domingo, 11 de diciembre de 2016

FELIZ CUMPLEAÑOS, MAMI

   

¿Cuánto tiempo más debe sufrir alguien que no tiene una enfermedad terminal pero odia en lo que se ha convertido? ¿Alguien que no sabe qué día es, qué acaba de almorzar, con quién estuvo casada más de 25 años, qué le contaron hace dos minutos, qué le respondieron hace dos segundos a una pregunta que, claro, ya olvidó también?
No está contemplado aún que hacer en estos casos. En países occidentales, la gente vive más años, y tal vez en zonas de mayor desarrollo tengan pensado un contexto más favorable para que los ancianos pasen sus últimos años (que pueden ser, hoy día, 10 o 20). Pero al menos en la Argentina nos encontramos con que los viejos se están haciendo muy viejos con una jubilación y pensión miserables, con gastos extremadamente altos en todo lo que refiere a sus cuidados (en algunos casos amenguados por una ley de discapacidad que cubre ciertos costos), y con familias que no pueden estar pendientes de su bienestar por sus ocupaciones diarias o porque no pueden, ni física ni emocionalmente, hacerse cargo.
   A esta situación que me toca le di todas las vueltas posibles. Intenté que mi madre se quedara con nosotros, pero vivimos un infierno de seis meses en el que ella tampoco era feliz. Era común el llanto inesperado, la agresión, el súbito ataque de locura. No había forma humanamente posible de acompañarla 24 horas y atender todos sus requerimientos físicos y emocionales. Llevarla a una residencia geriátrica fue el menor de dos males. ¿Qué otras opciones hay para esta situación límite? No vi otra, ni veo a mi alrededor que otros encuentren maneras de resolver esto de mejor manera.
   Mañana cumplirá 91 años. Nuevamente, me dirá que “para qué tanto”, “por qué no me muero y ya está”, “hasta cuándo voy a estar yo acá”, “parece que allá no me quieren”...
El año pasado yo había optado por celebrárselo en el geriátrico, pero mañana tengo pensado sacarla a tomar el té con torta a algún lado. Salvo Eva, la adorable alemana, la mayoría de los ancianos de planta baja están demasiado enajenados como para querer celebrar nada. Además, Anabela ayer me comentó: “Con esto de las fiestas, están todos muy revolucionados. Mejor sacala...”
   Francisco, por ejemplo, duerme casi siempre, sentado en una silla de ruedas que a veces arrastra él mismo hasta el baño o su habitación. En ocasiones se despierta sobresaltado, como el día en que gritó: “¡El portafolios! ¡El portafolios!” La encargada se le acercó y con dulzura le dijo: “Tranquilo, Francisco. ¿Qué pasó? ¿Soñabas? No hay ningún portafolios, está todo bien, tuviste una pesadilla...” Francisco, el que me hizo sentir treinta años mayor el día que me preguntó “¿Usted ingresó hoy?”
   La gallega picaresca de cuyo nombre no puedo acordarme es una de las más despiertas y cómicas. Tal vez junto con Eva son las únicas que le agregan algo de espíritu vivaz al piso. Conozco pocos nombres, en realidad, en este “abajo”. Está el señor de la tablet y los audífonos que aprovecha de las ventajas de tener tecnología para evadirse con música, videos y radio. La anciana menudita que intenta corretear desde su silla, dirigiéndose a quienes, como yo, no le prestan ninguna atención porque es imposible seguirle el hilo de sus pensamientos. Hay dos que se enfrascan en la lectura de libros, bienes escasos y poco apreciados por aquí. Y poco más. El anciano sentado más próximo a mi madre, cada pocos minutos, se reacomoda en su silla. Es toda su actividad. Detrás de una paredes que hacen las veces de biombo hay dos ancianas completamente excluidas de todo lo que sucede en la sala principal. Y a quienes llevan a la habitación antes de la hora de almorzar. Quién sabe cuáles serán los detalles de esas vidas tortuosas.

