domingo, 4 de marzo de 2018

EL DRAMA DE LOS VAMPIROS (o LA TRISTEZA DE HIGHLANDER)



   Un chiste más de esos que dan vueltas por las redes (¿lograrán dar la vuelta al mundo? ¿volverán a quien los pensó primero?). Escenario: una iglesia. Sermón dominical acerca de la importancia del perdón en la vida cristiana. El sacerdote interroga: “¿Cuántos de uds han perdonado a sus enemigos? Levanten la mano, por favor”. Todos los feligreses levantan la mano, menos una viejita, muy viejita. El sacerdote le pregunta mas fuerte, pensando que tal vez no es mala fe, sino simplemente que la señora, de tan mayor, no oye bien. Sigue sin levantar la mano, ante lo cual le pregunta el cura: “¿No esta ud. dispuesta a perdonar a sus enemigos?” Y la anciana le responde: “Yo no tengo enemigos, padre”. Ante tan conmovedora declaración, el sacerdote decide ponerla como ejemplo y le pide que se ponga de pie: “¿Cuantos años tiene ud., si se puede preguntar, buena señora?” “99”, responde la viejita. “Y díganos, ¿cómo se hace para llegar a los 99 años sin enemigos, mi estimada abuelita?”, a lo que la dulce viejecita responde: “Es que ya se han muerto todos los hijueputas, padre”.
   Para los 99, los 100, o a veces edades avanzadas bastante anteriores, muchos de tus contemporáneos han muerto: amigos, familiares,...hasta enemigos. Y ese es el drama de los vampiros (que viven cientos de años) o de Highlander, o de cualquier otro que se jacte de vida eterna o muy longeva en mitos, leyendas o cualquier ficción que ande dando vueltas por ahí: se tiene la vida eterna a costa de un precio que en principio no parece ser muy importante, pero que al ir experimentándolo va volviendo pesada el alma: se te mueren todos alrededor, y vos te convertís en un testigo de esas muertes que te rozan pero no te tocan. Que pasan cerquita, pero no acaban con vos.
   Algo así le fue pasando a mi madre, que en un principio se mostraba bastante poco afligida por algunas de las muertes que se le iban presentando cerca.
   Fuera de la de mi padre, que sí realmente la entristeció y con la que su vida dio un vuelco (en algunos aspectos, para mal; y en otros, le dio la oportunidad de disfrutar de momentos que al lado de mi padre no había podido disfrutar por una razón o por otra), una de las primeras de una seguidilla de varias fue la de su amiga y vecina, Hanna. Rubia, alta, regordeta, “pinta de alemanota”, Hanna había nacido en algún lugar de Europa que ella creía Alemania pero que en algún momento del reordenamiento de los países cambió de nombre y al parecer ahora era Yugoslavia. Había tenido dos hijos en Argentina, un marido alemán fumador de pipa con quien seguía peleándose en alemán, y cuando se fue quedando sola la acompañaba otra anciana mayor que ella. Una cuidaba a la otra, pero no se sabía muy bien quién a quién.
   Un buen día se quedó sola, quién sabe qué ocurrió con la otra, pero la historia que sonó fue que se libró de ella de algún modo porque sus chocheras la agotaron. El tema es que, a cierta edad, es mejor mal acompañada que sola, aunque en un primer momento no se pueda entender. Ahora Hanna estaba sola, y eso significaba darle vueltas por la cabeza toda clase de historias que, obviamente, no le estaban haciendo bien. Mi madre veía ensombrecer a su vecina y la culpaba por su retraimiento y tristezas (que luego ella misma tendría, sin querer queriendo).
   Hanna se enfermaba de una cosa y de otra. Acudía al médico con insistencia, se quejaba de cosas que a mi madre le parecían nimiedades. Un día terminó internada por alguna de esas pequeñeces que tenía o se buscaba. Mi madre la fue a ver alguna vez y dijo algo sobre sus pocas ganas de vivir. Que ella, desde luego, no entendía en ese momento. ¿De qué se lamentaría Hanna, si estaba sola y tranquila con su vida? Hasta que un día me llamó mi madre y me contó:
-         Ya está, ya se fue Hanna. No más Hanna.
   Me chocaba su modo de contarme la muerte de una amiga. ¿De verdad no le afectaría? Y si le afectaba, ¿por qué contármelo así, por qué banalizar el dolor?
   Otra de las amigas que hizo tras la muerte de mi padre fue Rosa, a quien había conocido en un centro de jubilados. Salían bastante juntas, pero mi madre no hacía más que criticarla en absolutamente todo.
   Rosa se había casado con Antonio, un hombre bastante mayor que ella, más candidato para su madre viuda que para sus escasos veinte años, pero las bodegas del gallego fueron un gran atractivo para que la boda se apresurara. Perla criticaba todo de ese matrimonio de su amiga. “Si lo hubieras visto al gallego...¡no valía nada!” “No valer nada” o “no valer ni cinco centavos” era el modo que tenía mi madre de desvalorizar a una persona que no hubiera resultado agraciada por la naturaleza.
   La madre de Rosa sólo le llevaba 15 años. Y el gallego tenía 40 cuando desposó a Rosa, o sea...sí, más grande que su propia madre.
   “Me trataba como a una reina”; “Jamás me hizo faltar nada, ni a mí, ni a mis hijos”. Esas frases hechas, tipo Mamá Cora, eran las que lanzaba Rosa a quien quisiera escuchar.
   Rosa tuvo dos hijos. Según mi madre, prefería sin dudar al que le fue bien económicamente, que se mudó a un country, que manejaba autos caros y que a la mayoría de edad de sus hijos pudo regalarles sus propias ruedas alta gama. Al otro, que trabajaba de empleaducho en un local de electrodomésticos, nunca salió del barrio y encima, pobre hombre, tenía una hija con síndrome de Down, lo relegaba a un segundísimo plano.
   Pero había más capítulos oscuros en la vida de Rosa que mi madre me contaba como episodios de telenovela. Resulta que este Antonio que había desposado era viudo y tenía una hija. Pero Rosa no la aceptaría nunca, al punto que le pidió a su prometido que la hija no viviera con ellos como condición para darle el sí. La niña se crió con una abuela, y Rosa no sólo no la incorporó a esta nueva familia de Antonio, sino que prohibió que se hablara de ella, que conociera a sus hijos, quienes sólo supieron de su existencia muchos años después, cuando murió en la mediana edad y se convirtió en un fantasma para esos hermanos que siempre le reprocharían a su madre ese secreto.
