sábado, 8 de octubre de 2016

TEMIDO MOMENTO





¿Somos todas las personas bombas de tiempo con un plazo limitado de cordura que, en una situación crítica o al llegar a la vejez (lo que suceda primero), estallaremos en la tan temida locura, irremediablemente?
Antes pensaba, como dijo Benjamin Franklin, que “en este mundo no hay nada cierto, excepto la muerte y los impuestos”. Pero teniendo en cuenta la infinidad de paraísos fiscales y trucos para evitar impuestos, yo definitivamente reemplazaría este segundo término por “la locura”. La muerte sigue esperándonos a todos al final de nuestra corta o larga vida; eso no ha cambiado con el correr del tiempo. Pero a causa de que en la actualidad se extiende nuestra existencia más allá de lo que ocurría hace, digamos, veinte o treinta años nomás, la demencia senil parece estar esperando a más de un incauto.
Hace unos días vi a una vecina de unos setenta y pico que solía saludarme efusivamente, siempre preguntándome por mi hija, al cabo de lo cual yo le preguntaba por su nieta. Cuando nos veía a las dos, se demoraba en comentarios sobre mi hija, lo mucho que había crecido, y esas cosas que suelen decir los adultos de los niños. Pero esta vez, nada de eso ocurrió. Yo estaba con mi hija entrando al edificio; ella se encontraba sentada en los primeros escalones de las escaleras, meditabunda, los ojos fijos en la nada. Ambas la saludamos, pero ella no contestó. Al subir al ascensor, nos dijimos: “Qué rara está, ¿no?”
Hoy nuevamente. Estaba parada en la puerta del edificio cuando entramos. Apenas nos miró, aunque mi hija dice que le echó un descuidado “Hola”. Al rato, bajé a sacar el perro. Permanecía allí, de pie, ahora del lado de adentro, mirando a través del vidrio hacia la calle, sin decir nada. Me acordé que vive en el primer piso, en un B, y que por eso tal vez no tenga ninguna ventana que dé a la calle, y quizás la haga sentirse más acompañada mirar a la gente pasar desde el hall. Al volver de darle la vuelta al perro, ella seguía igual, imperturbable, exactamente en la misma pose, sin inmutarse siquiera ante mi paso ni el de mi perro.
¿Habrá comenzado para ella esa temida barranca abajo? ¿Sabrá ya su hija lo que está sucediendo, o lo negará como yo hice al principio, creyendo que a su madre nunca podría ocurrirle?
A lo largo de la vida, caminamos por un sendero donde una línea muy delgada nos separa de este otro lado tan temido. Y la vejez se acerca cada vez más a esa línea y amenaza con cruzarla hasta que, en tantísimos casos, lo hace, y ya no se vuelve. Mientras tanto, intentamos aferrarnos a este lado. Nos comportamos como lo hace la mayoría. Jugamos, tal vez, a tener una vida ligeramente alocada. Nos desatan el alcohol y las drogas, que pueden llevarnos a momentos de locura y descontrol. Pero seguimos de este lado. En ocasiones un golpe fuerte, como puede serlo una ruptura sentimental, una enfermedad, un accidente, alguna experiencia límite, nos lanzan casi al otro lado. Y si cruzamos la línea, volvemos al cauce luego de pasado el temporal. No sienten a nuestro alrededor que es para siempre, y nosotros nos consolamos luego con la idea de que fue un viaje de ida y vuelta. Pero lo nuestro es este lado.
¿Cómo convivir con la idea de que en algún momento no habrá retorno de ese territorio de alucinaciones, de palabras que se olvidan, de rostros que se borran? Leemos con fruición todo artículo sobre cómo llevar una vida saludable, cómo mantener el cerebro activo, cómo darle más vida a los años; ¿servirá? Mientras somos conscientes de que necesitamos hacer crucigramas, aprender idiomas, tener proyectos, bailar, socializar, y lo hacemos todo junto para no sumirnos en la vejez decrépita. Pero, ¿y si algún día nos olvidamos de esa voluntad vital? ¿Y si amanecemos una mañana de día soleado pero mente nublada? ¿Qué o quién podrá rescatarnos de esa nebulosa cuando dejemos de reconocernos frente al espejo?
Nada es cierto en la vida, excepto la muerte y...la locura.