   Intentaré que hable con alguna amiga o pariente, de quien se acuerda algo cuando se pone hablar: ni un minuto antes, ni un minuto después. Con la compañía de mi hija a la salida de la escuela, tomaremos juntas una merienda con torta, como merece todo cumpleaños. Pronto empezará a impacientarse y empujará el regreso. “Vamos, vamos, antes de que...(llueva, oscurezca, se haga más tarde,...)” La acompañaré de vuelta al geriátrico, y me preguntará adónde es que la llevo. Cuando la deje, me rogará que no lo haga, preguntará por qué la dejo ahí, se olvidará de que hace más de dos años es su hogar...Me tildará de mala, llorará unas cuantas lágrimas pidiéndome que vuelva, que me la lleve de ahí, me dirá que si la dejo ahí va a morir, y yo me despediré, con un nudo en el pecho que con el tiempo ya se fue haciendo parte de mi cuerpo, que ya casi, casi, hizo callo.

lunes, 5 de diciembre de 2016

EVA


Eva es de las que desembarcó por estas tierras poco antes de que estallara la segunda guerra mundial. O sus padres fueron muy intuitivos o simplemente tuvieron suerte. Aunque no dice de inmediato nada que haga presuponer (o que llanamente no deje lugar a dudas) que pertenezca a “la cole”, por lo que imagino que no es de aquellos que huyeron de Alemania más urgidos por la persecución racial, como la madre de mi esposo, que escapó de la misma ciudad, Berlín, pero con otra premura. O tal vez sí. Ya me iré enterando a su debido tiempo.
   Tiene cabellos rojizos bien peinados y recientemente teñidos (confiesa un castaño claro como su verdadero color), aunque no aceptará cumplidos porque, según ella, “ya nada le queda bien”. Sin embargo, sus ojos azulverdosos y su sonrisa le dan gran belleza a este rostro nonagenario. Se le ilumina esa cara cuando charla, porque la conversación la revive.
   Mientras miro por enésima vez una foto sobre la que mi madre repite las mismas preguntas desde hace media hora, mantengo con Eva una conversación más convocante en paralelo. Acusa los mismos años que mamá, pero aún ama la charla, que en algún momento pensé que sostendría también a mi madre en su vejez, equivocadamente. ¡Lo que le gustaba charlar! En fin...
   Eva cuenta que su marido tuvo una fábrica de juguetes, y la historia de ese comerciante encarna en sí mismo la de muchos otros en la Argentina. Es el que pasó la época en que se vino abajo la industria nacional por las masivas importaciones orientales; cuando por televisión mostraban cómo ese cambio de enfoque fortalecería la fabricación local porque la competencia mejoraría nuestra calidad. No fue lo que sucedió. Entraron masivamente productos de toda calidad pero a mucho menor precio de China y Taiwán y la fabricación argentina cayó en picada. Luego vinieron las modas que algunos siguieron para mantenerse vivos: que el pool, que el lavadero, que el videoclub...El esposo de Eva puso un videoclub hasta que las nuevas tecnologías lo hicieron obsoleto. “Cuando volví a Alemania”; relata Eva, “allí estaba la carnicería, la panadería, el tendero...los negocios ya eran atendidos por otras personas, pero seguían en pie los mismos locales en el mismo rubro. Aquí, diez, doce años dura como mucho un negocio; después, se funde”. Doce años es más o menos el ciclo de la economía argentina y pienso con dolor que estamos por cumplirlo.
   Tiene hijos que siempre hablaron perfecto alemán, ya que ella, a diferencia más tarde de sus nueras, quiso conservar la cultura de sus raíces. Ellas, en cambio, se negaron a que sus nietos fueran educados del mismo modo, por lo que el alemán nativo murió allí. “Tan bien hablan mis hijos el alemán, que cuando estaban en Alemania la gente pensaba que habían nacido allá...hasta que estacionaban el auto o mostraban en alguna actitud que su “alemanidad” era sólo una cáscara”. El contenido era bien argento.
   Pero en ocasiones, Eva también se deprime. Se acerca al comedor como puede, en andador o silla de ruedas que ella misma maneja (rara vez acepta ayuda), y hoy me dice: “En estos días no me he sentido muy bien. Siento que está llegando el fin. Y bueno, algún día tenía que suceder, ¿no?”
   Es lo que esperan todos. Lo que nunca se nombra con su verdadero y terminante nombre. Se lo disfraza, se lo gesticula, se lo escamotea. Pero es la presencia que invade todo el lugar. Algunos, desean que llegue ya. Otros, creen que por no nombrarla se mantendrá alejada. Y hasta otros, de tan alejados que se encuentran de la realidad, tal vez no sientan para nada su acercamiento inevitable.
   Es la hora de comer. Eva se saca la dentadura postiza. “¡Pero cómo, Eva!”, le digo, “¿viene la comida y usted se saca los dientes?” Se ríe, pícara: “Mis hijos me matan si me ven haciendo esto, pero los dientes se me mueven y con ellos puestos no puedo comer...”
   Mi madre a veces se saca los dientes y los pone bajo la almohada, o debajo del colchón, como los tesoros más preciados. Eso significa que a veces por días no los encuentran. Buscan en todos los lugares lógicos, cuando todo en este sitio manda al cuerno a la lógica misma. Y con suerte aparecen, ilesos, y mi madre llora de alegría.
Los anteojos suelen correr igual suerte.
   Hasta una vez volví al hospital a reclamar por una dentadura postiza que había desaparecido durante una internación. ¿Quién podía llevársela? ¿A quién podrían beneficiar esos dientes ajenos? Imaginé que alguien los cayó y rompió, y buscando en pertenencias de mi madre hallé otra dentadura que sirve para ir tirando. Que no sea exactamente la misma no impide que se lo coma todo, sin que ello se vea reflejado en absoluto en sus huesos apenas rellenos de carne.
   Cuando llega el almuerzo, espío un poco de qué se trata esta vez la comida, y decido partir. Otro día más que he cumplido con la visita. Y en el día de hoy fue Eva quien me ayudó a llevarla mejor. Me despido de mi madre, que con su habitual confusión preguntará cuándo vuelvo “a buscarla”. Le mentiré una vez más, sin remordimientos, que “más tarde”, porque sé que “más tarde” ya lo habrá olvidado todo de nuevo.

