domingo, 1 de marzo de 2020

DE AQUÍ NO SALE NADIE





   Todos lo saben y eso se siente en el ambiente. Es el único tema, con variantes, que se oye en el comedor del geriátrico. Buscan la salida, cómo irse, con quién…
-          Las llaves... Quiero que me devuelvan las llaves – dice un paciente nuevo, desde
su silla de ruedas atada a una baranda de la pared. Mientras tanto, mi madre me recuerda una vez más:
-          Cuando vos digas, nos vamos.
A eso le puedo contestar que sí, con la cabeza, y durante unos minutos no volverá a
preguntar. Las preguntas con respuestas por "sí" o por "no" son las más fáciles. Cualquier otra y tendré que acercarme a gritarle al oído algo que la tranquilice.
-          ¿Cuándo nos vamos?
Ahí sí ya tengo que recordarle una vez más: “Vos vivís acá. Esta es tu casa”. Primero me mira extrañada, luego se ríe. “Ay, qué cabeza la mía”. O a veces: “Ay, que suerte”. Sabe entonces que no habrá toda una movida para llevarla a algún lado. Cuanto menos movimiento, más tranquila está. Cuanto menos disruptiva la rutina, mejor. Eso es lo que me resigna a no cambiarla de lugar, aunque desde que me mudé me quede más lejos para visitarla.
-          ¿Dónde están mis llaves? – repite el nuevo. No le pregunta a nadie en particular. Lanza al aire su pregunta, esperando que haya alguien que sepa la respuesta.
-          Yo no las tengo – decide responder una, también nueva -. A mí no me las diste.
Yo no vi ningunas llaves. Esperá que me fijo en mi cartera.
        Las carteras o bolsas de las viejitas… ¿qué tendrán? Lo que sea: les dan seguridad. Toda mujer sabe que en la cartera tenemos “lo que necesitamos”, concepto que cada una define distinto. ¿Podemos ir a algún lado sin nuestra cartera? Para pasar el tiempo, me fijo qué tengo en la mía:
-          un estuche con anteojos para ver de cerca
-          otro estuche con anteojos para ver de lejos, que sólo uso para manejar o de noche.
-          Lápices de labios (2)
-          Biromes (2 negras, una verde)
-          Resaltador
-          Lápiz negro
-          Billetera
-          Tarjeta Sube
-          Pañuelos descartables
-          Llaves
-          DNI
-          Una manzana
-          Agenda
-          Celular
-          Una bolsa de compras
-          Curitas
-          Espejos (2)
-          Peine (que no uso desde que llevo el pelo corto)
-          Crema para manos
-          Un paquete de pastillas de menta
   Evidentemente, cuando envejezca seguiré teniendo que llevar cantidad de cosas inútiles. Sobre todo, las llaves. Al entrar en un geriátrico, un psiquiátrico o una cárcel, las llaves de la casa, del auto, de la oficina, ya no sirven más para nada.
    La señora que se ofreció a buscar las llaves del nuevo en su cartera (¿por qué estarían allí?), ahora le dice a su hija, que está visitándola y se sentó a su lado: “A ver si tengo plata para el taxi...Es que va a llegar la hora de volver y lo único que falta es que no tenga para el taxi...”
      Hay otro viejito nuevo, también en silla de ruedas, sentado al lado de Inés.
-          Esto es como para quedarse 15, 20 minutos...pero yo me iría a dar una vuelta...No está como para quedarse todo el día.
   Inés trata de bajarlo a Tierra, pero este viejito aún no conoce las reglas, que son más o menos así: no vas a salir nunca de acá solo. O, como oí decir una vez a una abuela sensata de humor ácido: “De acá salimos con los pies para adelante”.
            Y mientras mi madre insiste (“¿Cuándo nos vamos?”, “¿Dónde estamos?”, “Cuando vos digas, vamos”), hago un recorrido con la mirada para ver quiénes quedan. Me doy cuenta de que no está Juana, pero no quiero preguntar por miedo a la respuesta con “gestito al cielo”. Veo que aún está Josefina, con 102 cumplidos. Sé que en el piso de arriba debe de estar todavía Berta, con 105...y no puedo no pensar qué sucedería si Perla llegara a esa edad. Me pregunto qué hubiera hecho, cuando todavía le quedaba un atisbo de lucidez, si hubiera sabido que le quedaban, mínimo, 5 años de esta vida en un geriátrico. Mientras con mi familia hacíamos malabares para convivir los cuatro juntos en nuestro pequeño departamento, intentando pensar y repensar una solución potable, algunas veces lancé el tema por el aire, para probar cual globo de ensayo cuál sería su reacción si la llevara a un geriátrico. Escuché varias respuestas, del tipo “Directamente me muero” o “Me tiro por el balcón”. A mí misma me costaba pensar en esa opción.
   Recuerdo hoy las últimas semanas de su vida. Ahora pienso en ella, y sé que su tiempo en esta tierra se cumplió, que debió sufrir 6 años de purgatorio pero que descansa en paz, tranquila, en algún escondrijo del universo.
   Ya pasó un mes de la muerte. Releo cosas que escribí cuando necesitaba sacarme de adentro el sufrimiento de las dos volcándolo en algún lado. Ahora, lo que debo procesar es esas últimas semanas de hondo sufrimiento, de lento escape del cuerpo físico. Y se vuelve, como siempre, a las preguntas que la humanidad tiene desde que existe: ¿qué pasa ahora? ¿Dónde está esa persona que me dio la vida, que me crió y me vio crecer? ¿Existe, en realidad, un espacio donde el espíritu de quienes se fueron continúa emanando energía? ¿O se vuelve a esa nada donde esperábamos que se unieran un óvulo y un espermatozoide?
   Como me niego a cualquier rito funerario, sé que no le hablaré a una lápida. La veo en las fotos y en los recuerdos, y desde allí dialogo con ella o siento su voz. Muchos recuerdos me hacen sonreír. Y es allí, en esas memorias que compartía con ella, donde sé que nos encontramos de nuevo, como hace rato no lo hacíamos, como no pudimos en estos seis años de lento y doloroso alejamiento.
   También la sueño. Como era antes de que decayera tanto. Cuando aún vivía, a veces soñaba que la volvía a llevar a su casa, porque se había recuperado. Ni en sueños terminaba de entender que no pudiera mejorar. Y ahora que no está, sueño que estos seis años nunca sucedieron. Sólo una vez, desde que murió, soñé que moría…y resucitaba. Una prima suya le decía: “¡Pero Perla, dejate de joder, andate de una vez!”
   La presencia en la ausencia parece un lugar común. O un concepto religioso. Sin embargo, la entiende quien la siente. No duele, no causa sufrimiento alguno: se asimila de a poco, naturalmente. O será que, en este caso, se trató de una lenta muerte en cuotas, una despedida que duró seis años. Y me quedo con un recuerdo de hace varios años, una de las tantas corridas al hospital, cuando desde una camilla, me palmeó la mano y me dijo: “Vos te podés quedar tranquila. Ya cumpliste”.
   Espero que sigas pensando lo mismo, mamá. Espero que sí.



viernes, 28 de febrero de 2020

OTRA BATALLA. Y VAN...