viernes, 23 de septiembre de 2016

OTRA VEZ SOPA*





Lo que no se digiere se sigue regurgitando, una y otra vez, indefinidamente. Es obvio que Perla nunca terminó de aceptar que su amada hija única la “metiera” en un geriátrico, cuando ella cuidó personalmente de su madre, y luego de su suegra, y luego de su esposo, y de quien fuera necesario aunque ello implicara dejar de vivir su propia vida.
   Tiene un turno médico; entonces, la voy a buscar y la llevo, empujando la silla. Trato de ponerle onda:
-         Mirá qué lindo día...Qué lindos perritos...No hace frío, ¿no?
Por momentos me contesta. En otros, se empeña en señalarme las nubes negras que, literalmente, se avecinan. Es que además “¡Hace un vientito!”
   Este turno en dermatología venía pedido hace rato. Ese lunar que nos marca a las dos, entre el pecho y la axila izquierdos, ya estaba preocupando al médico del geriátrico. Su propia médica de cabecera no le había dado importancia meses atrás, pero de tanto rascárselo terminó sangrando y el lugar del lunar fue ocupado por otra protuberancia color carne de muy mal aspecto.
   Ni bien lo ven las dos médicas que están hoy en el consultorio, se alarman. Comienza la ametralladora de preguntas: cuánto tiempo hace que lo tiene, cuánto que sangra, cómo fue el crecimiento... Mi madre no puede decir palabra porque es puro presente y las preguntas sobre el tiempo han perdido todo sentido para ella. Trato de responder lo que puedo, pero tampoco mi vida giró alrededor de ese lunar metamorfoseado en esta cosa durante los últimos meses.
   Sacan fotos, envían mensajes frenéticos a colegas, mencionan la palabra fatal: posible cáncer de piel. Pero nada de esto parece inmutar a mi madre. Yo tampoco me alarmo porque oí que el cáncer de piel puede durar años; no se trata de esa enfermedad fulminante que deja trunca rápidamente la vida de tantos. Y mi madre, que ansía una muerte rápida, sigue sacando el número equivocado.
   Pedimos turno para que lo más pronto posible le quiten “esa cosa” y la manden a biopsar. Luego, emprendemos el regreso.
-         ¿Ya está? ¿Terminamos? ¿Ya nos podemos ir?
-         Sí, ya está, vámonos.
   Sé que queda pendiente en el aire cargado de cierta tensión adónde es que nos dirigimos ahora. Perla no puede recordar dónde estuvo antes del hospital y por ello pregunta ahora:
-         ¿Y adónde vamos?
-         Al geriátrico.
-         ¿ADÓNDE?
-         Al geriátrico.
-         ¿Me vas a llevar a un geriátrico?
   Pone cara de “¿me estás haciendo un chiste?” Le repito, muy seria:
-         Hace dos años que vivís en un geriátrico, mamá. Vamos al geriátrico.
   Silencio. No puedo creer que cada vez que salgamos se repita la historia como si cada día volviera a internarla. El desgaste emocional es mucho. Sigo la cantinela:
   Al rato:
-         ¿Adónde vamos ahora?
-         A tu casa.
-         ¿A mi casa? ¿O al geriátrico?
   Es en momentos como este cuando pienso si es o se hace.
-         Es lo mismo. Hace dos años que vivís ahí.
-         ¿En un geriátrico?
-         Sí.
-         Pero...¡yo no sabía nada! ¿Cómo no me dijeron?
-         Sí que te dijimos...¿Cómo no te íbamos a decir?
-         Yo...ni enterada estaba.
   Demás está decir que a los pocos minutos este diálogo vuelve a empezar. Y agrega:
-         Está bien, yo reconozco que si ustedes trabajan...
-         No fue sólo eso, mamá. Intentamos tenerte en casa. Estuviste seis meses viviendo con nosotros. Si te dejábamos sola cinco minutos, volvíamos y te encontrábamos llorando porque no sabías dónde estabas. O en el piso porque te habías caído y no podías levantarte. Necesitás supervisión las 24 horas. Y en un geriátrico era el único lugar donde eso era posible.
   Por suerte llegamos pronto. Nuevamente, en la puerta, se vuelve hacia mí y me dice:
-         ¿Acá me vas a dejar?
   Ya no contesto. No entiendo el sentido de hacerlo. Me avergüenzo de estar pensando en mí. Porque para ella sí tiene sentido, ya que no recuerda los diálogos que repetimos hasta el hartazgo hace minutos.
   Cuando me despido, me consuela una sola cosa: que cuando nos volvamos a ver, será como si este diálogo nunca hubiese existido.