viernes, 11 de noviembre de 2016

CON LOS PIES EN LA TIERRA



Cuando yo era pequeña e indefensa, las luchas por mi subsistencia eran tarea de mis padres. Ahora, yo debo comportarme como si fuera la madre de mi mamá y librar todas sus batallas. La última: lograr que la pasaran de un primer piso sin accesibilidad a la ansiada planta baja.
   La ingresé a este geriátrico huyendo de otro. A su vez, a ese otro la había llevado con la prisa que me generó convivir con ella, mi esposo, mi hija y mi perro en dos ambientes. Así y todo, estuve dos semanas visitando a razón de tres o cuatro geriátricos por día antes de decidirme...y me equivoqué. Me había cautivado el jardín al que daba el comedor y el balcón a la calle de la habitación que había elegido para ella. Esos asuntos mundanos ya no le interesaban a mi madre de todos modos, y cuando junté varias razones para cambiarla, lo hice. Lo que más pesó: sólo después de 15 días de malestares estomacales, llamaron a emergencias. Cuando hablé con la médica que la acompañó en la ambulancia, me reveló que tenía un estado de deshidratación debido a su prolongada diarrea, estado que no habían sabido registrar debidamente. No existía un libro donde constara exactamente qué le había estado pasando. Además, su impresión del edificio fue mala y en eso sentí que tal vez yo había cometido descuidos. Lo más inquietante, sin embargo, fue cuando me contó un diálogo que tuvo con la encargada:
- ¿Este no es el geriátrico donde, hace un par de años, el dueño sacó corriendo a unos inspectores a los tiros?
- Sí – admitió la encargada -. Es que a los inspectores habría que correrlos a tiros a todos...
   “Googleando”, obtuve los pormenores. Y hace unos días leí en las noticias que ese delincuente fue condenado a ocho años de prisión por tentativa de homicidio.
   Así y todo, cuando volvió mi madre de su breve internación, me dije que les daría una oportunidad más, al menos hasta que se cumpliera el segundo mes. Pero cuando tuve un malentendido con la encargada sobre la medicación, dije basta. No podían ser tan irresponsables de no estar seguros si le seguían dando o no una medicación que los médicos habían suspendido tras la internación.
   Unos días después de cambiar a mi madre, llegaron algunos ancianos más, “repatriados” del mismo lugar. Y a los pocos meses, lo vi cerrado; luego, ocupado por familias sin casa. Ahora no sé qué será de ese edificio...
   En el nuevo lugar me parecieron más responsables y humanos. Por eso no le di demasiada importancia al hecho de ubicarla en un primer piso cuyas escaleras, ya al ingresar, mi madre subía con mucha dificultad. Me imaginé que en algún momento podría fácilmente mudarla abajo. Cuando la situación empeoró porque sus piernas parecían no querer sostenerla más, Patricia, la encargada, me tranquilizó diciéndome que mamá podía ser bajada sentada en una silla. Por supuesto que al poco tiempo esta modalidad resultó casi impracticable. Quise sacarla a pasear por segunda vez en una semana, pero mi iniciativa fue desalentada de plano. “No”, me lanzó cortante Patricia. “¿Cómo que no la puedo sacar?”, pregunté azorada. “No”, repitió, para después agregar: “Tengo a las cuidadoras con problemas de espalda. Yo tampoco puedo. No”. Quedé helada. “Pero...” me animé a inquirir, “¿y los demás?” “No-sa-len”, fue su única, cortante respuesta. Apa.
   Muchas veces, yéndola a ver, sentí que estaba visitando a una interna en un penal. La mayoría de los que están en el primer piso no pueden bajar por sus propios medios: saben que están presos hasta el día final en que la muerte los libere.
   Por eso ahora, que logré que la bajaran, como corresponde, me siento aliviada. Gané una batalla que libré por ella. Pero el camino fue arduo. Al principio le comenté a Patricia que pensáramos en bajarla en cuanto hubiera una habitación libre, algo que tristemente y por ley de vida en un geriátrico no es una opción tan descabellada. Pasado el tiempo, me pareció que mi madre se había habituado con comodidad a sus compañeras, y no hablé más del tema. También, algunas cuidadoras me recomendaban no bajarla: “Abajo están todos locos. Acá es más tranquilo. ¿O por qué te pensás que nosotras trabajamos acá arriba?” Como aditamento, mi madre no parecía disfrutar mucho de las salidas. Se la pasaba preguntando cuándo volvíamos, pedía regresar, se ponía llorosa...Pasó mucho tiempo hasta que la combinación de medicamentos fue la adecuada para tratarla.
   Pero las crecientes dificultades al trasladar a mi madre, sumadas al hecho de que al salir ya no tiene idea dónde estuvo viviendo, me hicieron pensar que sería mejor considerar nuevamente mudarla a planta baja.