   Deleznable es poco decir de semejante comportamiento, pero así y todo, pese a sus acciones miserables y su historia tan criticable, mi madre continuó esta amistad. Compartían algunas salidas, y a la vuelta Perla me contaba que Rosa no había querido sentarse ni a tomar un café, en un día crudo de invierno, ni un helado o una refrescante cerveza, en los tórridos veranos porteños. “¡Es más amarreta...!” Rosa justificaba todo ahorro con la excusa de que todos los años quería viajar a Europa y pasarse un par de meses con los parientes italianos, a quienes, mi madre decía, abusaba y exprimía al máximo, sin retribuir del mismo modo los servicios prestados cuando los parientes venían a verla.
   Sólo comencé a analizar esa tendencia a criticar de mi madre hace poco tiempo. ¿Qué la llevaría a ser tan crítica hasta con sus amigas? ¿Por qué no decir nada bueno de gente con quien, mal que mal, compartía tanto tiempo y salidas? Inexplicable para mí entonces y ahora también.
   La cuestión fue que Rosa debió cuidar de su madre cuando ella misma ya andaba por los 85. La viejita ya había cumplido los 100 y no daba indicios de querer despedirse, aunque vivía esa vida-no-vida de muchos ancianos postrados, una rutina de cambios de pañales, baños de esponja y papilla. Casi como la vida de los bebes.
   Pero como Rosa sola no podía, venía una “nochera” y otra más de día para ayudarla al menos con el cambio de pañales y otras tareas que implicaban mover a la robusta viejecita.
   Pasaban los inviernos helados y los veranos agotadoramente calurosos, y la centenaria resistía. Hasta que un día, como cualquier otro, no despertó. Rosa le comunicó la muerte a mi madre por teléfono, y la verdad, no sé si hubo un encuentro entre ellas tras este suceso.
   Lo que recuerdo muy bien es cuando, al día siguiente, mi madre estaba en mi casa y me llamó la nuera de Rosa. Me extrañó mucho la llamada.
-         Como no me atiende nadie en lo de tu mamá, te lo comunico a vos, que murió mi suegra.
   Francamente, pensé que me hablaba de la madre de Rosa.
-         Sí, nos enteramos de que murió la mamá de Rosa.
-         No, no la mamá de Rosa. Mi suegra, Rosa, falleció.
   Después de cortar, le conté a mi madre que, tras volver del entierro, Rosa se fue a su casa, donde la encontraron horas más tarde, muerta, sentada a la mesa de la cocina.
-         ¿Habrá tomado algo? -, fue la primera reacción de mi madre.
-         Ay, mamá... La verdad, lo que sé es lo que te dije. No me dio como para andar preguntando muchos detalles.
   Creo que mi madre comenzaba a entender que tal vez había momentos de la vida en que una puede perder la razón de existir y tomar la determinación de irse. Y esta muerte cercana, más otras a su alrededor, fueron arrinconándola.
   Única hija mujer, en una familia con dos hermanos, Perla siempre tuvo que ser la más fuerte. Hermana del medio pero también cuidadora largos años de la madre enferma, y un poco madre de sus hermanos. Sobre todo el menor, Francisco, a quien todo el pueblo conocía mucho más como Paco, la sentía un poco su madre. El mayor, Fernando (pero Nando para todos), no era con quien mantenía la mejor de las relaciones, y en cierta forma, era un fiel reflejo del alma oscura del padre. Durante mucho tiempo no tuvo noticias suyas. Y se enojó primero y horrorizó después cuando llamó un día a su casa, lo atendió su esposa, Lola, con un “¿Qué Perla?” (“¿¿¡¡Cómo me dice ‘qué Perla’”??!!), y le comunicó que estaba en un geriátrico.
-         ¿A vos te parece? ¿Por qué no lo cuida ella?
Supo de lo mal que estaba, que no reconocía a nadie, así que cuando poco tiempo más tarde la llamaron para comunicarle su muerte, sólo dijo: “Dios se acordó de él”.      Empezaba a virar su actitud hacia la muerte. Morir se estaba transformando en un deseo que se expresaba cada vez más explícitamente.
   Su Paco tan amado se puso enfermo, pero no sería nada demasiado grave, seguramente. Perla me contó que la había llamado desde el hospital, que le había pedido que fuera al sur a verlo, pero ella le prometió que lo haría ni bien saliera del hospital. Ya las decisiones de Perla estaban empezando a enrarecerse: “¿Para qué voy a ir cuando está en el hospital? Cuando le den el alta voy y lo visito en su casa. Además, vos me necesitás acá”. Si bien era cierto que en esos días solía cuidarme a la nena, yo interpreté esa llamada de Paco como un último deseo. No se desestiman los pedidos urgentes de un enfermo.... De algún modo, siento que la cercanía a la muerte los hace más sabios y comienzan a entrever el futuro. Pero mi madre no lo vio de esa manera, y pese a mi pedido de que viajara, no lo hizo.
   Al día siguiente, llego a casa y en el mensaje de mi contestador estaba grabado su llanto. “Murió Paco, Vale, murió Paco...” Se me estrujó el corazón pero mi pena no disminuyó mi enojo con ella por no haber comprendido ese último pedido de su hermano que quería una última oportunidad para estar con esa especie de mamá sustituta que fue ella durante mucho tiempo.
   Y así se iban sumando muertes. Todos a su alrededor, y ella en pie. Un día de reflexión me dijo: “Paco murió un 1ero de septiembre; al año siguiente, Nando murió un 2 de septiembre. Este año, el 3 de septiembre, me toca a mí”.
   No hubo forma de sacarle esa idea de la cabeza. Y justo fue en 2014, donde ella arrancó el año con su fractura de cadera que la pondría inevitablemente en veloz picada descendente. Fue cuando, hacia mediados de año, supe que no podría más yo sola con sus limitaciones físicas y sus laberintos mentales y la llevé a un geriátrico.

