Cuando yo era
pequeña e indefensa, las luchas por mi subsistencia eran tarea de mis padres.
Ahora, yo debo comportarme como si fuera la madre de mi mamá y librar todas sus
batallas. La última: lograr que la pasaran de un primer piso sin accesibilidad
a la ansiada planta baja.
La ingresé a este geriátrico huyendo de otro.
A su vez, a ese otro la había llevado con la prisa que me generó convivir con
ella, mi esposo, mi hija y mi perro en dos ambientes. Así y todo, estuve dos
semanas visitando a razón de tres o cuatro geriátricos por día antes de
decidirme...y me equivoqué. Me había cautivado el jardín al que daba el comedor
y el balcón a la calle de la habitación que había elegido para ella. Esos
asuntos mundanos ya no le interesaban a mi madre de todos modos, y cuando junté
varias razones para cambiarla, lo hice. Lo que más pesó: sólo después de 15
días de malestares estomacales, llamaron a emergencias. Cuando hablé con la
médica que la acompañó en la ambulancia, me reveló que tenía un estado de
deshidratación debido a su prolongada diarrea, estado que no habían sabido
registrar debidamente. No existía un libro donde constara exactamente qué le
había estado pasando. Además, su impresión del edificio fue mala y en eso sentí
que tal vez yo había cometido descuidos. Lo más inquietante, sin embargo, fue
cuando me contó un diálogo que tuvo con la encargada:
- ¿Este no es el
geriátrico donde, hace un par de años, el dueño sacó corriendo a unos
inspectores a los tiros?
- Sí – admitió la
encargada -. Es que a los inspectores habría que correrlos a tiros a todos...
“Googleando”, obtuve los pormenores. Y hace
unos días leí en las noticias que ese delincuente fue condenado a ocho años de
prisión por tentativa de homicidio.
Así y todo, cuando volvió mi madre de su breve
internación, me dije que les daría una oportunidad más, al menos hasta que se
cumpliera el segundo mes. Pero cuando tuve un malentendido con la encargada
sobre la medicación, dije basta. No podían ser tan irresponsables de no estar
seguros si le seguían dando o no una medicación que los médicos habían
suspendido tras la internación.
Unos días después de cambiar a mi madre,
llegaron algunos ancianos más, “repatriados” del mismo lugar. Y a los pocos
meses, lo vi cerrado; luego, ocupado por familias sin casa. Ahora no sé qué
será de ese edificio...
En el nuevo lugar me parecieron más
responsables y humanos. Por eso no le di demasiada importancia al hecho de
ubicarla en un primer piso cuyas escaleras, ya al ingresar, mi madre subía con
mucha dificultad. Me imaginé que en algún momento podría fácilmente mudarla
abajo. Cuando la situación empeoró porque sus piernas parecían no querer
sostenerla más, Patricia, la encargada, me tranquilizó diciéndome que mamá podía
ser bajada sentada en una silla. Por supuesto que al poco tiempo esta modalidad
resultó casi impracticable. Quise sacarla a pasear por segunda vez en una
semana, pero mi iniciativa fue desalentada de plano. “No”, me lanzó cortante
Patricia. “¿Cómo que no la puedo sacar?”, pregunté azorada. “No”, repitió, para
después agregar: “Tengo a las cuidadoras con problemas de espalda. Yo tampoco
puedo. No”. Quedé helada. “Pero...” me animé a inquirir, “¿y los demás?”
“No-sa-len”, fue su única, cortante respuesta. Apa.
Muchas veces, yéndola a ver, sentí que
estaba visitando a una interna en un penal. La mayoría de los que están en el
primer piso no pueden bajar por sus propios medios: saben que están presos
hasta el día final en que la muerte los libere.
Por eso ahora, que logré que la bajaran,
como corresponde, me siento aliviada. Gané una batalla que libré por ella. Pero
el camino fue arduo. Al principio le comenté a Patricia que pensáramos en
bajarla en cuanto hubiera una habitación libre, algo que tristemente y por ley
de vida en un geriátrico no es una opción tan descabellada. Pasado el tiempo,
me pareció que mi madre se había habituado con comodidad a sus compañeras, y no
hablé más del tema. También, algunas cuidadoras me recomendaban no bajarla:
“Abajo están todos locos. Acá es más tranquilo. ¿O por qué te pensás que
nosotras trabajamos acá arriba?” Como aditamento, mi madre no parecía disfrutar
mucho de las salidas. Se la pasaba preguntando cuándo volvíamos, pedía
regresar, se ponía llorosa...Pasó mucho tiempo hasta que la combinación de
medicamentos fue la adecuada para tratarla.
Pero las crecientes dificultades al
trasladar a mi madre, sumadas al hecho de que al salir ya no tiene idea dónde
estuvo viviendo, me hicieron pensar que sería mejor considerar nuevamente
mudarla a planta baja.
