Canoso total pero
con todo su cabello. Rostro ligeramente cadavérico, con los ojos un poco
hundidos, rodeados de ojeras grises. Una cabeza un tanto grande para el tamaño
de su cuerpo. En silla de ruedas, que manejaba solo, arrastrando levemente los
pies. Así, más o menos, era Aranjuez.
No es muy común que llamen a los pacientes
por el apellido. A veces a mi madre la llaman “Domínguez”, pero un poco a modo
de chiste o por pura ternura. Sin embargo, de Aranjuez desconozco el nombre de
pila, porque siempre lo llamaban por el apellido, que además estaba escrito con
marcador negro y grueso en el respaldo de su silla de ruedas.
Sus ojos no miraban sin ver como los de
algunos otros pacientes. Cuando Aranjuez miraba, daban ganas de saludarlo o
contestarle, dijera lo que dijera. Había como algo inocente en su mirada de
anciano. Eso que a muchos viejos los lleva a parecerse a los niños que fueron.
Parecía bastante anclado en el aquí y ahora,
pero con el tiempo me dio algunas muestras de que, tal vez, no siempre era así.
Como la vez en que, esbozando una sonrisa y sin atisbos de estar haciéndome un
chiste, me preguntó:
-
¿Usted
ingresó hoy?
Ando por los cincuenta: los primeros años de
esta década, por lo que me considero aún joven para un geriátrico. Y, supongo,
si él hubiera estado realmente en sus cabales, me habría visto joven también,
ya que los cincuenta son la vejez de la juventud, pero la juventud de la vejez.
Así que sólo sonreí y le dije que no, que
era una visita, que Perla era mi madre. Igual me sorprendió el verbo que
utilizó: “ingresar”. Ese uso lo hacía a mis ojos consciente de su situación. Es
decir, se sabía “institucionalizado”, eufemismo con el que se refieren a la
situación de los pacientes en un geriátrico. Mi madre es aún incapaz de
entender esta noción. Una y otra vez me pregunta: “¿Este lugar es tuyo?”. O:
“¿Cuándo nos vamos?”. Con frecuencia piensa que está allí temporalmente porque
está mal, y que cuando se recupere, volverá. ¿Adónde? Bueno, eso es algo que la
confunde bastante.
Otra vez, Aranjuez estaba profundamente
dormido, sentado en su silla de ruedas. De repente se despertó, sobresaltado:
“¡El portafolios! ¡El portafolios!”. Lucía, la encargada, se acercó a él y con
ternura trató de volverlo a la realidad: “Fue una pesadilla, Aranjuez.
Tranquilo. No pasó nada. Estabas soñando...”. Estaba lívido, desencajado. De a
poco, se fue calmando. Pensé que ni en la más plácida vejez se esfuman los
temores a los arrebatos de pertenencias en un jubilado porteño.
Como otros tantos allí adentro (y aquí
afuera), tenía sus buenos y sus malos días. Una vez se puso a pedir un teléfono
con insistencia. “¡Dejame hablar por teléfono, que están esperando que llame!
¡Es muy importante!”. No se cansaba de repetir una y otra vez que necesitaba
urgente hacer una llamada. Imaginé un trabajo estresante en su pasado, en ese
afuera hoy lejano, con secuelas que lo perseguían hasta aquí. Tal fue el estado
en que se puso, que en un momento dado comenzó a llorar. Lloraba
desconsoladamente porque ya las cuidadoras ni le respondían. Sólo lo dejaban
gritar sin prestarle ya más atención. Se sentiría humillado, pensé.
Pero ya toda zozobra terminó para Aranjuez.
Ayer estuve y me di cuenta de que mi madre ocupaba su lugar en la mesa. Miré a
Marta, una de las cuidadoras, y le pregunté con pocas palabras y sin esperar
ninguna suya, sólo quizás un gesto:
-
Y...¿el
señor que se sentaba acá?
Marta movió su cabeza, como indicando “el
más allá”, “el otro barrio”, o tal vez más arriba, quizás “el cielo”.
-
Ah... –
comprendí.
Y una vez más me pregunté por qué en este
lugar, en que la mayoría desea fervientemente que llegue el fin de todo
padecimiento, se sigue escamoteando toda referencia a la muerte.
Recordé por un momento a Aranjuez, a su hijo
de iguales ojeras grises y rostro cansado, que de vez en cuando lo sacaba a
pasear, y me alegré de que ya nunca más se despertará sobresaltado buscando un
portafolios inexistente. Y que seguramente, esté donde esté, otros estarán
preguntándole: “¿Usted ingresó hoy?”
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