   Cuando llegó el 3 de septiembre, ya no recordaba su deducción matemática. Pasaron varios 3 de septiembre, y ahí está ella, viviendo el drama de los vampiros.

sábado, 3 de febrero de 2018

CUÁNTO TIEMPO MÁS LLEVARÁ



-         ¿Cuánto hace que está la abu en el geriátrico?
-         Cuatro años -, respondí, pensando al mismo tiempo que otras personas que conozco me dijeron que sus padres o abuelos habían durado un promedio de dos años tras la internación. Como mucho.
-         ¿Ella ahí sufre?
-         Sí, Nati...Ella no quiere estar más, ni ahí ni en ningún lado.
-         Vos también sufrís. Dejá de sufrir -, me pidió, casi emulando a un evangelista brasileño.

También me preguntó por qué no estaba acá, en casa con nosotros, olvidando tal vez que durante los seis meses que vivimos con ella nadie tuvo paz ni vida, además de que no podíamos brindarle los cuidados que ella necesita las 24 horas. Se olvidó, obviamente, de todos los “¡Odio a la abuela!” que le tuve que escuchar en esos meses.
Quién sabe lo que pueda durar esta situación. Cada vez que se enferma, empiezan las corridas, y luego de tanto arrebato, parece resurgir fortalecida. Ella misma pide dejar este mundo, pero nadie la oye desde arriba. Cuando me entero de otro longevo más que cumplió 100, o hasta incluso 105 (en su geriátrico hay una señora que acaba de cumplir los 104, “los vascos somos muy fuertes”, justifica), pienso qué pasaría con nuestras vidas si ella llegara a esa edad. ¿Qué se lo impide? No fumaba, no bebía, comía sano, fue bastante activa la mayor parte de su vida...
Y ahora, un nuevo diagnóstico que sería mortal para cualquier otro mortal, valga la redundancia. Pero que seguramente a ella no le hará mella, valga la rima.
El diagnóstico fue totalmente fortuito. Si no se hubiera notado a tiempo, tal vez el problema se hubiera agravado rápidamente y a estas horas estaría hablando de mi fallecida madre. Pero no: “Es importante agarrar esto a tiempo”, enunció el médico. “Si no, se puede extender a otras partes del cuerpo”. Está en el juramento hipocrático el salvar vidas.
Con mi madre vengo aprendiendo cantidad de terminología médica. La última: erisipela. Tuve que guglearla porque no me bastó la explicación de Lucía, la encargada, que es enfermera. Luego, esa erisipela viró en celulitis, que yo hubiera jurado era un problema endémico de mujeres caderonas y piernudas (como yo). Pero no. La celulitis infecciosa es harina de otro costal y no tiene nada que ver con pesadillas estéticas.
Ahora, sin embargo, era la pierna derecha (no la izquierda, que ya había empezado a ser tratada por su erisipela-celulitis-como-se-llame) la que estaba hinchada y dolorida. Y vengo a enterarme por la inquietud de la kinesióloga, la licenciada Guarnieri, con quien tengo asiduo contacto guasapero. Me cuenta de las reservas y hasta negativas de mi madre a la hora de hacer los ejercicios, y yo tengo para mí que mi madre está poniendo excusas para zafar del tratamiento kinesiológico. Porque, me cuenta Lucía, con el kinesiólogo del geriátrico también tiene esas agachadas.
Sin embargo, la inquietud pasa a ser franca preocupación y cuando el médico del geriátrico la ve, le indica un doppler, que luego reafirma y envía a hacer el médico domiciliario de mi madre. Al hacerle el estudio, notan preocupados que ambas piernas están con problemas, pero la derecha, indudablemente, es la más preocupante. Resultado: trombosis. Prescripción médica: anticoagulantes. Consejo: piernas en alto. Para que no empeore. Para que la trombosis no se le vaya al cerebro y le cause un derrame. Para que pueda seguir viviendo. Así, como está, odiando la vida. Pero para que no muera.
No puedo ni quiero negarme a los medicamentos, aunque ya puse mis límites con respecto a las internaciones. Cada semana van a ir a testearle el nivel de coagulación, y si la cosa empeora, hay una intervención quirúrgica que puede hacerse. Ahí también voy a poner límites. Por favor, dejen que la naturaleza siga su curso, y que a los viejos enfermos que desean morir les sea permitido morir.
La última vez que la visité, me lanzó esa mirada que temo que suceda algún día: la del no reconocimiento. Pero, aunque inicialmente me miró como sin conocerme, pronto se sonrió y me dijo: “¡Aaahh!” Mi corazón dio un vuelco. Porque tal vez, algún día no muy lejano, no exista ese “¡aaahh!”. No quiero ahondar, sin embargo, en a quién reconoce en mí. Porque me pregunta por “la nena”, que a veces, para ella, soy yo, Valeria, y no mi hija, Natalia. Porque me pregunta por “papá”, y ese “papá” es mi esposo. Pregunta si no vendrá a almorzar hoy, si está trabajando, si... Supongo que si me diera por indagar un poco, me saldría con que soy su madre. Hay veces en que se cree una niña, huérfana, que por eso debe vivir donde está, porque está solita y no puede vivir solita una niña pequeña como es. En otra visita, cuando alguien preguntó su edad, dijo 40. Se mira en el espejo, en una cámara o una foto, y si estamos las dos en la imagen, piensa que ella soy yo. Cuando le digo que no, que ella es esa mujer añosa de cabello totalmente blanco, se asusta de su propia vejez; se desconoce totalmente. Ya somos dos: aunque yo la desconozco en su personalidad, no en su imagen física, porque para mí, este envoltorio que arrastra por la vida (o como se llame esto) es aún mi madre. Pero la persona que habla desde dentro de él es muy distinta.