* Este relato fue incluido en la antología de cuentos "Relatos Inconexos", compilada por Andrea Gardey, publicada por Editorial Dunken, enero 2017.

jueves, 15 de septiembre de 2016

¡AY, CARMELA!





Llegó arrastrando los pies, encorvada, con sus dos ojitos inquisidores escrutando a todos. Pero hablaba poco y nada. La había traído una ahijada. No tenía a nadie más.
   Arrastraba los pies y también las palabras. Hablaba muy despacio, deteniéndose en cada sílaba, como en cámara lenta. Y era raro oírla decir algo.  Tal vez en ocasiones respondía a una pregunta, pero no se involucraba en conversaciones que con o sin sentido sucedían a su alrededor.
   Quizás por este bajo perfil me extrañó que Carmela fuera la estrella principal de las noches de tango, los jueves que Antonio Freyre, empleado municipal de 9 a 17hrs, cantante malevo al entrar al geriátrico, regalaba una hora de tangos, milongas y canciones ciudadanas a los abuelos. Fue entonces que comencé a ver por mí misma cómo las viejitas que no sabían dónde estaban paradas o apenas reconocían a familiares podían sin embargo recordar completa la letra de “Malena” o “Caminito”. Y Carmela se lucía cantando “Malena” de principio a fin, la cara iluminada, los pequeños ojos sonrientes. Disfrutaba de los aplausos y el breve reconocimiento en esa hora semanal, cuando Antonio llegaba y saludaba con un beso y por su nombre a cada una de ellas. A veces también les dedicaba sonrisas a los viejitos, pero ellos sí que parecían no adherir nunca a ninguna actividad escapista. Ni por una hora semanal accedían a volar de este lugar y volver, quién sabe, a su juventud.
   Pero la hora tanguera no era la única franja de escape para Carmela. Compartía escaso tiempo en la sala común y siempre amagaba con levantarse de la silla para volver a su habitación, que sólo distaba unos pasos de allí. Si las cuidadoras no la veían a tiempo, se salía con la suya. Si no, al grito de “Carmela, ¡sentate!”, se veía obligada a atornillarse a su asiento. Es cierto que en los geriátricos deben tratar de evitar que los internos pasen mucho tiempo acostados, pero aquí había algo más.
   Un día llegué y Carmela aprovechó la distracción, mientras yo saludaba a Anabela, para esfumarse con celeridad hacia su cuarto. Intercambié las usuales frases de cortesía y sociabilidad con la cuidadora, quien luego continuó dedicándose a otra tarea que no incluía devolver a la mesa a ninguna fugitiva. Me senté frente a mi madre y comencé a hacerle compañía. Levanté su cabeza que apoyaba en sus brazos para dormitar sobre la mesa, la saludé y me puse a pintar el mandala que le tocaba, para ver si hacía el esfuerzo de acompañarme.
-         Tomá el rojo –le dije, sabiendo que es (¿era?) uno de sus colores favoritos, como también lo es para mí. Yo agarré un lápiz violeta y comencé a darle color a unos angelitos cupidos.
-         No tengo ganas –respondió, para variar...Pero pronto se me sumó y lenta, flojamente, empezó a pintar unas manzanas.
   Se supone que es un buen entretenimiento para adultos y se está poniendo de moda. Mientras insisto con el lápiz sobre las alitas de los ángeles, pienso que sí, que puede ser un buen momento para pensar en otra cosa y salir de lo cotidiano.
-         No me queda como a vos –compara mi madre.
-         Es que tenés que insistir sobre una misma zona y apretar el lápiz bastante sobre el papel. ¡Así, así! ¿Ves como ahí te está quedando mejor?
   Sé que en dos minutos me dirá lo mismo, y yo le responderé lo mismo también, pero sigo como si nada.
   De repente, los gritos. Todas nos miramos un tanto alarmadas. Vienen de la habitación de Carmela, que comparte con mi madre.
-         ¿Qué pasará? –le pregunto un tanto preocupada a Anabela.
-         Nada...Está por acabar.
   Ay, Carmela. Y sí, suena un poco a eso. Pleno éxtasis sexual.
-         En la casa hacía lo mismo – comparte Anabela -. La ahijada ya no sabía que hacer con ella. Además ya tiene todo bastante lastimado ahí...
   No puedo opinar nada. Me sonrío, pero es un cúmulo de sentimientos mezclados lo que se me agolpa adentro. Me pregunto hasta qué punto hay un día en que lo público y lo privado ya no tiene límites. He tenido que parar a mi madre varias veces cuando, intentando mostrarme un lunar infectado cerca de un pecho, se levanta la blusa sin corpiño delante de todos aquí, o hasta en la plaza una vez que la saqué de paseo. Cuando la alerto sobre lo que está haciendo, me gesticula indicando que ya no importa. ¿Ya no importa?
   Carmela grita un poco más, hasta un clímax festivo, y luego su voz cesa. La misma que canta “Malena” de pe a pa. La misma que se demora en cada palabra que emite.
   Ya no la veo más. Me cuentan que estaba con muchos problemas de deglución, y que debieron llevarla a un geriátrico donde pudieran atender su botón gástrico. Las noches de los jueves no son las mismas. Y en el momento de repetir “Malena” por centésima vez, pareciera que los ojos de Antonio brillan más cuando recuerda la voz entusiasta de Carmela, cantando el tango como ninguna.

