martes, 11 de julio de 2017

ARANJUEZ




Canoso total pero con todo su cabello. Rostro ligeramente cadavérico, con los ojos un poco hundidos, rodeados de ojeras grises. Una cabeza un tanto grande para el tamaño de su cuerpo. En silla de ruedas, que manejaba solo, arrastrando levemente los pies. Así, más o menos, era Aranjuez.
   No es muy común que llamen a los pacientes por el apellido. A veces a mi madre la llaman “Domínguez”, pero un poco a modo de chiste o por pura ternura. Sin embargo, de Aranjuez desconozco el nombre de pila, porque siempre lo llamaban por el apellido, que además estaba escrito con marcador negro y grueso en el respaldo de su silla de ruedas.
   Sus ojos no miraban sin ver como los de algunos otros pacientes. Cuando Aranjuez miraba, daban ganas de saludarlo o contestarle, dijera lo que dijera. Había como algo inocente en su mirada de anciano. Eso que a muchos viejos los lleva a parecerse a los niños que fueron.
   Parecía bastante anclado en el aquí y ahora, pero con el tiempo me dio algunas muestras de que, tal vez, no siempre era así. Como la vez en que, esbozando una sonrisa y sin atisbos de estar haciéndome un chiste, me preguntó:
-         ¿Usted ingresó hoy?
   Ando por los cincuenta: los primeros años de esta década, por lo que me considero aún joven para un geriátrico. Y, supongo, si él hubiera estado realmente en sus cabales, me habría visto joven también, ya que los cincuenta son la vejez de la juventud, pero la juventud de la vejez.
   Así que sólo sonreí y le dije que no, que era una visita, que Perla era mi madre. Igual me sorprendió el verbo que utilizó: “ingresar”. Ese uso lo hacía a mis ojos consciente de su situación. Es decir, se sabía “institucionalizado”, eufemismo con el que se refieren a la situación de los pacientes en un geriátrico. Mi madre es aún incapaz de entender esta noción. Una y otra vez me pregunta: “¿Este lugar es tuyo?”. O: “¿Cuándo nos vamos?”. Con frecuencia piensa que está allí temporalmente porque está mal, y que cuando se recupere, volverá. ¿Adónde? Bueno, eso es algo que la confunde bastante.
   Otra vez, Aranjuez estaba profundamente dormido, sentado en su silla de ruedas. De repente se despertó, sobresaltado: “¡El portafolios! ¡El portafolios!”. Lucía, la encargada, se acercó a él y con ternura trató de volverlo a la realidad: “Fue una pesadilla, Aranjuez. Tranquilo. No pasó nada. Estabas soñando...”. Estaba lívido, desencajado. De a poco, se fue calmando. Pensé que ni en la más plácida vejez se esfuman los temores a los arrebatos de pertenencias en un jubilado porteño.
   Como otros tantos allí adentro (y aquí afuera), tenía sus buenos y sus malos días. Una vez se puso a pedir un teléfono con insistencia. “¡Dejame hablar por teléfono, que están esperando que llame! ¡Es muy importante!”. No se cansaba de repetir una y otra vez que necesitaba urgente hacer una llamada. Imaginé un trabajo estresante en su pasado, en ese afuera hoy lejano, con secuelas que lo perseguían hasta aquí. Tal fue el estado en que se puso, que en un momento dado comenzó a llorar. Lloraba desconsoladamente porque ya las cuidadoras ni le respondían. Sólo lo dejaban gritar sin prestarle ya más atención. Se sentiría humillado, pensé.
   Pero ya toda zozobra terminó para Aranjuez. Ayer estuve y me di cuenta de que mi madre ocupaba su lugar en la mesa. Miré a Marta, una de las cuidadoras, y le pregunté con pocas palabras y sin esperar ninguna suya, sólo quizás un gesto:
-         Y...¿el señor que se sentaba acá?
   Marta movió su cabeza, como indicando “el más allá”, “el otro barrio”, o tal vez más arriba, quizás “el cielo”.
-         Ah... – comprendí.
   Y una vez más me pregunté por qué en este lugar, en que la mayoría desea fervientemente que llegue el fin de todo padecimiento, se sigue escamoteando toda referencia a la muerte.

   Recordé por un momento a Aranjuez, a su hijo de iguales ojeras grises y rostro cansado, que de vez en cuando lo sacaba a pasear, y me alegré de que ya nunca más se despertará sobresaltado buscando un portafolios inexistente. Y que seguramente, esté donde esté, otros estarán preguntándole: “¿Usted ingresó hoy?”

