sábado, 3 de febrero de 2018

CUÁNTO TIEMPO MÁS LLEVARÁ



-         ¿Cuánto hace que está la abu en el geriátrico?
-         Cuatro años -, respondí, pensando al mismo tiempo que otras personas que conozco me dijeron que sus padres o abuelos habían durado un promedio de dos años tras la internación. Como mucho.
-         ¿Ella ahí sufre?
-         Sí, Nati...Ella no quiere estar más, ni ahí ni en ningún lado.
-         Vos también sufrís. Dejá de sufrir -, me pidió, casi emulando a un evangelista brasileño.

También me preguntó por qué no estaba acá, en casa con nosotros, olvidando tal vez que durante los seis meses que vivimos con ella nadie tuvo paz ni vida, además de que no podíamos brindarle los cuidados que ella necesita las 24 horas. Se olvidó, obviamente, de todos los “¡Odio a la abuela!” que le tuve que escuchar en esos meses.
Quién sabe lo que pueda durar esta situación. Cada vez que se enferma, empiezan las corridas, y luego de tanto arrebato, parece resurgir fortalecida. Ella misma pide dejar este mundo, pero nadie la oye desde arriba. Cuando me entero de otro longevo más que cumplió 100, o hasta incluso 105 (en su geriátrico hay una señora que acaba de cumplir los 104, “los vascos somos muy fuertes”, justifica), pienso qué pasaría con nuestras vidas si ella llegara a esa edad. ¿Qué se lo impide? No fumaba, no bebía, comía sano, fue bastante activa la mayor parte de su vida...
Y ahora, un nuevo diagnóstico que sería mortal para cualquier otro mortal, valga la redundancia. Pero que seguramente a ella no le hará mella, valga la rima.
El diagnóstico fue totalmente fortuito. Si no se hubiera notado a tiempo, tal vez el problema se hubiera agravado rápidamente y a estas horas estaría hablando de mi fallecida madre. Pero no: “Es importante agarrar esto a tiempo”, enunció el médico. “Si no, se puede extender a otras partes del cuerpo”. Está en el juramento hipocrático el salvar vidas.
Con mi madre vengo aprendiendo cantidad de terminología médica. La última: erisipela. Tuve que guglearla porque no me bastó la explicación de Lucía, la encargada, que es enfermera. Luego, esa erisipela viró en celulitis, que yo hubiera jurado era un problema endémico de mujeres caderonas y piernudas (como yo). Pero no. La celulitis infecciosa es harina de otro costal y no tiene nada que ver con pesadillas estéticas.
Ahora, sin embargo, era la pierna derecha (no la izquierda, que ya había empezado a ser tratada por su erisipela-celulitis-como-se-llame) la que estaba hinchada y dolorida. Y vengo a enterarme por la inquietud de la kinesióloga, la licenciada Guarnieri, con quien tengo asiduo contacto guasapero. Me cuenta de las reservas y hasta negativas de mi madre a la hora de hacer los ejercicios, y yo tengo para mí que mi madre está poniendo excusas para zafar del tratamiento kinesiológico. Porque, me cuenta Lucía, con el kinesiólogo del geriátrico también tiene esas agachadas.
Sin embargo, la inquietud pasa a ser franca preocupación y cuando el médico del geriátrico la ve, le indica un doppler, que luego reafirma y envía a hacer el médico domiciliario de mi madre. Al hacerle el estudio, notan preocupados que ambas piernas están con problemas, pero la derecha, indudablemente, es la más preocupante. Resultado: trombosis. Prescripción médica: anticoagulantes. Consejo: piernas en alto. Para que no empeore. Para que la trombosis no se le vaya al cerebro y le cause un derrame. Para que pueda seguir viviendo. Así, como está, odiando la vida. Pero para que no muera.
No puedo ni quiero negarme a los medicamentos, aunque ya puse mis límites con respecto a las internaciones. Cada semana van a ir a testearle el nivel de coagulación, y si la cosa empeora, hay una intervención quirúrgica que puede hacerse. Ahí también voy a poner límites. Por favor, dejen que la naturaleza siga su curso, y que a los viejos enfermos que desean morir les sea permitido morir.
La última vez que la visité, me lanzó esa mirada que temo que suceda algún día: la del no reconocimiento. Pero, aunque inicialmente me miró como sin conocerme, pronto se sonrió y me dijo: “¡Aaahh!” Mi corazón dio un vuelco. Porque tal vez, algún día no muy lejano, no exista ese “¡aaahh!”. No quiero ahondar, sin embargo, en a quién reconoce en mí. Porque me pregunta por “la nena”, que a veces, para ella, soy yo, Valeria, y no mi hija, Natalia. Porque me pregunta por “papá”, y ese “papá” es mi esposo. Pregunta si no vendrá a almorzar hoy, si está trabajando, si... Supongo que si me diera por indagar un poco, me saldría con que soy su madre. Hay veces en que se cree una niña, huérfana, que por eso debe vivir donde está, porque está solita y no puede vivir solita una niña pequeña como es. En otra visita, cuando alguien preguntó su edad, dijo 40. Se mira en el espejo, en una cámara o una foto, y si estamos las dos en la imagen, piensa que ella soy yo. Cuando le digo que no, que ella es esa mujer añosa de cabello totalmente blanco, se asusta de su propia vejez; se desconoce totalmente. Ya somos dos: aunque yo la desconozco en su personalidad, no en su imagen física, porque para mí, este envoltorio que arrastra por la vida (o como se llame esto) es aún mi madre. Pero la persona que habla desde dentro de él es muy distinta.

A veces me pregunto, entonces, cómo iré a sentirme el día de su muerte. Porque lo de adentro hace rato falleció. Ahí soy yo la que no la reconozco. Fue muriendo de a poco, la mujer que era. Fue virando en esta anciana que tengo delante de mí, que borró de su memoria casi todo lo que vivimos juntas y sólo sabe que estoy frente a ella. Cuando estoy frente a ella. Porque al irme, dejé de existir en su cabeza, y sólo me materializaré cuando le diga “Hola” en mi próxima visita.

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