viernes, 9 de septiembre de 2016

EMILIO





Llegó un día, a mil por hora. Las cuidadoras estaban agotadas ya de sólo verlo. Trataban de mantenerlo a raya porque quería caminar por todo el geriátrico pero se tambaleaba peligrosamente. En ese sentido las reglas son claras: atarlo a una silla para que no se mueva y corra el riesgo de caerse, romperse algo y tener a la familia del viejito encima llenando a todos de reproches.
   Emilio habla mucho pero rara vez hilvana una idea con otra. Finalmente acepta sentarse un ratito, y con tiras de tela lo amarran para que se quede quieto y poder atender a otros internos.
   Las chicas se retiran y él comienza con su lento pero seguro paso hacia la libertad. Despacito, va desatando nudos y para cuando las chicas vuelven, él ya está libre y empieza toda la lucha nuevamente...
   Las primeras noches, irrumpió en habitaciones de ancianas y asustó a más de una. Se acerca, quiere tocar, establecer contacto...A medianoche, esos avances no son bienvenidos. Tampoco pueden cerrar las puertas de las habitaciones con llave. Las nocheras necesitan pasar a cada rato por un cambio de pañal, para controlar, para vigilar que las cosas estén en orden...
   Los paseos de Emilio llegan tan lejos que deben cerrar con llave la puerta que da a la escalera para que no se mate. Este viejito con cara de bueno y sombrero de ala tiene en vilo a todo el piso. Hasta que sucede, como con todos los demás, que le aciertan a la medicación y las cosas se empiezan a tranquilizar.
   Un día vi a una nieta que lo visitó. Los familiares siempre tratan de hablarle a la persona que el anciano fue algún día. No siempre les contesta el mismo. Hay veces en que cuesta sobremanera hallar a esa persona que conocieron. Con Emilio pasa igual.
   Ahora lo están sentando solo frente a la ventana. Allí puede murmurar para sí a su gusto. Las mujeres lo ignoran y los hombres están demasiado ensimismados en su propio dolor como para atender a sus monólogos bajitos e ininteligibles. Las cuidadoras tienen el “no” prendido a la boca cuando intenta ponerse en acción. Y el “no, Emilio, no” ya se transformó en un pegadizo sonsonete.
   Afuera cae una lluvia tenue. Emilio mira, como quien mira llover. Sonríe. Con la boca y la mirada. Algo lindo le recordó la lluvia y por unos segundos le ilumina el rostro. Baja la vista, y sigue murmurando hasta que la hora de comer lo calle, y la de la siesta lo mantenga dormido y quieto aunque más no sea por un rato. Otro día que pasa, y la muerte que no llega.

martes, 30 de agosto de 2016

SECRETOS Y MENTIRAS


Es duro, pero terapéutico, decidir enfrentarme a este recuerdo. Duele. Pero duele más la espina que no se saca.