miércoles, 14 de junio de 2017

CONVIVIR CON ESTO


  Asistí a su primera muerte hace cuatro años. ¿Cuándo fue el momento exacto? No, no fue repentino, venía gestándose hacía un par de años, ya. Pero me di cuenta de que no volvería a ser como antes cuando, tras algunos días de no volver a su casa, no recordaba dónde era que estaba viviendo...desde hacía más de cuarenta años. Me preguntaba por el patio, el gallinero, si había cerrado bien la puerta de atrás...en fin. Ese fue el punto de inflexión: ahí decidí que me tenía que convertir en su madre, tomar las riendas del asunto y todas las decisiones de ahí en más.
   Si siempre es una actitud difícil de asumir, lo fue más por el tipo de personalidad de mi madre: siempre autónoma, sólo permitiendo cierta ayuda externa cuando se trataba del manejo de una tecnología que se le hacía imposible, o cuando me visitaba en un país cuyo idioma no entendía. Prácticamente las únicas excepciones. Fuera de esos contados ejemplos, ella era siempre independiente y temeraria, “corajuda”, como hubiera dicho con sus propias palabras cuando tenía un vocabulario más amplio que el actual.
   Esa madre ya murió. Y aún me encuentro haciendo el duelo. La mujer que quedó en su lugar tiene poco que ver con quien era. Me siento a su lado y busco la manera de conectarme con ella. A veces le doy la mano, pero fuera de ese gesto cariñoso, me siento incapaz de demostrarle cariño físicamente. Tal vez un abrazo o una caricia en su cabello de vez en cuando.
   Las conversaciones son otro aspecto que ha muerto en ella. Solíamos hablar de casi todo, largo rato. Teníamos charlas amenas. Nos contábamos cosas. Perdí a esa gran amiga que me escuchaba incondicionalmente. Que me llamaba cada noche para ver qué había de nuevo; para constatar que yo estuviera bien.
   Comienzo a mostrarle fotos, entonces, en mi celular. Pero no ve muy bien. Y, algo nuevo en ella, tampoco está oyendo bien últimamente. Recuerdo cuando nadie podía murmurar nada en su presencia, porque tenía lo que ella llamaba “oído de tísica” (¿??).
   Era tan coqueta...Hoy me duele mostrarle fotos que le saco, porque no se reconoce. Comparar una foto de hoy con cualquiera de aquellas anteriores a su “primera muerte” es muy doloroso. Antes: cabello teñido, maquillada, bien vestida...Hoy: cabello totalmente blanco, corto y fácil de peinar, rostro sin una gota de pintura, ropa de eterno entrecasa, pantuflas incluidas porque se le hinchan los pies y los zapatos le resultan tortuosos.
   Pasa el tiempo y la situación sólo se deteriora más. Es un duelo prolongado e injusto con las dos.
   Trato de hacer lo que debe hacer una hija a esta altura: ocuparse como lo haría una mamá. Por eso es que de vez en cuando me siento en la casi obligación de pasearla. De sacarla de su “prisión domiciliaria”, sintiendo que le hago un bien.
   Tomo la precaución de abrigarla, aún cuando yo saldría en remera. Puede haber una brisa veraniega y ella igual la encontrará gélida. Así que le puse su campera, la cerré completamente y salimos.
-         ¿Adónde vamos? – dice, con las manos apretándose la campera a la altura de la garganta.
-         A la plaza – respondo, pensando que la alegrará la idea de dar una vuelta y ver niños, perros, verde...
-         A la plaza...¡nada menos! – se queja, y una vez más siento que no tomé una buena decisión.
   Empujo la silla de ruedas, acto que tiene como ventaja para mí el no vernos directamente las caras cuando hablamos y siento que debo contestar “siguiéndole la corriente”. Cada subida y bajada de vereda es angustiante. Grita y advierte que vienen autos, que se puede caer, que nos pueden atropellar, que...Al menos no puede decir nada de una tormenta que se avecina: el cielo está espléndido, completamente celeste.
   Entramos a la plaza y el sol de las cuatro de la tarde apenas si se advierte en esta tarde de casi invierno. Sin embargo, allí...allí veo unas líneas de sol, todavía. Hacia allí me dirijo. Con tanta mala suerte, que una pelota le pega en la cabeza, y veo como en cámara lenta que se le caen los lentes al piso, y salta como escupido un cristal del marco que se rompe...Como no la oigo quejarse, me lanzo primero sobre los anteojos: que ya eran viejos, pero la ayudaban a salir del paso. Me vuelvo a mirar a los dos chicos que jugaban a la pelota y que se quedan congelados, mirándome mientras les exijo, mínimo, unas disculpas. Mientras se acercan, atemorizados ante mis gritos, se acerca también un padre que quiere disculparlos y disculparse, e intenta darme su número de teléfono para arreglar cualquier asunto que derive de este golpe. Mi madre está bien, un poco aturdida y con la mejilla colorada del golpe. Mi hija, que nos acompaña, me cuenta: “¡A mí me pasó por acá, raspándome! ¡Casi me pega también!” Le digo a este padre preocupado que ya está, que no se aflija.
 Al ratito pienso que esto está superado y que no tiene sentido cancelar de pronto toda la salida cuando se la ve bastante bien. Seguro que a los dos minutos no recordará más qué pasó. Por eso mismo, a cada rato, reclama sus anteojos. A cada rato hay que contarle lo que sucedió.
   Mi hija se sube a los aparatos para hacer ejercicio. Pero ella también se siente rara.
-         ¿Nos vamos? -, me dice.
   Emprendemos la retirada, pero quiero creer que esta salida puede continuar de otro modo.
-         ¡Vamos, vamos a casa! – pide mi madre.
-         No, vamos a tomar un café -, intento convencer. Pero no me convenzo ni a mí misma.
   De todos modos, me tomo un par de cuadras para decidir. Veremos qué pienso al pasar por la puerta del geriátrico ( “su casa”). Al llegar, es más que evidente para las tres que esta salida se ha frustrado y debemos terminarla allí y en ese momento.
Explicamos como podemos lo sucedido en el geriátrico: que por una vez que la sacamos, la traemos con un pelotazo en la cara. Que quiere volver “a casa”. Que tiene frío. Y que nos vamos.
            - ¡Ay, Perla, dejate de joder! -, dice una de las cuidadores.

   Nos despedimos. Mi madre se siente aliviada de estar de vuelta. Y yo, de que el paseo haya terminado. Por supuesto, en ese instante, pienso en mí. Y siento que soy la peor hija de la Tierra.