   Patricia estuvo con licencia por enfermedad durante largos meses en que pensé que el caos reinante sin ella era tal que yo debería volver a considerar un cambio de residencia. Finalmente las cosas se fueron acomodando sin Patricia y dejé de pensar en cambiarla por esta causa. Pero no podía olvidarme de lo que seguía sintiendo acerca del modo de vida de mi madre: tenía que poder sacarla con mayor asiduidad. Ahora que su estado psiquiátrico estaba más estable, quería volver a disfrutar de paseos con ella y que tuviera más oportunidades de verme a mí y a su nieta.
   Entonces, retomé el tema de bajarla, ahora con los dueños. La respuesta, una y otra vez, era negativa. Comencé a sospechar que había algo más en “el abajo”: ¿cobrarían más? ¿tendrían privilegios que yo desconocía?
   Hasta que finalmente descubrí lo que había sospechado: que aun cuando se hacía algún lugar, no me lo darían...por no sé qué motivos. Aproveché la vuelta de Patricia y la presencia del matrimonio de dueños en su oficina para retomar el tema. Sólo que a esta altura yo ya estaba muy furiosa y me sentía vilmente engañada.
-         Ahora que están todos...quisiera hablar de un tema que ya le adelanté a Patricia los otros días...
   Sí. A su vuelta de la licencia le hice saber que yo ya estaba enterada de que, aun habiendo lugar, a mi madre le seguían negando la posibilidad de bajar. Sin embargó, Patricia se mostraba insistente:
-         Es que NO HAY lugar...
-         Sí hay. Sé que entró gente hace poco, y entró abajo.
-         ¿Quién?
   Me pidió dar nombres, y los di.
-         Ah, sí...Bueno, hablalo con los dueños.
   Sí, cuando los enganche, pensé, porque no tienen horario fijo, como buen dueño que se precie de serlo. Igual, Patricia seguía con su teoría de que mi madre se sentía cómoda arriba, y que para ella estar abajo era “estar en otro geriátrico”. Las veces que yo la sacaba, al devolverla, en ocasiones demoraban un poco en subirla y debía merendar o cenar con “los de abajo”. Y se sentía muy fuera de lugar, según Patricia.
   Mi madre ya se siente fuera de lugar en este mundo. No sabe bien dónde está, ni cuándo, ni por qué. Vive un puro presente. Hay que recordarle constantemente dónde estamos, qué estamos haciendo, por qué. Y a los dos minutos, de nuevo todo.
   El tema parecía incomodar demasiado a los dueños, y yo seguía sin entender. Continué pidiendo explicaciones. Hasta que el dueño, que había mantenido toda su conversación conmigo sin mirarme a los ojos, sin desviar la mirada de su computadora y papeles llenos de números, me lanzó, con un inentendible resentimiento: “¡Tu mamá NUNCA va a estar abajo!”
-         Pero, ¿por qué?
-         Porque es una cuestión de compatibilidad.
-         Una primera planta sin ascensor no es compatible con su estado...
-         Bueno, si no te gusta, ahí tenés la puerta.
-         A mí no me grite. A mí no me grita ni usted ni nadie.
-         No te estoy gritando.
-         Está elevando la voz. Yo le estoy hablando bien.
-         Bueno – interviene su esposa -, vos también viniste hoy acá con una actitud...
-         Es que estoy cansada de que me mientan...
No podía entender cómo, teniendo lugar abajo, preferían que me fuera con mi madre a cuestas antes que cambiarme. Demás está decir que ante semejante reacción me fui ese día pensando que, efectivamente, tendría que empezar a buscar otro geriátrico. Y así fue por unos días. Pero no podía rendirme tan fácilmente. Como dialogar con ese hombre en términos razonables y sin que me gritara parecía misión imposible, tuve que seguir el tema con la mujer y con la encargada, quien en confidencia me reveló que ella con él ya no hablaba, por el modo en que trataba a las mujeres: a los gritos.
   Finalmente, a los pocos días, y sin tratar más con él directamente, fui negociando la mudanza. La negativa parecía deberse a que, claro, es más fácil tener una vacante abajo que tratar de convencer a una familia de que el abuelito debe estar arriba. Entonces, una vez arriba, no quieren cambiarte ni a palos.
   Ahora estoy en una situación en que puedo sacar a mi madre con más frecuencia. Aunque ella no note que cambió de lugar. Aunque no recuerde, al salir, adónde es que tiene que volver. Aunque cada vuelta me signifique volver a explicarle que vive en un geriátrico, ya que su modo inconsciente de pasarme factura parece ser ese deja vou en que me hace sentir que cada regreso a este lugar es una nueva internación. Y cuando me dice “Pero...¿acá me vas a dejar?”, simplemente le doy un beso y me despido, mientras ella tal vez siga preguntándose por qué no la llevo conmigo si soy su hija.