SECRETOS Y MENTIRAS

 

¿Cuánto tiempo puede no decirse algo en una familia? ¿Y cuánto puede tergiversarse la propia historia?

Crecí creyendo que mis padres eran incapaces de mentirme. Y esto no sólo abarcó los años pueriles de la infancia, cuando sí, reconozco, una se cree cualquier cosa proveniente de boca de mamá o papá. Por ejemplo, hubo un tiempo en que ella me decía que tenía 25 años y yo no tenía por qué dudarlo. Como me tuvo a los 39, en una época en que eso no era muy frecuente, tal vez se sintiera muy mayor en comparación con las otras mamás. Pero ¿qué motivos podía tener yo, a eso de los 5 años, para desconfiar? Hasta que una vez su médico le preguntó la edad delante de mí y respondió “44”. En el momento no abrí la boca, pero al salir, le cuestioné: “Mamá, ¿por qué le mentiste al doctor?” Ella rió y dijo: “¡A la que le mentí fue a vos!” La impresión debe de haber sido fuerte, porque es un recuerdo que conservo intacto.

            Con el transcurrir del tiempo, sentí que mis padres eran como se mostraban y que no había secretos escondidos en algún tenebroso armario. Tal vez me sirvió para crecer sin desconfianzas. No sé qué diría un analista sobre todo esto. Porque las veces que fui a uno, no conocía aún la totalidad de la historia familiar tal como la sé hoy, y por ende me moví con mentiras que tomaba como información veraz. Quizá todavía hay recovecos que no conozco. Porque lo que sí aprendí de todo esto es que las mentiras o los secretos familiares pueden durar toda la vida, o directamente llevarse a la tumba. Y están quedándome menos vivos a quienes consultar. Descarto, también, a esta altura, recabar más información de la mente ya perdida de mi madre.

Para mí, la abuela Perla había sido la mejor del mundo. Una pena que hubiera muerto antes de que yo naciera. Siempre me frustró no haberla podido llegar a conocer. De ella sólo supe de su pura bondad, del amor a sus tres hijos, de su sufrimiento silencioso ante la tiranía de su esposo, mi abuelo, a quien por desgracia sí había llegado a conocer. El abuelo Gastón ya había perdido la fuerza de su ira, así que el viejo que conocí era simplemente un ser terco, callado y mañoso, a quien le era totalmente ajena cualquier demostración de afecto.

Mamá se había dedicado por completo a cuidar de mi abuela Perla, enferma desde muy joven. “¿Qué tenía la abuela Perla, mamá?”, le preguntaba a veces. Y la respuesta empezaba siempre igual: “Las 7 plagas de Egipto”. Se explayaba luego un poco más ante tan poca certeza: “Mal de Parkinson. Además, tenía muy mal los intestinos”. En fin, que era un cúmulo de cosas que la había postrado en cama por más de una década. Mamá recordaba haber ayudado en el hogar desde los 9 años. Y luego de que la abuela no pudo ya hacer nada más porque le resultaba imposible hasta levantarse de la cama, ella fue su enfermera 24/7. “Si dejaba que otro la atendiera o la internaba en algún lado, mi mamá se moría...¡Directamente!”

Nunca vi esa devoción como algo exagerado o anormal. Con el tiempo, fue haciéndome ruido que la abuela no quisiera la atención de nadie más. Siendo mi madre la única hija mujer, esa dedicación completa y exclusiva estaba condenándola a una muerte en vida como mujer. A una renuncia total a ser esposa y madre, que eran roles alrededor de los cuales las mujeres de esa época hacían girar su vida. Al enterarme de los detalles más escabrosos de la verdadera historia, entendí que mi abuela tal vez consideró esto muy seriamente...

Cuando mi madre hablaba de su terrible niñez y juventud, por tener un padre autoritario y violento y una madre consumida por varias dolencias, había veces en que agregaba: “Y eso que no te conté todo...” Yo sólo creía que había detalles de la violencia del abuelo Gastón en los que ella prefería no profundizar. Sabía, sin embargo, que cuando volvía enfurecido del trabajo, podía tomar un cuchillo y amenazar con que los mataría a todos. Que lo suyo era constante queja y cero afecto. Que de la puerta para afuera aparentaba ser un señor gentil y de buen temperamento, con lo que quizá enamoró a la abuela. Pero que de la puerta para adentro se transformaba en un ser casi monstruoso. Entonces, por no meter más el dedo en la llaga, nunca hice un esfuerzo por saber qué sería ese “todo” que no me había contado todavía...

