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A ver si
le puede hacer entender a su mamá – me dice Laura, desde sus ojos pequeñitos color
celeste claro -, porque ella todos los días me pregunta dónde estamos, qué
hacemos, adónde vamos... No sabe dónde está: ¿usted le podrá decir?
¿Cómo le digo que es la lucha
que mantengo con ella cada vez que la visito? ¿Y que me pregunto, cada vez, si
realmente no sabe o me está haciendo pagar por lo que nunca terminó de aceptar:
que su hija “la metiera” en un geriátrico?
Hoy, la semana que viene,
dentro de un mes, se repetirán sus preguntas: “¿Esto es tuyo? ¿Y esa quién es?
¿Vamos? ¿Trajiste el auto?” Todo esto hace que, cuando me voy, se desespere. Y
que yo haya cambiado el “chau, hasta la próxima” por el “voy a estacionar y
vuelvo”, o “voy a buscar a la nena a la escuela y enseguida vuelvo”. Total,
dentro de un rato, no sabrá siquiera que estuve.
Las dos señoras que se
sientan cerca de mi mamá, Laura e Inés, se conectan más conmigo que mi propia
madre, por lo que me enfoco en ellas. De algún modo, me ayudan a sobrellevar
esa visita que estoy empezando a sentir como de compromiso.
Laura e Inés aman el tango.
Lo descubrí cuando empecé a ver si con la música podía llegar a mi madre otra
vez, pero está cada día más sorda y ni pegado a la oreja, mi celular, tocando
música de Youtube, parece interesarle. Probé también con folklore y boleros. No
obtuve mucha respuesta.
Inés me pregunta qué música
me gusta a mí, y mientras intento explicarle mi ecléctico gusto musical, y
deslizo nombres desde Los Beatles a Maná, desde Kevin Johansen a Amy
Whinehouse, nos sorprendemos al encontrar a Queen, especialmente a Freddie
Mercury, como interés en común.
Entrecierra sus ojos cuando
lo menciono: “¡Ah, bueno!”, como diciendo: “¡Palabras mayores!”
Un poco adivinando y un poco
guiándome por los gustos que me confiesa, me atrevo a ponerle “Barcelona”,
interpretado por Montserrat Caballé y Freddie Mercury. Mientras a mí también se
me pone la piel de gallina viendo a Freddie tan vital y talentoso, mientras después
de tantos años sigo lamentando su muerte joven, veo que Inés no pierde una sola
línea y sus ojos se tornan acuosos. “Barcelona...How can I forget...!” Y, sin
embargo, casi todo en este lugar es olvido: pero la música, en la mayoría de
ellos, es muy poderosa, y los puede incitar a cantar esas letras aprendidas
hace décadas, que se recuerdan aún porque, como decía Flora, una paciente que
conocí aquí una vez,“el cerebro era joven”. O a bailar, porque los músculos
también recuerdan los movimientos aprendidos hace décadas. Y además, los
músculos a veces parecen seguir otros caminos independientes del cerebro que
pretende manejarlos...
Ahora sé que, cada vez que
visite, tendré la conexión musical con Inés gracias a Queen. Ya le hice
escuchar “Rapsodia Bohemia” y “Amor de mi vida”, pero mi madre protesta porque
“¡no entiendo nada!”, me dice.
Llego de visita, como otras
veces, pero ahora tengo una misión: hacerles escuchar tangos a Laura e Inés.
“¿Qué tango?”, indago. “Cualquiera”, me dicen las dos. Laura quiere escucharlos
para recordar las letras y elegir qué cantar los martes a la tarde, cuando
venga Serafín, el cantante de tangos que hace doble función ese día (primero en
planta baja, luego en el primer piso). “Porque si no, canto siempre ‘Malena’”,
me confiesa, como resignada.
Inés me cuenta que creció en
Pompeya: “¡Nada menos!”, agrega. Dice que era caminar por esas calles nomás y
escuchar que de todas las casas salían melodías tangueras. A ella le gustaba ir
por el barrio a cantar tangos donde quisieran escucharla. “¿Y bailarlo? Perla
bailaba muy bien el tango y le encantaba”, le cuento, sobre mi madre. “¡Noooo!
Me lo tenían prohibido”. Y sí, el tango tuvo su época pecaminosa. Las chicas de
su casa no bailaban ese género menor de compadritos, mujeres “de la vida” y
orígenes orilleros.
Busco a algún inobjetable,
como Julio Sosa. Encuentro sus interpretaciones de “Uno”, “Cafetín de Buenos
Aires”, “Cambalache”. Luego, decido variar, y poner voces femeninas. Me inclino
por Rosanna Falasca y pongo “Madreselva”. Escuchamos atentas y emocionadas,
recordando a la bella mujer que partió tan joven. Luego, otra cantante femenina:
Virginia Luque, y un tango a veces hecho canción que siempre me gustó tanto,
sobre todo cuando de adolescente lo escuchaba, lamentando el fin de algún amor
y ya sentía “Nostalgias”. “La vi actuar una vez”, dice Inés, y se le ilumina el
rostro. “No canta solamente. Hay que ver cómo expresa cada palabra...cómo
interpreta. Chiquita, pero...enorme”. Hace una pausa, y agrega: “Tanta gente
que aparecía tanto... ¿adónde se ha ido? ¿dónde están ahora?” Yo misma no
recuerdo qué pasó con Virginia Luque, pero la gugleo, intuyendo. Y sí, murió en
2014, a
los 86 años. Pero no le comento mi hallazgo, y luego Inés sigue con otros
recuerdos: “Había un matrimonio que cantaba...ella tenía muy linda voz, como de
cantante lírica...” Me atrevo a develar el acertijo y busco a Violeta Rivas y
Nestor Fabián. Se los muestro, cantando un potpurrí de tangos famosos. “Sí, sí,
son ellos...” Mientras los disfruta, se pregunta qué fue de ellos... Compruebo
que ambos siguen en este mundo, pero entiendo que, mientras mi generación ha
soportado estoicamente la muerte de Michael Jackson, George Michael y Prince,
sintiendo que nos estamos quedando sin grandes, la angustia de su generación es
decididamente mucho mayor, ya que tantos de los que conformaban el cuadro
cultural de su época están retirados o muertos.
Mientras tanto, cada vez que se
termina uno de los tangos que pongo, Laura me dice: “Por mí, ya está.
Suficiente”, o algo así. Se da por satisfecha y vuelve a su libro, o a su
mandala.
¿Y Perla? Durante esta visita
mía, ha dormido todo el tiempo. Me comenta Felisa, una de las cuidadoras, que
antes de que yo viniera Perla desayunó abundantemente, rosca de Pascua
incluida, y de seguro eso le dio sueño. Lo que sea. Es la hora de irme, le
explico mientras la beso que debo retirarme a buscar la nena a la escuela. Se
queda tranquila y retoma el sueño.
Para Laura, sin embargo, no
es suficiente. “Dale un beso”, me apura, “explicale que te vas”. Ya le dije. Ya
le di un beso. “Se siente muy sola”, me explica.
También yo, Laura. También yo.