domingo, 1 de marzo de 2020

DE AQUÍ NO SALE NADIE





   Todos lo saben y eso se siente en el ambiente. Es el único tema, con variantes, que se oye en el comedor del geriátrico. Buscan la salida, cómo irse, con quién…
-          Las llaves... Quiero que me devuelvan las llaves – dice un paciente nuevo, desde
su silla de ruedas atada a una baranda de la pared. Mientras tanto, mi madre me recuerda una vez más:
-          Cuando vos digas, nos vamos.
A eso le puedo contestar que sí, con la cabeza, y durante unos minutos no volverá a
preguntar. Las preguntas con respuestas por "sí" o por "no" son las más fáciles. Cualquier otra y tendré que acercarme a gritarle al oído algo que la tranquilice.
-          ¿Cuándo nos vamos?
Ahí sí ya tengo que recordarle una vez más: “Vos vivís acá. Esta es tu casa”. Primero me mira extrañada, luego se ríe. “Ay, qué cabeza la mía”. O a veces: “Ay, que suerte”. Sabe entonces que no habrá toda una movida para llevarla a algún lado. Cuanto menos movimiento, más tranquila está. Cuanto menos disruptiva la rutina, mejor. Eso es lo que me resigna a no cambiarla de lugar, aunque desde que me mudé me quede más lejos para visitarla.
-          ¿Dónde están mis llaves? – repite el nuevo. No le pregunta a nadie en particular. Lanza al aire su pregunta, esperando que haya alguien que sepa la respuesta.
-          Yo no las tengo – decide responder una, también nueva -. A mí no me las diste.
Yo no vi ningunas llaves. Esperá que me fijo en mi cartera.
        Las carteras o bolsas de las viejitas… ¿qué tendrán? Lo que sea: les dan seguridad. Toda mujer sabe que en la cartera tenemos “lo que necesitamos”, concepto que cada una define distinto. ¿Podemos ir a algún lado sin nuestra cartera? Para pasar el tiempo, me fijo qué tengo en la mía:
-          un estuche con anteojos para ver de cerca
-          otro estuche con anteojos para ver de lejos, que sólo uso para manejar o de noche.
-          Lápices de labios (2)
-          Biromes (2 negras, una verde)
-          Resaltador
-          Lápiz negro
-          Billetera
-          Tarjeta Sube
-          Pañuelos descartables
-          Llaves
-          DNI
-          Una manzana
-          Agenda
-          Celular
-          Una bolsa de compras
-          Curitas
-          Espejos (2)
-          Peine (que no uso desde que llevo el pelo corto)
-          Crema para manos
-          Un paquete de pastillas de menta
   Evidentemente, cuando envejezca seguiré teniendo que llevar cantidad de cosas inútiles. Sobre todo, las llaves. Al entrar en un geriátrico, un psiquiátrico o una cárcel, las llaves de la casa, del auto, de la oficina, ya no sirven más para nada.
    La señora que se ofreció a buscar las llaves del nuevo en su cartera (¿por qué estarían allí?), ahora le dice a su hija, que está visitándola y se sentó a su lado: “A ver si tengo plata para el taxi...Es que va a llegar la hora de volver y lo único que falta es que no tenga para el taxi...”
      Hay otro viejito nuevo, también en silla de ruedas, sentado al lado de Inés.
-          Esto es como para quedarse 15, 20 minutos...pero yo me iría a dar una vuelta...No está como para quedarse todo el día.
   Inés trata de bajarlo a Tierra, pero este viejito aún no conoce las reglas, que son más o menos así: no vas a salir nunca de acá solo. O, como oí decir una vez a una abuela sensata de humor ácido: “De acá salimos con los pies para adelante”.
            Y mientras mi madre insiste (“¿Cuándo nos vamos?”, “¿Dónde estamos?”, “Cuando vos digas, vamos”), hago un recorrido con la mirada para ver quiénes quedan. Me doy cuenta de que no está Juana, pero no quiero preguntar por miedo a la respuesta con “gestito al cielo”. Veo que aún está Josefina, con 102 cumplidos. Sé que en el piso de arriba debe de estar todavía Berta, con 105...y no puedo no pensar qué sucedería si Perla llegara a esa edad. Me pregunto qué hubiera hecho, cuando todavía le quedaba un atisbo de lucidez, si hubiera sabido que le quedaban, mínimo, 5 años de esta vida en un geriátrico. Mientras con mi familia hacíamos malabares para convivir los cuatro juntos en nuestro pequeño departamento, intentando pensar y repensar una solución potable, algunas veces lancé el tema por el aire, para probar cual globo de ensayo cuál sería su reacción si la llevara a un geriátrico. Escuché varias respuestas, del tipo “Directamente me muero” o “Me tiro por el balcón”. A mí misma me costaba pensar en esa opción.
   Recuerdo hoy las últimas semanas de su vida. Ahora pienso en ella, y sé que su tiempo en esta tierra se cumplió, que debió sufrir 6 años de purgatorio pero que descansa en paz, tranquila, en algún escondrijo del universo.
   Ya pasó un mes de la muerte. Releo cosas que escribí cuando necesitaba sacarme de adentro el sufrimiento de las dos volcándolo en algún lado. Ahora, lo que debo procesar es esas últimas semanas de hondo sufrimiento, de lento escape del cuerpo físico. Y se vuelve, como siempre, a las preguntas que la humanidad tiene desde que existe: ¿qué pasa ahora? ¿Dónde está esa persona que me dio la vida, que me crió y me vio crecer? ¿Existe, en realidad, un espacio donde el espíritu de quienes se fueron continúa emanando energía? ¿O se vuelve a esa nada donde esperábamos que se unieran un óvulo y un espermatozoide?
   Como me niego a cualquier rito funerario, sé que no le hablaré a una lápida. La veo en las fotos y en los recuerdos, y desde allí dialogo con ella o siento su voz. Muchos recuerdos me hacen sonreír. Y es allí, en esas memorias que compartía con ella, donde sé que nos encontramos de nuevo, como hace rato no lo hacíamos, como no pudimos en estos seis años de lento y doloroso alejamiento.
   También la sueño. Como era antes de que decayera tanto. Cuando aún vivía, a veces soñaba que la volvía a llevar a su casa, porque se había recuperado. Ni en sueños terminaba de entender que no pudiera mejorar. Y ahora que no está, sueño que estos seis años nunca sucedieron. Sólo una vez, desde que murió, soñé que moría…y resucitaba. Una prima suya le decía: “¡Pero Perla, dejate de joder, andate de una vez!”
   La presencia en la ausencia parece un lugar común. O un concepto religioso. Sin embargo, la entiende quien la siente. No duele, no causa sufrimiento alguno: se asimila de a poco, naturalmente. O será que, en este caso, se trató de una lenta muerte en cuotas, una despedida que duró seis años. Y me quedo con un recuerdo de hace varios años, una de las tantas corridas al hospital, cuando desde una camilla, me palmeó la mano y me dijo: “Vos te podés quedar tranquila. Ya cumpliste”.
   Espero que sigas pensando lo mismo, mamá. Espero que sí.