lunes, 2 de abril de 2018

NOSTALGIAS

-         A ver si le puede hacer entender a su mamá – me dice Laura, desde sus ojos pequeñitos color celeste claro -, porque ella todos los días me pregunta dónde estamos, qué hacemos, adónde vamos... No sabe dónde está: ¿usted le podrá decir?
   ¿Cómo le digo que es la lucha que mantengo con ella cada vez que la visito? ¿Y que me pregunto, cada vez, si realmente no sabe o me está haciendo pagar por lo que nunca terminó de aceptar: que su hija “la metiera” en un geriátrico?
   Hoy, la semana que viene, dentro de un mes, se repetirán sus preguntas: “¿Esto es tuyo? ¿Y esa quién es? ¿Vamos? ¿Trajiste el auto?” Todo esto hace que, cuando me voy, se desespere. Y que yo haya cambiado el “chau, hasta la próxima” por el “voy a estacionar y vuelvo”, o “voy a buscar a la nena a la escuela y enseguida vuelvo”. Total, dentro de un rato, no sabrá siquiera que estuve.
   Las dos señoras que se sientan cerca de mi mamá, Laura e Inés, se conectan más conmigo que mi propia madre, por lo que me enfoco en ellas. De algún modo, me ayudan a sobrellevar esa visita que estoy empezando a sentir como de compromiso.
   Laura e Inés aman el tango. Lo descubrí cuando empecé a ver si con la música podía llegar a mi madre otra vez, pero está cada día más sorda y ni pegado a la oreja, mi celular, tocando música de Youtube, parece interesarle. Probé también con folklore y boleros. No obtuve mucha respuesta.
   Inés me pregunta qué música me gusta a mí, y mientras intento explicarle mi ecléctico gusto musical, y deslizo nombres desde Los Beatles a Maná, desde Kevin Johansen a Amy Whinehouse, nos sorprendemos al encontrar a Queen, especialmente a Freddie Mercury, como interés en común.
   Entrecierra sus ojos cuando lo menciono: “¡Ah, bueno!”, como diciendo: “¡Palabras mayores!”
   Un poco adivinando y un poco guiándome por los gustos que me confiesa, me atrevo a ponerle “Barcelona”, interpretado por Montserrat Caballé y Freddie Mercury. Mientras a mí también se me pone la piel de gallina viendo a Freddie tan vital y talentoso, mientras después de tantos años sigo lamentando su muerte joven, veo que Inés no pierde una sola línea y sus ojos se tornan acuosos. “Barcelona...How can I forget...!” Y, sin embargo, casi todo en este lugar es olvido: pero la música, en la mayoría de ellos, es muy poderosa, y los puede incitar a cantar esas letras aprendidas hace décadas, que se recuerdan aún porque, como decía Flora, una paciente que conocí aquí una vez,“el cerebro era joven”. O a bailar, porque los músculos también recuerdan los movimientos aprendidos hace décadas. Y además, los músculos a veces parecen seguir otros caminos independientes del cerebro que pretende manejarlos...
   Ahora sé que, cada vez que visite, tendré la conexión musical con Inés gracias a Queen. Ya le hice escuchar “Rapsodia Bohemia” y “Amor de mi vida”, pero mi madre protesta porque “¡no entiendo nada!”, me dice.
   Llego de visita, como otras veces, pero ahora tengo una misión: hacerles escuchar tangos a Laura e Inés. “¿Qué tango?”, indago. “Cualquiera”, me dicen las dos. Laura quiere escucharlos para recordar las letras y elegir qué cantar los martes a la tarde, cuando venga Serafín, el cantante de tangos que hace doble función ese día (primero en planta baja, luego en el primer piso). “Porque si no, canto siempre ‘Malena’”, me confiesa, como resignada.