Tras su muerte, descubrí algunas cosas escritas el año pasado que no había subido a este blog. Tal vez 
lo que aquí abajo describo ayude a entender por qué el desenlace de hace un mes era lo que debía suceder.

 Parecía que iba a ser un día como lo tenía programado: hacer unas compras, lavar ropa, preparar el almuerzo, salir a dar clases. Pero a veces el destino tiene otros planes.
El día anterior luché una vez más con mi culpa por no haber ido a visitar a mi mamá, como estoy tratando de hacer los lunes a la vuelta del trabajo. Pero como me habían suspendido una clase, salí antes, y si pasaba por el geriátrico a esa hora, la encontraría durmiendo la siesta. Pensé que igual en la semana tendría que pasar a llevarle los medicamentos, así que me tranquilicé con esa idea y me liberé parcialmente de la culpa.
Esa mañana, en la feria, volví a cruzarme con una señora con la que sabía que mi madre siempre hablaba cuando la veía por la calle. Desde que me mudé de vuelta al barrio, la vi miles de veces, pero como ella no me reconocía, yo no decía nada. ¿Qué me moría por contarle? ¿Lo mal que estaba mi madre? Siendo ella también bastante mayor, estas eran noticias que mejor no dar...
Pero a diferencia de esas miles de veces anteriores que me la crucé sin que me reconociera, esta vez me habló. Y me dijo, con una sonrisa: “El otro día estaba en la cama dándole vueltas en la cabeza de dónde te conozco...y pensé, y pensé...¡y me acordé! ¡Sos la hija de Pilar!” Mientras ella hablaba, yo asentía con la cabeza, haciéndole saber que yo también sabía quién era ella, pero para no darle malas noticias, prefería no decirle nada.
“Entonces, ¿vive?” En fin, le conté un poco la situación. Ella también compartió sus malas noticias: su marido, desde que se rompió la cadera, no es el mismo, situación que se me hace más que familiar. Me pregunta si está por el barrio el geriátrico. Le cuento que no, y que igual es muy probable que mi madre no la reconozca. Cuando nos despedimos, me dice: “Tú mándale saludos, tal vez me recuerde como ‘La Gallega’...” Le digo que lo intentaré, me despido y vuelvo a casa, con tormenta emocional por dentro.
Media hora antes de salir a dar mis clases, mientras corría de un lado para el otro, “multitasking”, suena el teléfono: ya veo en el identificador de llamadas que es el geriátrico. Oh, no...
-       Perla se descompensó. Está vomitando. Llamamos a emergencias.
Temiendo una nueva internación, les ruego que me hagan llamar por el médico que la atienda si es que deciden derivarla. Y salgo para allá.
Tengo el aval de los médicos que la atienden para negarme a algunos tratamientos que sólo empeoren su sufrimiento y luchen de manera antinatural con una muerte que ya no sería sorpresa. Pero por los síntomas me temo que no podré poner mucha resistencia.
Salgo de casa para el geriátrico. A poco de salir, me llaman avisándome que la orden del médico de la ambulancia es internarla. Pido con él.
-       ¿Ud dónde está? –
-       En Villa del Parque. Estoy yendo para allá.
-       ¿En Villa del Parque? ¡Pero no va a hacer a tiempo, ud ya debería estar acá! ¿No le avisaron?
-       Me avisaron hace 10 minutos, señor -, le escupí. No me salió decirle “doctor”, tal vez mi manera de devolverle su pequeña agresión.
Entre los síntomas fuera de control, la mala onda del médico y esas comunicaciones por celular que se cortan, no daba para resistirme a una internación y me resigné a lo que me tocaba. Perla se altera muchísimo en estos traslados y es difícil de predecir cómo llevará esta nueva internación.
Cuando llego, no me dejan pasar inmediatamente. Primero pienso que es por la situación en que está mi madre, pero pronto me doy cuenta de que están colapsados. En este día de finales de mayo, la guardia está abarrotada de viejitos a quienes se empeñan en no permitirles morir. Hay camillas hasta en los pasillos. Me piden que espere un rato en la sala de espera “hasta que reacondicionen” todo.
Finalmente, al cabo de una hora, me dejan pasar. La veo dormida o tal vez aletargada, con una sonda en la nariz. Dos médicos jóvenes y amables con cara de circunstancia me explican lo que le pasa, o lo que hasta el momento creen que le pasa. Esa sonda detuvo los vómitos y ayuda a vaciar lo que hasta hace un rato devolvía.
-       ¿Va a expulsarlo todo?
-       No sabemos. Es posible que fallezca durante el proceso.
Por dentro y no tanto digo que no quiero que sufra más. Que no hagan nada que le produzca más sufrimientos. Me entienden, me contienen, me dicen que no habrá una intervención agresiva, pero la sonda no se parece a un mimo.
-       ¡Cuántos viejitos! – les comento -. ¿Es la época’
-       Y, no, lo que pasa es que la población más vulnerable...
-       Y acá les alargan la vida – apunto, sin pensar que es un cumplido pero así lo toman:
-       Hacemos lo que podemos...
Esto por lo que pasa mi madre ya sucedió otras veces. Los médicos me manifiestan que tal vez no pase la noche, y al día siguiente Perla resurge de sus cenizas. La misma que cuando tiene un momento de lucidez pide morir, tiene un cuerpo que se le rebela y puja por seguir en este mundo.
Y así sucede una vez más: a la mañana siguiente ya le sacan la sonda, pero como continúan los dolores, indagan qué puede estar causándoselos.
No voy a entrar en los detalles escabrosos, pero lo que deben hacer es evitar una intervención quirúrgica que a su edad y en su estado no tendría ningún resultado positivo. Entonces, sin anestesia, y manualmente y como pueden, intentan un procedimiento en la guardia. Estoy ahí y la oigo gritar, sufrir, pedir por “mamá”, que a esta altura, soy yo. Los pacientes en otros boxes deben de estar espantados con sus gritos. Oigo que una mujer grita: “¡Salvaje!”, y no sé si se refiere a mi madre a quienes parecen sus verdugos.
Hace rato que sé que con su deterioro cognitivo, su sordera y lo poco que ve, lo mejor que puedo hacer, o casi lo único que puedo hacer, es acompañar. Le tomo la mano, le acaricio la cabeza, le doy besos. Una vez que empieza a mejorar, sonríe y aprecia los mimos.
Duerme casi todo el tiempo que pasa en el hospital: desde el martes al mediodía, hasta el viernes al mediodía. Siento que es lo mejor que puede hacer, por sí misma y por mí, ya que su hiperactividad en internaciones me ha resultado extremadamente difícil de llevar en ocasiones anteriores.
Cuando al final le dan el alta y comienzan a trasladarla, grita que tiene frío, grita mamá, grita con voz muy gastada de tanto vivir. La ponen en una camilla para llevarla así en la ambulancia de vuelta al geriátrico. Le acaricio la cabeza, la miro y me dice: “Hubiera sido mejor no salir de casa”. No tengo idea qué está pensando, qué quiere decir. Creo que piensa que decidimos salir hoy de casa pese al frío. Y a todo esto,  se me ocurre: ¿qué idea tendrá, en esa cabecita que perdió tantas memorias, de lo que es su “casa”?
Y, como suelo hacer en estos últimos tiempos, asiento y repito:
-       Sí, tenés razón, hubiera sido mejor no salir de casa.

