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¿Cuánto
hace que está la abu en el geriátrico?
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Cuatro
años -, respondí, pensando al mismo tiempo que otras personas que conozco me
dijeron que sus padres o abuelos habían durado un promedio de dos años tras la
internación. Como mucho.
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¿Ella
ahí sufre?
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Sí,
Nati...Ella no quiere estar más, ni ahí ni en ningún lado.
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Vos
también sufrís. Dejá de sufrir -, me pidió, casi emulando a un evangelista
brasileño.
También me preguntó por qué no estaba acá, en casa con nosotros,
olvidando tal vez que durante los seis meses que vivimos con ella nadie tuvo
paz ni vida, además de que no podíamos brindarle los cuidados que ella necesita
las 24 horas. Se olvidó, obviamente, de todos los “¡Odio a la abuela!” que le
tuve que escuchar en esos meses.
Quién sabe lo que pueda durar esta situación. Cada vez que se enferma,
empiezan las corridas, y luego de tanto arrebato, parece resurgir fortalecida.
Ella misma pide dejar este mundo, pero nadie la oye desde arriba. Cuando me
entero de otro longevo más que cumplió 100, o hasta incluso 105 (en su
geriátrico hay una señora que acaba de cumplir los 104, “los vascos somos muy
fuertes”, justifica), pienso qué pasaría con nuestras vidas si ella llegara a
esa edad. ¿Qué se lo impide? No fumaba, no bebía, comía sano, fue bastante
activa la mayor parte de su vida...
Y ahora, un nuevo diagnóstico que sería mortal para cualquier otro
mortal, valga la redundancia. Pero que seguramente a ella no le hará mella,
valga la rima.
El diagnóstico fue totalmente fortuito. Si no se hubiera notado a
tiempo, tal vez el problema se hubiera agravado rápidamente y a estas horas
estaría hablando de mi fallecida madre. Pero no: “Es importante agarrar esto a
tiempo”, enunció el médico. “Si no, se puede extender a otras partes del
cuerpo”. Está en el juramento hipocrático el salvar vidas.
Con mi madre vengo aprendiendo cantidad de terminología médica. La
última: erisipela. Tuve que guglearla porque no me bastó la explicación de
Lucía, la encargada, que es enfermera. Luego, esa erisipela viró en celulitis,
que yo hubiera jurado era un problema endémico de mujeres caderonas y piernudas
(como yo). Pero no. La celulitis infecciosa es harina de otro costal y no tiene
nada que ver con pesadillas estéticas.
Ahora, sin embargo, era la pierna derecha (no la izquierda, que ya
había empezado a ser tratada por su erisipela-celulitis-como-se-llame) la que
estaba hinchada y dolorida. Y vengo a enterarme por la inquietud de la
kinesióloga, la licenciada Guarnieri, con quien tengo asiduo contacto
guasapero. Me cuenta de las reservas y hasta negativas de mi madre a la hora de
hacer los ejercicios, y yo tengo para mí que mi madre está poniendo excusas
para zafar del tratamiento kinesiológico. Porque, me cuenta Lucía, con el
kinesiólogo del geriátrico también tiene esas agachadas.
Sin embargo, la inquietud pasa a ser franca preocupación y cuando el
médico del geriátrico la ve, le indica un doppler, que luego reafirma y envía a
hacer el médico domiciliario de mi madre. Al hacerle el estudio, notan
preocupados que ambas piernas están con problemas, pero la derecha,
indudablemente, es la más preocupante. Resultado: trombosis. Prescripción
médica: anticoagulantes. Consejo: piernas en alto. Para que no empeore. Para
que la trombosis no se le vaya al cerebro y le cause un derrame. Para que pueda
seguir viviendo. Así, como está, odiando la vida. Pero para que no muera.
No puedo ni quiero negarme a los medicamentos, aunque ya puse mis
límites con respecto a las internaciones. Cada semana van a ir a testearle el
nivel de coagulación, y si la cosa empeora, hay una intervención quirúrgica que
puede hacerse. Ahí también voy a poner límites. Por favor, dejen que la
naturaleza siga su curso, y que a los viejos enfermos que desean morir les sea
permitido morir.
La última vez que la visité, me lanzó esa mirada que temo que suceda
algún día: la del no reconocimiento. Pero, aunque inicialmente me miró como sin
conocerme, pronto se sonrió y me dijo: “¡Aaahh!” Mi corazón dio un vuelco.
Porque tal vez, algún día no muy lejano, no exista ese “¡aaahh!”. No quiero
ahondar, sin embargo, en a quién reconoce en mí. Porque me pregunta por “la
nena”, que a veces, para ella, soy yo, Valeria, y no mi hija, Natalia. Porque
me pregunta por “papá”, y ese “papá” es mi esposo. Pregunta si no vendrá a almorzar
hoy, si está trabajando, si... Supongo que si me diera por indagar un poco, me
saldría con que soy su madre. Hay veces en que se cree una niña, huérfana, que
por eso debe vivir donde está, porque está solita y no puede vivir solita una
niña pequeña como es. En otra visita, cuando alguien preguntó su edad, dijo 40.
Se mira en el espejo, en una cámara o una foto, y si estamos las dos en la
imagen, piensa que ella soy yo. Cuando le digo que no, que ella es esa mujer
añosa de cabello totalmente blanco, se asusta de su propia vejez; se desconoce
totalmente. Ya somos dos: aunque yo la desconozco en su personalidad, no en su
imagen física, porque para mí, este envoltorio que arrastra por la vida (o como
se llame esto) es aún mi madre. Pero la persona que habla desde dentro de él es
muy distinta.
A veces me pregunto, entonces, cómo iré a sentirme el día de su
muerte. Porque lo de adentro hace rato falleció. Ahí soy yo la que no la
reconozco. Fue muriendo de a poco, la mujer que era. Fue virando en esta
anciana que tengo delante de mí, que borró de su memoria casi todo lo que
vivimos juntas y sólo sabe que estoy frente a ella. Cuando estoy frente a ella.
Porque al irme, dejé de existir en su cabeza, y sólo me materializaré cuando le
diga “Hola” en mi próxima visita.
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