   Inés me cuenta que creció en Pompeya: “¡Nada menos!”, agrega. Dice que era caminar por esas calles nomás y escuchar que de todas las casas salían melodías tangueras. A ella le gustaba ir por el barrio a cantar tangos donde quisieran escucharla. “¿Y bailarlo? Perla bailaba muy bien el tango y le encantaba”, le cuento, sobre mi madre. “¡Noooo! Me lo tenían prohibido”. Y sí, el tango tuvo su época pecaminosa. Las chicas de su casa no bailaban ese género menor de compadritos, mujeres “de la vida” y orígenes orilleros.
   Busco a algún inobjetable, como Julio Sosa. Encuentro sus interpretaciones de “Uno”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Cambalache”. Luego, decido variar, y poner voces femeninas. Me inclino por Rosanna Falasca y pongo “Madreselva”. Escuchamos atentas y emocionadas, recordando a la bella mujer que partió tan joven. Luego, otra cantante femenina: Virginia Luque, y un tango a veces hecho canción que siempre me gustó tanto, sobre todo cuando de adolescente lo escuchaba, lamentando el fin de algún amor y ya sentía “Nostalgias”. “La vi actuar una vez”, dice Inés, y se le ilumina el rostro. “No canta solamente. Hay que ver cómo expresa cada palabra...cómo interpreta. Chiquita, pero...enorme”. Hace una pausa, y agrega: “Tanta gente que aparecía tanto... ¿adónde se ha ido? ¿dónde están ahora?” Yo misma no recuerdo qué pasó con Virginia Luque, pero la gugleo, intuyendo. Y sí, murió en 2014, a los 86 años. Pero no le comento mi hallazgo, y luego Inés sigue con otros recuerdos: “Había un matrimonio que cantaba...ella tenía muy linda voz, como de cantante lírica...” Me atrevo a develar el acertijo y busco a Violeta Rivas y Nestor Fabián. Se los muestro, cantando un potpurrí de tangos famosos. “Sí, sí, son ellos...” Mientras los disfruta, se pregunta qué fue de ellos... Compruebo que ambos siguen en este mundo, pero entiendo que, mientras mi generación ha soportado estoicamente la muerte de Michael Jackson, George Michael y Prince, sintiendo que nos estamos quedando sin grandes, la angustia de su generación es decididamente mucho mayor, ya que tantos de los que conformaban el cuadro cultural de su época están retirados o muertos.
   Mientras tanto, cada vez que se termina uno de los tangos que pongo, Laura me dice: “Por mí, ya está. Suficiente”, o algo así. Se da por satisfecha y vuelve a su libro, o a su mandala.
   ¿Y Perla? Durante esta visita mía, ha dormido todo el tiempo. Me comenta Felisa, una de las cuidadoras, que antes de que yo viniera Perla desayunó abundantemente, rosca de Pascua incluida, y de seguro eso le dio sueño. Lo que sea. Es la hora de irme, le explico mientras la beso que debo retirarme a buscar la nena a la escuela. Se queda tranquila y retoma el sueño.
   Para Laura, sin embargo, no es suficiente. “Dale un beso”, me apura, “explicale que te vas”. Ya le dije. Ya le di un beso. “Se siente muy sola”, me explica.
   También yo, Laura. También yo.