jueves, 13 de febrero de 2020

UN KILO DE POLVO






- Se produjo el deceso.
De todas las maneras en que alguna vez imaginé que me anunciarían la muerte de mi madre, esta no fue una de las previstas. Tal vez por eso, y porque debido a un ida y vuelta de llamadas entre el geriátrico y yo, discutiendo sobre qué hacer con la situación de mamá en estos últimos días, en un primer momento pensé que sólo era una manera de obligarme a ir para que yo procediera como ellos querían que lo hiciera. No caí, entonces, por completo, hasta llegar allá. Por un lado, suponía que nadie puede ser tan cruel como para jugar con una situación así; pero, por otro, no terminaba de creérmelo. No sé qué sentí: una cierta irrealidad, tal vez.
Salimos Ariel y yo en un taxi, el sol del verano daba a pleno, la conversación con el conductor anduvo por los lugares comunes, ninguno de nosotros dos hicimos alusión a lo que acababa de suceder y yo, que normalmente me sumo a esas conversaciones de viaje, sentí que no me daba la cabeza ni para participar en algo tan sencillo.
Recién cuando llegamos al geriátrico percibí que, lo que me habían anunciado, de verdad había sucedido. Fue al ver la cara de Juana, la cocinera y también cuidadora, con los ojos llorosos. Juana, de todas ellas, una de las que más había tenido contacto conmigo en los últimos meses. Le pedí verla.
Entré a su cuarto y estaba acostada como durmiendo, como la había visto el día anterior. Pensé: “Si no lo veo, no lo creo”. Será que mi madre daba esa impresión de eternidad, de no irse nunca. La toqué: aún estaba tibia. Acaricié su pelo, besé su frente, tomé su mano que al soltarla cayó sin sentido a un costado. Así que esto era la muerte. Mamá ya no estaba allí. Qué contenta estaría de por fin haber dejado este cuerpo que tanto la limitaba. La imaginé mirándome y sonriéndome desde algún otro lugar.
¿Y ahora? Era el momento del papelerío y la burocracia que prosigue a la muerte. Ni en ese momento zafamos de las llamadas telefónicas, los formularios, las preguntas de nombre, edad, fecha de nacimiento…
Fue el momento de recorrer el camino de lo que hacen los vivos cuando alguien se muere. De, por ejemplo, llamar a una cochería.
Recordé vagamente una cerca del hospital al que íbamos. Me atendió una voz solemne y atenta, que con sumo respeto me hizo algunas preguntas inesperadas, como el peso de mi madre. Cuando creí que tenía la información básica necesaria, directamente fuimos en persona: era sólo cuestión de unas pocas cuadras.
En la vidriera del frente había un dibujo de un caballo y un coche antiguo, de donde supongo deriva el nombre “cochería”. Al entrar, un olor a sahumerio intentaba, supuse, tapar otros olores más macabros. Nos sentamos ante un escritorio y la misma voz amable que me había atendido por teléfono ahora nos hablaba de certificados, formularios, tipos de inhumación, ataúdes y  “ceniceros” (urnas para las cenizas) de diferentes precios y, claro, calidad. Sólo quise hacer lo legalmente exigible y no pregunté más de lo necesario. Porque mi madre ya no estaba en ese cuerpo que había visto por última vez un rato antes. Mi madre estará por siempre en mi mente y mi corazón, nunca en un cajón, nunca en una urna. Allí sólo hay despojos, ese traje que durante la vida protegemos y cuidamos con tanto esmero y que vale tan poco cuando el corazón se detiene.
Les aclaramos desde el principio (y tal vez por eso la pregunta del peso) que la intención era cremar sus restos. Ahí me enteré de que, para ese procedimiento, el difunto no debe pesar más de 80 kilos (otra buena razón para no superar esa marca). Cuando les aseguramos que el peso no sería un problema, se ofrecieron a mostrarnos ataúdes para que eligiéramos uno.
-                 .-  ¿Es necesario? – pregunté.
-                    - Y…sí, porque si no, cuando Ud. lo vea mañana en el cementerio, tal vez diga: “Pero…¡es mi mamá la que está ahí!”
En fin, que me lo tomé como una formalidad, y pasamos a otra sala a ver la variedad de ataúdes que ofrecían. Me cuesta creer que algunos gasten tanto dinero en esa última morada que se hará polvo con el polvo, o cenizas con las cenizas. Dije: “Este” y salimos de inmediato de esa sala.
      De vuelta al escritorio, nos mostraron distintas urnas, de distintos valores. Al ver su pequeñez, inquirí: “¿Todos entramos ahí?”
-                  - Es 1 kilo – me responde el señor de voz respetuosa. Y me especifica cómo, de todo nuestro cuerpo (piel, pelo, grasa, huesos, detalla), tras la cremación, sólo quedará un kilo de polvo.
     Nos explica también que, si así lo deseamos, podemos traer nuestro propio cofre, o algún otro contenedor apropiado para guardar las cenizas. Me doy cuenta de que no estoy en condiciones de tomar esa decisión en ese momento, y tampoco me apuran a hacerlo.
-                - Hay gente que pone las cenizas en una maceta, o las dispersa en algún lado. Eso no es legal, pero es lo que hace la gente.