A veces me pregunto, entonces, cómo iré a sentirme el día de su muerte. Porque lo de adentro hace rato falleció. Ahí soy yo la que no la reconozco. Fue muriendo de a poco, la mujer que era. Fue virando en esta anciana que tengo delante de mí, que borró de su memoria casi todo lo que vivimos juntas y sólo sabe que estoy frente a ella. Cuando estoy frente a ella. Porque al irme, dejé de existir en su cabeza, y sólo me materializaré cuando le diga “Hola” en mi próxima visita.

martes, 11 de julio de 2017

ARANJUEZ




Canoso total pero con todo su cabello. Rostro ligeramente cadavérico, con los ojos un poco hundidos, rodeados de ojeras grises. Una cabeza un tanto grande para el tamaño de su cuerpo. En silla de ruedas, que manejaba solo, arrastrando levemente los pies. Así, más o menos, era Aranjuez.
   No es muy común que llamen a los pacientes por el apellido. A veces a mi madre la llaman “Domínguez”, pero un poco a modo de chiste o por pura ternura. Sin embargo, de Aranjuez desconozco el nombre de pila, porque siempre lo llamaban por el apellido, que además estaba escrito con marcador negro y grueso en el respaldo de su silla de ruedas.
   Sus ojos no miraban sin ver como los de algunos otros pacientes. Cuando Aranjuez miraba, daban ganas de saludarlo o contestarle, dijera lo que dijera. Había como algo inocente en su mirada de anciano. Eso que a muchos viejos los lleva a parecerse a los niños que fueron.
   Parecía bastante anclado en el aquí y ahora, pero con el tiempo me dio algunas muestras de que, tal vez, no siempre era así. Como la vez en que, esbozando una sonrisa y sin atisbos de estar haciéndome un chiste, me preguntó:
-         ¿Usted ingresó hoy?
   Ando por los cincuenta: los primeros años de esta década, por lo que me considero aún joven para un geriátrico. Y, supongo, si él hubiera estado realmente en sus cabales, me habría visto joven también, ya que los cincuenta son la vejez de la juventud, pero la juventud de la vejez.
   Así que sólo sonreí y le dije que no, que era una visita, que Perla era mi madre. Igual me sorprendió el verbo que utilizó: “ingresar”. Ese uso lo hacía a mis ojos consciente de su situación. Es decir, se sabía “institucionalizado”, eufemismo con el que se refieren a la situación de los pacientes en un geriátrico. Mi madre es aún incapaz de entender esta noción. Una y otra vez me pregunta: “¿Este lugar es tuyo?”. O: “¿Cuándo nos vamos?”. Con frecuencia piensa que está allí temporalmente porque está mal, y que cuando se recupere, volverá. ¿Adónde? Bueno, eso es algo que la confunde bastante.
   Otra vez, Aranjuez estaba profundamente dormido, sentado en su silla de ruedas. De repente se despertó, sobresaltado: “¡El portafolios! ¡El portafolios!”. Lucía, la encargada, se acercó a él y con ternura trató de volverlo a la realidad: “Fue una pesadilla, Aranjuez. Tranquilo. No pasó nada. Estabas soñando...”. Estaba lívido, desencajado. De a poco, se fue calmando. Pensé que ni en la más plácida vejez se esfuman los temores a los arrebatos de pertenencias en un jubilado porteño.
   Como otros tantos allí adentro (y aquí afuera), tenía sus buenos y sus malos días. Una vez se puso a pedir un teléfono con insistencia. “¡Dejame hablar por teléfono, que están esperando que llame! ¡Es muy importante!”. No se cansaba de repetir una y otra vez que necesitaba urgente hacer una llamada. Imaginé un trabajo estresante en su pasado, en ese afuera hoy lejano, con secuelas que lo perseguían hasta aquí. Tal fue el estado en que se puso, que en un momento dado comenzó a llorar. Lloraba desconsoladamente porque ya las cuidadoras ni le respondían. Sólo lo dejaban gritar sin prestarle ya más atención. Se sentiría humillado, pensé.
   Pero ya toda zozobra terminó para Aranjuez. Ayer estuve y me di cuenta de que mi madre ocupaba su lugar en la mesa. Miré a Marta, una de las cuidadoras, y le pregunté con pocas palabras y sin esperar ninguna suya, sólo quizás un gesto:
-         Y...¿el señor que se sentaba acá?
   Marta movió su cabeza, como indicando “el más allá”, “el otro barrio”, o tal vez más arriba, quizás “el cielo”.
-         Ah... – comprendí.
   Y una vez más me pregunté por qué en este lugar, en que la mayoría desea fervientemente que llegue el fin de todo padecimiento, se sigue escamoteando toda referencia a la muerte.