domingo, 4 de marzo de 2018

EL DRAMA DE LOS VAMPIROS (o LA TRISTEZA DE HIGHLANDER)



   Un chiste más de esos que dan vueltas por las redes (¿lograrán dar la vuelta al mundo? ¿volverán a quien los pensó primero?). Escenario: una iglesia. Sermón dominical acerca de la importancia del perdón en la vida cristiana. El sacerdote interroga: “¿Cuántos de uds han perdonado a sus enemigos? Levanten la mano, por favor”. Todos los feligreses levantan la mano, menos una viejita, muy viejita. El sacerdote le pregunta mas fuerte, pensando que tal vez no es mala fe, sino simplemente que la señora, de tan mayor, no oye bien. Sigue sin levantar la mano, ante lo cual le pregunta el cura: “¿No esta ud. dispuesta a perdonar a sus enemigos?” Y la anciana le responde: “Yo no tengo enemigos, padre”. Ante tan conmovedora declaración, el sacerdote decide ponerla como ejemplo y le pide que se ponga de pie: “¿Cuantos años tiene ud., si se puede preguntar, buena señora?” “99”, responde la viejita. “Y díganos, ¿cómo se hace para llegar a los 99 años sin enemigos, mi estimada abuelita?”, a lo que la dulce viejecita responde: “Es que ya se han muerto todos los hijueputas, padre”.
   Para los 99, los 100, o a veces edades avanzadas bastante anteriores, muchos de tus contemporáneos han muerto: amigos, familiares,...hasta enemigos. Y ese es el drama de los vampiros (que viven cientos de años) o de Highlander, o de cualquier otro que se jacte de vida eterna o muy longeva en mitos, leyendas o cualquier ficción que ande dando vueltas por ahí: se tiene la vida eterna a costa de un precio que en principio no parece ser muy importante, pero que al ir experimentándolo va volviendo pesada el alma: se te mueren todos alrededor, y vos te convertís en un testigo de esas muertes que te rozan pero no te tocan. Que pasan cerquita, pero no acaban con vos.
   Algo así le fue pasando a mi madre, que en un principio se mostraba bastante poco afligida por algunas de las muertes que se le iban presentando cerca.
   Fuera de la de mi padre, que sí realmente la entristeció y con la que su vida dio un vuelco (en algunos aspectos, para mal; y en otros, le dio la oportunidad de disfrutar de momentos que al lado de mi padre no había podido disfrutar por una razón o por otra), una de las primeras de una seguidilla de varias fue la de su amiga y vecina, Hanna. Rubia, alta, regordeta, “pinta de alemanota”, Hanna había nacido en algún lugar de Europa que ella creía Alemania pero que en algún momento del reordenamiento de los países cambió de nombre y al parecer ahora era Yugoslavia. Había tenido dos hijos en Argentina, un marido alemán fumador de pipa con quien seguía peleándose en alemán, y cuando se fue quedando sola la acompañaba otra anciana mayor que ella. Una cuidaba a la otra, pero no se sabía muy bien quién a quién.
   Un buen día se quedó sola, quién sabe qué ocurrió con la otra, pero la historia que sonó fue que se libró de ella de algún modo porque sus chocheras la agotaron. El tema es que, a cierta edad, es mejor mal acompañada que sola, aunque en un primer momento no se pueda entender. Ahora Hanna estaba sola, y eso significaba darle vueltas por la cabeza toda clase de historias que, obviamente, no le estaban haciendo bien. Mi madre veía ensombrecer a su vecina y la culpaba por su retraimiento y tristezas (que luego ella misma tendría, sin querer queriendo).
   Hanna se enfermaba de una cosa y de otra. Acudía al médico con insistencia, se quejaba de cosas que a mi madre le parecían nimiedades. Un día terminó internada por alguna de esas pequeñeces que tenía o se buscaba. Mi madre la fue a ver alguna vez y dijo algo sobre sus pocas ganas de vivir. Que ella, desde luego, no entendía en ese momento. ¿De qué se lamentaría Hanna, si estaba sola y tranquila con su vida? Hasta que un día me llamó mi madre y me contó:
-         Ya está, ya se fue Hanna. No más Hanna.
