Un chiste más de esos que dan vueltas por
las redes (¿lograrán dar la vuelta al mundo? ¿volverán a quien los pensó
primero?). Escenario: una iglesia. Sermón dominical acerca de la importancia
del perdón en la vida cristiana. El sacerdote interroga: “¿Cuántos de uds han
perdonado a sus enemigos? Levanten la mano, por favor”. Todos los feligreses
levantan la mano, menos una viejita, muy viejita. El sacerdote le pregunta mas
fuerte, pensando que tal vez no es mala fe, sino simplemente que la señora, de
tan mayor, no oye bien. Sigue sin levantar la mano, ante lo cual le pregunta el
cura: “¿No esta ud. dispuesta a perdonar a sus enemigos?” Y la anciana le
responde: “Yo no tengo enemigos, padre”. Ante tan conmovedora declaración, el
sacerdote decide ponerla como ejemplo y le pide que se ponga de pie: “¿Cuantos
años tiene ud., si se puede preguntar, buena señora?” “99” , responde la viejita. “Y
díganos, ¿cómo se hace para llegar a los 99 años sin enemigos, mi estimada
abuelita?”, a lo que la dulce viejecita responde: “Es que ya se han muerto
todos los hijueputas, padre”.
Para los 99, los 100, o a veces edades
avanzadas bastante anteriores, muchos de tus contemporáneos han muerto: amigos,
familiares,...hasta enemigos. Y ese es el drama de los vampiros (que viven
cientos de años) o de Highlander, o de cualquier otro que se jacte de vida
eterna o muy longeva en mitos, leyendas o cualquier ficción que ande dando
vueltas por ahí: se tiene la vida eterna a costa de un precio que en principio
no parece ser muy importante, pero que al ir experimentándolo va volviendo
pesada el alma: se te mueren todos alrededor, y vos te convertís en un testigo
de esas muertes que te rozan pero no te tocan. Que pasan cerquita, pero no
acaban con vos.
Algo así le fue pasando a mi madre, que en
un principio se mostraba bastante poco afligida por algunas de las muertes que
se le iban presentando cerca.
Fuera de la de mi padre, que sí realmente la
entristeció y con la que su vida dio un vuelco (en algunos aspectos, para mal;
y en otros, le dio la oportunidad de disfrutar de momentos que al lado de mi
padre no había podido disfrutar por una razón o por otra), una de las primeras
de una seguidilla de varias fue la de su amiga y vecina, Hanna. Rubia, alta,
regordeta, “pinta de alemanota”, Hanna había nacido en algún lugar de Europa
que ella creía Alemania pero que en algún momento del reordenamiento de los
países cambió de nombre y al parecer ahora era Yugoslavia. Había tenido dos
hijos en Argentina, un marido alemán fumador de pipa con quien seguía peleándose
en alemán, y cuando se fue quedando sola la acompañaba otra anciana mayor que
ella. Una cuidaba a la otra, pero no se sabía muy bien quién a quién.
Un buen día se quedó sola, quién sabe qué
ocurrió con la otra, pero la historia que sonó fue que se libró de ella de
algún modo porque sus chocheras la agotaron. El tema es que, a cierta edad, es
mejor mal acompañada que sola, aunque en un primer momento no se pueda
entender. Ahora Hanna estaba sola, y eso significaba darle vueltas por la
cabeza toda clase de historias que, obviamente, no le estaban haciendo bien. Mi
madre veía ensombrecer a su vecina y la culpaba por su retraimiento y tristezas
(que luego ella misma tendría, sin querer queriendo).
Hanna se enfermaba de una cosa y de otra.
Acudía al médico con insistencia, se quejaba de cosas que a mi madre le
parecían nimiedades. Un día terminó internada por alguna de esas pequeñeces que
tenía o se buscaba. Mi madre la fue a ver alguna vez y dijo algo sobre sus
pocas ganas de vivir. Que ella, desde luego, no entendía en ese momento. ¿De
qué se lamentaría Hanna, si estaba sola y tranquila con su vida? Hasta que un
día me llamó mi madre y me contó:
-
Ya está,
ya se fue Hanna. No más Hanna.
Me chocaba su modo de contarme la muerte de
una amiga. ¿De verdad no le afectaría? Y si le afectaba, ¿por qué contármelo
así, por qué banalizar el dolor?
