viernes, 28 de febrero de 2020

OTRA BATALLA. Y VAN...




Tras su muerte, descubrí algunas cosas escritas el año pasado que no había subido a este blog. Tal vez 
lo que aquí abajo describo ayude a entender por qué el desenlace de hace un mes era lo que debía suceder.

 Parecía que iba a ser un día como lo tenía programado: hacer unas compras, lavar ropa, preparar el almuerzo, salir a dar clases. Pero a veces el destino tiene otros planes.
El día anterior luché una vez más con mi culpa por no haber ido a visitar a mi mamá, como estoy tratando de hacer los lunes a la vuelta del trabajo. Pero como me habían suspendido una clase, salí antes, y si pasaba por el geriátrico a esa hora, la encontraría durmiendo la siesta. Pensé que igual en la semana tendría que pasar a llevarle los medicamentos, así que me tranquilicé con esa idea y me liberé parcialmente de la culpa.
Esa mañana, en la feria, volví a cruzarme con una señora con la que sabía que mi madre siempre hablaba cuando la veía por la calle. Desde que me mudé de vuelta al barrio, la vi miles de veces, pero como ella no me reconocía, yo no decía nada. ¿Qué me moría por contarle? ¿Lo mal que estaba mi madre? Siendo ella también bastante mayor, estas eran noticias que mejor no dar...
Pero a diferencia de esas miles de veces anteriores que me la crucé sin que me reconociera, esta vez me habló. Y me dijo, con una sonrisa: “El otro día estaba en la cama dándole vueltas en la cabeza de dónde te conozco...y pensé, y pensé...¡y me acordé! ¡Sos la hija de Pilar!” Mientras ella hablaba, yo asentía con la cabeza, haciéndole saber que yo también sabía quién era ella, pero para no darle malas noticias, prefería no decirle nada.
“Entonces, ¿vive?” En fin, le conté un poco la situación. Ella también compartió sus malas noticias: su marido, desde que se rompió la cadera, no es el mismo, situación que se me hace más que familiar. Me pregunta si está por el barrio el geriátrico. Le cuento que no, y que igual es muy probable que mi madre no la reconozca. Cuando nos despedimos, me dice: “Tú mándale saludos, tal vez me recuerde como ‘La Gallega’...” Le digo que lo intentaré, me despido y vuelvo a casa, con tormenta emocional por dentro.
Media hora antes de salir a dar mis clases, mientras corría de un lado para el otro, “multitasking”, suena el teléfono: ya veo en el identificador de llamadas que es el geriátrico. Oh, no...
-       Perla se descompensó. Está vomitando. Llamamos a emergencias.
Temiendo una nueva internación, les ruego que me hagan llamar por el médico que la atienda si es que deciden derivarla. Y salgo para allá.
Tengo el aval de los médicos que la atienden para negarme a algunos tratamientos que sólo empeoren su sufrimiento y luchen de manera antinatural con una muerte que ya no sería sorpresa. Pero por los síntomas me temo que no podré poner mucha resistencia.
Salgo de casa para el geriátrico. A poco de salir, me llaman avisándome que la orden del médico de la ambulancia es internarla. Pido con él.
-       ¿Ud dónde está? –
-       En Villa del Parque. Estoy yendo para allá.
-       ¿En Villa del Parque? ¡Pero no va a hacer a tiempo, ud ya debería estar acá! ¿No le avisaron?
-       Me avisaron hace 10 minutos, señor -, le escupí. No me salió decirle “doctor”, tal vez mi manera de devolverle su pequeña agresión.
Entre los síntomas fuera de control, la mala onda del médico y esas comunicaciones por celular que se cortan, no daba para resistirme a una internación y me resigné a lo que me tocaba. Perla se altera muchísimo en estos traslados y es difícil de predecir cómo llevará esta nueva internación.
Cuando llego, no me dejan pasar inmediatamente. Primero pienso que es por la situación en que está mi madre, pero pronto me doy cuenta de que están colapsados. En este día de finales de mayo, la guardia está abarrotada de viejitos a quienes se empeñan en no permitirles morir. Hay camillas hasta en los pasillos. Me piden que espere un rato en la sala de espera “hasta que reacondicionen” todo.
Finalmente, al cabo de una hora, me dejan pasar. La veo dormida o tal vez aletargada, con una sonda en la nariz. Dos médicos jóvenes y amables con cara de circunstancia me explican lo que le pasa, o lo que hasta el momento creen que le pasa. Esa sonda detuvo los vómitos y ayuda a vaciar lo que hasta hace un rato devolvía.
-       ¿Va a expulsarlo todo?
-       No sabemos. Es posible que fallezca durante el proceso.
Por dentro y no tanto digo que no quiero que sufra más. Que no hagan nada que le produzca más sufrimientos. Me entienden, me contienen, me dicen que no habrá una intervención agresiva, pero la sonda no se parece a un mimo.
-       ¡Cuántos viejitos! – les comento -. ¿Es la época’
-       Y, no, lo que pasa es que la población más vulnerable...
-       Y acá les alargan la vida – apunto, sin pensar que es un cumplido pero así lo toman:
-       Hacemos lo que podemos...
Esto por lo que pasa mi madre ya sucedió otras veces. Los médicos me manifiestan que tal vez no pase la noche, y al día siguiente Perla resurge de sus cenizas. La misma que cuando tiene un momento de lucidez pide morir, tiene un cuerpo que se le rebela y puja por seguir en este mundo.
Y así sucede una vez más: a la mañana siguiente ya le sacan la sonda, pero como continúan los dolores, indagan qué puede estar causándoselos.
No voy a entrar en los detalles escabrosos, pero lo que deben hacer es evitar una intervención quirúrgica que a su edad y en su estado no tendría ningún resultado positivo. Entonces, sin anestesia, y manualmente y como pueden, intentan un procedimiento en la guardia. Estoy ahí y la oigo gritar, sufrir, pedir por “mamá”, que a esta altura, soy yo. Los pacientes en otros boxes deben de estar espantados con sus gritos. Oigo que una mujer grita: “¡Salvaje!”, y no sé si se refiere a mi madre a quienes parecen sus verdugos.
Hace rato que sé que con su deterioro cognitivo, su sordera y lo poco que ve, lo mejor que puedo hacer, o casi lo único que puedo hacer, es acompañar. Le tomo la mano, le acaricio la cabeza, le doy besos. Una vez que empieza a mejorar, sonríe y aprecia los mimos.
Duerme casi todo el tiempo que pasa en el hospital: desde el martes al mediodía, hasta el viernes al mediodía. Siento que es lo mejor que puede hacer, por sí misma y por mí, ya que su hiperactividad en internaciones me ha resultado extremadamente difícil de llevar en ocasiones anteriores.
Cuando al final le dan el alta y comienzan a trasladarla, grita que tiene frío, grita mamá, grita con voz muy gastada de tanto vivir. La ponen en una camilla para llevarla así en la ambulancia de vuelta al geriátrico. Le acaricio la cabeza, la miro y me dice: “Hubiera sido mejor no salir de casa”. No tengo idea qué está pensando, qué quiere decir. Creo que piensa que decidimos salir hoy de casa pese al frío. Y a todo esto,  se me ocurre: ¿qué idea tendrá, en esa cabecita que perdió tantas memorias, de lo que es su “casa”?
Y, como suelo hacer en estos últimos tiempos, asiento y repito:
-       Sí, tenés razón, hubiera sido mejor no salir de casa.

