iban dos mujeres a dar la comunión. Pero cambiaron a los miércoles repentinamente y me agarraron otra vez. No tengo por qué fingir nada, y no me lo reprochan. Me ofrecieron la bendición alguna vez, les dije “no, gracias” y todo quedó ahí. Pero ¿por qué ir justo en ese momento, si se puede evitar?
En fin, que ese día no pude zafar, ni el miércoles siguiente porque me olvidé del cambio, así que estuve “oyendo misa” dos semanas consecutivas.
Al verlas, mi mamá pone cara de “ahí están otra vez”. Sus gestos son contundentes para quien se moleste en mirarla. Dicen algo así como “de nuevo estas pesadas, habrá que aguantar”...(como todo lo que no le gusta de ahí, supongo). Hacemos el consabido silencio respetuoso durante la lectura de un fragmento de La Biblia. Algo sobre la tercera edad, y eso de que “los últimos serán los primeros”, que no convence a nadie pero se escucha en calma. Ahora, comienzan a preparar la comunión.
-         Ahí nos van a dar algo -, me explica mi madre-. Vos agarrá lo que sea.
Pienso, mirándola, cómo en otras épocas yo hubiera explotado con un comentario así. Ahora, ya más acostumbrada a su nuevo estado, simplemente sonrío y desvío la mirada.
-          La hostia es rica -, agrega.
Mientras siguen dando vueltas con el trámite, mi mamá no puede desviar la atención
de la elección de vestuario de una de las damas católicas. “¿Viste lo que se puso? ¡Yo ni que me lo regalen lo quiero!” Ahora que ya es inimputable, me pregunto si realmente, cada vez que dice eso, espera que yo me dé vuelta y me ponga a mirar lo que me indica. ¿No importa ser tan obvia? “Encima, es un tanque”, sigue, sigue y no para porque la obesidad no es algo que Perla tome livianamente ni perdone. A mí siempre me señala los kilos de más y me hace notar que he subido de peso últimamente. También me señala si pierdo peso, debo decir. En general, el cuerpo siempre fue importante para ella. Tenerlo cuidado y esbelto; ser elegante, no jorobarse al caminar y sentarse bien. Cosas que no sé si quiero inculcarle a mi hija de igual manera. Desde que soy madre, cada enseñanza de ella es un replanteo para mí.
Pasa la comunión, que ni intentan ofrecerme porque vienen con las hostias contadísimas.
Ya se termina esto. Una de ellas se despide así nomás, con un “chau” general con la mano; la otra, se demora en besos a cada uno y dispara algunos comentarios: “Está mejor ahora”, me dice, refiriéndose a mi madre. “Yo también la noto mejor”, devuelvo, pensando en su estado psicológico, en su bienestar físico. “Está aceptando más”, completa. Ah, era eso... Supongo entonces que habrá notado alguna vez las caras de descreimíento al verlas entrar.
“¿Qué hice ayer?”, se pregunta, de repente, mi madre, mirándome como buscando en mí su respuesta. Se dirige a su compañera a la izquierda: “¿Qué hicimos ayer?” Ema sonríe, sarcástica: “¿Qué hicimos ayer? Lo mismo que anteayer, lo mismo que hoy... Estar acá...y aguantar, y tragar...”
Hay días en que me voy con escalofríos generalizados.

sábado, 13 de agosto de 2016

Barranca abajo





Después de años de buscar la manera de que mi madre reciba atención psiquiátrica, ahora no puedo sino arrepentirme de haberlo hecho.  Es que cada decisión sobre su vida recae en mí, nada más, y es una pesada carga para mi cabeza.

Cuando empecé a ver su deterioro mental hace unos tres años, conseguí que se hiciera una “evaluación integral del anciano”.  Lo hizo a regañadientes, jurando no volver cada vez que teníamos un turno médico con ese objetivo, y terminó el estudio prometiendo seguir los consejos de la gerontóloga: socializar, entrenar su memoria con sudokus, crucigramas o similares, leer, no pasar tanto tiempo en su casa y menos acostada.  “Sí, sí, sí”, dijo a todo, como una nena que promete portarse bien.

No para mi sorpresa, no siguió ni uno solo de los consejos, y su deterioro fue en picada descendente.

En otra oportunidad, su doctora le dijo: “Perla, yo sé que no te va a gustar lo que te voy a decir, pero quiero que hagas una consulta con un psiquiatra”. “¿Qué, se piensa que estoy loca?”, fue su instantánea y previsible reacción.  Es que insistía demasiado con sus deseos de morirse, y entre su discurso y el prontuario familiar de suicidios varios, ningún médico quiere cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de no haber hecho nada ante semejante muerte anunciada.

Así, terminamos hace unos dos años en un consultorio psiquiátrico, por primera vez en su vida.  Ella piensa que es natural su deseo de morir: “Todos los viejos quieren morirse, ser viejo es horrible, ¿para qué vivir así?  Ya está, ya viví”.  No tiene en cuenta que no se puede estar así lo que le quede de vida, que pueden ser meses o años, aunque le pese admitirlo.  Así lo indican las nuevas estadísticas sobre longevidad en los últimos años. 

Al terminar la charla, el psiquiatra se dirigió a nosotras dos con cierta diplomacia que anticipaba una decisión fuerte: “Yo sé que a Ud., Perla, lo que le voy a decir le va a caer como un balde de agua fría...” Ups, esto es peor de lo que yo esperaba. ¿Y ahora? “...Pero quiero internarla”.  Mi mamá saltó de la silla: “¿Qué? ¡Vámonos de acá, esto me hace mal!”.  En su momento a mí también me pareció exagerado, y se lo expresé al médico.  “Bueno, en ese caso, podríamos hacer un tratamiento aquí... ¿Ud, Perla, está dispuesta a venir al consultorio?” “¡Yo no voy a ningún lado!” “En ese caso”, intentó el doctor, “podríamos mandar a alguien a su casa”. “¡Yo no le voy a abrir la puerta a nadie!” Y así nos fuimos, ella revoleando el bastón y yo resignada a sus decisiones.

Pero hace rato que ya no puede tomar decisiones, y que me he convertido yo en la madre que planea todo por ella, ahora mi hija, sin consultar.  Cuando fue hospitalizada en enero por la quebradura de cadera, las psiquiatras que la vieron no querían darle el alta por su profunda depresión.  Tuve que firmar un papel para que quedara asentado que yo me hacía cargo de la decisión de no dejarla internada.

Sin embargo, la necesidad de un tratamiento seguía allí como una nube que no se va, por lo que fuimos nuevamente a un psiquiatra la semana pasada.

Más que nunca, su falta de vitalidad es notoria.  Se pone a llorar, dice no querer vivir, nada le parece que vale la pena.  El psiquiatra le recetó un medicamento para la depresión y la ansiedad.  El tema sería esperar las tres semanas que tarda un antidepresivo en hacer efecto...

Como dije, el tratamiento tan esperado es ahora una decisión de la que me arrepiento.  Desde que comenzó a tomar estos comprimidos (sólo la mitad por una semana), mi mamá es un zombie: tiene excesiva somnolencia, confusión total, no atina a agarrar los cubiertos para comer y debo ayudarla, o las cuidadoras cuando yo no voy.  Tiene un hilo de voz, con el que me dice que la lleve a casa, me pregunta por su hermano como si viviera, se lamenta...

La vio el médico y le redujo la dosis.  Al parecer, sacarle repentinamente el antidepresivo tampoco es aconsejable.  Habrá que esperar si aguanta esos 21 días que dicen que hay que esperar para ver algún resultado positivo.  ¿Valdrá la pena?  Con ella, todo es el día a día...