viernes, 11 de noviembre de 2016

CON LOS PIES EN LA TIERRA



Cuando yo era pequeña e indefensa, las luchas por mi subsistencia eran tarea de mis padres. Ahora, yo debo comportarme como si fuera la madre de mi mamá y librar todas sus batallas. La última: lograr que la pasaran de un primer piso sin accesibilidad a la ansiada planta baja.
   La ingresé a este geriátrico huyendo de otro. A su vez, a ese otro la había llevado con la prisa que me generó convivir con ella, mi esposo, mi hija y mi perro en dos ambientes. Así y todo, estuve dos semanas visitando a razón de tres o cuatro geriátricos por día antes de decidirme...y me equivoqué. Me había cautivado el jardín al que daba el comedor y el balcón a la calle de la habitación que había elegido para ella. Esos asuntos mundanos ya no le interesaban a mi madre de todos modos, y cuando junté varias razones para cambiarla, lo hice. Lo que más pesó: sólo después de 15 días de malestares estomacales, llamaron a emergencias. Cuando hablé con la médica que la acompañó en la ambulancia, me reveló que tenía un estado de deshidratación debido a su prolongada diarrea, estado que no habían sabido registrar debidamente. No existía un libro donde constara exactamente qué le había estado pasando. Además, su impresión del edificio fue mala y en eso sentí que tal vez yo había cometido descuidos. Lo más inquietante, sin embargo, fue cuando me contó un diálogo que tuvo con la encargada:
- ¿Este no es el geriátrico donde, hace un par de años, el dueño sacó corriendo a unos inspectores a los tiros?
- Sí – admitió la encargada -. Es que a los inspectores habría que correrlos a tiros a todos...
   “Googleando”, obtuve los pormenores. Y hace unos días leí en las noticias que ese delincuente fue condenado a ocho años de prisión por tentativa de homicidio.
   Así y todo, cuando volvió mi madre de su breve internación, me dije que les daría una oportunidad más, al menos hasta que se cumpliera el segundo mes. Pero cuando tuve un malentendido con la encargada sobre la medicación, dije basta. No podían ser tan irresponsables de no estar seguros si le seguían dando o no una medicación que los médicos habían suspendido tras la internación.
   Unos días después de cambiar a mi madre, llegaron algunos ancianos más, “repatriados” del mismo lugar. Y a los pocos meses, lo vi cerrado; luego, ocupado por familias sin casa. Ahora no sé qué será de ese edificio...
   En el nuevo lugar me parecieron más responsables y humanos. Por eso no le di demasiada importancia al hecho de ubicarla en un primer piso cuyas escaleras, ya al ingresar, mi madre subía con mucha dificultad. Me imaginé que en algún momento podría fácilmente mudarla abajo. Cuando la situación empeoró porque sus piernas parecían no querer sostenerla más, Patricia, la encargada, me tranquilizó diciéndome que mamá podía ser bajada sentada en una silla. Por supuesto que al poco tiempo esta modalidad resultó casi impracticable. Quise sacarla a pasear por segunda vez en una semana, pero mi iniciativa fue desalentada de plano. “No”, me lanzó cortante Patricia. “¿Cómo que no la puedo sacar?”, pregunté azorada. “No”, repitió, para después agregar: “Tengo a las cuidadoras con problemas de espalda. Yo tampoco puedo. No”. Quedé helada. “Pero...” me animé a inquirir, “¿y los demás?” “No-sa-len”, fue su única, cortante respuesta. Apa.
   Muchas veces, yéndola a ver, sentí que estaba visitando a una interna en un penal. La mayoría de los que están en el primer piso no pueden bajar por sus propios medios: saben que están presos hasta el día final en que la muerte los libere.
   Por eso ahora, que logré que la bajaran, como corresponde, me siento aliviada. Gané una batalla que libré por ella. Pero el camino fue arduo. Al principio le comenté a Patricia que pensáramos en bajarla en cuanto hubiera una habitación libre, algo que tristemente y por ley de vida en un geriátrico no es una opción tan descabellada. Pasado el tiempo, me pareció que mi madre se había habituado con comodidad a sus compañeras, y no hablé más del tema. También, algunas cuidadoras me recomendaban no bajarla: “Abajo están todos locos. Acá es más tranquilo. ¿O por qué te pensás que nosotras trabajamos acá arriba?” Como aditamento, mi madre no parecía disfrutar mucho de las salidas. Se la pasaba preguntando cuándo volvíamos, pedía regresar, se ponía llorosa...Pasó mucho tiempo hasta que la combinación de medicamentos fue la adecuada para tratarla.
   Pero las crecientes dificultades al trasladar a mi madre, sumadas al hecho de que al salir ya no tiene idea dónde estuvo viviendo, me hicieron pensar que sería mejor considerar nuevamente mudarla a planta baja.