Una vez la acompañamos, mi hija y yo, a un turno con su médica de cabecera. Tanto la doctora como yo estábamos empezando a preocuparnos, más que por su salud física que parecía de hierro, por su salud emocional, que estaba cayendo barranca abajo, sumiéndose en lo que parecía que podría terminar en depresión. Ante las preguntas de su médica, mi madre se explayó un poco sobre sus múltiples desgracias, aclarando que había sufrido mucho en la vida y que esas cosas no se olvidan ni perdonan tu día a día, ya que se convierten en fantasmas tercos que acechan todo el tiempo.

Resoplando, dejamos el consultorio. Como estábamos con mi niña pequeña, cruzamos a la plaza. Natalia corrió hacia las hamacas y nosotras dos ocupamos un banco, al solcito tímido de los comienzos de la primavera.

“Era un día así, como el de hoy. Sólo que más frío. Ella tenía 57, yo más de 30 y nunca salía de casa para no dejar sola a mi mamá mucho tiempo...Tenía que darla vuelta en la cama porque ni eso podía hacer sola”, arranca. Natalia está casi volando en su hamaca. Otra niña se impacienta a su lado para que se la deje. “Pero mi mamá insistía en que fuera al cine. ‘Pero mami’, le dije ‘es mucho tiempo, no puedo dejarte sola tanto tiempo...’ El cine estaba cerca, sin embargo, así que pensé que durante el intervalo podría venir y darla vuelta. Así lo hice. ‘¿Qué tal la película?’ ‘Muy linda, mamá...No sabés lo que es Rita Hayworth...¡Una comehombres!’ Mamá se sonrió, me acarició la mejilla y me dijo que volviera al cine. Y ahí fue cuando pasó todo...Lo tenía muy bien planeado”.

Me corrió un ligero escalofrío. Natalia se había bajado de la hamaca y ahora se colgaba de un pasamanos. “¿Cuando ‘pasó todo’¿Qué pasó?”

“Para cuando volví del cine, ya estaba babeando y deliraba...Yo pensaba que al menos al estar papá no se había quedado totalmente sola, pero no podía confiarme en él...Era así...Ella le pidió las pastillas, que yo tenía lejos de la cama guardadas en un cajón. No podía alcanzarlas sola. Ni tenía por qué hacerlo. Yo le daba lo que había que darle. Pero bueno, el muy bruto le alcanzó el cajón, se lo puso sobre la cama y la dejó sola. Y ella se sirvió como quiso...”

 “Pero...¿por qué nunca me habías contado esto?”

“Es que hay cosas que son muy dolorosas...”

“Pero...¡Mamá! ¡Tengo más de 40 años! ¿Cuándo pensabas decirme esto?”

Mi madre lloraba. Comenzó a secarse las lágrimas con el pañuelito de tela que siempre llevaba en un bolsillo. El pañuelito que nunca podía faltarle porque era capaz de volver sobre sus pasos al salir de casa para buscarlo y tenerlo a mano en un bolsillo. Yo le decía que igual nunca lo usaba... “¡Pero basta que lo necesite para que no lo tenga!”, me decía....

Natalia, en el pasamanos, me sonríe. Llegó hasta el final. Primero una mano, luego la otra...hasta que finalmente lo atravesó por completo. Me saluda. Le muestro el pulgar para arriba.

“La abuela...se suicidó”. Lo pongo en palabras para tratar de asimilarlo. “Y el abuelo también se suicidó...” , me digo, para relacionar los dos hechos. A los ochenta y pico. Según mi madre, cuando hablamos de eso alguna vez, el abuelo Gastón lo hizo “por todos los remordimientos”...Los detalles de esta muerte los supe de chica por haber escuchado una conversación telefónica de mi madre. “Se tiró...¡se tiró de la terraza!”, le contaba a una amiga. Si bien no lo estaba nombrando, yo até cabos y así supe de quién hablaba. Como en ese entonces tenía 11 años, al principio no me habían querido contar nada. Pero me enteré escuchando una conversación que no me estaba destinada.