sábado, 8 de octubre de 2016

TEMIDO MOMENTO





¿Somos todas las personas bombas de tiempo con un plazo limitado de cordura que, en una situación crítica o al llegar a la vejez (lo que suceda primero), estallaremos en la tan temida locura, irremediablemente?
Antes pensaba, como dijo Benjamin Franklin, que “en este mundo no hay nada cierto, excepto la muerte y los impuestos”. Pero teniendo en cuenta la infinidad de paraísos fiscales y trucos para evitar impuestos, yo definitivamente reemplazaría este segundo término por “la locura”. La muerte sigue esperándonos a todos al final de nuestra corta o larga vida; eso no ha cambiado con el correr del tiempo. Pero a causa de que en la actualidad se extiende nuestra existencia más allá de lo que ocurría hace, digamos, veinte o treinta años nomás, la demencia senil parece estar esperando a más de un incauto.
Hace unos días vi a una vecina de unos setenta y pico que solía saludarme efusivamente, siempre preguntándome por mi hija, al cabo de lo cual yo le preguntaba por su nieta. Cuando nos veía a las dos, se demoraba en comentarios sobre mi hija, lo mucho que había crecido, y esas cosas que suelen decir los adultos de los niños. Pero esta vez, nada de eso ocurrió. Yo estaba con mi hija entrando al edificio; ella se encontraba sentada en los primeros escalones de las escaleras, meditabunda, los ojos fijos en la nada. Ambas la saludamos, pero ella no contestó. Al subir al ascensor, nos dijimos: “Qué rara está, ¿no?”
Hoy nuevamente. Estaba parada en la puerta del edificio cuando entramos. Apenas nos miró, aunque mi hija dice que le echó un descuidado “Hola”. Al rato, bajé a sacar el perro. Permanecía allí, de pie, ahora del lado de adentro, mirando a través del vidrio hacia la calle, sin decir nada. Me acordé que vive en el primer piso, en un B, y que por eso tal vez no tenga ninguna ventana que dé a la calle, y quizás la haga sentirse más acompañada mirar a la gente pasar desde el hall. Al volver de darle la vuelta al perro, ella seguía igual, imperturbable, exactamente en la misma pose, sin inmutarse siquiera ante mi paso ni el de mi perro.
¿Habrá comenzado para ella esa temida barranca abajo? ¿Sabrá ya su hija lo que está sucediendo, o lo negará como yo hice al principio, creyendo que a su madre nunca podría ocurrirle?
A lo largo de la vida, caminamos por un sendero donde una línea muy delgada nos separa de este otro lado tan temido. Y la vejez se acerca cada vez más a esa línea y amenaza con cruzarla hasta que, en tantísimos casos, lo hace, y ya no se vuelve. Mientras tanto, intentamos aferrarnos a este lado. Nos comportamos como lo hace la mayoría. Jugamos, tal vez, a tener una vida ligeramente alocada. Nos desatan el alcohol y las drogas, que pueden llevarnos a momentos de locura y descontrol. Pero seguimos de este lado. En ocasiones un golpe fuerte, como puede serlo una ruptura sentimental, una enfermedad, un accidente, alguna experiencia límite, nos lanzan casi al otro lado. Y si cruzamos la línea, volvemos al cauce luego de pasado el temporal. No sienten a nuestro alrededor que es para siempre, y nosotros nos consolamos luego con la idea de que fue un viaje de ida y vuelta. Pero lo nuestro es este lado.
¿Cómo convivir con la idea de que en algún momento no habrá retorno de ese territorio de alucinaciones, de palabras que se olvidan, de rostros que se borran? Leemos con fruición todo artículo sobre cómo llevar una vida saludable, cómo mantener el cerebro activo, cómo darle más vida a los años; ¿servirá? Mientras somos conscientes de que necesitamos hacer crucigramas, aprender idiomas, tener proyectos, bailar, socializar, y lo hacemos todo junto para no sumirnos en la vejez decrépita. Pero, ¿y si algún día nos olvidamos de esa voluntad vital? ¿Y si amanecemos una mañana de día soleado pero mente nublada? ¿Qué o quién podrá rescatarnos de esa nebulosa cuando dejemos de reconocernos frente al espejo?
Nada es cierto en la vida, excepto la muerte y...la locura.