   Recordé por un momento a Aranjuez, a su hijo de iguales ojeras grises y rostro cansado, que de vez en cuando lo sacaba a pasear, y me alegré de que ya nunca más se despertará sobresaltado buscando un portafolios inexistente. Y que seguramente, esté donde esté, otros estarán preguntándole: “¿Usted ingresó hoy?”

miércoles, 14 de junio de 2017

CONVIVIR CON ESTO


  Asistí a su primera muerte hace cuatro años. ¿Cuándo fue el momento exacto? No, no fue repentino, venía gestándose hacía un par de años, ya. Pero me di cuenta de que no volvería a ser como antes cuando, tras algunos días de no volver a su casa, no recordaba dónde era que estaba viviendo...desde hacía más de cuarenta años. Me preguntaba por el patio, el gallinero, si había cerrado bien la puerta de atrás...en fin. Ese fue el punto de inflexión: ahí decidí que me tenía que convertir en su madre, tomar las riendas del asunto y todas las decisiones de ahí en más.
   Si siempre es una actitud difícil de asumir, lo fue más por el tipo de personalidad de mi madre: siempre autónoma, sólo permitiendo cierta ayuda externa cuando se trataba del manejo de una tecnología que se le hacía imposible, o cuando me visitaba en un país cuyo idioma no entendía. Prácticamente las únicas excepciones. Fuera de esos contados ejemplos, ella era siempre independiente y temeraria, “corajuda”, como hubiera dicho con sus propias palabras cuando tenía un vocabulario más amplio que el actual.
   Esa madre ya murió. Y aún me encuentro haciendo el duelo. La mujer que quedó en su lugar tiene poco que ver con quien era. Me siento a su lado y busco la manera de conectarme con ella. A veces le doy la mano, pero fuera de ese gesto cariñoso, me siento incapaz de demostrarle cariño físicamente. Tal vez un abrazo o una caricia en su cabello de vez en cuando.
   Las conversaciones son otro aspecto que ha muerto en ella. Solíamos hablar de casi todo, largo rato. Teníamos charlas amenas. Nos contábamos cosas. Perdí a esa gran amiga que me escuchaba incondicionalmente. Que me llamaba cada noche para ver qué había de nuevo; para constatar que yo estuviera bien.
   Comienzo a mostrarle fotos, entonces, en mi celular. Pero no ve muy bien. Y, algo nuevo en ella, tampoco está oyendo bien últimamente. Recuerdo cuando nadie podía murmurar nada en su presencia, porque tenía lo que ella llamaba “oído de tísica” (¿??).
   Era tan coqueta...Hoy me duele mostrarle fotos que le saco, porque no se reconoce. Comparar una foto de hoy con cualquiera de aquellas anteriores a su “primera muerte” es muy doloroso. Antes: cabello teñido, maquillada, bien vestida...Hoy: cabello totalmente blanco, corto y fácil de peinar, rostro sin una gota de pintura, ropa de eterno entrecasa, pantuflas incluidas porque se le hinchan los pies y los zapatos le resultan tortuosos.
   Pasa el tiempo y la situación sólo se deteriora más. Es un duelo prolongado e injusto con las dos.
   Trato de hacer lo que debe hacer una hija a esta altura: ocuparse como lo haría una mamá. Por eso es que de vez en cuando me siento en la casi obligación de pasearla. De sacarla de su “prisión domiciliaria”, sintiendo que le hago un bien.
   Tomo la precaución de abrigarla, aún cuando yo saldría en remera. Puede haber una brisa veraniega y ella igual la encontrará gélida. Así que le puse su campera, la cerré completamente y salimos.
-         ¿Adónde vamos? – dice, con las manos apretándose la campera a la altura de la garganta.
-         A la plaza – respondo, pensando que la alegrará la idea de dar una vuelta y ver niños, perros, verde...
-         A la plaza...¡nada menos! – se queja, y una vez más siento que no tomé una buena decisión.
   Empujo la silla de ruedas, acto que tiene como ventaja para mí el no vernos directamente las caras cuando hablamos y siento que debo contestar “siguiéndole la corriente”. Cada subida y bajada de vereda es angustiante. Grita y advierte que vienen autos, que se puede caer, que nos pueden atropellar, que...Al menos no puede decir nada de una tormenta que se avecina: el cielo está espléndido, completamente celeste.
   Entramos a la plaza y el sol de las cuatro de la tarde apenas si se advierte en esta tarde de casi invierno. Sin embargo, allí...allí veo unas líneas de sol, todavía. Hacia allí me dirijo. Con tanta mala suerte, que una pelota le pega en la cabeza, y veo como en cámara lenta que se le caen los lentes al piso, y salta como escupido un cristal del marco que se rompe...Como no la oigo quejarse, me lanzo primero sobre los anteojos: que ya eran viejos, pero la ayudaban a salir del paso. Me vuelvo a mirar a los dos chicos que jugaban a la pelota y que se quedan congelados, mirándome mientras les exijo, mínimo, unas disculpas. Mientras se acercan, atemorizados ante mis gritos, se acerca también un padre que quiere disculparlos y disculparse, e intenta darme su número de teléfono para arreglar cualquier asunto que derive de este golpe. Mi madre está bien, un poco aturdida y con la mejilla colorada del golpe. Mi hija, que nos acompaña, me cuenta: “¡A mí me pasó por acá, raspándome! ¡Casi me pega también!” Le digo a este padre preocupado que ya está, que no se aflija.
 Al ratito pienso que esto está superado y que no tiene sentido cancelar de pronto toda la salida cuando se la ve bastante bien. Seguro que a los dos minutos no recordará más qué pasó. Por eso mismo, a cada rato, reclama sus anteojos. A cada rato hay que contarle lo que sucedió.
   Mi hija se sube a los aparatos para hacer ejercicio. Pero ella también se siente rara.
-         ¿Nos vamos? -, me dice.
   Emprendemos la retirada, pero quiero creer que esta salida puede continuar de otro modo.
-         ¡Vamos, vamos a casa! – pide mi madre.
-         No, vamos a tomar un café -, intento convencer. Pero no me convenzo ni a mí misma.
   De todos modos, me tomo un par de cuadras para decidir. Veremos qué pienso al pasar por la puerta del geriátrico ( “su casa”). Al llegar, es más que evidente para las tres que esta salida se ha frustrado y debemos terminarla allí y en ese momento.
Explicamos como podemos lo sucedido en el geriátrico: que por una vez que la sacamos, la traemos con un pelotazo en la cara. Que quiere volver “a casa”. Que tiene frío. Y que nos vamos.
            - ¡Ay, Perla, dejate de joder! -, dice una de las cuidadores.