Y haciendo memoria, voy entendiendo que la madre de mi abuela también, seguramente, se suicidó. Porque la historia oficial de la familia es que “murió de amor”. Su marido se cayó de un andamio, allá en Ávila,  y agonizó penosamente durante varios días hasta morir. Cuando ella volvió del funeral, se metió en la cama...y jamás se levantó. Ahora que soy madre, y veo a Natalia que está jugueteando en la arena, no puedo entender cómo sus cuatros hijos pequeños, mi abuela la menor, con 4 años, no pudieron insuflarle la motivación suficiente para seguir adelante con su vida.

Veo en los brotes de mi alrededor que la primavera está cerca. Cada vez el aire es más cálido. El viento mueve lentamente las ramas de los árboles debajo de los cuales estamos sentadas, pero ese aire no es frío. Mi madre seca sus últimas lágrimas. Natalia vuelve corriendo de los juegos y me abraza. “¿Sabías que te recontra amo?”, me dice. Y yo, con mucha fuerza, la aprieto junto a mi cuerpo y siento ese recontra amor que me confiesa cada día.

 

martes, 23 de agosto de 2016

ISAAC






-         ¿Lo extrañás a Oscar? -, le pregunto a Daiana. Cierto que Oscar pasaba casi inadvertido en su silla junto a la ventana, la mirada quieta, el cuerpo paralizado y la mente nubosa por un ACV debido. tal vez a una obesidad mórbida de algún día que hoy ni se adivina en sus huesos.
-         Lo extraño a Isaac -, me confía.
-         Entiendo – le digo -. Yo lo conocí cuando hablaba.
-         Yo lo conocí cuando todavía caminaba -, apunta Daiana.

   Claro. Debo decir que yo lo vi ya en silla de ruedas, pero muy despierto y gruñón al hablar. Normalmente las mujeres aquí parecen no disfrutar de la compañía de los hombres, más callados y perdidos que ellas, pero en este caso era al revés: Isaac parecía no soportar la cercanía de las mujeres. De las viejas, porque a las jóvenes trataba de toquetearlas en cuanto tenía oportunidad. Y a mi madre debo decir que lo vi acercándosele peligrosamente con ojos pícaros. Pero en general estaba sentado a una mesa solo, bien alejado de ellas.
   Me dijeron que había sido psicólogo, o tal vez psiquiatra. Hacía pocos comentarios pero punzantes. Las damas que traen la comunión dijeron que desde su posición de judío les hacía comentarios acertados sobre la Biblia y les discutía cosas.
   Su nombre era el de mi perro y eso me causaba gracia, porque nunca había conocido a un hombre con ese nombre (tampoco a un perro). Entonces al comentarle a mi madre algo sobre mi perro trataba de no usar su nombre. Hay gente que puede ofenderse si oye que se le dio su nombre a un perro, aunque los que amamos a los de cuatro patas no sentimos orgullosos cuando eso sucede.
   De nuevo, no sé bien qué le pasó a Isaac que se fue desprendiendo de este mundo de a poco. Un día no lo vi: lo habían internado. Al volver, ya estaba desvariando más que nunca. Enojado, tal vez más bien angustiado, lo vi una vez gritar desde su silla de ruedas: “¡Quiero que alguien me diga cómo me llamo y dónde estoy!” ¿Puede haber un pedido más desesperado que el de necesitar una respuesta a preguntas tan básicas?
   Gradualmente, se iba yendo. Se la pasaba durmiendo sentado. Lo despertaban para comer y que no broncoaspirara. Luego, seguía durmiendo, la cabeza ladeada, la mente perdida. Su hijo venía a verlo y le ponía tangos en el celular que le acercaba a su oído. “Isaac está más allá que acá”, comentaba Marta, una de las cuidadoras.
   Cumplió los 90 y le hicieron una gran fiesta en el geriátrico, con su familia, pero él ya no la disfrutaba. Murió a los pocos días. La “mesa de hombres” tiene hoy a uno menos. Hasta que llegue el próximo.