viernes, 23 de septiembre de 2016

OTRA VEZ SOPA*





Lo que no se digiere se sigue regurgitando, una y otra vez, indefinidamente. Es obvio que Perla nunca terminó de aceptar que su amada hija única la “metiera” en un geriátrico, cuando ella cuidó personalmente de su madre, y luego de su suegra, y luego de su esposo, y de quien fuera necesario aunque ello implicara dejar de vivir su propia vida.
   Tiene un turno médico; entonces, la voy a buscar y la llevo, empujando la silla. Trato de ponerle onda:
-         Mirá qué lindo día...Qué lindos perritos...No hace frío, ¿no?
Por momentos me contesta. En otros, se empeña en señalarme las nubes negras que, literalmente, se avecinan. Es que además “¡Hace un vientito!”
   Este turno en dermatología venía pedido hace rato. Ese lunar que nos marca a las dos, entre el pecho y la axila izquierdos, ya estaba preocupando al médico del geriátrico. Su propia médica de cabecera no le había dado importancia meses atrás, pero de tanto rascárselo terminó sangrando y el lugar del lunar fue ocupado por otra protuberancia color carne de muy mal aspecto.
   Ni bien lo ven las dos médicas que están hoy en el consultorio, se alarman. Comienza la ametralladora de preguntas: cuánto tiempo hace que lo tiene, cuánto que sangra, cómo fue el crecimiento... Mi madre no puede decir palabra porque es puro presente y las preguntas sobre el tiempo han perdido todo sentido para ella. Trato de responder lo que puedo, pero tampoco mi vida giró alrededor de ese lunar metamorfoseado en esta cosa durante los últimos meses.
   Sacan fotos, envían mensajes frenéticos a colegas, mencionan la palabra fatal: posible cáncer de piel. Pero nada de esto parece inmutar a mi madre. Yo tampoco me alarmo porque oí que el cáncer de piel puede durar años; no se trata de esa enfermedad fulminante que deja trunca rápidamente la vida de tantos. Y mi madre, que ansía una muerte rápida, sigue sacando el número equivocado.
   Pedimos turno para que lo más pronto posible le quiten “esa cosa” y la manden a biopsar. Luego, emprendemos el regreso.
-         ¿Ya está? ¿Terminamos? ¿Ya nos podemos ir?
-         Sí, ya está, vámonos.
   Sé que queda pendiente en el aire cargado de cierta tensión adónde es que nos dirigimos ahora. Perla no puede recordar dónde estuvo antes del hospital y por ello pregunta ahora:
-         ¿Y adónde vamos?
-         Al geriátrico.
-         ¿ADÓNDE?
-         Al geriátrico.
-         ¿Me vas a llevar a un geriátrico?
   Pone cara de “¿me estás haciendo un chiste?” Le repito, muy seria:
-         Hace dos años que vivís en un geriátrico, mamá. Vamos al geriátrico.
   Silencio. No puedo creer que cada vez que salgamos se repita la historia como si cada día volviera a internarla. El desgaste emocional es mucho. Sigo la cantinela:
   Al rato:
-         ¿Adónde vamos ahora?
-         A tu casa.
-         ¿A mi casa? ¿O al geriátrico?
   Es en momentos como este cuando pienso si es o se hace.
-         Es lo mismo. Hace dos años que vivís ahí.
-         ¿En un geriátrico?
-         Sí.
-         Pero...¡yo no sabía nada! ¿Cómo no me dijeron?
-         Sí que te dijimos...¿Cómo no te íbamos a decir?
-         Yo...ni enterada estaba.
   Demás está decir que a los pocos minutos este diálogo vuelve a empezar. Y agrega:
-         Está bien, yo reconozco que si ustedes trabajan...
-         No fue sólo eso, mamá. Intentamos tenerte en casa. Estuviste seis meses viviendo con nosotros. Si te dejábamos sola cinco minutos, volvíamos y te encontrábamos llorando porque no sabías dónde estabas. O en el piso porque te habías caído y no podías levantarte. Necesitás supervisión las 24 horas. Y en un geriátrico era el único lugar donde eso era posible.
   Por suerte llegamos pronto. Nuevamente, en la puerta, se vuelve hacia mí y me dice:
-         ¿Acá me vas a dejar?
   Ya no contesto. No entiendo el sentido de hacerlo. Me avergüenzo de estar pensando en mí. Porque para ella sí tiene sentido, ya que no recuerda los diálogos que repetimos hasta el hartazgo hace minutos.
   Cuando me despido, me consuela una sola cosa: que cuando nos volvamos a ver, será como si este diálogo nunca hubiese existido.