   Nos despedimos. Mi madre se siente aliviada de estar de vuelta. Y yo, de que el paseo haya terminado. Por supuesto, en ese instante, pienso en mí. Y siento que soy la peor hija de la Tierra.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

REGRESIONES



Miraba alternativamente a mi madre y a mi hija. Pero mi mirada reposaba por más tiempo en mi madre. Las tres estábamos comiendo un conito de helado, y nunca se me hubiera ocurrido antes que me vería en la situación de tener que darle instrucciones a mi madre (y no a mi hija) sobre cómo comerlo para que no se le caiga. A esta altura de su edad, mi niña, aunque todavía pequeña, tiene clarísima cuál es la mejor manera de comer un helado sin que se caiga. Esto no siempre incluye la precaución de tener en cuenta, además, cómo mancharse cara, manos y ropa lo menos posible, pero hace el intento y ya mis directivas no van en esa dirección. Mientras miraba a mi madre disfrutando locamente del helado, pero a su vez, lidiando con una tarea que parecía complicada, no podía sino quedarme como paralizada, mirándola. Pensaba en las veces que ella me habría indicado cómo hacerlo, hace ya más de cincuenta años. Y en otras en que me había explicado, instruido, ordenado y exigido cómo hacerlo casi todo en la vida. Y ahora estaba frente a mí, sentada en una silla de ruedas, con la mente nublada, y un helado en la mano que la hacía más pequeña que mi hija pequeña.
   Paseamos las tres un rato por una plaza en refacciones, un tanto hostil por esa razón, ya que cada vez ponen más rejas, más canteros, más barreras para que perros y personas no puedan disfrutarla como desearían. Pero hallamos un lugar donde sentarnos a la sombra y disfrutar de una cierta brisa en una tarde muy calurosa.
   No digo nada del cielo impecable, pero dentro de mí me alegro de que estas condiciones harán que no vuelva a decirme que se avecina una tormenta. Sin embargo, encuentra otras amenazas. Mira para arriba, tal vez buscando esa nube negruzca y gorda que parece siempre correr detrás de ella y parársele adelante. Y lo que ve es un cielo totalmente azul, pero a través de árboles muy altos que nos reparan del sol.
-         No quiero ni pensar que ese árbol se vaya a caer. ¡Mirá si se nos cae el árbol encima!
   Me sumerjo en la lectura de un libro. A veces ya no quiero seguir refutando sus incontables miedos desmesurados, irracionales.
-         ¿Dónde está Valeria? ¿Qué ropa tenía puesta?
   Me nombra a mí, pero sé que está pensando en mi hija. No le cambio el nombre, simplemente le contesto:
-         Allá, jugando. Está en los juegos.
-         Pero...¿vos la ves?
   No, no la veo. Sé que Natalia está en los juegos porque, ante la misma pregunta, hace dos minutos me paré para verificar. Cuando repita la pregunta por enésima vez, tendré que incorporarme nuevamente, porque, después de todo, perder de vista a un hijo es la pesadilla de cualquier padre. Cuando aguijoneaba de ese modo estando bien de la cabeza, yo no entendía su crueldad de intentar transmitirme sus mismos miedos y preocupaciones. Y claro, no dejo de preguntarme si ciertas cosas del pasado coincidían con “estar bien de la cabeza”. Pero esta tierra está llena de locos sueltos que atestamos las calles, mientras a dos o tres desafortunados los encerraron bajo cuatro llaves. Ahora le resto importancia a sus comentarios porque sé que ya no hay segundas intenciones.
   Luego me hace comentarios, o preguntas. Tengo que pedirle que me repita, porque entre su voz cada vez más baja, su dentadura movediza y su hilo de pensamientos que no logro seguir, me cuesta distinguir lo que dice. Por momentos me obligo a prestarle atención y contestarle todo. En otros, dejo pasar la pregunta, que al segundo olvida: olvida qué preguntó, y olvida que preguntó...
   Hasta que en un momento, niega con la cabeza. Corre de su boca un ligero hilito de baba.
-         Qué feo estar así. Por qué no se morirá uno. No es que no quiera estar con ustedes, pero...no, no salgo más.
El corazón una vez más se me estruja. No quiere estar más. No sé ya que hacer con su indiferencia por la vida, con su cansancio, con su resistencia a seguir las batallas diarias.
   Al cabo de un rato, la llevamos de vuelta al geriátrico. Seguramente no es el lugar donde quiere estar, pero tampoco quiere estar demasiado tiempo fuera de allí. Es que la tierra ya no es el lugar que desea. Aunque siempre me pregunto: ¿qué es querer morir, si no sabemos de qué se trata? ¿Podemos desear algo de lo que, pese a toda la historia de nuestra humanidad, desconocemos a tal punto?