   Me chocaba su modo de contarme la muerte de una amiga. ¿De verdad no le afectaría? Y si le afectaba, ¿por qué contármelo así, por qué banalizar el dolor?
   Otra de las amigas que hizo tras la muerte de mi padre fue Rosa, a quien había conocido en un centro de jubilados. Salían bastante juntas, pero mi madre no hacía más que criticarla en absolutamente todo.
   Rosa se había casado con Antonio, un hombre bastante mayor que ella, más candidato para su madre viuda que para sus escasos veinte años, pero las bodegas del gallego fueron un gran atractivo para que la boda se apresurara. Perla criticaba todo de ese matrimonio de su amiga. “Si lo hubieras visto al gallego...¡no valía nada!” “No valer nada” o “no valer ni cinco centavos” era el modo que tenía mi madre de desvalorizar a una persona que no hubiera resultado agraciada por la naturaleza.
   La madre de Rosa sólo le llevaba 15 años. Y el gallego tenía 40 cuando desposó a Rosa, o sea...sí, más grande que su propia madre.
   “Me trataba como a una reina”; “Jamás me hizo faltar nada, ni a mí, ni a mis hijos”. Esas frases hechas, tipo Mamá Cora, eran las que lanzaba Rosa a quien quisiera escuchar.
   Rosa tuvo dos hijos. Según mi madre, prefería sin dudar al que le fue bien económicamente, que se mudó a un country, que manejaba autos caros y que a la mayoría de edad de sus hijos pudo regalarles sus propias ruedas alta gama. Al otro, que trabajaba de empleaducho en un local de electrodomésticos, nunca salió del barrio y encima, pobre hombre, tenía una hija con síndrome de Down, lo relegaba a un segundísimo plano.
   Pero había más capítulos oscuros en la vida de Rosa que mi madre me contaba como episodios de telenovela. Resulta que este Antonio que había desposado era viudo y tenía una hija. Pero Rosa no la aceptaría nunca, al punto que le pidió a su prometido que la hija no viviera con ellos como condición para darle el sí. La niña se crió con una abuela, y Rosa no sólo no la incorporó a esta nueva familia de Antonio, sino que prohibió que se hablara de ella, que conociera a sus hijos, quienes sólo supieron de su existencia muchos años después, cuando murió en la mediana edad y se convirtió en un fantasma para esos hermanos que siempre le reprocharían a su madre ese secreto.
   Deleznable es poco decir de semejante comportamiento, pero así y todo, pese a sus acciones miserables y su historia tan criticable, mi madre continuó esta amistad. Compartían algunas salidas, y a la vuelta Perla me contaba que Rosa no había querido sentarse ni a tomar un café, en un día crudo de invierno, ni un helado o una refrescante cerveza, en los tórridos veranos porteños. “¡Es más amarreta...!” Rosa justificaba todo ahorro con la excusa de que todos los años quería viajar a Europa y pasarse un par de meses con los parientes italianos, a quienes, mi madre decía, abusaba y exprimía al máximo, sin retribuir del mismo modo los servicios prestados cuando los parientes venían a verla.
   Sólo comencé a analizar esa tendencia a criticar de mi madre hace poco tiempo. ¿Qué la llevaría a ser tan crítica hasta con sus amigas? ¿Por qué no decir nada bueno de gente con quien, mal que mal, compartía tanto tiempo y salidas? Inexplicable para mí entonces y ahora también.
   La cuestión fue que Rosa debió cuidar de su madre cuando ella misma ya andaba por los 85. La viejita ya había cumplido los 100 y no daba indicios de querer despedirse, aunque vivía esa vida-no-vida de muchos ancianos postrados, una rutina de cambios de pañales, baños de esponja y papilla. Casi como la vida de los bebes.
   Pero como Rosa sola no podía, venía una “nochera” y otra más de día para ayudarla al menos con el cambio de pañales y otras tareas que implicaban mover a la robusta viejecita.
   Pasaban los inviernos helados y los veranos agotadoramente calurosos, y la centenaria resistía. Hasta que un día, como cualquier otro, no despertó. Rosa le comunicó la muerte a mi madre por teléfono, y la verdad, no sé si hubo un encuentro entre ellas tras este suceso.