* Este relato fue incluido en la antología de cuentos "Relatos Inconexos", compilada por Andrea Gardey, publicada por Editorial Dunken, enero 2017.

jueves, 15 de septiembre de 2016

¡AY, CARMELA!





Llegó arrastrando los pies, encorvada, con sus dos ojitos inquisidores escrutando a todos. Pero hablaba poco y nada. La había traído una ahijada. No tenía a nadie más.
   Arrastraba los pies y también las palabras. Hablaba muy despacio, deteniéndose en cada sílaba, como en cámara lenta. Y era raro oírla decir algo.  Tal vez en ocasiones respondía a una pregunta, pero no se involucraba en conversaciones que con o sin sentido sucedían a su alrededor.
   Quizás por este bajo perfil me extrañó que Carmela fuera la estrella principal de las noches de tango, los jueves que Antonio Freyre, empleado municipal de 9 a 17hrs, cantante malevo al entrar al geriátrico, regalaba una hora de tangos, milongas y canciones ciudadanas a los abuelos. Fue entonces que comencé a ver por mí misma cómo las viejitas que no sabían dónde estaban paradas o apenas reconocían a familiares podían sin embargo recordar completa la letra de “Malena” o “Caminito”. Y Carmela se lucía cantando “Malena” de principio a fin, la cara iluminada, los pequeños ojos sonrientes. Disfrutaba de los aplausos y el breve reconocimiento en esa hora semanal, cuando Antonio llegaba y saludaba con un beso y por su nombre a cada una de ellas. A veces también les dedicaba sonrisas a los viejitos, pero ellos sí que parecían no adherir nunca a ninguna actividad escapista. Ni por una hora semanal accedían a volar de este lugar y volver, quién sabe, a su juventud.
   Pero la hora tanguera no era la única franja de escape para Carmela. Compartía escaso tiempo en la sala común y siempre amagaba con levantarse de la silla para volver a su habitación, que sólo distaba unos pasos de allí. Si las cuidadoras no la veían a tiempo, se salía con la suya. Si no, al grito de “Carmela, ¡sentate!”, se veía obligada a atornillarse a su asiento. Es cierto que en los geriátricos deben tratar de evitar que los internos pasen mucho tiempo acostados, pero aquí había algo más.
   Un día llegué y Carmela aprovechó la distracción, mientras yo saludaba a Anabela, para esfumarse con celeridad hacia su cuarto. Intercambié las usuales frases de cortesía y sociabilidad con la cuidadora, quien luego continuó dedicándose a otra tarea que no incluía devolver a la mesa a ninguna fugitiva. Me senté frente a mi madre y comencé a hacerle compañía. Levanté su cabeza que apoyaba en sus brazos para dormitar sobre la mesa, la saludé y me puse a pintar el mandala que le tocaba, para ver si hacía el esfuerzo de acompañarme.
-         Tomá el rojo –le dije, sabiendo que es (¿era?) uno de sus colores favoritos, como también lo es para mí. Yo agarré un lápiz violeta y comencé a darle color a unos angelitos cupidos.
-         No tengo ganas –respondió, para variar...Pero pronto se me sumó y lenta, flojamente, empezó a pintar unas manzanas.
   Se supone que es un buen entretenimiento para adultos y se está poniendo de moda. Mientras insisto con el lápiz sobre las alitas de los ángeles, pienso que sí, que puede ser un buen momento para pensar en otra cosa y salir de lo cotidiano.
-         No me queda como a vos –compara mi madre.
-         Es que tenés que insistir sobre una misma zona y apretar el lápiz bastante sobre el papel. ¡Así, así! ¿Ves como ahí te está quedando mejor?
   Sé que en dos minutos me dirá lo mismo, y yo le responderé lo mismo también, pero sigo como si nada.
   De repente, los gritos. Todas nos miramos un tanto alarmadas. Vienen de la habitación de Carmela, que comparte con mi madre.
-         ¿Qué pasará? –le pregunto un tanto preocupada a Anabela.
-         Nada...Está por acabar.
   Ay, Carmela. Y sí, suena un poco a eso. Pleno éxtasis sexual.
-         En la casa hacía lo mismo – comparte Anabela -. La ahijada ya no sabía que hacer con ella. Además ya tiene todo bastante lastimado ahí...
   No puedo opinar nada. Me sonrío, pero es un cúmulo de sentimientos mezclados lo que se me agolpa adentro. Me pregunto hasta qué punto hay un día en que lo público y lo privado ya no tiene límites. He tenido que parar a mi madre varias veces cuando, intentando mostrarme un lunar infectado cerca de un pecho, se levanta la blusa sin corpiño delante de todos aquí, o hasta en la plaza una vez que la saqué de paseo. Cuando la alerto sobre lo que está haciendo, me gesticula indicando que ya no importa. ¿Ya no importa?
   Carmela grita un poco más, hasta un clímax festivo, y luego su voz cesa. La misma que canta “Malena” de pe a pa. La misma que se demora en cada palabra que emite.
   Ya no la veo más. Me cuentan que estaba con muchos problemas de deglución, y que debieron llevarla a un geriátrico donde pudieran atender su botón gástrico. Las noches de los jueves no son las mismas. Y en el momento de repetir “Malena” por centésima vez, pareciera que los ojos de Antonio brillan más cuando recuerda la voz entusiasta de Carmela, cantando el tango como ninguna.