   Querer morirse: no saber lo que es, y, sin embargo, desearlo con toda el alma.

domingo, 11 de diciembre de 2016

FELIZ CUMPLEAÑOS, MAMI

   

¿Cuánto tiempo más debe sufrir alguien que no tiene una enfermedad terminal pero odia en lo que se ha convertido? ¿Alguien que no sabe qué día es, qué acaba de almorzar, con quién estuvo casada más de 25 años, qué le contaron hace dos minutos, qué le respondieron hace dos segundos a una pregunta que, claro, ya olvidó también?
No está contemplado aún que hacer en estos casos. En países occidentales, la gente vive más años, y tal vez en zonas de mayor desarrollo tengan pensado un contexto más favorable para que los ancianos pasen sus últimos años (que pueden ser, hoy día, 10 o 20). Pero al menos en la Argentina nos encontramos con que los viejos se están haciendo muy viejos con una jubilación y pensión miserables, con gastos extremadamente altos en todo lo que refiere a sus cuidados (en algunos casos amenguados por una ley de discapacidad que cubre ciertos costos), y con familias que no pueden estar pendientes de su bienestar por sus ocupaciones diarias o porque no pueden, ni física ni emocionalmente, hacerse cargo.
   A esta situación que me toca le di todas las vueltas posibles. Intenté que mi madre se quedara con nosotros, pero vivimos un infierno de seis meses en el que ella tampoco era feliz. Era común el llanto inesperado, la agresión, el súbito ataque de locura. No había forma humanamente posible de acompañarla 24 horas y atender todos sus requerimientos físicos y emocionales. Llevarla a una residencia geriátrica fue el menor de dos males. ¿Qué otras opciones hay para esta situación límite? No vi otra, ni veo a mi alrededor que otros encuentren maneras de resolver esto de mejor manera.
   Mañana cumplirá 91 años. Nuevamente, me dirá que “para qué tanto”, “por qué no me muero y ya está”, “hasta cuándo voy a estar yo acá”, “parece que allá no me quieren”...
El año pasado yo había optado por celebrárselo en el geriátrico, pero mañana tengo pensado sacarla a tomar el té con torta a algún lado. Salvo Eva, la adorable alemana, la mayoría de los ancianos de planta baja están demasiado enajenados como para querer celebrar nada. Además, Anabela ayer me comentó: “Con esto de las fiestas, están todos muy revolucionados. Mejor sacala...”
   Francisco, por ejemplo, duerme casi siempre, sentado en una silla de ruedas que a veces arrastra él mismo hasta el baño o su habitación. En ocasiones se despierta sobresaltado, como el día en que gritó: “¡El portafolios! ¡El portafolios!” La encargada se le acercó y con dulzura le dijo: “Tranquilo, Francisco. ¿Qué pasó? ¿Soñabas? No hay ningún portafolios, está todo bien, tuviste una pesadilla...” Francisco, el que me hizo sentir treinta años mayor el día que me preguntó “¿Usted ingresó hoy?”
   La gallega picaresca de cuyo nombre no puedo acordarme es una de las más despiertas y cómicas. Tal vez junto con Eva son las únicas que le agregan algo de espíritu vivaz al piso. Conozco pocos nombres, en realidad, en este “abajo”. Está el señor de la tablet y los audífonos que aprovecha de las ventajas de tener tecnología para evadirse con música, videos y radio. La anciana menudita que intenta corretear desde su silla, dirigiéndose a quienes, como yo, no le prestan ninguna atención porque es imposible seguirle el hilo de sus pensamientos. Hay dos que se enfrascan en la lectura de libros, bienes escasos y poco apreciados por aquí. Y poco más. El anciano sentado más próximo a mi madre, cada pocos minutos, se reacomoda en su silla. Es toda su actividad. Detrás de una paredes que hacen las veces de biombo hay dos ancianas completamente excluidas de todo lo que sucede en la sala principal. Y a quienes llevan a la habitación antes de la hora de almorzar. Quién sabe cuáles serán los detalles de esas vidas tortuosas.