     Tras finiquitar los detalles, nos retiramos. Deberemos estar al día siguiente en el cementerio para la inhumación, nos dicen, aunque compruebo después que se trata más bien de un “simulacro” de cremación. Puro acting. Es sábado por la mañana y las cremaciones de verdad se hacen en la semana. Así que ese día estamos ahí para que se baje el cajón del coche fúnebre, que tiene el nombre de mi madre. Entre mi esposo, el conductor y otros dos hombres lo llevan hasta un espacio donde los tres que estamos (me acompañan Ariel y una querida amiga de la infancia a quien llamé porque me pedían “dos testigos”) ponemos nuestras manos sobre el cajón a modo de despedida. Tras algunos minutos, el ataúd se desliza por unos rieles hacia el horno crematorio, donde hay una especie de telón y lucecitas led azules, que en realidad hoy no funciona. Volvemos a una oficina a firmar papeles y se nos dice que ya no tenemos que volver más a ese lugar. Supongo que es lo que todos los que optan por la cremación desean oír. Cero relación con un cementerio. Nada de ritos funerarios de más. Sólo lo estrictamente necesario. ¿Ahí, en esa caja, está mi madre? Ni siquiera sentí que estaba en ese cuerpo durante la mayor parte de estos 6 años de largo sufrimiento, para ella y para mí. No, allí no está, y la extraño. Pero hace años que la extraño. En lugar de llorar ahora que ha muerto, me doy cuenta de que vengo llorando en cuotas durante estos últimos 6 años. Cada vez que había una nueva internación, cada vez que salía de visitarla sintiéndome mal porque no recordaba nada, porque no teníamos una conversación, porque apenas si me reconocía.
   Con el transcurrir de los días, pienso qué haré cuando me llamen para que vaya a retirar las cenizas. Paso días pensando en qué cofre de los que hay en casa podría ponerlas. Pienso si dispersaré o enterraré las cenizas. Y de tanto darle vueltas al asunto en la cabeza, recuerdo que, una de las muchas veces en que mi madre habló de la muerte, al tiempo que mi padre la mandaba a callar, dijo que le gustaría que dispersáramos sus cenizas por los bosques de Ezeiza, donde tantas veces íbamos los domingos a hacer un asado durante mi niñez. Y pensé qué lindo sería hacerlo así: llevar sus cenizas y luego celebrar su vida haciendo un asado por ahí. Supongo que eso le hubiera gustado.
   Y me quedo en paz.

domingo, 13 de enero de 2019

UN CAMINO LARGO Y SINUOSO

UN CAMINO LARGO Y SINUOSO

-         Ayer estuvo hablando todo el tiempo de cómo se va a ir de acá. Le explicamos que no es tan fácil -, me cuenta Inés, otra anciana.
No importa lo que diga Inés ahora; puede hablarme libremente de lo que dice mi mamá, de lo que ella piensa sobre lo que dice mi mamá. Perla ya no oye. Hay que hablarle muy alto en el oído para que pueda oir algo.
Y nuevamente, el tema: ubicación tiempo y espacio.
El otro día fui a verla cuando ya estaba en la cama. Todavía no se había dormido, así que me acerqué y le toqué un brazo. Se alegró de verme, pero su rostro se ensombreció cuando empezó a comentarme que no sabía cuánto tiempo más debería quedarse allí.
-         Yo ya estoy cansada, ya quiero irme a mi casa... ¿Qué te dicen los de arriba?
En momentos así, prefiero seguirle la corriente, porque sería muy brutal decirle
que de ahí va a irse con los pies para adelante.
-         No sé, no me saben decir todavía...
Ya me había manifestado otras veces esa sensación de que se encuentra en este
lugar por un tiempo determinado. En esos momentos siente que está tal vez en un hospital, en una clínica de recuperación, y que cuando esa recuperación se dé, volverá “a su casa”. Desisto de indagar cuál piensa que es “su casa”: la primera vez que me asusté con este tema fue cuando, durante los seis meses que pasó en mi casa, me preguntaba si había cerrado bien la puerta de atrás, la que da al gallinero, cuando ella vivía hacía más de cuarenta años en un departamento. En esa época, yo todavía pretendía aferrarla a la realidad, al presente, con mayor o menor éxito. Ya no lo intento ahora. Simplemente, le sigo la conversación. Tampoco me despido cada vez que me voy, porque suele ser otro momento problemático. Suelo escabullirme con un “voy a estacionar y vuelvo”, o “me voy a trabajar y vuelvo”, y cosas así. Pero siempre “vuelvo”. Eso parece darle más confianza en los momentos en que siente que se quedará completamente sola, lo que resulta imposible en el lugar donde está.
            Si bien la soledad (y con ella, la privacidad) es imposible en el geriátrico, sí viene sucediendo que las ancianas con las que comparte habitación terminan dejándola sola. Esta situación se remonta hasta el primer geriátrico, en el que sólo estuvo un par de meses. Allí también al principio compartía habitación, pero pronto quedó sola. En este geriátrico cambió de habitación varias veces, y en cada ocasión compartió el espacio con viejitas que decidieron despedirse de este mundo. Perla pronto las olvida, así que la precaución extrema de las cuidadoras por ocultar o disimular lo que ha sucedido (con algún gesto o susurro) resulta completamente innecesaria.
            Justo antes de las fiestas, cuando estaba dando mi última semana de clases, me suena el teléfono: llamada del geriátrico. “Se descompensó”, me dicen. Siempre imagino que si algún día me tienen que llamar para avisarme que falleció, dirán algo así primero, para no tener que darme una noticia más cruenta por teléfono. Igual, pregunto: “¿Qué quiere decir, qué le pasa?” Me vuelven a repetir ese verbo comodín, “se descompensó, se descompensó”, como si fuera un claro diagnóstico. Finalmente, intentan insertar un poco de claridad: “No responde a ningún estímulo. Estamos tratando de despertarla y no reacciona”. Para dirigirme a mi estudiante y explicarle que tengo que salir corriendo, les digo: “Te llamo en 10”. Salgo de la sala a los pocos minutos y devuelvo la llamada. “Ya está, ya está”, me dicen ahora. Se despertó y ya está sentada para desayunar”.
            Como la cosa ya no parece tan urgente, termino todas mis clases de la mañana y recién entonces voy a verla. Me dicen que llamaron a urgencias, que tuvo una “obstrucción respiratoria” (o algo así), que ya está todo bien.
            Y recuerdo que el día anterior yo había decidido llevarle helado, y recuerdo también la desesperación con la que Perla arremetía la cuchara para deleitarse con el chocolate, el dulce de leche y la vainilla. Pensé si tal vez esa avidez con la que comió el helado el día anterior no habrá sido la que terminó produciéndole alguna obstrucción. Hace unos tres años, su médica de cabecera, al visitarla durante una internación por neumonía por aspiración, me explicó que yo “tendría que prepararme” para el final inminente, ya que cuando empiezan a aparecer los problemas de deglución, es irreversible en los casos de pacientes con problemas cognitivos y pueden fácilmente morir por una infección causada por líquido o alimento en sus pulmones. Perla también viene desafiando todos los pronósticos en este sentido, ya que luego de esa internación, recuperó algunas funciones gracias a un tratamiento con fonoaudióloga, y volvió a pasar de la ingesta de alimentos blandos a la de sólidos. Sin embargo, este último incidente me lleva a tener más precauciones con la forma en que yo intervengo. También me sucedió un día que la saqué a pasear...y tras el paseo se resfrió, tuve que comprarle antibióticos y la dejé de cama unos días...
            El desafío de saber exactamente qué hacer con ella es diario. En mis visitas, últimamente, opto por mostrarle fotos, pequeños videos, aunque ve tan mal (y además le patina tanto el bocho) que puede llegar a preguntarme “¿Eso es un perro?” cuando claramente es una persona, o “¿y esa sos vos?” cuando se trata de mi niña de 12 años. Sin embargo, es una manera de pasar un rato con ella y compartir algo. Ponerle música también resultó un fracaso, ya que aunque le ponga el celular pegado a la oreja, me dice: “¿Por qué no se escucha nada?”
            Hablo con otras mujeres que comparten la situación desesperanzadora que viven con sus madres, y tratamos de apoyarnos mutuamente. Creo que somos esa generación que no supo que nos enfrentaríamos a este problema durante tanto tiempo. Nos vamos armando de herramientas para lidiar con el tema a medida que transitamos el camino. Que, por lo visto, es largo y penoso.