lunes, 22 de agosto de 2016

SARA





La primera vez que vi a Sara pensé: ¿qué será lo que le pasa para que la traigan a vivir acá? Se ve bastante bien. Anabela, cuidadora con unos cuantos años encima de experiencia, me dice bajito: “Es psquiátrica, ya la calé”. Tengo una conversación muy normal con Sara. Tal vez por momentos debo elevar un poco la voz, pero no parece senil. Hoy es su primer día. Está en este momento la hija con ella, que ya debe despedirse, y le cuesta. “Siempre es difícil”, le digo, para aflojar un poco. “Sí, ¿no?”, me responde, con los ojitos brillosos. Y se va.
Sara se sienta a comer, y conmigo al lado empieza a derramar su historia reciente. Acaban de traerla de Israel, donde estuvo viviendo por más de diez años con su hija. No sé si en la misma casa, pero sí en el mismo país. En Jaifa, más precisamente. Habla con admiración de Israel, un país que funciona a la perfección, según cuenta, pero no puedo evitar preguntarme entonces por qué no se quedó, por qué no hubo forma de ubicarla o contenerla en algún lugar cerca de su hija. Sin embargo, aquí en Buenos Aires también tiene un hijo, que vive en Villa Crespo y es un arquitecto con proyectos importantes para el gobierno de la Ciudad. Para confirmar el estereotipo de idishe mame, Sara habla maravillas de sus hijos. Y de sus nietos también. Su hija hizo un carrerón como fonoaudióloga en Israel, donde parecen apreciar los talentos argentinos. Se fue de aquí durante la debacle 2001-2002, con su marido de entonces y dos niños pequeños. Eso sí: ambos hijos que ya no son niños deberán alistarse en el ejército por tres años. Así funciona ese país, me cuenta, con un poquito de resignación pero mucho de admiración. A lo que parece no haberse acostumbrado nunca allí es a eso de que los sábados son como los domingos, y los domingos, como un lunes. Dice no ser religiosa, aunque su abuelo era rabino y su familia bastante tradicional. Tampoco pudo acostumbrarse a que, pese a ser gente tan educada la de allí, les falte la humanidad, la calidez, la cercanía que sí encuentra ahora nuevamente en su país de origen.
Me gusta mucho charlar con Sara. Con mi madre se hace cada vez más difícil mantener una conversación, y Sara en cambio aún lee libros de política e historia, mira programas periodísticos, y parece disfrutar de la vida.
Con el tiempo se va habituando a la vida en el geriátrico, y a sentarse siempre en la misma silla. De hecho, cuando yo se la ocupo momentáneamente, se la cedo de inmediato cuando la veo venir porque no le gustan los cambios de esta nueva rutina en su vida. Es una de las pocas (sino la única) a quien dejan salir sola. A veces se toma un taxi para ir a lo de su hijo, otras la pasan a buscar. Va hasta la esquina a comprar el diario. O enfrente por un sándwich o una tarta cuando le parecen particularmente antipáticos los menús del geriátrico. Quiere sal, quiere verduras, quiere variedad. No la encuentra y sale a buscarla.
Por toda esta vitalidad poco frecuente aquí es que se destaca para mí entre los demás. Y que me entristece aún más verla de un día para otro con un deterioro galopante e inexplicable. No soy su familia, no siento que me sea permitido inmiscuirme tanto. Por eso hoy lo vi a su hijo y a otra familiar y no me atreví a preguntar nada. Lo poco que averigüè con las cuidadoras no termina de responder mi pregunta: ¿qué fue lo que pasó? ¿Nueva medicación? ¿Alguna infección? (porque fui testigo de cómo a mi madre una - en apariencia - simple infección urinaria puede llegar a atacarla neurológicamente hasta atontarla por completo, lo que me dicen es normal en los ancianos). No sé qué le pasa. Está en una mesa, sola, frente a la ventana. Mientras mastica los dulces que pusieron hoy por un festejo especial, se duerme. Alerto a la encargada porque la veo en peligro de broncoaspirar, y pronto se le acerca a ver qué sucede. Sara mira sin ver. Asiente y obedece. Mejor no comer. No dormirse en la mesa. Pero ya su mente no coordina.
¿Es la vida aquí lo que le sucede? ¿Traspasar esta puerta es decaer aunque se estuviera bien antes? Quiero entender. Pero no hay respuestas concretas y exactas porque cada caso aquí es un mundo en sí mismo. Mi madre comenzó su deterioro mucho antes de llegar aquí, y nunca pude responderme qué le pasó con exactitud: si hay un hecho en particular, si es un proceso con miles de variables, si..nos pasará a todos. Porque el miedo a la muerte es ahora inexistente: el miedo a la vejez, para mí, tomó su lugar.