jueves, 13 de febrero de 2020

UN KILO DE POLVO






- Se produjo el deceso.
De todas las maneras en que alguna vez imaginé que me anunciarían la muerte de mi madre, esta no fue una de las previstas. Tal vez por eso, y porque debido a un ida y vuelta de llamadas entre el geriátrico y yo, discutiendo sobre qué hacer con la situación de mamá en estos últimos días, en un primer momento pensé que sólo era una manera de obligarme a ir para que yo procediera como ellos querían que lo hiciera. No caí, entonces, por completo, hasta llegar allá. Por un lado, suponía que nadie puede ser tan cruel como para jugar con una situación así; pero, por otro, no terminaba de creérmelo. No sé qué sentí: una cierta irrealidad, tal vez.
Salimos Ariel y yo en un taxi, el sol del verano daba a pleno, la conversación con el conductor anduvo por los lugares comunes, ninguno de nosotros dos hicimos alusión a lo que acababa de suceder y yo, que normalmente me sumo a esas conversaciones de viaje, sentí que no me daba la cabeza ni para participar en algo tan sencillo.
Recién cuando llegamos al geriátrico percibí que, lo que me habían anunciado, de verdad había sucedido. Fue al ver la cara de Juana, la cocinera y también cuidadora, con los ojos llorosos. Juana, de todas ellas, una de las que más había tenido contacto conmigo en los últimos meses. Le pedí verla.
Entré a su cuarto y estaba acostada como durmiendo, como la había visto el día anterior. Pensé: “Si no lo veo, no lo creo”. Será que mi madre daba esa impresión de eternidad, de no irse nunca. La toqué: aún estaba tibia. Acaricié su pelo, besé su frente, tomé su mano que al soltarla cayó sin sentido a un costado. Así que esto era la muerte. Mamá ya no estaba allí. Qué contenta estaría de por fin haber dejado este cuerpo que tanto la limitaba. La imaginé mirándome y sonriéndome desde algún otro lugar.
¿Y ahora? Era el momento del papelerío y la burocracia que prosigue a la muerte. Ni en ese momento zafamos de las llamadas telefónicas, los formularios, las preguntas de nombre, edad, fecha de nacimiento…
Fue el momento de recorrer el camino de lo que hacen los vivos cuando alguien se muere. De, por ejemplo, llamar a una cochería.
Recordé vagamente una cerca del hospital al que íbamos. Me atendió una voz solemne y atenta, que con sumo respeto me hizo algunas preguntas inesperadas, como el peso de mi madre. Cuando creí que tenía la información básica necesaria, directamente fuimos en persona: era sólo cuestión de unas pocas cuadras.
En la vidriera del frente había un dibujo de un caballo y un coche antiguo, de donde supongo deriva el nombre “cochería”. Al entrar, un olor a sahumerio intentaba, supuse, tapar otros olores más macabros. Nos sentamos ante un escritorio y la misma voz amable que me había atendido por teléfono ahora nos hablaba de certificados, formularios, tipos de inhumación, ataúdes y  “ceniceros” (urnas para las cenizas) de diferentes precios y, claro, calidad. Sólo quise hacer lo legalmente exigible y no pregunté más de lo necesario. Porque mi madre ya no estaba en ese cuerpo que había visto por última vez un rato antes. Mi madre estará por siempre en mi mente y mi corazón, nunca en un cajón, nunca en una urna. Allí sólo hay despojos, ese traje que durante la vida protegemos y cuidamos con tanto esmero y que vale tan poco cuando el corazón se detiene.
Les aclaramos desde el principio (y tal vez por eso la pregunta del peso) que la intención era cremar sus restos. Ahí me enteré de que, para ese procedimiento, el difunto no debe pesar más de 80 kilos (otra buena razón para no superar esa marca). Cuando les aseguramos que el peso no sería un problema, se ofrecieron a mostrarnos ataúdes para que eligiéramos uno.