viernes, 4 de enero de 2019

EUTANASIA

Diciembre arranca mañana y con él se me revolucionan todas las emociones. En diciembre, Perla cumple años. Terminan las clases de mi hija (que además, este año, finaliza la escuela primaria). Se toman una pausa las clases que yo dicto. Cumplo años yo. Celebro un nuevo aniversario junto a mi compañero. Y encima, Nochebuena, Navidad, Año Nuevo...
Decidí que este año no le voy a celebrar el cumpleaños a Perla. Seguramente pasará inadvertido en el geriátrico: dudo mucho que lleven la cuenta de cuándo cumple cada uno. Y la última que se enteraría sería la misma Perla. El año pasado le llevé una torta, la puse delante de ella, le pedí que soplara la velita...y ni así pareció darse cuenta de qué pasaba. Llevé cositas para picar, bebidas, cortamos la torta...sentí que era una celebración inútil. ¿Celebración de qué?
Hace muchos días que no voy. A veces siento que, si no lo hago, es casi como si la situación no existiera. Cuando la visito, nunca sé bien con qué me voy a encontrar. Una de las últimas veces, por ejemplo, me vio y se puso a llorar, como hacía antes: “¡No sabés lo feo que es estar acá! ¡Llevame con vos! ¡No quiero quedarme sola! ¡No me dejes sola!” Cuando me fui, me miró con odio.
Volví al otro día para ver si seguía igual. Cantaba Serafín, el cantante de tangos que visita todos los martes. Perla me tomó de la mano, me la besaba, movía la boca siguiendo la letra de las canciones, miraba embelesada a Serafín, que es siempre tan cariñoso con todas...Es así. Una de cal y una de arena, todo el tiempo.
Se acerca un momento muy doloroso en casa, porque pronto nos veremos en la necesidad de tomar una decisión con la vida de nuestro perro, Aarón. Ya tiene 14 años, está enfermo y dolorido, ya no puede moverse. Y los veterinarios, en esos casos, aconsejan y dan una mano en la decisión final. Se me arruga el corazón de pensarlo, pero debo ser justa con él y decidir terminar con su sufrimiento. Las mismas opciones, sin embargo, no existen para los humanos. En ese sentido, tenemos menos derechos.

(un mes después)

La primera vez que Aarón se paralizó, desesperamos. Era un fin de semana, encima. Buscamos veterinarias de urgencia las 24 horas, y conseguimos que un doctor viniera a verlo. Le inyectó un combo poderoso, recomendó zapatillas antideslizantes para que pudiera incorporarse con menos dificultad, y así logramos que al día siguiente comenzara a moverse otra vez. Con esfuerzo, pero hasta logró dar algunos saltitos de alegría otra vez al salir, y llegó a pegarse una corrida enloquecida tras su némesis, un encantador border collie blanco y negro cuya dueña me grita desaforada cada vez que esto sucede. No le importa cuando le digo que mi perro estuvo 24 horas paralizado y que su perro logra energizarlo. “¿Y yo qué culpa tengo?”, me escupe desde lejos.
La segunda vez que se paralizó, logramos que saliera adelante, pero las cosas ya no fueron igual. Parecía cada vez más cansado, casi no salía si no nos poníamos firmes para que lo hiciera, y el pis y la caca podían llegar a aparecer por cualquier lado. No se notaba dónde podía estar en la casa, de tan silencioso que estaba. A veces sus ojos también se ponían muy mal: “ojos de zombie”, decía mi hija.
Entonces...cuando se paralizó por tercera vez, empezamos a plantearnos el adiós. No era justo mantenerlo junto a nosotros a como diera lugar. Se le notaba un cansancio infinito en los ojos. Los perros no ríen y rara vez lloran, pero su rostro, sus ojos, denotaban tristeza y resignación.
Un día entero estuvo sin moverse y sin comer. A la mañana siguiente, ya con la decisión tomada, lo envolvimos en una manta para llevarlo a la veterinaria. Le puse el bozal para que no nos mordiera al alzarlo, pero no fue necesario y enseguida se lo saqué. Estaba entregado a su destino.
En el auto, se quedó en la posición que lo puse. Lo abrazaba mucho, por última vez.
Al llegar, lo pusimos en la camilla. Nunca se resistió. Apoyó su cabeza y miró hacia ningún lugar. Yo lo abrazaba, lo besaba, le decía cuánto lo quería. Mientras la doctora le buscaba una vena para la vía, puse mi mano en su corazón para comprobar por última vez que latía. Era su única demostración de vitalidad.
Lloré con desconsuelo al dar ese último adiós. Cuando lo vi inerte, volví a posar mi mano sobre su corazón, ahora quieto. Me fui de allí. Sólo quedaba una cáscara vacía, ese ya no era Aarón y lo que fue de él estaba ahora retozando con alegría por algún campo celestial donde no habita el dolor.
Volví a llorar al llegar a casa con su collar en la mano, al contarle a mi hija lo que había sucedido, con filtros debido a su edad. “Lo llevamos para un tratamiento, y murió”, le conté.  Ya habrá tiempo cuando crezca y entienda este tipo de decisiones para contarle la verdad sin tapujos. “Yo ya sabía que se iba a morir”, me dijo, lo que me alivió.
La tristeza es natural y no quise reprimirla. Me consolaba lo irremediable de la situación, el saber que fue la mejor decisión para la condición en que estaba; y que si él hubiera tenido palabras para comunicarme sus sentimientos, lo hubiera pedido también.
            Ahora se suma otra fecha para mis diciembres ya atorados de emociones. Los primeros de diciembre recordaré el día en que Aarón nos dejó, o lo dejamos ir (jamás nos hubiera dejado: ¡era mi sombra!). El día en que lo soltamos para terminar con su sufrimiento.
            Me tranquiliza ahora, al mirar atrás, darme cuenta de que hacía rato que había dejado de ser quien era. Al entrar en casa, recuerdo que ya hacía tiempo que no venía a recibirnos, por lo que le costaba incorporarse, o porque simplemente no oía bien. Sucedía muchas veces que llegaba a casa y lo encontraba profundamente dormido en alguna habitación. De repente, notaba que estaba yo ahí y se sorprendía él mismo, supongo, de no haberme oído antes. Y me calman también todos los recuerdos de los momentos en que nos acompañó: sonrío al recordar que en los días de mucho calor decidía dormir en la bañadera, o que, pese a que no le gustaba el agua, nos acompañó cuando nos metimos al río, a una laguna, al mar, porque lo suyo era acompañar siempre.  Así que estoy en paz. Sólo pienso que, lamentablemente, los humanos no podemos darnos el lujo de la muerte digna que sí le regalamos a nuestras mascotas.  Y me vienen a la mente todas las veces que mi madre me dijo que no querría vivir “así”: así como veía a otros viejos, vegetando, sólo comiendo y durmiendo, sin conciencia de tiempo ni lugar.
Y con eso no podemos hacer nada.