   Lo que recuerdo muy bien es cuando, al día siguiente, mi madre estaba en mi casa y me llamó la nuera de Rosa. Me extrañó mucho la llamada.
-         Como no me atiende nadie en lo de tu mamá, te lo comunico a vos, que murió mi suegra.
   Francamente, pensé que me hablaba de la madre de Rosa.
-         Sí, nos enteramos de que murió la mamá de Rosa.
-         No, no la mamá de Rosa. Mi suegra, Rosa, falleció.
   Después de cortar, le conté a mi madre que, tras volver del entierro, Rosa se fue a su casa, donde la encontraron horas más tarde, muerta, sentada a la mesa de la cocina.
-         ¿Habrá tomado algo? -, fue la primera reacción de mi madre.
-         Ay, mamá... La verdad, lo que sé es lo que te dije. No me dio como para andar preguntando muchos detalles.
   Creo que mi madre comenzaba a entender que tal vez había momentos de la vida en que una puede perder la razón de existir y tomar la determinación de irse. Y esta muerte cercana, más otras a su alrededor, fueron arrinconándola.
   Única hija mujer, en una familia con dos hermanos, Perla siempre tuvo que ser la más fuerte. Hermana del medio pero también cuidadora largos años de la madre enferma, y un poco madre de sus hermanos. Sobre todo el menor, Francisco, a quien todo el pueblo conocía mucho más como Paco, la sentía un poco su madre. El mayor, Fernando (pero Nando para todos), no era con quien mantenía la mejor de las relaciones, y en cierta forma, era un fiel reflejo del alma oscura del padre. Durante mucho tiempo no tuvo noticias suyas. Y se enojó primero y horrorizó después cuando llamó un día a su casa, lo atendió su esposa, Lola, con un “¿Qué Perla?” (“¿¿¡¡Cómo me dice ‘qué Perla’”??!!), y le comunicó que estaba en un geriátrico.
-         ¿A vos te parece? ¿Por qué no lo cuida ella?
Supo de lo mal que estaba, que no reconocía a nadie, así que cuando poco tiempo más tarde la llamaron para comunicarle su muerte, sólo dijo: “Dios se acordó de él”.      Empezaba a virar su actitud hacia la muerte. Morir se estaba transformando en un deseo que se expresaba cada vez más explícitamente.
   Su Paco tan amado se puso enfermo, pero no sería nada demasiado grave, seguramente. Perla me contó que la había llamado desde el hospital, que le había pedido que fuera al sur a verlo, pero ella le prometió que lo haría ni bien saliera del hospital. Ya las decisiones de Perla estaban empezando a enrarecerse: “¿Para qué voy a ir cuando está en el hospital? Cuando le den el alta voy y lo visito en su casa. Además, vos me necesitás acá”. Si bien era cierto que en esos días solía cuidarme a la nena, yo interpreté esa llamada de Paco como un último deseo. No se desestiman los pedidos urgentes de un enfermo.... De algún modo, siento que la cercanía a la muerte los hace más sabios y comienzan a entrever el futuro. Pero mi madre no lo vio de esa manera, y pese a mi pedido de que viajara, no lo hizo.
   Al día siguiente, llego a casa y en el mensaje de mi contestador estaba grabado su llanto. “Murió Paco, Vale, murió Paco...” Se me estrujó el corazón pero mi pena no disminuyó mi enojo con ella por no haber comprendido ese último pedido de su hermano que quería una última oportunidad para estar con esa especie de mamá sustituta que fue ella durante mucho tiempo.
   Y así se iban sumando muertes. Todos a su alrededor, y ella en pie. Un día de reflexión me dijo: “Paco murió un 1ero de septiembre; al año siguiente, Nando murió un 2 de septiembre. Este año, el 3 de septiembre, me toca a mí”.
   No hubo forma de sacarle esa idea de la cabeza. Y justo fue en 2014, donde ella arrancó el año con su fractura de cadera que la pondría inevitablemente en veloz picada descendente. Fue cuando, hacia mediados de año, supe que no podría más yo sola con sus limitaciones físicas y sus laberintos mentales y la llevé a un geriátrico.