-                 .-  ¿Es necesario? – pregunté.
-                    - Y…sí, porque si no, cuando Ud. lo vea mañana en el cementerio, tal vez diga: “Pero…¡es mi mamá la que está ahí!”
En fin, que me lo tomé como una formalidad, y pasamos a otra sala a ver la variedad de ataúdes que ofrecían. Me cuesta creer que algunos gasten tanto dinero en esa última morada que se hará polvo con el polvo, o cenizas con las cenizas. Dije: “Este” y salimos de inmediato de esa sala.
      De vuelta al escritorio, nos mostraron distintas urnas, de distintos valores. Al ver su pequeñez, inquirí: “¿Todos entramos ahí?”
-                  - Es 1 kilo – me responde el señor de voz respetuosa. Y me especifica cómo, de todo nuestro cuerpo (piel, pelo, grasa, huesos, detalla), tras la cremación, sólo quedará un kilo de polvo.
     Nos explica también que, si así lo deseamos, podemos traer nuestro propio cofre, o algún otro contenedor apropiado para guardar las cenizas. Me doy cuenta de que no estoy en condiciones de tomar esa decisión en ese momento, y tampoco me apuran a hacerlo.
-                - Hay gente que pone las cenizas en una maceta, o las dispersa en algún lado. Eso no es legal, pero es lo que hace la gente.

     Tras finiquitar los detalles, nos retiramos. Deberemos estar al día siguiente en el cementerio para la inhumación, nos dicen, aunque compruebo después que se trata más bien de un “simulacro” de cremación. Puro acting. Es sábado por la mañana y las cremaciones de verdad se hacen en la semana. Así que ese día estamos ahí para que se baje el cajón del coche fúnebre, que tiene el nombre de mi madre. Entre mi esposo, el conductor y otros dos hombres lo llevan hasta un espacio donde los tres que estamos (me acompañan Ariel y una querida amiga de la infancia a quien llamé porque me pedían “dos testigos”) ponemos nuestras manos sobre el cajón a modo de despedida. Tras algunos minutos, el ataúd se desliza por unos rieles hacia el horno crematorio, donde hay una especie de telón y lucecitas led azules, que en realidad hoy no funciona. Volvemos a una oficina a firmar papeles y se nos dice que ya no tenemos que volver más a ese lugar. Supongo que es lo que todos los que optan por la cremación desean oír. Cero relación con un cementerio. Nada de ritos funerarios de más. Sólo lo estrictamente necesario. ¿Ahí, en esa caja, está mi madre? Ni siquiera sentí que estaba en ese cuerpo durante la mayor parte de estos 6 años de largo sufrimiento, para ella y para mí. No, allí no está, y la extraño. Pero hace años que la extraño. En lugar de llorar ahora que ha muerto, me doy cuenta de que vengo llorando en cuotas durante estos últimos 6 años. Cada vez que había una nueva internación, cada vez que salía de visitarla sintiéndome mal porque no recordaba nada, porque no teníamos una conversación, porque apenas si me reconocía.
   Con el transcurrir de los días, pienso qué haré cuando me llamen para que vaya a retirar las cenizas. Paso días pensando en qué cofre de los que hay en casa podría ponerlas. Pienso si dispersaré o enterraré las cenizas. Y de tanto darle vueltas al asunto en la cabeza, recuerdo que, una de las muchas veces en que mi madre habló de la muerte, al tiempo que mi padre la mandaba a callar, dijo que le gustaría que dispersáramos sus cenizas por los bosques de Ezeiza, donde tantas veces íbamos los domingos a hacer un asado durante mi niñez. Y pensé qué lindo sería hacerlo así: llevar sus cenizas y luego celebrar su vida haciendo un asado por ahí. Supongo que eso le hubiera gustado.
   Y me quedo en paz.