lunes, 2 de abril de 2018

NOSTALGIAS

-         A ver si le puede hacer entender a su mamá – me dice Laura, desde sus ojos pequeñitos color celeste claro -, porque ella todos los días me pregunta dónde estamos, qué hacemos, adónde vamos... No sabe dónde está: ¿usted le podrá decir?
   ¿Cómo le digo que es la lucha que mantengo con ella cada vez que la visito? ¿Y que me pregunto, cada vez, si realmente no sabe o me está haciendo pagar por lo que nunca terminó de aceptar: que su hija “la metiera” en un geriátrico?
   Hoy, la semana que viene, dentro de un mes, se repetirán sus preguntas: “¿Esto es tuyo? ¿Y esa quién es? ¿Vamos? ¿Trajiste el auto?” Todo esto hace que, cuando me voy, se desespere. Y que yo haya cambiado el “chau, hasta la próxima” por el “voy a estacionar y vuelvo”, o “voy a buscar a la nena a la escuela y enseguida vuelvo”. Total, dentro de un rato, no sabrá siquiera que estuve.
   Las dos señoras que se sientan cerca de mi mamá, Laura e Inés, se conectan más conmigo que mi propia madre, por lo que me enfoco en ellas. De algún modo, me ayudan a sobrellevar esa visita que estoy empezando a sentir como de compromiso.
   Laura e Inés aman el tango. Lo descubrí cuando empecé a ver si con la música podía llegar a mi madre otra vez, pero está cada día más sorda y ni pegado a la oreja, mi celular, tocando música de Youtube, parece interesarle. Probé también con folklore y boleros. No obtuve mucha respuesta.
   Inés me pregunta qué música me gusta a mí, y mientras intento explicarle mi ecléctico gusto musical, y deslizo nombres desde Los Beatles a Maná, desde Kevin Johansen a Amy Whinehouse, nos sorprendemos al encontrar a Queen, especialmente a Freddie Mercury, como interés en común.
   Entrecierra sus ojos cuando lo menciono: “¡Ah, bueno!”, como diciendo: “¡Palabras mayores!”
   Un poco adivinando y un poco guiándome por los gustos que me confiesa, me atrevo a ponerle “Barcelona”, interpretado por Montserrat Caballé y Freddie Mercury. Mientras a mí también se me pone la piel de gallina viendo a Freddie tan vital y talentoso, mientras después de tantos años sigo lamentando su muerte joven, veo que Inés no pierde una sola línea y sus ojos se tornan acuosos. “Barcelona...How can I forget...!” Y, sin embargo, casi todo en este lugar es olvido: pero la música, en la mayoría de ellos, es muy poderosa, y los puede incitar a cantar esas letras aprendidas hace décadas, que se recuerdan aún porque, como decía Flora, una paciente que conocí aquí una vez,“el cerebro era joven”. O a bailar, porque los músculos también recuerdan los movimientos aprendidos hace décadas. Y además, los músculos a veces parecen seguir otros caminos independientes del cerebro que pretende manejarlos...
   Ahora sé que, cada vez que visite, tendré la conexión musical con Inés gracias a Queen. Ya le hice escuchar “Rapsodia Bohemia” y “Amor de mi vida”, pero mi madre protesta porque “¡no entiendo nada!”, me dice.
   Llego de visita, como otras veces, pero ahora tengo una misión: hacerles escuchar tangos a Laura e Inés. “¿Qué tango?”, indago. “Cualquiera”, me dicen las dos. Laura quiere escucharlos para recordar las letras y elegir qué cantar los martes a la tarde, cuando venga Serafín, el cantante de tangos que hace doble función ese día (primero en planta baja, luego en el primer piso). “Porque si no, canto siempre ‘Malena’”, me confiesa, como resignada.
   Inés me cuenta que creció en Pompeya: “¡Nada menos!”, agrega. Dice que era caminar por esas calles nomás y escuchar que de todas las casas salían melodías tangueras. A ella le gustaba ir por el barrio a cantar tangos donde quisieran escucharla. “¿Y bailarlo? Perla bailaba muy bien el tango y le encantaba”, le cuento, sobre mi madre. “¡Noooo! Me lo tenían prohibido”. Y sí, el tango tuvo su época pecaminosa. Las chicas de su casa no bailaban ese género menor de compadritos, mujeres “de la vida” y orígenes orilleros.
   Busco a algún inobjetable, como Julio Sosa. Encuentro sus interpretaciones de “Uno”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Cambalache”. Luego, decido variar, y poner voces femeninas. Me inclino por Rosanna Falasca y pongo “Madreselva”. Escuchamos atentas y emocionadas, recordando a la bella mujer que partió tan joven. Luego, otra cantante femenina: Virginia Luque, y un tango a veces hecho canción que siempre me gustó tanto, sobre todo cuando de adolescente lo escuchaba, lamentando el fin de algún amor y ya sentía “Nostalgias”. “La vi actuar una vez”, dice Inés, y se le ilumina el rostro. “No canta solamente. Hay que ver cómo expresa cada palabra...cómo interpreta. Chiquita, pero...enorme”. Hace una pausa, y agrega: “Tanta gente que aparecía tanto... ¿adónde se ha ido? ¿dónde están ahora?” Yo misma no recuerdo qué pasó con Virginia Luque, pero la gugleo, intuyendo. Y sí, murió en 2014, a los 86 años. Pero no le comento mi hallazgo, y luego Inés sigue con otros recuerdos: “Había un matrimonio que cantaba...ella tenía muy linda voz, como de cantante lírica...” Me atrevo a develar el acertijo y busco a Violeta Rivas y Nestor Fabián. Se los muestro, cantando un potpurrí de tangos famosos. “Sí, sí, son ellos...” Mientras los disfruta, se pregunta qué fue de ellos... Compruebo que ambos siguen en este mundo, pero entiendo que, mientras mi generación ha soportado estoicamente la muerte de Michael Jackson, George Michael y Prince, sintiendo que nos estamos quedando sin grandes, la angustia de su generación es decididamente mucho mayor, ya que tantos de los que conformaban el cuadro cultural de su época están retirados o muertos.
   Mientras tanto, cada vez que se termina uno de los tangos que pongo, Laura me dice: “Por mí, ya está. Suficiente”, o algo así. Se da por satisfecha y vuelve a su libro, o a su mandala.
   ¿Y Perla? Durante esta visita mía, ha dormido todo el tiempo. Me comenta Felisa, una de las cuidadoras, que antes de que yo viniera Perla desayunó abundantemente, rosca de Pascua incluida, y de seguro eso le dio sueño. Lo que sea. Es la hora de irme, le explico mientras la beso que debo retirarme a buscar la nena a la escuela. Se queda tranquila y retoma el sueño.
   Para Laura, sin embargo, no es suficiente. “Dale un beso”, me apura, “explicale que te vas”. Ya le dije. Ya le di un beso. “Se siente muy sola”, me explica.
   También yo, Laura. También yo.