   Cuando llegó el 3 de septiembre, ya no recordaba su deducción matemática. Pasaron varios 3 de septiembre, y ahí está ella, viviendo el drama de los vampiros.

sábado, 3 de febrero de 2018

CUÁNTO TIEMPO MÁS LLEVARÁ



-         ¿Cuánto hace que está la abu en el geriátrico?
-         Cuatro años -, respondí, pensando al mismo tiempo que otras personas que conozco me dijeron que sus padres o abuelos habían durado un promedio de dos años tras la internación. Como mucho.
-         ¿Ella ahí sufre?
-         Sí, Nati...Ella no quiere estar más, ni ahí ni en ningún lado.
-         Vos también sufrís. Dejá de sufrir -, me pidió, casi emulando a un evangelista brasileño.

También me preguntó por qué no estaba acá, en casa con nosotros, olvidando tal vez que durante los seis meses que vivimos con ella nadie tuvo paz ni vida, además de que no podíamos brindarle los cuidados que ella necesita las 24 horas. Se olvidó, obviamente, de todos los “¡Odio a la abuela!” que le tuve que escuchar en esos meses.
Quién sabe lo que pueda durar esta situación. Cada vez que se enferma, empiezan las corridas, y luego de tanto arrebato, parece resurgir fortalecida. Ella misma pide dejar este mundo, pero nadie la oye desde arriba. Cuando me entero de otro longevo más que cumplió 100, o hasta incluso 105 (en su geriátrico hay una señora que acaba de cumplir los 104, “los vascos somos muy fuertes”, justifica), pienso qué pasaría con nuestras vidas si ella llegara a esa edad. ¿Qué se lo impide? No fumaba, no bebía, comía sano, fue bastante activa la mayor parte de su vida...
Y ahora, un nuevo diagnóstico que sería mortal para cualquier otro mortal, valga la redundancia. Pero que seguramente a ella no le hará mella, valga la rima.
El diagnóstico fue totalmente fortuito. Si no se hubiera notado a tiempo, tal vez el problema se hubiera agravado rápidamente y a estas horas estaría hablando de mi fallecida madre. Pero no: “Es importante agarrar esto a tiempo”, enunció el médico. “Si no, se puede extender a otras partes del cuerpo”. Está en el juramento hipocrático el salvar vidas.
Con mi madre vengo aprendiendo cantidad de terminología médica. La última: erisipela. Tuve que guglearla porque no me bastó la explicación de Lucía, la encargada, que es enfermera. Luego, esa erisipela viró en celulitis, que yo hubiera jurado era un problema endémico de mujeres caderonas y piernudas (como yo). Pero no. La celulitis infecciosa es harina de otro costal y no tiene nada que ver con pesadillas estéticas.
Ahora, sin embargo, era la pierna derecha (no la izquierda, que ya había empezado a ser tratada por su erisipela-celulitis-como-se-llame) la que estaba hinchada y dolorida. Y vengo a enterarme por la inquietud de la kinesióloga, la licenciada Guarnieri, con quien tengo asiduo contacto guasapero. Me cuenta de las reservas y hasta negativas de mi madre a la hora de hacer los ejercicios, y yo tengo para mí que mi madre está poniendo excusas para zafar del tratamiento kinesiológico. Porque, me cuenta Lucía, con el kinesiólogo del geriátrico también tiene esas agachadas.
Sin embargo, la inquietud pasa a ser franca preocupación y cuando el médico del geriátrico la ve, le indica un doppler, que luego reafirma y envía a hacer el médico domiciliario de mi madre. Al hacerle el estudio, notan preocupados que ambas piernas están con problemas, pero la derecha, indudablemente, es la más preocupante. Resultado: trombosis. Prescripción médica: anticoagulantes. Consejo: piernas en alto. Para que no empeore. Para que la trombosis no se le vaya al cerebro y le cause un derrame. Para que pueda seguir viviendo. Así, como está, odiando la vida. Pero para que no muera.
No puedo ni quiero negarme a los medicamentos, aunque ya puse mis límites con respecto a las internaciones. Cada semana van a ir a testearle el nivel de coagulación, y si la cosa empeora, hay una intervención quirúrgica que puede hacerse. Ahí también voy a poner límites. Por favor, dejen que la naturaleza siga su curso, y que a los viejos enfermos que desean morir les sea permitido morir.
La última vez que la visité, me lanzó esa mirada que temo que suceda algún día: la del no reconocimiento. Pero, aunque inicialmente me miró como sin conocerme, pronto se sonrió y me dijo: “¡Aaahh!” Mi corazón dio un vuelco. Porque tal vez, algún día no muy lejano, no exista ese “¡aaahh!”. No quiero ahondar, sin embargo, en a quién reconoce en mí. Porque me pregunta por “la nena”, que a veces, para ella, soy yo, Valeria, y no mi hija, Natalia. Porque me pregunta por “papá”, y ese “papá” es mi esposo. Pregunta si no vendrá a almorzar hoy, si está trabajando, si... Supongo que si me diera por indagar un poco, me saldría con que soy su madre. Hay veces en que se cree una niña, huérfana, que por eso debe vivir donde está, porque está solita y no puede vivir solita una niña pequeña como es. En otra visita, cuando alguien preguntó su edad, dijo 40. Se mira en el espejo, en una cámara o una foto, y si estamos las dos en la imagen, piensa que ella soy yo. Cuando le digo que no, que ella es esa mujer añosa de cabello totalmente blanco, se asusta de su propia vejez; se desconoce totalmente. Ya somos dos: aunque yo la desconozco en su personalidad, no en su imagen física, porque para mí, este envoltorio que arrastra por la vida (o como se llame esto) es aún mi madre. Pero la persona que habla desde dentro de él es muy distinta.

A veces me pregunto, entonces, cómo iré a sentirme el día de su muerte. Porque lo de adentro hace rato falleció. Ahí soy yo la que no la reconozco. Fue muriendo de a poco, la mujer que era. Fue virando en esta anciana que tengo delante de mí, que borró de su memoria casi todo lo que vivimos juntas y sólo sabe que estoy frente a ella. Cuando estoy frente a ella. Porque al irme, dejé de existir en su cabeza, y sólo me materializaré cuando le diga “Hola” en mi próxima visita.