   Patricia estuvo con licencia por enfermedad durante largos meses en que pensé que el caos reinante sin ella era tal que yo debería volver a considerar un cambio de residencia. Finalmente las cosas se fueron acomodando sin Patricia y dejé de pensar en cambiarla por esta causa. Pero no podía olvidarme de lo que seguía sintiendo acerca del modo de vida de mi madre: tenía que poder sacarla con mayor asiduidad. Ahora que su estado psiquiátrico estaba más estable, quería volver a disfrutar de paseos con ella y que tuviera más oportunidades de verme a mí y a su nieta.
   Entonces, retomé el tema de bajarla, ahora con los dueños. La respuesta, una y otra vez, era negativa. Comencé a sospechar que había algo más en “el abajo”: ¿cobrarían más? ¿tendrían privilegios que yo desconocía?
   Hasta que finalmente descubrí lo que había sospechado: que aun cuando se hacía algún lugar, no me lo darían...por no sé qué motivos. Aproveché la vuelta de Patricia y la presencia del matrimonio de dueños en su oficina para retomar el tema. Sólo que a esta altura yo ya estaba muy furiosa y me sentía vilmente engañada.
-         Ahora que están todos...quisiera hablar de un tema que ya le adelanté a Patricia los otros días...
   Sí. A su vuelta de la licencia le hice saber que yo ya estaba enterada de que, aun habiendo lugar, a mi madre le seguían negando la posibilidad de bajar. Sin embargó, Patricia se mostraba insistente:
-         Es que NO HAY lugar...
-         Sí hay. Sé que entró gente hace poco, y entró abajo.
-         ¿Quién?
   Me pidió dar nombres, y los di.
-         Ah, sí...Bueno, hablalo con los dueños.
   Sí, cuando los enganche, pensé, porque no tienen horario fijo, como buen dueño que se precie de serlo. Igual, Patricia seguía con su teoría de que mi madre se sentía cómoda arriba, y que para ella estar abajo era “estar en otro geriátrico”. Las veces que yo la sacaba, al devolverla, en ocasiones demoraban un poco en subirla y debía merendar o cenar con “los de abajo”. Y se sentía muy fuera de lugar, según Patricia.
   Mi madre ya se siente fuera de lugar en este mundo. No sabe bien dónde está, ni cuándo, ni por qué. Vive un puro presente. Hay que recordarle constantemente dónde estamos, qué estamos haciendo, por qué. Y a los dos minutos, de nuevo todo.
   El tema parecía incomodar demasiado a los dueños, y yo seguía sin entender. Continué pidiendo explicaciones. Hasta que el dueño, que había mantenido toda su conversación conmigo sin mirarme a los ojos, sin desviar la mirada de su computadora y papeles llenos de números, me lanzó, con un inentendible resentimiento: “¡Tu mamá NUNCA va a estar abajo!”
-         Pero, ¿por qué?
-         Porque es una cuestión de compatibilidad.
-         Una primera planta sin ascensor no es compatible con su estado...
-         Bueno, si no te gusta, ahí tenés la puerta.
-         A mí no me grite. A mí no me grita ni usted ni nadie.
-         No te estoy gritando.
-         Está elevando la voz. Yo le estoy hablando bien.
-         Bueno – interviene su esposa -, vos también viniste hoy acá con una actitud...
-         Es que estoy cansada de que me mientan...
No podía entender cómo, teniendo lugar abajo, preferían que me fuera con mi madre a cuestas antes que cambiarme. Demás está decir que ante semejante reacción me fui ese día pensando que, efectivamente, tendría que empezar a buscar otro geriátrico. Y así fue por unos días. Pero no podía rendirme tan fácilmente. Como dialogar con ese hombre en términos razonables y sin que me gritara parecía misión imposible, tuve que seguir el tema con la mujer y con la encargada, quien en confidencia me reveló que ella con él ya no hablaba, por el modo en que trataba a las mujeres: a los gritos.
   Finalmente, a los pocos días, y sin tratar más con él directamente, fui negociando la mudanza. La negativa parecía deberse a que, claro, es más fácil tener una vacante abajo que tratar de convencer a una familia de que el abuelito debe estar arriba. Entonces, una vez arriba, no quieren cambiarte ni a palos.
   Ahora estoy en una situación en que puedo sacar a mi madre con más frecuencia. Aunque ella no note que cambió de lugar. Aunque no recuerde, al salir, adónde es que tiene que volver. Aunque cada vuelta me signifique volver a explicarle que vive en un geriátrico, ya que su modo inconsciente de pasarme factura parece ser ese deja vou en que me hace sentir que cada regreso a este lugar es una nueva internación. Y cuando me dice “Pero...¿acá me vas a dejar?”, simplemente le doy un beso y me despido, mientras ella tal vez siga preguntándose por qué no la llevo conmigo si soy su hija.