domingo, 4 de marzo de 2018

EL DRAMA DE LOS VAMPIROS (o LA TRISTEZA DE HIGHLANDER)



   Un chiste más de esos que dan vueltas por las redes (¿lograrán dar la vuelta al mundo? ¿volverán a quien los pensó primero?). Escenario: una iglesia. Sermón dominical acerca de la importancia del perdón en la vida cristiana. El sacerdote interroga: “¿Cuántos de uds han perdonado a sus enemigos? Levanten la mano, por favor”. Todos los feligreses levantan la mano, menos una viejita, muy viejita. El sacerdote le pregunta mas fuerte, pensando que tal vez no es mala fe, sino simplemente que la señora, de tan mayor, no oye bien. Sigue sin levantar la mano, ante lo cual le pregunta el cura: “¿No esta ud. dispuesta a perdonar a sus enemigos?” Y la anciana le responde: “Yo no tengo enemigos, padre”. Ante tan conmovedora declaración, el sacerdote decide ponerla como ejemplo y le pide que se ponga de pie: “¿Cuantos años tiene ud., si se puede preguntar, buena señora?” “99”, responde la viejita. “Y díganos, ¿cómo se hace para llegar a los 99 años sin enemigos, mi estimada abuelita?”, a lo que la dulce viejecita responde: “Es que ya se han muerto todos los hijueputas, padre”.
   Para los 99, los 100, o a veces edades avanzadas bastante anteriores, muchos de tus contemporáneos han muerto: amigos, familiares,...hasta enemigos. Y ese es el drama de los vampiros (que viven cientos de años) o de Highlander, o de cualquier otro que se jacte de vida eterna o muy longeva en mitos, leyendas o cualquier ficción que ande dando vueltas por ahí: se tiene la vida eterna a costa de un precio que en principio no parece ser muy importante, pero que al ir experimentándolo va volviendo pesada el alma: se te mueren todos alrededor, y vos te convertís en un testigo de esas muertes que te rozan pero no te tocan. Que pasan cerquita, pero no acaban con vos.
   Algo así le fue pasando a mi madre, que en un principio se mostraba bastante poco afligida por algunas de las muertes que se le iban presentando cerca.
   Fuera de la de mi padre, que sí realmente la entristeció y con la que su vida dio un vuelco (en algunos aspectos, para mal; y en otros, le dio la oportunidad de disfrutar de momentos que al lado de mi padre no había podido disfrutar por una razón o por otra), una de las primeras de una seguidilla de varias fue la de su amiga y vecina, Hanna. Rubia, alta, regordeta, “pinta de alemanota”, Hanna había nacido en algún lugar de Europa que ella creía Alemania pero que en algún momento del reordenamiento de los países cambió de nombre y al parecer ahora era Yugoslavia. Había tenido dos hijos en Argentina, un marido alemán fumador de pipa con quien seguía peleándose en alemán, y cuando se fue quedando sola la acompañaba otra anciana mayor que ella. Una cuidaba a la otra, pero no se sabía muy bien quién a quién.
   Un buen día se quedó sola, quién sabe qué ocurrió con la otra, pero la historia que sonó fue que se libró de ella de algún modo porque sus chocheras la agotaron. El tema es que, a cierta edad, es mejor mal acompañada que sola, aunque en un primer momento no se pueda entender. Ahora Hanna estaba sola, y eso significaba darle vueltas por la cabeza toda clase de historias que, obviamente, no le estaban haciendo bien. Mi madre veía ensombrecer a su vecina y la culpaba por su retraimiento y tristezas (que luego ella misma tendría, sin querer queriendo).
   Hanna se enfermaba de una cosa y de otra. Acudía al médico con insistencia, se quejaba de cosas que a mi madre le parecían nimiedades. Un día terminó internada por alguna de esas pequeñeces que tenía o se buscaba. Mi madre la fue a ver alguna vez y dijo algo sobre sus pocas ganas de vivir. Que ella, desde luego, no entendía en ese momento. ¿De qué se lamentaría Hanna, si estaba sola y tranquila con su vida? Hasta que un día me llamó mi madre y me contó:
-         Ya está, ya se fue Hanna. No más Hanna.
   Me chocaba su modo de contarme la muerte de una amiga. ¿De verdad no le afectaría? Y si le afectaba, ¿por qué contármelo así, por qué banalizar el dolor?
   Otra de las amigas que hizo tras la muerte de mi padre fue Rosa, a quien había conocido en un centro de jubilados. Salían bastante juntas, pero mi madre no hacía más que criticarla en absolutamente todo.
   Rosa se había casado con Antonio, un hombre bastante mayor que ella, más candidato para su madre viuda que para sus escasos veinte años, pero las bodegas del gallego fueron un gran atractivo para que la boda se apresurara. Perla criticaba todo de ese matrimonio de su amiga. “Si lo hubieras visto al gallego...¡no valía nada!” “No valer nada” o “no valer ni cinco centavos” era el modo que tenía mi madre de desvalorizar a una persona que no hubiera resultado agraciada por la naturaleza.
   La madre de Rosa sólo le llevaba 15 años. Y el gallego tenía 40 cuando desposó a Rosa, o sea...sí, más grande que su propia madre.
   “Me trataba como a una reina”; “Jamás me hizo faltar nada, ni a mí, ni a mis hijos”. Esas frases hechas, tipo Mamá Cora, eran las que lanzaba Rosa a quien quisiera escuchar.
   Rosa tuvo dos hijos. Según mi madre, prefería sin dudar al que le fue bien económicamente, que se mudó a un country, que manejaba autos caros y que a la mayoría de edad de sus hijos pudo regalarles sus propias ruedas alta gama. Al otro, que trabajaba de empleaducho en un local de electrodomésticos, nunca salió del barrio y encima, pobre hombre, tenía una hija con síndrome de Down, lo relegaba a un segundísimo plano.
   Pero había más capítulos oscuros en la vida de Rosa que mi madre me contaba como episodios de telenovela. Resulta que este Antonio que había desposado era viudo y tenía una hija. Pero Rosa no la aceptaría nunca, al punto que le pidió a su prometido que la hija no viviera con ellos como condición para darle el sí. La niña se crió con una abuela, y Rosa no sólo no la incorporó a esta nueva familia de Antonio, sino que prohibió que se hablara de ella, que conociera a sus hijos, quienes sólo supieron de su existencia muchos años después, cuando murió en la mediana edad y se convirtió en un fantasma para esos hermanos que siempre le reprocharían a su madre ese secreto.