Otra de las amigas que hizo tras la muerte
de mi padre fue Rosa, a quien había conocido en un centro de jubilados. Salían
bastante juntas, pero mi madre no hacía más que criticarla en absolutamente
todo.
Rosa se había casado con Antonio, un hombre
bastante mayor que ella, más candidato para su madre viuda que para sus escasos
veinte años, pero las bodegas del gallego fueron un gran atractivo para que la
boda se apresurara. Perla criticaba todo de ese matrimonio de su amiga. “Si lo
hubieras visto al gallego...¡no valía nada!” “No valer nada” o “no valer ni
cinco centavos” era el modo que tenía mi madre de desvalorizar a una persona
que no hubiera resultado agraciada por la naturaleza.
La madre de Rosa sólo le llevaba 15 años. Y
el gallego tenía 40 cuando desposó a Rosa, o sea...sí, más grande que su propia
madre.
“Me trataba como a una reina”; “Jamás me
hizo faltar nada, ni a mí, ni a mis hijos”. Esas frases hechas, tipo Mamá Cora,
eran las que lanzaba Rosa a quien quisiera escuchar.
Rosa tuvo dos hijos. Según mi madre,
prefería sin dudar al que le fue bien económicamente, que se mudó a un country,
que manejaba autos caros y que a la mayoría de edad de sus hijos pudo
regalarles sus propias ruedas alta gama. Al otro, que trabajaba de empleaducho
en un local de electrodomésticos, nunca salió del barrio y encima, pobre
hombre, tenía una hija con síndrome de Down, lo relegaba a un segundísimo
plano.
Pero había más capítulos oscuros en la vida
de Rosa que mi madre me contaba como episodios de telenovela. Resulta que este
Antonio que había desposado era viudo y tenía una hija. Pero Rosa no la aceptaría
nunca, al punto que le pidió a su prometido que la hija no viviera con ellos
como condición para darle el sí. La niña se crió con una abuela, y Rosa no sólo
no la incorporó a esta nueva familia de Antonio, sino que prohibió que se
hablara de ella, que conociera a sus hijos, quienes sólo supieron de su
existencia muchos años después, cuando murió en la mediana edad y se convirtió
en un fantasma para esos hermanos que siempre le reprocharían a su madre ese
secreto.
Deleznable es poco decir de semejante
comportamiento, pero así y todo, pese a sus acciones miserables y su historia
tan criticable, mi madre continuó esta amistad. Compartían algunas salidas, y a
la vuelta Perla me contaba que Rosa no había querido sentarse ni a tomar un
café, en un día crudo de invierno, ni un helado o una refrescante cerveza, en
los tórridos veranos porteños. “¡Es más amarreta...!” Rosa justificaba todo
ahorro con la excusa de que todos los años quería viajar a Europa y pasarse un
par de meses con los parientes italianos, a quienes, mi madre decía, abusaba y
exprimía al máximo, sin retribuir del mismo modo los servicios prestados cuando
los parientes venían a verla.
Sólo comencé a analizar esa tendencia a
criticar de mi madre hace poco tiempo. ¿Qué la llevaría a ser tan crítica hasta
con sus amigas? ¿Por qué no decir nada bueno de gente con quien, mal que mal,
compartía tanto tiempo y salidas? Inexplicable para mí entonces y ahora
también.
La cuestión fue que Rosa debió cuidar de su
madre cuando ella misma ya andaba por los 85. La viejita ya había cumplido los
100 y no daba indicios de querer despedirse, aunque vivía esa vida-no-vida de
muchos ancianos postrados, una rutina de cambios de pañales, baños de esponja y
papilla. Casi como la vida de los bebes.
Pero como Rosa sola no podía, venía una
“nochera” y otra más de día para ayudarla al menos con el cambio de pañales y
otras tareas que implicaban mover a la robusta viejecita.
Pasaban los inviernos helados y los veranos
agotadoramente calurosos, y la centenaria resistía. Hasta que un día, como
cualquier otro, no despertó. Rosa le comunicó la muerte a mi madre por
teléfono, y la verdad, no sé si hubo un encuentro entre ellas tras este suceso.
Lo que recuerdo muy bien es cuando, al día
siguiente, mi madre estaba en mi casa y me llamó la nuera de Rosa. Me extrañó
mucho la llamada.