Patricia estuvo con licencia por enfermedad
durante largos meses en que pensé que el caos reinante sin ella era tal que yo debería
volver a considerar un cambio de residencia. Finalmente las cosas se fueron
acomodando sin Patricia y dejé de pensar en cambiarla por esta causa. Pero no
podía olvidarme de lo que seguía sintiendo acerca del modo de vida de mi madre:
tenía que poder sacarla con mayor asiduidad. Ahora que su estado psiquiátrico
estaba más estable, quería volver a disfrutar de paseos con ella y que tuviera
más oportunidades de verme a mí y a su nieta.
Entonces, retomé el tema de bajarla, ahora
con los dueños. La respuesta, una y otra vez, era negativa. Comencé a sospechar
que había algo más en “el abajo”: ¿cobrarían más? ¿tendrían privilegios que yo
desconocía?
Hasta que finalmente descubrí lo que había
sospechado: que aun cuando se hacía algún lugar, no me lo darían...por no sé
qué motivos. Aproveché la vuelta de Patricia y la presencia del matrimonio de
dueños en su oficina para retomar el tema. Sólo que a esta altura yo ya estaba
muy furiosa y me sentía vilmente engañada.
-
Ahora
que están todos...quisiera hablar de un tema que ya le adelanté a Patricia los
otros días...
Sí. A su vuelta de la licencia le hice saber
que yo ya estaba enterada de que, aun habiendo lugar, a mi madre le seguían
negando la posibilidad de bajar. Sin embargó, Patricia se mostraba insistente:
-
Es que
NO HAY lugar...
-
Sí hay.
Sé que entró gente hace poco, y entró abajo.
-
¿Quién?
Me pidió dar nombres, y los di.
-
Ah, sí...Bueno,
hablalo con los dueños.
Sí, cuando los enganche, pensé, porque no
tienen horario fijo, como buen dueño que se precie de serlo. Igual, Patricia
seguía con su teoría de que mi madre se sentía cómoda arriba, y que para ella
estar abajo era “estar en otro geriátrico”. Las veces que yo la sacaba, al
devolverla, en ocasiones demoraban un poco en subirla y debía merendar o cenar
con “los de abajo”. Y se sentía muy fuera de lugar, según Patricia.
Mi madre ya se siente fuera de lugar en este
mundo. No sabe bien dónde está, ni cuándo, ni por qué. Vive un puro presente.
Hay que recordarle constantemente dónde estamos, qué estamos haciendo, por qué.
Y a los dos minutos, de nuevo todo.
El tema parecía incomodar demasiado a los
dueños, y yo seguía sin entender. Continué pidiendo explicaciones. Hasta que el
dueño, que había mantenido toda su conversación conmigo sin mirarme a los ojos,
sin desviar la mirada de su computadora y papeles llenos de números, me lanzó,
con un inentendible resentimiento: “¡Tu mamá NUNCA va a estar abajo!”
-
Pero,
¿por qué?
-
Porque
es una cuestión de compatibilidad.
-
Una
primera planta sin ascensor no es compatible con su estado...
-
Bueno,
si no te gusta, ahí tenés la puerta.
-
A mí no
me grite. A mí no me grita ni usted ni nadie.
-
No te estoy
gritando.
-
Está
elevando la voz. Yo le estoy hablando bien.
-
Bueno –
interviene su esposa -, vos también viniste hoy acá con una actitud...
-
Es que
estoy cansada de que me mientan...
No podía entender
cómo, teniendo lugar abajo, preferían que me fuera con mi madre a cuestas antes
que cambiarme. Demás está decir que ante semejante reacción me fui ese día
pensando que, efectivamente, tendría que empezar a buscar otro geriátrico. Y
así fue por unos días. Pero no podía rendirme tan fácilmente. Como dialogar con
ese hombre en términos razonables y sin que me gritara parecía misión
imposible, tuve que seguir el tema con la mujer y con la encargada, quien en
confidencia me reveló que ella con él ya no hablaba, por el modo en que trataba
a las mujeres: a los gritos.
Finalmente, a los pocos días, y sin tratar
más con él directamente, fui negociando la mudanza. La negativa parecía deberse
a que, claro, es más fácil tener una vacante abajo que tratar de convencer a
una familia de que el abuelito debe estar arriba. Entonces, una vez arriba, no
quieren cambiarte ni a palos.
Ahora estoy en una situación en que puedo
sacar a mi madre con más frecuencia. Aunque ella no note que cambió de lugar.
Aunque no recuerde, al salir, adónde es que tiene que volver. Aunque cada vuelta
me signifique volver a explicarle que vive en un geriátrico, ya que su modo
inconsciente de pasarme factura parece ser ese deja vou en que me hace sentir
que cada regreso a este lugar es una nueva internación. Y cuando me dice
“Pero...¿acá me vas a dejar?”, simplemente le doy un beso y me despido,
mientras ella tal vez siga preguntándose por qué no la llevo conmigo si soy su
hija.