   Deleznable es poco decir de semejante comportamiento, pero así y todo, pese a sus acciones miserables y su historia tan criticable, mi madre continuó esta amistad. Compartían algunas salidas, y a la vuelta Perla me contaba que Rosa no había querido sentarse ni a tomar un café, en un día crudo de invierno, ni un helado o una refrescante cerveza, en los tórridos veranos porteños. “¡Es más amarreta...!” Rosa justificaba todo ahorro con la excusa de que todos los años quería viajar a Europa y pasarse un par de meses con los parientes italianos, a quienes, mi madre decía, abusaba y exprimía al máximo, sin retribuir del mismo modo los servicios prestados cuando los parientes venían a verla.
   Sólo comencé a analizar esa tendencia a criticar de mi madre hace poco tiempo. ¿Qué la llevaría a ser tan crítica hasta con sus amigas? ¿Por qué no decir nada bueno de gente con quien, mal que mal, compartía tanto tiempo y salidas? Inexplicable para mí entonces y ahora también.
   La cuestión fue que Rosa debió cuidar de su madre cuando ella misma ya andaba por los 85. La viejita ya había cumplido los 100 y no daba indicios de querer despedirse, aunque vivía esa vida-no-vida de muchos ancianos postrados, una rutina de cambios de pañales, baños de esponja y papilla. Casi como la vida de los bebes.
   Pero como Rosa sola no podía, venía una “nochera” y otra más de día para ayudarla al menos con el cambio de pañales y otras tareas que implicaban mover a la robusta viejecita.
   Pasaban los inviernos helados y los veranos agotadoramente calurosos, y la centenaria resistía. Hasta que un día, como cualquier otro, no despertó. Rosa le comunicó la muerte a mi madre por teléfono, y la verdad, no sé si hubo un encuentro entre ellas tras este suceso.
   Lo que recuerdo muy bien es cuando, al día siguiente, mi madre estaba en mi casa y me llamó la nuera de Rosa. Me extrañó mucho la llamada.
-         Como no me atiende nadie en lo de tu mamá, te lo comunico a vos, que murió mi suegra.
   Francamente, pensé que me hablaba de la madre de Rosa.
-         Sí, nos enteramos de que murió la mamá de Rosa.
-         No, no la mamá de Rosa. Mi suegra, Rosa, falleció.
   Después de cortar, le conté a mi madre que, tras volver del entierro, Rosa se fue a su casa, donde la encontraron horas más tarde, muerta, sentada a la mesa de la cocina.
-         ¿Habrá tomado algo? -, fue la primera reacción de mi madre.
-         Ay, mamá... La verdad, lo que sé es lo que te dije. No me dio como para andar preguntando muchos detalles.
   Creo que mi madre comenzaba a entender que tal vez había momentos de la vida en que una puede perder la razón de existir y tomar la determinación de irse. Y esta muerte cercana, más otras a su alrededor, fueron arrinconándola.
   Única hija mujer, en una familia con dos hermanos, Perla siempre tuvo que ser la más fuerte. Hermana del medio pero también cuidadora largos años de la madre enferma, y un poco madre de sus hermanos. Sobre todo el menor, Francisco, a quien todo el pueblo conocía mucho más como Paco, la sentía un poco su madre. El mayor, Fernando (pero Nando para todos), no era con quien mantenía la mejor de las relaciones, y en cierta forma, era un fiel reflejo del alma oscura del padre. Durante mucho tiempo no tuvo noticias suyas. Y se enojó primero y horrorizó después cuando llamó un día a su casa, lo atendió su esposa, Lola, con un “¿Qué Perla?” (“¿¿¡¡Cómo me dice ‘qué Perla’”??!!), y le comunicó que estaba en un geriátrico.
-         ¿A vos te parece? ¿Por qué no lo cuida ella?
Supo de lo mal que estaba, que no reconocía a nadie, así que cuando poco tiempo más tarde la llamaron para comunicarle su muerte, sólo dijo: “Dios se acordó de él”.      Empezaba a virar su actitud hacia la muerte. Morir se estaba transformando en un deseo que se expresaba cada vez más explícitamente.
   Su Paco tan amado se puso enfermo, pero no sería nada demasiado grave, seguramente. Perla me contó que la había llamado desde el hospital, que le había pedido que fuera al sur a verlo, pero ella le prometió que lo haría ni bien saliera del hospital. Ya las decisiones de Perla estaban empezando a enrarecerse: “¿Para qué voy a ir cuando está en el hospital? Cuando le den el alta voy y lo visito en su casa. Además, vos me necesitás acá”. Si bien era cierto que en esos días solía cuidarme a la nena, yo interpreté esa llamada de Paco como un último deseo. No se desestiman los pedidos urgentes de un enfermo.... De algún modo, siento que la cercanía a la muerte los hace más sabios y comienzan a entrever el futuro. Pero mi madre no lo vio de esa manera, y pese a mi pedido de que viajara, no lo hizo.
   Al día siguiente, llego a casa y en el mensaje de mi contestador estaba grabado su llanto. “Murió Paco, Vale, murió Paco...” Se me estrujó el corazón pero mi pena no disminuyó mi enojo con ella por no haber comprendido ese último pedido de su hermano que quería una última oportunidad para estar con esa especie de mamá sustituta que fue ella durante mucho tiempo.
   Y así se iban sumando muertes. Todos a su alrededor, y ella en pie. Un día de reflexión me dijo: “Paco murió un 1ero de septiembre; al año siguiente, Nando murió un 2 de septiembre. Este año, el 3 de septiembre, me toca a mí”.
   No hubo forma de sacarle esa idea de la cabeza. Y justo fue en 2014, donde ella arrancó el año con su fractura de cadera que la pondría inevitablemente en veloz picada descendente. Fue cuando, hacia mediados de año, supe que no podría más yo sola con sus limitaciones físicas y sus laberintos mentales y la llevé a un geriátrico.

   Cuando llegó el 3 de septiembre, ya no recordaba su deducción matemática. Pasaron varios 3 de septiembre, y ahí está ella, viviendo el drama de los vampiros.