-
Como no
me atiende nadie en lo de tu mamá, te lo comunico a vos, que murió mi suegra.
Francamente, pensé que me hablaba de la
madre de Rosa.
-
Sí, nos
enteramos de que murió la mamá de Rosa.
-
No, no
la mamá de Rosa. Mi suegra, Rosa, falleció.
Después de cortar, le conté a mi madre que,
tras volver del entierro, Rosa se fue a su casa, donde la encontraron horas más
tarde, muerta, sentada a la mesa de la cocina.
-
¿Habrá
tomado algo? -, fue la primera reacción de mi madre.
-
Ay,
mamá... La verdad, lo que sé es lo que te dije. No me dio como para andar
preguntando muchos detalles.
Creo que mi madre comenzaba a entender que
tal vez había momentos de la vida en que una puede perder la razón de existir y
tomar la determinación de irse. Y esta muerte cercana, más otras a su
alrededor, fueron arrinconándola.
Única hija mujer, en una familia con dos
hermanos, Perla siempre tuvo que ser la más fuerte. Hermana del medio pero
también cuidadora largos años de la madre enferma, y un poco madre de sus
hermanos. Sobre todo el menor, Francisco, a quien todo el pueblo conocía mucho
más como Paco, la sentía un poco su madre. El mayor, Fernando (pero Nando para
todos), no era con quien mantenía la mejor de las relaciones, y en cierta
forma, era un fiel reflejo del alma oscura del padre. Durante mucho tiempo no
tuvo noticias suyas. Y se enojó primero y horrorizó después cuando llamó un día
a su casa, lo atendió su esposa, Lola, con un “¿Qué Perla?” (“¿¿¡¡Cómo me dice
‘qué Perla’”??!!), y le comunicó que estaba en un geriátrico.
-
¿A vos
te parece? ¿Por qué no lo cuida ella?
Supo de lo mal que
estaba, que no reconocía a nadie, así que cuando poco tiempo más tarde la
llamaron para comunicarle su muerte, sólo dijo: “Dios se acordó de él”. Empezaba a virar su actitud hacia la
muerte. Morir se estaba transformando en un deseo que se expresaba cada vez más
explícitamente.
Su Paco tan amado se puso enfermo, pero no
sería nada demasiado grave, seguramente. Perla me contó que la había llamado
desde el hospital, que le había pedido que fuera al sur a verlo, pero ella le
prometió que lo haría ni bien saliera del hospital. Ya las decisiones de Perla
estaban empezando a enrarecerse: “¿Para qué voy a ir cuando está en el
hospital? Cuando le den el alta voy y lo visito en su casa. Además, vos me
necesitás acá”. Si bien era cierto que en esos días solía cuidarme a la nena,
yo interpreté esa llamada de Paco como un último deseo. No se desestiman los
pedidos urgentes de un enfermo.... De algún modo, siento que la cercanía a la
muerte los hace más sabios y comienzan a entrever el futuro. Pero mi madre no
lo vio de esa manera, y pese a mi pedido de que viajara, no lo hizo.
Al día siguiente, llego a casa y en el
mensaje de mi contestador estaba grabado su llanto. “Murió Paco, Vale, murió
Paco...” Se me estrujó el corazón pero mi pena no disminuyó mi enojo con ella
por no haber comprendido ese último pedido de su hermano que quería una última
oportunidad para estar con esa especie de mamá sustituta que fue ella durante
mucho tiempo.
Y así se iban sumando muertes. Todos a su
alrededor, y ella en pie. Un día de reflexión me dijo: “Paco murió un 1ero de
septiembre; al año siguiente, Nando murió un 2 de septiembre. Este año, el 3 de
septiembre, me toca a mí”.
No hubo forma de sacarle esa idea de la
cabeza. Y justo fue en 2014, donde ella arrancó el año con su fractura de
cadera que la pondría inevitablemente en veloz picada descendente. Fue cuando,
hacia mediados de año, supe que no podría más yo sola con sus limitaciones
físicas y sus laberintos mentales y la llevé a un geriátrico.
Cuando llegó el 3 de septiembre, ya no
recordaba su deducción matemática. Pasaron varios 3 de septiembre, y ahí está
ella, viviendo el drama de los vampiros.