viernes, 9 de septiembre de 2016

EMILIO





Llegó un día, a mil por hora. Las cuidadoras estaban agotadas ya de sólo verlo. Trataban de mantenerlo a raya porque quería caminar por todo el geriátrico pero se tambaleaba peligrosamente. En ese sentido las reglas son claras: atarlo a una silla para que no se mueva y corra el riesgo de caerse, romperse algo y tener a la familia del viejito encima llenando a todos de reproches.
   Emilio habla mucho pero rara vez hilvana una idea con otra. Finalmente acepta sentarse un ratito, y con tiras de tela lo amarran para que se quede quieto y poder atender a otros internos.
   Las chicas se retiran y él comienza con su lento pero seguro paso hacia la libertad. Despacito, va desatando nudos y para cuando las chicas vuelven, él ya está libre y empieza toda la lucha nuevamente...
   Las primeras noches, irrumpió en habitaciones de ancianas y asustó a más de una. Se acerca, quiere tocar, establecer contacto...A medianoche, esos avances no son bienvenidos. Tampoco pueden cerrar las puertas de las habitaciones con llave. Las nocheras necesitan pasar a cada rato por un cambio de pañal, para controlar, para vigilar que las cosas estén en orden...
   Los paseos de Emilio llegan tan lejos que deben cerrar con llave la puerta que da a la escalera para que no se mate. Este viejito con cara de bueno y sombrero de ala tiene en vilo a todo el piso. Hasta que sucede, como con todos los demás, que le aciertan a la medicación y las cosas se empiezan a tranquilizar.
   Un día vi a una nieta que lo visitó. Los familiares siempre tratan de hablarle a la persona que el anciano fue algún día. No siempre les contesta el mismo. Hay veces en que cuesta sobremanera hallar a esa persona que conocieron. Con Emilio pasa igual.
   Ahora lo están sentando solo frente a la ventana. Allí puede murmurar para sí a su gusto. Las mujeres lo ignoran y los hombres están demasiado ensimismados en su propio dolor como para atender a sus monólogos bajitos e ininteligibles. Las cuidadoras tienen el “no” prendido a la boca cuando intenta ponerse en acción. Y el “no, Emilio, no” ya se transformó en un pegadizo sonsonete.
   Afuera cae una lluvia tenue. Emilio mira, como quien mira llover. Sonríe. Con la boca y la mirada. Algo lindo le recordó la lluvia y por unos segundos le ilumina el rostro. Baja la vista, y sigue murmurando hasta que la hora de comer lo calle, y la de la siesta lo mantenga dormido y quieto aunque más no sea por un rato. Otro día que pasa, y la muerte que no llega.