   Intentaré que hable con alguna amiga o pariente, de quien se acuerda algo cuando se pone hablar: ni un minuto antes, ni un minuto después. Con la compañía de mi hija a la salida de la escuela, tomaremos juntas una merienda con torta, como merece todo cumpleaños. Pronto empezará a impacientarse y empujará el regreso. “Vamos, vamos, antes de que...(llueva, oscurezca, se haga más tarde,...)” La acompañaré de vuelta al geriátrico, y me preguntará adónde es que la llevo. Cuando la deje, me rogará que no lo haga, preguntará por qué la dejo ahí, se olvidará de que hace más de dos años es su hogar...Me tildará de mala, llorará unas cuantas lágrimas pidiéndome que vuelva, que me la lleve de ahí, me dirá que si la dejo ahí va a morir, y yo me despediré, con un nudo en el pecho que con el tiempo ya se fue haciendo parte de mi cuerpo, que ya casi, casi, hizo callo.

lunes, 5 de diciembre de 2016

EVA


Eva es de las que desembarcó por estas tierras poco antes de que estallara la segunda guerra mundial. O sus padres fueron muy intuitivos o simplemente tuvieron suerte. Aunque no dice de inmediato nada que haga presuponer (o que llanamente no deje lugar a dudas) que pertenezca a “la cole”, por lo que imagino que no es de aquellos que huyeron de Alemania más urgidos por la persecución racial, como la madre de mi esposo, que escapó de la misma ciudad, Berlín, pero con otra premura. O tal vez sí. Ya me iré enterando a su debido tiempo.
   Tiene cabellos rojizos bien peinados y recientemente teñidos (confiesa un castaño claro como su verdadero color), aunque no aceptará cumplidos porque, según ella, “ya nada le queda bien”. Sin embargo, sus ojos azulverdosos y su sonrisa le dan gran belleza a este rostro nonagenario. Se le ilumina esa cara cuando charla, porque la conversación la revive.
   Mientras miro por enésima vez una foto sobre la que mi madre repite las mismas preguntas desde hace media hora, mantengo con Eva una conversación más convocante en paralelo. Acusa los mismos años que mamá, pero aún ama la charla, que en algún momento pensé que sostendría también a mi madre en su vejez, equivocadamente. ¡Lo que le gustaba charlar! En fin...
   Eva cuenta que su marido tuvo una fábrica de juguetes, y la historia de ese comerciante encarna en sí mismo la de muchos otros en la Argentina. Es el que pasó la época en que se vino abajo la industria nacional por las masivas importaciones orientales; cuando por televisión mostraban cómo ese cambio de enfoque fortalecería la fabricación local porque la competencia mejoraría nuestra calidad. No fue lo que sucedió. Entraron masivamente productos de toda calidad pero a mucho menor precio de China y Taiwán y la fabricación argentina cayó en picada. Luego vinieron las modas que algunos siguieron para mantenerse vivos: que el pool, que el lavadero, que el videoclub...El esposo de Eva puso un videoclub hasta que las nuevas tecnologías lo hicieron obsoleto. “Cuando volví a Alemania”; relata Eva, “allí estaba la carnicería, la panadería, el tendero...los negocios ya eran atendidos por otras personas, pero seguían en pie los mismos locales en el mismo rubro. Aquí, diez, doce años dura como mucho un negocio; después, se funde”. Doce años es más o menos el ciclo de la economía argentina y pienso con dolor que estamos por cumplirlo.
   Tiene hijos que siempre hablaron perfecto alemán, ya que ella, a diferencia más tarde de sus nueras, quiso conservar la cultura de sus raíces. Ellas, en cambio, se negaron a que sus nietos fueran educados del mismo modo, por lo que el alemán nativo murió allí. “Tan bien hablan mis hijos el alemán, que cuando estaban en Alemania la gente pensaba que habían nacido allá...hasta que estacionaban el auto o mostraban en alguna actitud que su “alemanidad” era sólo una cáscara”. El contenido era bien argento.
   Pero en ocasiones, Eva también se deprime. Se acerca al comedor como puede, en andador o silla de ruedas que ella misma maneja (rara vez acepta ayuda), y hoy me dice: “En estos días no me he sentido muy bien. Siento que está llegando el fin. Y bueno, algún día tenía que suceder, ¿no?”
   Es lo que esperan todos. Lo que nunca se nombra con su verdadero y terminante nombre. Se lo disfraza, se lo gesticula, se lo escamotea. Pero es la presencia que invade todo el lugar. Algunos, desean que llegue ya. Otros, creen que por no nombrarla se mantendrá alejada. Y hasta otros, de tan alejados que se encuentran de la realidad, tal vez no sientan para nada su acercamiento inevitable.
   Es la hora de comer. Eva se saca la dentadura postiza. “¡Pero cómo, Eva!”, le digo, “¿viene la comida y usted se saca los dientes?” Se ríe, pícara: “Mis hijos me matan si me ven haciendo esto, pero los dientes se me mueven y con ellos puestos no puedo comer...”
   Mi madre a veces se saca los dientes y los pone bajo la almohada, o debajo del colchón, como los tesoros más preciados. Eso significa que a veces por días no los encuentran. Buscan en todos los lugares lógicos, cuando todo en este sitio manda al cuerno a la lógica misma. Y con suerte aparecen, ilesos, y mi madre llora de alegría.
Los anteojos suelen correr igual suerte.
   Hasta una vez volví al hospital a reclamar por una dentadura postiza que había desaparecido durante una internación. ¿Quién podía llevársela? ¿A quién podrían beneficiar esos dientes ajenos? Imaginé que alguien los cayó y rompió, y buscando en pertenencias de mi madre hallé otra dentadura que sirve para ir tirando. Que no sea exactamente la misma no impide que se lo coma todo, sin que ello se vea reflejado en absoluto en sus huesos apenas rellenos de carne.
   Cuando llega el almuerzo, espío un poco de qué se trata esta vez la comida, y decido partir. Otro día más que he cumplido con la visita. Y en el día de hoy fue Eva quien me ayudó a llevarla mejor. Me despido de mi madre, que con su habitual confusión preguntará cuándo vuelvo “a buscarla”. Le mentiré una vez más, sin remordimientos, que “más tarde”, porque sé que “más tarde” ya lo habrá olvidado todo de nuevo.